domingo, 30 de diciembre de 2012

Fin de año

Pasan los días y con ellos el tiempo nos indica su constante transcurrir, como un río que vence todo obstáculo sin oponerse a nada, camino a su destino natural, el mar. Los grandes filósofos han abordado el tema del tiempo como punto central en sus obras, de hecho, no hay temática que no sobrevuele ese punto, ni convicción que no parafrasee un pasado o un futuro, o el noble presente desde el que se prefigura y constata toda continuidad. Con Parménides la filosofía se aproxima a una cima de grandes magnitudes, estableciéndose la dialéctica del movimiento y del no movimiento, del ser y del estar. En toda elucidación racional, que asume la dualidad como característica principal de discurso, considerar al ser más allá del tiempo supone un punto de unión con la trascendencia y la fe, más allá de los mitos, muy cerca de un misticismo inherente en el ser humano, y que necesita ser racionalizado. Hoy en día vivimos en el tiempo del estar, asumiendo una sola parte de la dialéctica, elaborando una síntesis histórica que depende siempre de las circunstancias y que nos arroja a un abismo azaroso. La religión quiere ofrecer esa otra parte, nos invita a la comunicación con Dios, pero se instala en un dogmatismo que impide que cada cual lo haga por sí mismo, a base de doctrina y de normas de conducta que separan, más que unen, lejos de lo que toda religión debería establecer, esto es, un camino de unidad. 

Ya casi rozando el final de un año y el comienzo de otro, vemos cómo el tiempo -desde la concepción lineal que establecemos- nos lleva siempre a un punto de partida, despidiendo así un ciclo vital para comenzar otro. Este año 2012 hemos oído hablar de las profecías mayas, que indicaban el comienzo de una nueva era, o más bien el final de una era, pues para los mayas la fecha del 21 de diciembre de 2012 señalaba el final de su calendario. Se ha hablado, por tanto, del final de un ciclo cósmico que abarcaba más de veinte mil años. Quizá sea difícil, para nosotros, como viajeros circunstanciales del tiempo en un punto concreto que apenas llegará a los cien años, percibir esos ciclos cósmicos, llegar a sentir la magnificencia del tiempo cósmico y sus estaciones milenarias. Pero, como escribió el poeta de haikus japonés Kobayashi Issa: “Mundo-rocío, / duras lo que el rocío, / sí, pero… pero… / Maravilloso: / ver entre las rendijas / la Vía Láctea.” Así, tímidamente, miramos este universo, como un caracol quizás, en lenta trayectoria. Pero el cosmos siempre nos susurra una inmensidad que a nuestro mirar habitual le cuesta abarcar; a no ser que se abandone a la sorpresa y al asombro y se deje llevar así por una espiral del cosmos presentida, por un agujero negro en algún centro infinito o por una estrella fugaz que, como el paso del tiempo, marca un rumbo hacia un abismo de silencio y misterio. 

Desde esa pequeñez que el ser humano perfila en relación con la naturaleza y con el mundo, concebir el fin de un ciclo que nos trasciende por mucho en el tiempo refleja una poética de la existencia que ni la historia ni la antropología han conseguido transcribir y solamente acaso el rito de los ciclos, las ceremonias que despiden y abren puertas, consiguen recordarnos y llevarnos a verdaderos momentos de renacimiento, a encuentros sagrados con límites del tiempo que evocan espacios eternos. Al final, del año o del tiempo, puede que todo parezca un sueño, que miremos atrás y veamos que todo lo ido nunca permanece, tan solo en la memoria y en la imaginación evocadora. Pero ello no niega la persistencia del presente y la fidelidad al instante, camaleónico, continuamente cambiante, aparentemente en movimiento, pero, cumpliendo esos ciclos que nos llevan al punto de partida, haciéndonos saber que todo en la vida es un eterno comienzo. Como Whitman, podemos afirmar que conocemos la amplitud del tiempo y eso nos lleva a reconocer una dimensión mucho mayor de nosotros, algo inimaginable pero presentido, al igual que el reconocimiento del universo como una parte nuestra. “Sé que soy inmortal, –escribió Walt Whitman- / sé que mi órbita no puede ser medida por el compás del carpintero, / sé que no me perderé como la espiral que en la oscuridad traza un niño / con un palo encendido.” Y así se siente esto que –año tras año- llamamos vida.

