miércoles, 11 de septiembre de 2013

Días felices


Es a menudo el vivir cotidiano, cuando las prisas empujan nuestro paso y el tiempo nos aleja del aquí y ahora, un modo de existencia que nos va restando verdaderos placeres y sumando necesidades internas de sosiego, ocio o simple reposo, lejos de todas nuestras preocupaciones mundanas, buscando ese instante, ese lugar perdido y anhelado, que llamamos felicidad. Escribió Nietzsche en un bello libro de aforismos, El viajero y su sombra, que “Casi todos los estados del alma y todas las etapas de la vida poseen un solo instante auténticamente feliz”. Un pensamiento muy romántico, que convierte un momento concreto del tiempo en un bello paisaje idealizado, capaz de aunar el estado más sublime del alma en un instante de dicha inolvidable. Con frecuencia anhelamos ese instante completo, ése por el que muchos serían capaces de vender su alma a la manera del Fausto de Goethe, un momento que muchos ya atesoran como una reliquia del pasado que recordar para siempre o como una búsqueda vital proyectada en el futuro, que encamina los pasos hacia nuevos senderos y destinos soñados. La búsqueda de El Dorado del alma, una embarcación hacia el interior de uno mismo para encontrarse definitivamente en el corazón de la vida y poder así acariciar, descubrir, esa palabra tan grandiosa y capaz de producir recelo en ocasiones por su utopismo semántico, la felicidad.

Sin duda la felicidad va unida al amor, a la experiencia más subjetiva y conmovedora del hombre, esa experiencia de unión con el otro o con el todo. Pues la experiencia del amor siempre significa una unión con el todo, con el todo desde el otro, o con el todo desde el todo. Un instante de amor que, como pronunciase Dante en el Canto V de la Divina Comedia: “Infundió en mí placer tan fuerte que, como ves, ya nunca me abandona”. Tras esa sensación intensa, donde el amor se presenta, éste es buscado ya para siempre, como un paraíso perdido que esperanzados pidiéramos su regreso. Y, hoy más que nunca, necesitamos de esa motivación por abrazar instantes únicos, para no dejar que nos arrastre un tiempo presente que siembra desesperanzas, pesimismos, negatividades crónicas -en definitiva- que sólo sirven para infundir mayor pesadez de ánimo y acidez de espíritu. Pues no es el futuro más que una proyección que dependerá de cómo la representemos y afrontemos, de cómo la interioricemos y decidamos vivir, en busca de la felicidad o asumiendo la derrota y el fatalismo de las circunstancias. El hombre puede cambiar su destino, puede remontar tempestades y aligerar y salvar su aflicción si así lo quisiera. Solamente necesita creerlo y quererlo, y hacerlo. Es necesario confiar en las posibilidades que son eso, posibles siempre, realizables. No hay otro camino para el cambio que verdaderos actores dispuestos a llevar a cabo ese cambio, no hay otra manera de conquistar nuevas formas de vida deseables que un deseo certero de reformar la convivencia en auténtica vivencia con el otro. Y así, el instante de felicidad, de amor compartido y convertido, no será solamente uno en exclusiva, aislado y resguardado en la memoria de los días, sino que se convertirá en un aroma ilimitado, derramándose con frescura en todos los instantes del día.

"La Tribuna" de Albacete, 11-09-2013

jueves, 5 de septiembre de 2013

Por la igualdad social


Unos datos de actualidad, basados en la estadística, son capaces de darnos una información crucial sobre nuestro mundo, mostrándonos las profundas desigualdades económicas que se dan a día de hoy, como consecuencia de un neoliberalismo insaciable consistente en amasar capital sin límites ni control real por parte de los Estados. Me refiero a unos datos que nos informaban de que el 20 por ciento de la población posee el 82 por ciento de la riqueza mundial, según Naciones Unidas. Otro dato era que los más pobres, unos mil millones de personas, han de sobrevivir con solamente el 1,4 por ciento de la riqueza mundial. Y, en contraste, una élite de 29 millones de personas (0,6 por ciento de la población adulta) posee el 39,3 por ciento de la riqueza en el mundo. Estos datos no dejan de ser alarmantes, aunque aparentemente pasen desapercibidos para la opinión pública. Exponen una situación de riesgo para el sistema y la mayoría de sus habitantes, pues parece que hay una tendencia hacia la desigualdad, ocupada por una minoría de privilegiados que, como antes de la Revolución Francesa, indica una clase social muy reducida que ostenta, dicho claramente, el poder y control económico del mundo. Esta minoría poderosa no sólo posee dinero sino todo lo que se puede comprar con él, esto es, el sistema armamentístico, petrolero, financiero, político… En definitiva, todo es lo mismo hoy día, poder monetario que equivale a poder absoluto. Sin duda, estos datos, para cualquiera que conozca la Historia y sepa prever su dinámica evolutiva, nos habla de posibles revoluciones, es decir, de posibles movimientos sociales que, no motu proprio sino por imperativa necesidad de supervivencia, busquen y exijan un nuevo orden, un nuevo cosmos social algo más coherente, solidario y equitativo.