Diario La Verdad, 30-12-2012

domingo, 16 de diciembre de 2012

Los tiempos deben cambiar


“Los tiempos están cambiando”, cantaba Bob Dylan hace ya medio siglo, entonando una protesta que seguiría durante el resto de los años sesenta –el llamado “movimiento hippie”- y que, con la guerra de Vietnam de por medio, marcaría un antes y un después para las jóvenes generaciones de entonces. Los tiempos, a pesar de lo que pareció soñarse, no fueron a mejor y el mundo ha seguido padeciendo guerras, injusticias sociales, pobreza, contaminación, desigualdad, etc. Todo ello se resume en una lucha de intereses llevada a cabo por los instrumentos de control y de poder, por países, grandes empresas, entidades financieras y un sinnúmero de organismos e individuos que siempre han aspirado a conquistar una porción del pastel mundial. El capitalismo ha sido hasta nuestros días la bandera de la globalización, el punto de arranque de un sistema cada vez más inflado en sus aspiraciones. Parece que el globo está a punto de estallar, pero eso no impide que las verdaderas políticas de expansión se sigan rigiendo por las mismas máximas de actuación, centradas en sus posiciones en los mercados, en las subidas o bajadas de la bolsa, en el crecimiento financiero a costa de un pueblo que, con todo ello, se ha convertido en deudor y en eterno e involuntario alimentador de este sistema. La libertad, en este caso, no es un concepto apreciable –pues es controlada y manipulada escrupulosamente- y el sistema resulta invulnerable. Ya han pasado unos cuantos años desde que empezamos a oír hablar de “crisis económica” y algo nos hace sospechar que la crisis vino para quedarse, suponiendo una excusa perfecta para ejecutar recortes sociales que ponen en la cuerda floja al llamado, ya suena a nueva utopía, “estado de bienestar”. Cada día oímos en los telediarios un nuevo recorte en materia de sanidad o de educación, los pilares básicos de un estado, y el pueblo no tiene otro remedio que acostumbrarse con resignación o salir a la calle para recibir represalias de gélidos y voraces antidisturbios. Creíamos que los tiempos estaban cambiando hace unas décadas, seguramente cambiaron muchas cosas necesarias -gracias a las que hoy podemos expresarnos con algo más de libertad que entonces- pero más que nunca necesitamos que los tiempos vuelvan a cambiar y, sobre todo, que esa canción sea cantada de una forma unánime y mayoritaria, si queremos ser escuchados.

Muchas voces críticas con el sistema animan a los ciudadanos a que recuperen el mando de su libertad, haciendo así que resucite esto que llamamos “democracia”, que en realidad es una “mercadocracia”. Los políticos, que representan al pueblo, sirven al mercado, al poder, y, al contrario que Robin Hood, roban con descaro a los pobres para entregárselo a los ricos, quienes nunca tienen suficiente. Los bancos exigen que los estados inyecten billones de euros e impunemente reciben tales cantidades a fondo perdido, mientras que los ciudadanos dan también hasta el último céntimo en intereses a sus entidades bancarias y si deben más de la cuenta son embargados sin escrúpulos. La sociedad –finalmente- observa pasivamente una situación que no le queda otro remedio que aceptar. ¿Hasta cuándo? ¿Cómo cambiar esto?, son algunas preguntas que retornan sin respuesta, pero preguntas necesarias . Podríamos llamar a esta sociedad y a las generaciones presentes la “sociedad de la decepción”, pues en esto, casi todos están de acuerdo. La decepción es unánime. Decepción con la manera de llevar las cosas y con las políticas asumidas como solución. Nadie quiere que le quiten para seguir teniendo menos cada día. Y esa es la única política de actuación que vislumbramos, la única solución que irónicamente nos ofrecen. Acaso esperando un milagro, un eclipse solar del que llueva dinero o una idea brillante de algún gobernante –que no llegará- que resuelva este entuerto.

En general, el problema concierne a la especie humana como tal y a su paradigma o cosmovisión mental. El problema viene desde hace mucho, quizá desde Darwin y de cómo se inventó una forma de vivir en el mundo alejada totalmente de la realidad. (Dejemos esto para otra ocasión). Pero lo que no podemos olvidar es que este planeta no podría sobrevivir sin la mutua colaboración de las especies que lo componen, y si obviamos esta crucial, definitiva cuestión, iremos siempre contra natura. En la naturaleza no hay competición, hay colaboración. ¿Se comporta de igual modo el ser humano? Investiguemos esto, razonemos con honestidad, profundicemos hasta agotar todas las posibilidades de respuesta. Todas las respuestas son necesarias, abren nuevos campos, arrojan nuevas semillas al entendimiento y comprensión de nosotros mismos. Vivimos un punto de inflexión en el que bajar hasta el fondo o subir hasta el cielo depende más que nunca de dónde dirijamos la mirada. Ante todo, no lo olvidemos, nosotros tenemos la respuesta. Y es nuestra obligación –un compromiso con la libertad y con nosotros mismos- el buscarla. Los tiempos, hemos de entonar con firmeza, deben cambiar.

Diario La Verdad,  16-12-2012

domingo, 2 de diciembre de 2012

La razón patológica (Sobre psicopatología y salud)


El famoso caso de Phineas Gage, impecablemente narrado e investigado por el neurocientífico Antonio Damasio, desprende importantes respuestas y enigmas sobre el funcionamiento de la mente humana y el cerebro, sacadas a la luz a partir de un accidente de trabajo en el que una barra de hierro pasó por su mejilla  atravesándole todo el cerebro a través del lóbulo frontal. No fue un caso para los seguidores de Broca, tan centrados en la funcionalidad de las áreas del lenguaje, en la comprensión y productividad lingüística, sino que abrió puertas para el estudio de la razón práctica, de la disociación cognitivo-emocional, de los sistemas individuales de valores, etc. Gage no volvió a ser el mismo tras el accidente, “ya no mostraba respeto por las convenciones sociales”, cuenta Damasio, “no había evidencia de preocupación por su futuro, ni síntoma de previsión”, se volvió fantasioso, blasfemo, irresponsable, imprevisible, rebelde, asocial… Todo ello le llevó a perder sus diversos empleos tras el accidente, a ser incómodo y molesto para los demás y a que finalmente terminara en un circo mostrando las huellas de su “tragedia”. Sin entrar en detallados análisis fisiológicos podemos afirmar que un impacto cerebral trastocó su mundo y sus valores morales y “racionales” se fracturaron dando lugar a una desinhibición emocional severa.  La actitud de Gage se consideró patológica, fuera de la normalidad.