Quizá el Estado también se vea en la necesidad de esa búsqueda igualitaria y sepa responder a las exigencias de un pueblo que únicamente anhela que la mayoría no sea esclavizada y explotada cada día. El miedo que imponen las estructuras de poder neoliberales por medio de su control del capital, pues de ellos depende y dependerá dar o quitar: trabajos, dinero, educación, seguridad social… hace que el silencio y el conformismo se impongan, acrecentando una situación que sólo da alas a los poderosos para continuar con sus planes de dominación. Y, esa máxima del filósofo Spinoza que decía que: “El fin del Estado es verdaderamente la libertad”, nos hace soñar –sin caer en mero utopismo- en un Estado capaz de procurarnos, no un privilegio sino un derecho, no una inalcanzable meta, sino una garantía que sea una premisa continua para un mundo nuevo que pueda ser habitado dignamente. El libre pensamiento es necesario, tanto en los políticos como en todos los ciudadanos, más allá de estructuras ideológicas inflexibles, para que cada persona sea capaz de expresar su opinión y así contribuir a nuevos modelos que sustituyan los viejos paradigmas. Si nuestra voz sigue el guión del poder para pronunciarse, del miedo a la libertad, no habrá conquista de verdaderos derechos humanos. Es necesario impulsarse decididamente a expresar nuestros ideales cuando sentimos que son justos, nobles, que siguen el bien común… que, en definitiva, pueden ser amados por todos los hombres.

"La Tribuna" de Albacete, 04-09-.2013

miércoles, 28 de agosto de 2013

El camino de la paz


Es difícil identificar los motivos que dan lugar a que el ser humano siga infringiendo violencia, tanto a su misma especie como también al planeta que habita. La especie humana genera problemas de comprensión al valorar la complejidad de sus comportamientos, aquellos que se hacen visibles en sus contradicciones más profundas. La evolución verdadera de los hombres debiera ir unida a un descenso considerable del uso de la violencia, llegando –es posible que suene a utopía- a su completa disolución. Sólo así pueden corresponderse evolución e inteligencia, dos conceptos que se requieren mutuamente, dos ideas que forman una sola y que habríamos de llamar ‘humanidad’, en su sentido más coherente y exacto. En el Tao Te King se nos recuerda que “cuando ganes una guerra, has de celebrarla haciendo duelo”. Pues no es deseable ese medio y toda sabiduría, digna de llamarse sabiduría, negará el camino de la guerra como medio para cualquier fin. Como señala incluso el famoso tratado chino llamado El arte de la guerra: “Es mejor ceder antes que luchar, y presentar batalla sólo cuando no hay otra elección posible”. Gandhi iba más allá incluso, adoptando la doctrina yóguica de ahimsa (no-violencia), una resistencia pacífica como medio para un fin en sí mismo: la paz. Ninguna guerra puede ser medio para la paz, es una gran contradicción, una derrota del mutuo entendimiento, un motivo de dolor que no debe ser alimentado.

Las guerras han sido, como la roca de Tántalo, una constante amenaza que ha mantenido a la humanidad atemorizada, alejándola del sueño de una paz que se ha tornado, en ocasiones, ajena a nuestra naturaleza. La violencia se ha logrado imponer, dejando en entredicho al hombre y su capacidad de amar al prójimo y al entorno en el que vive. Se ha dicho que no somos buenos por naturaleza, que hay un gen egoísta que nos lleva a actuar de formas poco ejemplares. Pero intuimos que eso no es así y la búsqueda de la paz también ha sido una constante. El ser humano no ha hecho únicamente culto y uso de la violencia, también la ha condenado, ha sabido hallar nuevos caminos alternativos para solucionar los problemas, esto es, ha intentado llegar a acuerdos y se ha esforzado por escuchar y dialogar, por confiar en sus semejantes en vez de desconfiar como norma. Ha buscado colaborar en vez de dominar y explotar, ha aspirado a crecer en comunidad en vez de buscar el máximo beneficio a costa de una actitud nociva con los demás. El ser humano, a menudo, demuestra su humanidad. Y confiemos en que siga así, si de verdad existe eso que llamamos evolución. Esperemos que evolución sea equivalente de pacifismo, de buena voluntad en definitiva. Pues no hay otro modo de crecer; no de ganar más, no de ser más ricos, no de incrementar exponencialmente nuestra capacidad insaciable de poseer y consumir. Solamente crecer, en el sentido que la vida ofrece, crecer para comprender, para averiguar una forma de existencia que nos sea apetecible, coherente y sana. Una vida que pueda sostenerse en valores comunes que nos unan, día a día, en el camino de la paz.

"La Tribuna" de Albacete, 28-08-2013

miércoles, 14 de agosto de 2013

Razones para la convivencia


Estamos ante un sentido, y el sentido nos llena de aparente verdad: creemos ser lo que el sentido nos dice que somos. De vuelta a la idea, al preconcepto, al eterno retorno de las formas, aquellas que quieren perseverar en la posesión nuestra de algo que nos justifique. “Es más fácil desintegrar un átomo que un preconcepto”, apuntó Einstein. El preconcepto o prejuicio nos "predivide". Ya estamos divididos antes de que tenga lugar la división, por lo que nos hacemos cada vez más pequeños y pequeños conforme miramos el mundo. A veces nos parecemos a un átomo que quisiera desintegrarse buscando su expansión, como si la meta fuera el eterno retorno causado por temor hacia el vivir incierto. Es más fácil el bullicio que la paz, el fervor que el sosiego sin búsqueda, las apariencias que la mirada transparente, sencilla, honesta. ¿Hasta cuándo las apariencias, el continuo juego del escondite de nosotros con nosotros? ¿Quién se esconde, quién juega? ¿De qué nos escondemos? Siempre hubo las revoluciones violentas, trágicas, pasionales, que sólo sembraron injusticia y ahogo, fugitivos cambios utópicos que finalmente sustituyeron una pesadilla por otra. ¿Cuándo la revolución interior? ¿Cuándo la revolución que no lucha sino que preserva su virtud, que mira dentro y halla el tesoro que ofrecer al que nada tiene? ¿Cuándo compartir al tiempo que buscamos la verdad para todos? 

Hay quienes señalan que vivimos tiempos críticos e inciertos, donde sólo es posible el tumulto sin retorno, la rebelión desbordada que en su desenfreno y hambre de justicia asalta todo atisbo pacífico de evolución conjunta. ¿Pero, cuándo la solución por fin será vislumbrada como un quehacer constructivo y no destructivo, como una tarea que sume y no que reste? Pues el ser humano tiene ante sí el reto de enfrentar su destino colectivo no ya sólo como una cuestión de supervivencia personal sino como un trabajo en equipo. Hoy día vemos que la búsqueda del beneficio propio se adentra incluso en las fronteras de lo público, y es ya incontable el número de políticos que, abusando de la confianza depositada en ellos, se ven fascinados y corrompidos por las tentaciones del poder. Como expresó el filósofo Theodor Adorno: "Quien quiera conocer la verdad sobre la vida inmediata tendrá que estudiar su forma alienada, los poderes objetivos que determinan la existencia individual hasta en sus zonas más ocultas." En este sentido, las relaciones de poder dirigen esa existencia individual, esa vida cuya realidad profunda tiene la vista puesta en objetivos que atienden al juego del dominio materialista e interpersonal. Es, por tanto, un deber el tomar conciencia en la sociedad de dos aspectos fundamentales para un adecuado avance cívico y ético. Por un lado es recomendable sostener un sentido crítico como ciudadanía, rebelde y firme en sus convicciones, pero siempre desde una mirada y acción constructiva y pacífica, creativa y humanista. Y, por otro lado, unida a esta actitud rebelde y cívica, no renunciar al afán cooperativo y solidario, que, por encima del interés propio, ve y busca el bien común de sus integrantes. Porque una sociedad solamente puede crecer desde sus propios cimientos cuando prevalece un afán humanista, donde en vez de motivos para el conflicto se encuentren razones para la convivencia.