El debate puede tener aquí su primer punto de análisis, estableciendo la marcada separación –todavía por clarificar de forma convincente- entre lo saludable y lo patológico. Clasificar una patología mental desde un criterio sociológico es la mayor trampa que una sociedad puede tenderse a sí misma. Si hoy en día todos admiramos a Don Quijote porque vio gigantes donde el racional Sancho sólo veía molinos de viento, cabe preguntarse hasta qué punto la razón es para la sociedad un lastre más que una cualidad, un impuesto filtro a través del que ver el mundo más que un saludable mirar. Puede que la sociedad se haya clavado una barra de hierro fantasma sobre su cabeza, obstruyendo necesarios canales de respiración vital como son la creatividad, la imaginación, la espontaneidad, la libertad… impidiendo que –resumiendo- el ser humano se muestre y sea –simplemente- tal como es. Teniendo en cuenta que existen alrededor de 10.000 mil millones de neuronas en el cerebro humano y más de 10 billones de sinapsis, tal vez nos enfrentamos a un número pequeño si consideramos las posibilidades cerebrales inhibidas desde la infancia, a través de la educación, las normas sociales y morales, la religión y los escasos cauces que dejamos para que se exprese la libertad en nuestras formas de vida actuales, regidas por un sistema trazado limitante.

La línea divisoria entre el artista y el loco ha sido corta (muchos serían los ejemplos de creadores que han visitado ambos mundos) en un terreno humano en el que la razón simboliza lo saludable, el artista lo aceptable (quizá ayuda un poco a entretener y a evadir la razón de una manera “institucionalizada”) y el loco lo patológico (pues no pone límites a su sinrazón, lo cual asusta e incomoda a los que se esfuerzan por mantener su cordura). La patología mental supone sufrimiento, sobre todo en un mundo en que ésta es exiliada, medicada, reprimida y silenciada. En los manuales de psicología aumentan las descripciones de patologías y síntomas y es posible que hoy en día no exista un individuo que  pueda excluirse de coincidir con alguna de ellas. Así la definición es clara y contundente, y se llama psicopatología a aquello que se sale de lo “normal”, aquello que no cumple las convenciones sociales que llamamos “saludables” y “funcionales”. Pero, no nos engañemos, en un mundo loco el llamado “loco” es el más cuerdo, es una advertencia de salud, una llamada de alarma que nos exhorta de un peligro. Y quizá sea el mejor camino para regresar a la salud verdadera, pues como toda crisis, y como sucede con la enfermedad, no es más que una signo adaptativo de salud, una señal necesaria del organismo que todavía está vivo. Es la salud la que lanza su grito de auxilio y no sólo al que la padece, sino a toda una sociedad que parece haber enmudecido, cediendo al chantaje anestesiante de la razón, que paraliza al cuerpo y al alma hasta que finalmente muere. Como dijo Mahler al escuchar su propia obra musical: “un dolor ardiente cristaliza”. Un nuevo mundo se abre más allá de los límites de la razón, del tiempo y del espacio, y sólo de esta manera es posible “llegar al fondo de las cosas y traspasar las apariencias externas”. Dejemos que la razón silencie por unos segundos su parloteo mental acostumbrado y escuchemos así otras sinfonías y sueños interiores –guardados en luminosas y profundas regiones de nosotros mismos- que nos recuerden que todavía –y afortunadamente- seguimos vivos.

Diario La Verdad, 02-12-2012

lunes, 19 de noviembre de 2012

La mirada del Tao


La globalización ha logrado que la mirada del mundo enfoque a un solo punto, el modo de vivir occidental, el modo del consumo y la producción masiva, tratando de hacer girar a la sociedad en torno a una economía de mercado que se posiciona como religión y guía de los destinos humanos. Es el dinero ese ticket que da aliento al alma y el materialismo en general ordena nuestros destinos acotando la mirada vital y condicionando una libertad que cada día se ve más limitada y refrenada. Oriente sigue esos pasos desorientados, China o la India son un buen reflejo de ello, pero guardan en sus residuos históricos tesoros de sabiduría capaces de inspirar hoy día a nacientes generaciones. El budismo sigue vivo aún, no como institución, no porque todavía existan templos y congregaciones de monjes vistiendo la túnica de Buda, sino porque no ha muerto el espíritu de las palabras de aquel sabio príncipe que pronto se dio cuenta de las causas del sufrimiento y decidió poner fin a ellas de una manera espontánea e inteligente, siguiendo el ejemplo de la naturaleza, de la vida misma en su expresión original. Del mismo modo Lao Tse nos legó su tratado del sendero y de la virtud (“Tao Te King”) en el que simplemente daba testimonio del funcionamiento y fundamento de la existencia humana.