"La Tribuna" de Albacete, 14-08-2013

jueves, 1 de agosto de 2013

Individualidad y cultura

 Afirmó Marcel Proust en una ocasión que su ocupación preferida era amar, amar no sólo sus recuerdos, acontecimientos perdidos en algún lugar de la memoria y del tiempo, evocados por el alma en momentos de silencios y epifanías, sino también los instantes que aparecen en el lúcido ahora de los días, esos lapsos de tiempo que quedan guardados para siempre sin saberlo; acompañándonos, haciéndonos ser lo que somos, pincelando nuestros sueños, deseos y quejares. La vida es una suma de instantes que responden a una identidad, nosotros mismos. Un conjunto de imágenes, sonidos y sabores que recogen lo que esperamos que siempre nos acompañe, aquello de lo que difícilmente podríamos separarnos pues constituye con genuina fidelidad, una idiosincrasia, una esencia que nos configura como entidades matizadas por el tiempo, con la cultura propia del carácter, ese conjunto de rasgos singulares que hacen de cada ser un mundo, un universo especial y digno de ser transitado. No hay mayor gloria, pues, que las patrias individuales, que los mundos personales, que los ecosistemas propios que saben a uno mismo.

Lejos quedará, para el alma que busca la originaria frescura del conocimiento, el intento de sostener una identidad cultural masificada y separatista, pues toda pertenencia que no suma sino que diferencia y excluye, nunca llega a ser cultura, en el sentido civilizado de la palabra. Nunca el orgullo patrio, cuando niega la validez del prójimo territorio y no respeta su constitución cultural, podrá construir un lugar que evolucione por y para la libertad de sus individuos. Esperemos que no muy tarde desaparezcan las fronteras culturales como forma de separación y confrontación humana, y seamos capaces de mirar a los ojos en vez de a la vestimenta, al corazón en vez de a las armaduras que lo protegen, al alma en vez de a la fría voz que excluye de su lenguaje palabras como respeto, mutua comprensión, amor o compasión sincera.  

El ser humano se define como una particularidad sincrética, tanto como individuo concreto como especie histórica universal. Ningún ser humano, si analizamos sus rasgos físicos, por ejemplo, es exactamente igual a otro y, por encima de la identidad grupal, predomina una individualidad conquistada que enriquece y contribuye a la heterogeneidad y multiplicidad del grupo. Un grupo homogeneizado es como un organismo anestesiado, esto es, incapacitado para ejercer el movimiento consciente de sus facultades sensitivas e intelectivas. Como expresó Claude Levi Strauss: "Salvaje es quien llama a otro salvaje", y nadie sobra en el amplio espectro de lo humano, ningún individuo o comunidad tiene legitimidad para excluir, menospreciar o intervenir en el ideario interno y germinal de un organismo creado, como todo ser viviente, para ser libre. Los valores de una comunidad nunca pueden violar la búsqueda individual, no pueden mermar el libre albedrío de uno mismo en su mundo, la capacidad de hallar caminos, destinos inexplorados, no trazados por un canon o dogma sino espacios que son descubiertos en el ascenso del alma al conocimiento más allá de unos confines establecidos. Eso es evolución, progreso. No seguir al dictado lo que marca el sistema, sino inventar el camino, recorrer la senda del milagro inabarcable y virgen que es siempre la vida.

"La Tribuna" de Albacete, 31-07-2013

miércoles, 17 de julio de 2013

Miedo y libertad


No sólo la violencia física es enemiga de la paz, sino que hay una violencia implícita muy reconocible para quien sea capaz de observar con cierta objetividad, y difícil de ver para quien vive completamente sometido a sus mandatos. Me refiero al miedo. Quienes son víctimas del miedo a menudo son incapaces de darse cuenta de que la mayoría de sus actos son guiados por esta emoción y que, por consiguiente, cuando uno es presa de ese estado emocional la expresión de los actos responde a dicho clímax patológico interior. Hay quien por miedo deja de actuar o quien lucha contra otros, hay quien se defiende, ataca o simplemente se paraliza.

Se dice que el miedo es un recurso adaptativo necesario, una emoción básica capaz de protegernos y de garantizar así nuestra supervivencia. Cuestión muy discutible y discutida. Lo que sí es cierto es que hoy día esta emoción se ha convertido en un mal social ampliamente extendido, que otorga al poder una ventaja: dominar a un pueblo paralizado, atemorizado por unas circunstancias presentes aparentemente determinantes. Y sabemos que el origen de las revoluciones ha venido de una superación de ese miedo, de una liberación masiva que ha permitido el cambio, la recuperación de unos derechos progresivamente usurpados ante el silencio e indiferencia de un pueblo pasivo por temor a las consecuencias de la acción, pues, como escribiera Kant: “Quien tiene una vez el poder en las manos no se dejará prescribir leyes por el pueblo”, ya que supondría renunciar a las leyes de gobierno y control que el Estado ha dictado. Se crea, de esta manera, un conflicto, propio de una situación de dominación. El miedo y la pasividad resultante, en este caso, parecerían ser los mejores medios de supervivencia para la sociedad gobernada, con el fin de no despertar la ira del Estado, portador de ejércitos y de armas sin fin, pero, sin duda, a la larga, esta actitud iría contra sí misma, al negar la posibilidad de su libertad.

Si revolucionarios como Dolores Ibarruri o Ernesto Guevara fueron capaces de pronunciar aquellas famosas palabras que decían que preferían morir de pie a vivir de rodillas, y donde la historia nos da la razón en que el progreso social ha sido posible gracias al valor del pueblo, a su no sumisión, a su madurez y voluntad de expresión…, podemos afirmar que el camino de la paz requiere valor y confianza, una fuerza capaz de desterrar todo miedo y una legítima convicción natural en el bien común capaz de guiar esa fuerza en la consecución de nuestras acciones, para el pueblo y con el pueblo, logrando, en palabras de Kant: la “unidad colectiva de la voluntad unificada”. Pues no hay otra forma de justicia. Pero no por indiferencia o temor, sino por apasionado sentido de la libertad y de la igualdad humanas. Y quien cae con valor, como sentenció Séneca: “si cae, lucha de rodillas”, y bien puede que haya caído en el empeño, pero no ha sido vencido; y un nuevo camino se abrirá tras él.

La Tribuna de Albacete, 17-07-2013

jueves, 4 de julio de 2013

Conciencia social

Hoy en día se ha insertado en la sociedad de manera determinante aquella máxima de Hobbes que afirma que “el hombre es un lobo para el hombre”, refrán ya perteneciente al código moderno de convivencia del mundo en que vivimos, donde la competitividad y la pérdida de las señas individuales de identidad han configurado un sistema de relaciones que ha menguado nuestro sentido de la solidaridad, por el temor hacia el otro y por el concepto de lucha social como medio de supervivencia y de progreso material. Pero no hay progreso sin humanidad, en el sentido total de la palabra. No hay progreso sin personas capaces de construir un mundo en el que sea posible vivir en concordia e igualdad. Los políticos tienen una responsabilidad importante, pero es también responsabilidad del ciudadano el no permitir la tiranía del político. Y somos responsables en estos momentos de no asumir, precisamente, el poder que se nos ha otorgado como entes con voluntad y decisión propia. No ejercer la libertad que como individuos podemos portar y entronizar, supone negarnos a nosotros mismos. El camino, sin embargo, no es la política, no es el juego de siempre, ese que consiste en mandar sin el pueblo habiendo hecho previamente la promesa de que todo era para el pueblo. Como expresó Max Weber: “Quien busca la salvación de su alma y la de los demás que no la busque por el camino de la política.” Y añade, “el genio o demonio de la política vive en tensión interna con el dios del amor”. El ser humano necesita aprender a vivir, a pensar y a organizarse, como comunidad, a ser capaz de funcionar como organismo, como cuerpo social integralmente actuando, solidariamente participando, creciendo de manera saludable, expresando de forma respetuosa, escuchando, sumando, aportando…
La política, tal y como hoy la experimentamos y concebimos, no es el medio idóneo de organización social, pues las decisiones las ha de tomar el pueblo en su quehacer cotidiano, en su modo de vida, en sus espacios de convivencia. Sólo así nos dejaremos de sentir sujetos pasivos, marionetas de un sistema, y podremos pasar a formar parte de él, cooperando y operando en el progreso de la sociedad. A esto es a lo que llamamos “conciencia social”, a una forma de entender el mundo como sujetos agentes, como voces necesarias, como elementos integrantes capaces de ejercer acciones mediante nuevos modos de convivencia participativa. Este ideal sólo podrá ir realizándose conforme el ser humano vaya sintiendo la globalidad: lo externo y al otro como una parte sí mismo; aludiendo a Jesucristo, cuando el prójimo nos importe tanto como nosotros y cuando seamos capaces de dirigirnos hacia un compartir innato, más que hacia un autoabastecimiento de las propias necesidades individuales o estrechamente familiares. La familia –como la política- va más allá de un círculo cerrado de congéneres, la familia se amplia en nuestra propia especie y más allá de ella incluso. Somos hijos de la tierra y del universo todo, y siendo conscientes de ello sabremos cuidar de nuestra herencia vital creciendo como una globalidad inteligente dispuesta a avanzar con firme voluntad de entendimiento. Confiemos y trabajemos pues por que así sea.