El Tao, a simple vista, parece difícil de entender, y cuanto más tratamos de pasarlo por la razón y el intelecto posiblemente se haga más ardua su comprensión. Y es que algo que apunta al vacío no se puede llenar con ideas, algo que apunta a la esencia más genuina de nosotros no se puede recargar con dogmas o tendenciosas interpretaciones. El Tao nos recuerda que la vida es un acontecimiento espontáneo en el que estamos inmersos, plenamente integrados, y es por eso por lo que tenemos la capacidad de verlo. No podríamos hablar del olor de una rosa si previamente no acercamos el olfato y nos suspendemos en la inhalación directa de la fragancia, en la desnuda mirada al sabor de ese instante en que el aroma emerge hacia el sentido. Ningún manual de botánica tiene la capacidad de entregarnos ese rosa desnuda y profunda, viva y sincera. Asimismo la vida se presenta a nuestros ojos cada día y posiblemente hemos perdido esa capacidad tan nuestra de saborearla. La vida, de igual modo, transcurre y se posa sobre nuestros cuerpos, como las hojas de otoño, cayendo natural movida por un viento preciso que da color, forma y textura a todos los instantes. “Insondable, parece ser el origen de todas las cosas”, leemos en el Tao, y es que, como huéspedes que somos de la existencia, apenas conocemos la raíz de este acontecimiento siempre imprevisible que supone el suceder del tiempo. Por muchas leyes que formulemos siempre hay una que se inscribe sobre el marco de la puerta de toda sabiduría. Es la ley que nos enfrenta con la incertidumbre, que nos deslumbra con el misterio, que nos lleva de vuelta a una infancia eterna de preguntas y enigmas incipientes. Es la ley del no-saber, esa que nos iguala a la inocencia de la flor, esa que nos entrega la fragancia y que nos invita con ello a sentir el latido del corazón en el instante mágico en que tiene lugar el descubrimiento íntimo de una sensación indescriptible, pero bella por el mero hecho de tener lugar, de poder ser experimentada.

La complejidad de la vida occidental radica en un excesivo distanciamiento de la naturaleza, es decir, de la verdad natural que nos constituye. Vivimos en un entramado de calles, luces eléctricas, ruidos de máquinas y vapores contaminados, vivimos inmersos en horarios frenéticos, en proyectos abismales  que nos desligan de nosotros mismos, en una rueda del tiempo que gira hacia el mañana y que hace imposible la visión plena del ahora: porque ahora no significa nada si no le sacamos un partido que nos dure por más tiempo. Y de esta manera vamos perdiendo un tiempo que, previamente hemos concebido como limitado, un tiempo que hemos trazado como autopista para un viaje imparable que nos impide detenernos en mitad del trayecto para, únicamente, mirar el paisaje y descansar en la contemplación silenciosa de lo que nos ofrece. Hemos, dicho en pocas palabras, inventado el tiempo para huir de nosotros mismos.

Cuando leemos en el Tao que el Camino es eterno, inevitablemente hemos de sosegar el ritmo si queremos adentrarnos en la verdad de esas palabras. Cuando se nos dice que no hay prisa, que no es necesario moverse para que la vida se mueva, algo en nosotros es capaz de reconocer que está vivo, que es verdadero y que nos sobrepasa. Esta es la mirada del Tao, la que sencillamente contempla el paisaje y se detiene con él, porque ya todo, mágicamente, está en perfecto y perenne movimiento. Así uno puede empezar a caminar despacio, lleno de profunda confianza, porque sabe que sus pasos son los mismos que mueven al sol o a las estrellas, y sabe que el universo no se equivoca en su orden ni se agota si nos detenemos.

Diario La Verdad, 18-11-2012

domingo, 4 de noviembre de 2012

El mito de la libertad

Hemos ido hallando el concepto de “libertad” en distintas fases de nuestra esclavitud histórica. La historia de nuestra humanidad podría resumirse en la ganancia y la pérdida del individuo de su libertad, ganancia, que, además, ha sido siempre parcial, imaginada (proyectada como utopía) o ilusoriamente adquirida. Es –así- un mito más que una realidad, una fantasía más que una lógica materializada. En la Biblia Adán y Eva ganan el libre albedrío suponiendo su expulsión del Paraíso. Desde ese momento probablemente el hombre occidental se ve incapaz de vislumbrar su libertad completa en este mundo durante la atropellada trayectoria de su recorrido histórico. El mito de la libertad parece impedir conseguirla, pues en los mitos los protagonistas suelen ser dioses o héroes, seres que poco tienen que ver con nosotros. Desde los comienzos de Europa se abraza el mito y se traduce al logos, pero el sempiterno desastre de la razón hace imposible la conquista de la libertad. Desde la Revolución Francesa a la II Guerra Mundial la libertad ha sido encumbrada y destronada, amada y pisoteada dejando entrever el carácter extraño de la condición humana, esa inusual especie que parece luchar contra sí misma, que ha hecho de los conceptos de “evolución” y “progreso” un camino hacia su propia autodestrucción. Del mito de la libertad al logos de la sinrazón humana y finalmente al miedo inexpugnable. Un miedo casi inserto en el código genético de los hombres que les impide conquistar su libertad. Hace no mucho la sociedad se fue haciendo consciente de que se vivía entre barrotes, de que se había construido una jaula en torno a nuestros territorios de libertad y muchos muros se fueron derribando. Ahora la jaula es invisible y el miedo son sus sutiles barrotes, y la sociedad parece haber perdido la confianza en sí misma y en que tal vez sería posible construir un mundo nuevo.

El libre albedrío, recordemos, conlleva la asunción de un pecado original, una marca de nacimiento que pone en entredicho la verdad de tal libertad. La condena original parte del conocimiento del bien y del mal, siendo el hombre arrojado al penal de su inevitable confusión moral. Por ello, Nietzsche escribió: “No tenéis derecho a castigar, vosotros los partidarios del libre albedrío; ¡vuestros propios principios os lo prohíben!” El filósofo alemán llamó a tales principios “una particular mitología de ideas”, una creencia que, al fin y al cabo, tiene que ver con Dios y con su ley divina, no con nosotros. Pero el hombre, al asumir el papel de portavoz de Dios creó Babilonia y se hizo aspirante a contener el mito y todo lo sagrado en el logos. El matemático Kurt Gödel, como también postuló Leibniz, formuló una demostración ontológica de Dios, basándose en el principio de San Anselmo que afirma que todo lo pensable es susceptible de existir, esto es, que si Dios es pensable, existe. El uso de tales términos positivos, proposiciones a la manera de Wittgenstein, nos hacen verosímil, aunque no verídica, pues una palabra no es la cosa, la existencia de Dios. Y, al menos, dejan la puerta abierta a una concepción que, incluso en el terreno de la lógica formal, se hace factible. Pero el papel del pensamiento se ve cada vez más limitado por las formas de los objetos mentales que quiere representar, sobre todo si el terreno de la imaginación queda fuera de la realidad mental. Jean-Paul Sartre alude a la imagen como objeto mental imprescindible en el funcionamiento del pensamiento. La imagen, o la capacidad de proyectar imágenes (imaginación) es un terreno que, a pesar de Freud, no ha sido todavía objeto de un estudio profundo más allá de sus interpretaciones simbólicas. La imagen, como forma primera no contaminada por la palabra, es el manantial de todo acto creativo, es el salto del mito o del sueño sin pasar por el logos (la razón) hacia la mística de la experiencia sensitiva. Por ello, imaginar la libertad es verla tal como es, conectar con su esencia genuina. La capacidad de imaginar es el primer paso hacia el milagro. Y el hombre está hecho de sueños y se debe a ellos. Soñar a Dios puede ser una liberadora aventura si somos capaces de concebirlo más allá de nuestras limitaciones. Si el hombre restaura su ilimitado poder de imaginación puede convertirse en el protagonista de sus mitos y llegar a  tocar -incluso- la mano de Dios, como parece que va a suceder en la pintura de Miguel Ángel.



Diario La Verdad, 04-12-2012

domingo, 21 de octubre de 2012

Destino literario de la historia


Quizá el destino literario no sea tanto el de alguien que dedica su vida a escribir sino el de quien se siente escrito y observa el mundo en que vive como fábulas o metáforas de una realidad libresca o –llamémosla también- virtual. Son más los argumentos que nos llevan a deducir que nuestra historia vital ha sido entresacada de las páginas de un viejo libro perdido y casi secreto, un libro, como le gustaba decir a Borges, que contendría todos los libros y repitiese –una a una- todas las palabras, símbolos y ecos de la historia. En “La historia interminable”, de Michael Ende, el protagonista encuentra un libro que le resulta más interesante que los capítulos presentes de su vida, y, desde ese momento, aquella narración se convierte en una extensión de su vida y sus gritos, miedos y esperanzas llegan a escucharse en aquel mundo de fantasía, donde, al final, él es la pieza clave para salvarlo. Siendo el verdadero protagonista, y no sólo lector, de la historia. ¿Qué sería de este mundo nuestro sin el personaje que lo sueña, sin el hombre que al despertar cada mañana pasa una nueva página de su libro? Todas las historias necesitan del personaje, del lector activo que anima las letras –sin él- dormidas en un no-lugar para siempre. El escritor, decimos, no olvida que está siendo escrito y en esa extraña obsesión textual, se instala frente a la página en blanco, como un alquimista que juega con caracteres y sentidos para hacer latir en ellos un corazón que se asemeje al que late en su pecho o que se reproduzca frente a él para poder tocarlo. No es otro el destino del hombre que el de sentir que la vida está viva, de cualquier manera.

Siempre se puede dar una vuelta de tuerca a la historia (así nos lo demostró Henry James), pero en este caso para encontrar en la vida el libro genuino que pasamos por alto, mientras perdemos el tiempo leyendo otros, como antaño se hacía con los de caballerías. Unos y otros nos enfrentan a un mismo destino, el de nosotros mismos. Cambian argumentos, escenarios, vestuarios, pero uno no deja de verse la cara frente al espejo y algo le urge a sostener la trama para que ésta no se desmorone y pierda su sentido. Puede que la historia que creamos y en la que creemos, aunque cada vez menos, sea la misma, o muy parecida, para todos. Tal vez el personaje principal, la Humanidad, de esta novela llamada Historia, se halle más perdida que nunca haciendo de todo pero sin saber qué hacer realmente. Haciendo lo que se dice que ha de hacerse, consumir y ganar dinero y mientras tanto ser amados y conservar la salud, en un mundo donde cada día se consume más, se gana poco o casi nada, se ama menos e incluso se muere ya en vida. Un personaje de esta novela, se escuchaba en televisión, y cuya profesión era de la economista, dijo que en estos tiempos de crisis hemos de conservar y alimentar algo que nos puede salvar del desastre: la ambición. El que aquí escribe no daba crédito a esas palabras ‘expertas’ que parecían regocijarse en el dolor, que herían al sentido común aportando como receta el veneno que nos ha llevado hasta la presente situación social de cuerpo moribundo. Sin duda, se refería a la ambición económica, a la lucha de individuos por acaparar más que el otro, al constante desenfreno de adquisición de apariencias, propiedades y privatización de libertades para quienes puedan pagarlas. 