"La Tribuna" de Albacete, 4-7-2013

jueves, 20 de junio de 2013

La revolución tecnológica

La época en que vivimos hoy, ya pasados más de doscientos cincuenta años del comienzo de la Revolución Industrial, podría conocerse como Revolución Tecnológica, en el sentido del vertiginoso auge de la tecnología en los últimos años, sobre todo desde que se generalizaron el uso del teléfono móvil o de Internet. Podemos hablar, por tanto, de una Revolución muy reciente, que todavía hoy está en pleno apogeo y que ha supuesto un antes y un después en la forma de comunicarnos y de relacionarnos. La presencia de las redes sociales o de los teléfonos móviles tuvieron un especial protagonismo en las manifestaciones del movimiento 15-M español, algo que ayudó a extender la participación ciudadana y la exitosa organización de las convocatorias. Un ejemplo del buen uso tecnológico.

Pero la corriente de la novedad, de la corta duración de los objetos tecnológicos que compramos y el deseo de “estar a la última”, conlleva una especie de manía o neurosis que no debemos pasar por alto, para no terminar siendo nosotros mismos instrumentos destinados a consumir, ciegamente, todo lo que ponen frente a nuestros ojos, solamente porque es lo que toca comprar ahora para no salirnos de la maquinaria del consumo. El motor de la economía, así, marca el ritmo de nuestras vidas y desequilibra nuestro ritmo natural, interno, por un exceso de estímulos externos destinados a crear un desasosiego, una necesidad, que sólo se ve satisfecha cuando el objeto de consumo, de deseo, queda satisfecho. Así vamos, de necesidad en necesidad, de insatisfacción en insatisfacción, sólo con el alivio de unos breves minutos que el mercado ha dictado que son los que podemos sentirnos felices antes de que el nuevo objeto de deseo aparezca anunciado en la televisión. Las tendencias consumistas nos instan a ir reconduciendo nuestras vidas por un sendero donde el afán de poseer la novedad imprime el valor predominante.

El hecho de que reconozcamos que la tecnología vive un proceso revolucionario en cuanto a sus posibilidades y usos no indica necesariamente que esto sea una conquista social si la sociedad no ha adquirido la madurez necesaria para no ser manejada, manipulada, por la economía de mercado. La sociedad de consumo nos marca el horario de nuestra libertad y nos pone el deber de consumir frente a la mesa, el deber de consumir para ser, no sólo para sobrevivir. Esta es una herencia cultural que Occidente recoge de la Revolución Industrial y que, sofisticada en tecnología, no deja de ser otra masificación de la razón humana equiparada a sus bienes materiales. Una herencia que hace que la cultura, como la tecnología, no sean un necesario factor de progreso positivo, sino un obstáculo para con uno mismo y para la verdadera evolución de un ser humano en extinción como especie, desde el punto de vista de su sabiduría. Como escribió Montaigne, “la razón humana es un barniz superficial”, algo muy moldeable, muy hecho por fuera, fácil de manipular. Y esto ha de ser –finalmente- un hecho a tener en cuenta, que nos haga recapacitar y tomar conciencia de nuestra verdadera identidad, aquella que nadie puede manipular por propia conveniencia. El verdadero avance cultural será así la libertad de conciencia, y en consecuencia, de decisión.

"La Tribuna" de Albacete, 19-06-2013

miércoles, 5 de junio de 2013

Pasos hacia la libertad



Una reflexión sobre la libertad es siempre un estímulo para mirar hacia delante, para aproximarnos a lo que realmente queremos y quizá no encontramos el modo de expresarlo. Si pensamos en el concepto de libertad social probablemente estemos atribuyendo un vuelo de mayor alcance a la palabra, pues toda libertad se apoya en la unanimidad de su destino, en una afirmación que se siente por derecho como esencial del individuo y que compartida tiene la fuerza y el impulso del arma más poderosa: la verdad. Podemos definir la libertad como aquello que no nos pueden quitar, un derecho espiritual innegable y que un conjunto de individuos ha de defender como fundamento de su estructura orgánica. La libertad es la base de la convivencia y la concordia, la necesaria virtud que un pueblo ha de poseer para evolucionar creativa y saludablemente.

Actualmente la sociedad vive en contradicción con el Estado, pues es este último quien administra su libertad y quien, hoy por hoy, hace de este poder un abuso constante, legitimando restricciones y carencias decretadas por agentes bursátiles y financieros que no representan a esa unanimidad que busca su libertad y que sigue confiando (ya seguramente porque no queda otro remedio) en los políticos (representantes que el pueblo ha elegido) para que la gestionen. Pues, cuando el sofista se ha instalado en el poder, sólo busca convencer y no servir, persuadir y no llegar a la verdad justa de sus acciones. El poder sirve al poder, en una estructura piramidal que ha olvidado el fundamento de su labor, entregándose a un sistema neoliberal que sólo sabe devorar para crecer, con ánimo insaciable.

Jean-François Lyotard, en su libro "La condición postmoderna", se hace la siguiente pregunta: "¿quién tiene derecho a decidir por la sociedad?" La voz del pueblo se difumina virtualmente, no tiene rostro, la han usurpado los medios de comunicación filtrando la realidad y los políticos enmascarando sus verdaderas intenciones. Por ello, el pueblo vive confundido y tenemos la impresión de que no hay un acuerdo común para lo que realmente queremos. Como dice Lyotard, "el héroe es el pueblo" y "el signo de la legitimidad su consenso". De esta manera, es necesaria la búsqueda de ese consenso por parte de quien realmente tiene el derecho de guiar su propio destino. Esto es, a mi entender, la libertad social, la vital constatación, en primera instancia, de quien lleva el timón de su futuro y el esfuerzo constante por impulsar y promover ya algo más que participación ciudadana; verdadero gobierno del pueblo, por y para el pueblo. Y si los políticos no siguen la estela de este nuevo movimiento natural, de crecimiento social y libre, tendrán que ser cambiados por mera coherencia evolutiva.

No dejemos que nos gobiernen quienes constantemente nos dan muestras de su indiferencia, obviando nuestras necesidades y derechos más vitales. No dejemos que aquellos quienes se excusan en la crisis sean a su vez, y a escondidas, sus más fieles valedores e interesados. Recordemos, ya lo dijo Don Quijote, que la libertad, hoy más que nunca, “es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”. Y es nuestro el deber de cuidarla y defenderla.

"La Tribuna" de Albacete, 5-06-2013

miércoles, 22 de mayo de 2013

Voluntad de entendimiento

Fluir en la vida y hacia la vida, permitir que nuestros pasos vayan dejando semillas en el camino, aquietando las prisas, avistando horizontes nunca antes contemplados; pues todo día, todo instante, es el comienzo de la sabiduría y de la libertad, cuando nuestra mirada no pierde de vista la luz que la ilumina. En estos tiempos convulsos, donde todos sabemos que muchas cosas hay que cambiar si queremos avanzar juntos como sociedad, pero no nos ponemos de acuerdo en cómo hacer las cosas, hemos de reflexionar sinceramente si la cuestión que subyace a esto que llamamos “crisis” radica, más allá de la superficie de múltiples conflictos cotidianos, en la dificultad o falta de voluntad que encontramos los seres humanos, como globalidad que convive y evoluciona junta, en ponernos de acuerdo, flexibilizando e integrando, y no subrayando continuamente los puntos que nos separan. Aquí radica la conciencia integradora, una conciencia madura incluyente. 

La sociedad, hoy más que nunca, necesita de esa voluntad de entendimiento, de esa confianza en el otro, en escuchar lo que tiene que decir y en valorar, adaptar y cimentar nuevos discursos, nuevas perspectivas. Para ello hemos de ir tomando conciencia de que todos formamos parte del mismo barco y de que todos, por igual, tenemos una responsabilidad común. Una revolución comienza por aquellos que se asfixian ante la tiranía de los poderosos (aquellos que controlan o creen controlar el timón del barco, aquellos que, como el capitán del Titanic, no vieron el iceberg o no lo quisieron ver). Otros creyeron que el barco era invencible porque lo habían construido ellos y no se preocuparon por los botes salvavidas sino como mera cuestión decorativa. Pero la naturaleza no se deja chantajear por el dinero o los smoking de las fiestas de “El gran Gatsby”, y simplemente está ahí, imponiendo la verdad de su rostro. Cuando la tiranía no deja respirar a una mayoría, el pueblo, que debería ostentar el verdadero poder que se le ha usurpado (“el poder del pueblo”, la democracia) lo que sucede simplemente, mediante eso que llamamos revolución, es que la naturaleza se impone. 

Una revolución como un volver a evolucionar, un regreso a nuestros verdaderos orígenes, a que se restaure la justicia real, aquella destinada a hacer dignos a los seres humanos, a velar por su bienestar, pues es su derecho propio y natural. El agua sigue ese curso y o lo seguimos, o remamos contracorriente. Y es, a mi entender, donde volvemos al punto del comienzo, esto es, a la necesaria voluntad de entendimiento, dejando a un lado los intereses particulares en favor de los colectivos. El capitalismo es la moneda de cambio y no sirve a una comunidad, pues una comunidad necesita que sea ‘común’ la garantía de su supervivencia. Las grandes desigualdades generan los mayores trastornos cuando una parte está quitando a la otra, cuando un grupo se alimenta y se sirve del otro mediante el abuso encubierto de los intereses particulares. Quizá nadie tenga la respuesta definitiva, pero vivir en proceso significa construir juntos el entramado de nuestros ideales, con una voluntad firme de encontrar certezas en medio de las dudas, pues hay algo que nos unifica y embarca juntos: una sociedad que crece cuando escucha y es escuchada verdaderamente.