Pero, como advirtió Paracelso, el veneno puede ser también la medicina dependiendo de la dosis. Si la ambición es el veneno, ¿por qué no llevar la ambición por un sendero más adecuado? ¿Por qué no tener la ambición de cambiar este mundo de una vez por todas hacia un bien común y legítimo, en el sentido moral de la palabra? Si somos ambiciosos respecto a la verdadera libertad, la que nos merecemos todos, por el solo hecho de nacer, la que no está determinada por el estatus o el saldo en la cuenta bancaria, seremos capaces de trabajar juntos hacia la verdadera igualdad de la humanidad y del planeta en general; pues este planeta no nos pertenece, más bien pertenecemos nosotros a él, todos por igual. Si queremos que el destino de esta obra literaria tan real, también llamada Mundo, sea digna de compararse a las grandes obras de nuestros escritores, hemos de construir una trama memorable. “Un mundo feliz”, al contrario de lo que pueda sugerir su título, como sabemos, augura el espanto. ¿Queremos continuar escribiendo obras ya escritas, imitando libros que ya anticiparon la tragedia? ¿Somos capaces de dar la vuelta al argumento? Recordemos cómo termina el libro sagrado para los cristianos, ese que, junto al Quijote, representa para muchos la cumbre de la literatura. Nada bien, parece ser; al menos, para los no socios. A estas alturas, cabe sólo decir que el único personaje cuerdo de toda la historia fue aquel ingenioso hidalgo, cuyo nombre ahora no recuerdo, de la Mancha.

Diario La Verdad, 21-10-2012

domingo, 7 de octubre de 2012

Nuevos paradigmas: la conciencia


Admitir que no sabemos nada puede ser un buen comienzo. En el principio, se nos cuenta, era el verbo; quizá más bien un balbuceo, una sílaba buscando comunicar un sentido, un canto, un resplandor de melodía queriendo hacerse canción. Nada sabemos mas no por ello dejamos de hacernos la pregunta ni de ensayar respuestas que nos sirvan, al menos, para entonar nuevas interrogaciones. Cuenta el mito que Eros despertó a Psique de su sueño oscuro y que juntos se amaron, como en los cuentos, para siempre. Cuentan que su hijo se llamó Placer. Fue un amor casi imposible, de luces y sombras, como dicen que son los grandes amores, los verdaderos. La palabra ‘psique’, que traducimos por ‘mente’ significa también ‘alma’ y además tiene otro significado: ‘mariposa’. Seguramente ése sea el más acertado sentido de la palabra, el que nos transporta a su esencia íntima. El alma, podemos presuponer, está atrapada en la mente, de ahí la confusión en las palabras, y es cuando el amor la alcanza (Eros) que queda liberada y puede así volar, como una mariposa. El fruto de ese vuelo es el placer, el placer mismo de volar, en ese ascenso del alma hacia la verdad de su esencia, el amor.

El mundo que habitamos trasciende las fronteras de la mente, tal y como entendemos hoy día ese concepto, y empezamos a hablar de otro término mucho más amplio: el de la conciencia. Es ahí donde se instalan los nuevos paradigmas científicos, desde donde puede empezar a entenderse un poco todo esto que llamamos vida. Cuando los límites de la mente se amplían y se van disolviendo, va quedando manifiesta la comprensión de la conciencia como un todo que iguala todas las cosas en una unidad compartida de identidad: el ser. Todas las cosas son y por ello comparten esa misma naturaleza. Una piedra, una estrella, un ser humano, un océano… todo ello es. Y esta es la unidad mínima significativa que nos compone. En esta sincronía de ser vivimos, nuestro tiempo es el tiempo del ser; y ese tiempo del que hablamos se va pareciendo cada vez más a un no-tiempo, a una eternidad, a una dimensión que ha vislumbrado más allá de su arcaica concepción espacio-temporal. Si apenas hay diferencias entre nosotros, seres humanos que poblamos este planeta, con –por ejemplo- la galaxia más distante -hasta hoy estimada- de la Tierra, podemos empezar a superar toda teoría limitadora y mecánica basada en coordenadas espacio-temporales. Si decimos que la identidad que compartimos –que es ser- es la misma, ya nos sobran las distancias. He aquí -gran reto que se nos presenta- el llamado nuevo paradigma de la conciencia.