La Tribuna de Albacete, 22-05-2013

miércoles, 8 de mayo de 2013

De crisis y desahucios


Son muchas las personas en este país que diariamente se preguntan cómo salir de la crisis, una crisis que se está alargando en el tiempo de forma incontrolable, al igual que un incendio asola los bosques en creciente abismo de fuego, inevitablemente inextinguible. Quizá el bosque ya haya ardido por completo y estamos en el tiempo de esperar, esperar ver crecer de nuevo el paisaje desolado. Pero a este paisaje, sombrío, pocas son las manos que arrojan semillas, quizá temiendo que la tierra ya no es fértil o quizá buscando que todo crezca por sí solo. Mientras tanto los bancos decretan desahucios y mantienen pisos vacíos, atentando contra la razón social y el sentido común, contra la solidaridad y contra la humanidad. Pisos desahuciados a personas que un día, cuando podían hacerlo, pagaban religiosamente a los bancos más de lo que era necesario, asumiendo intereses crecientes, dando más de la mitad de sus salarios a entidades que especulaban y que se enriquecían de una manera insaciable; pues así lo decreta el neoliberalismo. Para que unos pocos se hagan inmensamente ricos la mayoría ha de volverse inmensamente pobre. Aquello de “ganarás el pan con el sudor de tu frente” ha sido una ley tácita que nos ha obligado a explotarnos unos a otros, a creer que es más apto el que más tiene y a desechar, expulsar y marginar a aquel que no entra en la sangrante órbita de un sistema que ha perdido su sentido de ser. 

No hay manera de cerrar los ojos a esta realidad que se nos presenta. No sólo hay viviendas, personas y familias desahuciadas, sino que todo un país está al borde del desahucio, con una deuda que crece exponencialmente, y cuya única solución que se encuentra es empobrecer más nuestro futuro, privatizando nuestros derechos, encareciendo nuestras necesidades básicas. Y nuestro sistema bipartidista ya no sirve al pueblo, sino al mercado, al sistema financiero, a los grandes especuladores. Pero sabemos ahora más que nunca que es esta mentalidad económica la que ha fallado, donde el derecho al consumo masivo es ya un deber y la presión capitalista genera cada día una mayor desigualdad, ansiedad y miedo, pues toda nuestra vida depende de lo que seamos capaces de poseer. Cada día vemos en las noticias casos de corrupción, recordándonos aquellas palabras de Hannah Arendt en las que definía la hipocresía como un vicio que se manifiesta en corrupción, como una exhibición de algo que no se puede poseer y que obliga al individuo a robar para mantener esa mentira. Una feria de vanidades, en definitiva, cuyos verdugos terminan convirtiéndose en sus propias víctimas, pues de tanto afilar la cuchilla acaban por cortarse a ellos mismos. Un país, el nuestro, como decimos, que refleja la derrota de un modelo que es incapaz de tenerse en pie. Si Alemania nos alentó a gastar lo que no teníamos, así los bancos lo hicieron con sus clientes y así ahora, nadie puede pagar a nadie. ¿Saldrá alguien bien parado en esta historia? Quizá el que sepa conformarse con poco, o con nada. O quizá el que empiece a plantar alguna semilla, en vez de seguir prendiendo bosques que ya ardieron.

La Tribuna de Albacete, (8-5-2013)

miércoles, 1 de mayo de 2013

Dentro del mar


Yo te miré despacio y con dulzura, tú me devolviste la mirada y con ella la vida. Mi corazón parecía querer salir de mi pecho para unirse con el tuyo entre el calor de los silencios. Imaginé tomar tu mano suavemente. Entretanto las olas de la playa marcaban el ritmo de nuestra interminable canción de enamorados. Entramos juntos en el mar, de nuevo a la vida, al movimiento de las almas, al fluir de las aguas sobre los cuerpos inundados. Yo buscaba tu mirada de nuevo, ese gesto tuyo que -como estrella fugaz- hacía detenerse infinito el instante. Y llegó, aconteció el soplo de encuentro iluminado. Por unos segundos nos quedamos así para siempre, en medio de la más completa eternidad.

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