Es difícil tratar de asimilar esto desde nuestros habituales métodos de observación, esto es, desde la mente. Sería como pretender que entrara un elefante por el ojo de una aguja. Nuestra mirada ha de ampliarse, mucho. De eso trata la evolución. Los biólogos L. Margulis y D. Sagan han apuntado algo interesante: “La materia viva no está aislada, sino que forma parte de la materia cósmica que la rodea y danza al ritmo que le marca el universo. […] La humanidad no dirige la sinfonía sensible; con nosotros o sin nosotros, la vida seguirá adelante”. Nos damos cuenta de que estas observaciones dejan la vida en manos de la naturaleza, más allá del hombre –que solamente sigue sus huellas. Nos damos cuenta además de que este tono evolucionista es a la vez profundamente espiritual, porque hay algo que trasciende al hombre en todo este movimiento cósmico, hay una verdad natural, ese ser del que estamos hechos, que funciona sincrónica y milagrosamente bien y que podemos equiparar al nombre de Dios, o también al de ese Eros cuyo beso, como en “La bella durmiente”, hace despertar y volar al alma, alma representada en una mujer o en una mariposa, en un suspiro o en una brisa marina, en un poema pastoril o en una sinfonía de Mozart. Todo tiene alma –vida- porque los ojos que miran son esa vida, ese mismo ser… y se reflejan en él, palpitando de conciencia y de realidad. El reloj del universo marca una misma hora para todos: la hora del ser, la hora de la eternidad. No hay caminos ni rutas pequeñas cuando la infinitud es el destino del hombre, cuando la naturaleza traza sus perfiles sin nombre, hechos de luz y de una sola esencia, abierta y siempre nueva en sus incontables manifestaciones. “En el ancho mar, en lo azul del vasto cielo [escribió Tagore] nadie trazó rutas jamás”. Así es. En la inmensidad el camino se pierde, abriéndose paso una verdad sin límites. Esta conciencia tiene otro nombre, también se llama libertad.


Diario La Verdad, 07-10-2012

domingo, 23 de septiembre de 2012

Religión y espiritualidad



“La religión ya no es suficiente”, ha declarado recientemente el Dalai Lama en un breve texto publicado en las redes sociales. La religión ha ocupado durante muchos siglos el trono institucional de la espiritualidad, dirigiendo la mayoría de las veces a sus seguidores por un camino que dista mucho de valores profundos como la libertad o la verdad. Se ha usado la legitimidad sagrada como instrumento de control, a través del temor y la culpa, para evitar que el ser humano encuentre por sí mismo la verdad última que uno solamente puede y tiene el derecho de hallar. Tutelar al individuo en un sendero así, impedirle la libertad -que por nacimiento y por esencia posee- de seguir el único dictado de su conciencia como recurso fundamental, ha supuesto una herida profunda en la dimensión socio-cultural –ética y moral- del espíritu. Afirmar que las escrituras o una persona en concreto es la autoridad por medio de la cual nuestro camino hacia Dios es trazado, ha significado la trampa “espiritual” más difícil de sanar de nuestra historia. Una trampa que implica el deseo de poder y manipulación de una institución, sea cual fuere que se atribuya tal poco humilde tarea de pastoreo.

La espiritualidad afirma básicamente que somos algo más que un cuerpo mortal, que lo que ciertamente somos trasciende esta concepción materialista. Que somos, por encima de todo, espíritu. En general, la religión afirma lo mismo pero yerra en sus medios para realizar tal comprensión. Se equivoca cuando usa una verdad tan sagrada como forma de chantaje que nos obligue a seguir una serie de preceptos o premisas éticas impuestas por necesidad de “salvación”. De esta manera maquiavélica la religión nos guía, como un anticristo, hacia lo que no somos. Si la espiritualidad, haciendo una analogía, representa al corazón; la religión representa a la mente, con sus miedos, dualidades, limitaciones y actitudes egoístas. La primera gran dualidad errónea de la que se parte es la idea del bien y el mal. Idea que lleva implícita la concepción de que Dios representa el bien y que uno se aleja de él hacia el mal cuando no obra de acuerdo a las leyes establecidas del bien. De esta manera el ser humano vive confundido, siempre temeroso de sus acciones, aturdido por una ética que le absuelve o le condena. Para la espiritualidad esta ética no es condicional sino natural; pues ¿qué otra cosa puede revelar el corazón si no siempre el amor?

Es la mente la que divide una verdad que carece de divisiones. Pues la verdad, como Dios, sólo puede ser una. En el corazón la verdad resplandece, lúcida y serena, libre y espontánea. Al obrar siguiendo a la mente se pierde esa espontaneidad, se actúa según lo que nos lleve a conseguir tal o cual cosa. Uno actúa según sus propios intereses, y al final sólo buscará a Dios si le resulta rentable, si ve que le puede dar lo que habitualmente se pide: salud, dinero y amor. Y nos olvidamos así del camino verdadero, el que enseñó, por ejemplo, Jesús, del amor incondicional. De amar a Dios, no por lo que el resultado de este amor nos pueda aportar, sino porque es lo que somos y es el único camino que, hagamos lo que hagamos, en verdad podemos tomar. La espiritualidad proclama que el encuentro certero con Dios sucede cuando nuestra identidad se ha fundido completamente con él. Entonces ya no cabe duda de que todos nuestros actos despliegan su presencia y toda nuestra vida inhala su fragancia. Entonces quedamos desnudos ante nuestra verdadera identidad y ya, como escribió el poeta José Ángel Valente, en su bello poemario “Mandorla”: “No estabas tú, tu cuerpo, estaba / sobrevivida al fin la transparencia”. 

La ética del corazón carece de mandatos externos, ella lo sabe y es libre por ello, porque ha conquistado su libertad, porque ya no necesita de una autoridad que le imponga o condicione su viaje particular –y universalmente compartido en el corazón- hacia lo sagrado. Es ahí cuando la libertad –en todas partes- sabe a uno mismo. Es entonces cuando nos encontramos y nos reconocemos en el camino verdadero, cuando comprendemos aliviados y llenos de dicha que la libertad –como dijera Don Quijote- “es uno de los más preciosos dones que los cielos dieron a los hombres”. Los cielos, no las instituciones, no las leyes políticas, no las leyes religiosas. “Pedes in terra ad sidera visus” (“Los pies en la tierra, la mirada en el cielo”). Los pies caminan, el corazón late al mismo ritmo, siguiendo eternas y celestes resonancias. Sólo hay que llevar los ojos allí donde la luz aventura a nuestro paso el orbe infinito de nuestras más profundas aspiraciones.

Diario La Verdad, 23-09-2012

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Sobre el amor


Al leer a Platón reflexionando sobre el amor -también recuerdo ahora tratados de Schopenhauer, Ovidio o Fromm- uno se pregunta hasta qué punto se puede llegar a conclusión alguna sobre este tema por medio del lenguaje, incluso en su forma más poética. Los filósofos elaboran puntos de vista que ciertamente, por sublime que sea la exposición, dejan un halo de insuficiencia en lo apuntado, la sensación de que se podría haber dicho mucho más, de que se podría haber tocado un poco más a fondo la esencia. Esa sensación, considero, es la correcta, pues el amor, su evocación, aspira a confirmar lo infinito del ser, y en ese ensayo de confirmación subyace la aspiración definitiva, el cénit, siempre por conquistar. Las palabras articulan impresiones, vagas resonancias, efímeros objetos que poseer y que el tiempo desaloja en el silencio hacia un nuevo imaginar. El amor, al pasar por la palabra, es, de este modo, así, imaginado; pero en su expresión directa sobre el pecho latiendo, sobre el corazón, es vivenciado. Esa expresión, esa huella en lo humano de nosotros, quiere objetivarse en el lenguaje, quedarse para siempre, buscando revivir la sensación primera, la llamarada, el vislumbre acaso poseído, conquistado.

El amor, apunta Platón, “nos vacía de hostilidad y nos llena de familiaridad”. Ciertamente nos arroja a ese vacío sobre el que se eleva una intimidad tan intensa que evapora cualquier sentimiento de hostilidad. Una intimidad que constatamos universalmente compartida, un abrazo que se extiende a lo unánime, al sentido de familiaridad, de unión con el todo. El ‘habla’, cuya raíz es la misma que ‘fama’ (de familia) es el medio que nos permite comunicarnos, ejecutar esa familiaridad por medio de la voz, arrojando significados mutuamente entendidos. Cuando uno entiende a otro está actuando la naturaleza del amor por medio del lenguaje, al igual que por medio del cuerpo lo haría un abrazo o una mirada comprensiva. Lo que el ser humano busca, para lo que está diseñado, es para esa comprensión mutua, para la realización de ese amor en la naturaleza. ¿Qué es –podemos preguntarnos- lo que amamos? Y automáticamente se nos presenta una especie de objeto al que amar, pero un objeto que ha de corresponderse en identidad con un sujeto. Pues, ¿qué otra puede amarse fuera sino es lo que se desea desde dentro? Y, volviendo a Platón, “no es otra cosa que el bien lo que aman los hombres”. Sentencia que a primera vista se presenta paradójica, pues si realmente amaran sólo el bien los hombres no habría sufrimiento, ni violencia, ni caos. Dejemos esta consideración para la reflexión personal.

Merece la pena indagar sobre todo esto, dedicar un tiempo a investigar lo eterno. Observar cómo una semilla engendra una planta y un fruto, por amor, por energía de ser. “El Amor será también amor de la inmortalidad”,  leemos en Platón (para más señas hemos citado en todo momento “El Banquete”). Un fruto nos da alimento y con él nutre la vida, preserva el devenir. Alimento para un cuerpo que se pregunta por su alma, que sospecha la inmortalidad, que ve en la naturaleza ese fenómeno de la procreación como el acto del amor manifestando vida, asumiendo así cualidades divinas. El poeta, el creador, el filósofo, quiere comprender a Dios, desea conocer ese mecanismo llamado ‘creación’ que penetra todas las cosas de materia espiritual e incognoscible. El hombre, que sobre todo en la modernidad ha aspirado a ser un dios, se va dando cuenta de que ya lo es, de que está hecho exactamente de esa misma sustancia y que, por consiguiente, no hay diferencia alguna entre él y lo divino. Esta toma de conciencia eleva al amor a su comprensión más pura. Nos acerca a la potencia cósmica y nos iguala –si cabe- a ella. A veces un sentimiento estalla, como el Big Bang, en la vivencia de esta verdad, como un éxtasis místico, como un ‘samadhi’ budista. La plenitud del amor queda así confirmada, pero incluso, como al leer las obras de los filósofos, nos deja la sensación de que podría haber una comprensión aún mayor, un algo más. Pues un solo sol parece no bastar, pudiéndose  sentir en el corazón –por ejemplo- la fuerza de diez mil millones de soles. El amor puede dejarnos sensaciones similares, abismales e irrepetibles, y ante ello solamente podemos rendirnos, agradecer la dicha de habitar tal ingrávido y expansivo sentimiento. Y solamente dejar así, ya, en el cálido regocijo de tal intimidad, una oración humildemente dirigida a la vida. Pidiendo de corazón, evocando a Rabindranath Tagore, que este sentimiento se asiente por fin y prospere, para “que nuestros poderes recién surgidos clamen por una plenitud ilimitada de hojas, flores y frutos”.

Diario La Verdad, 9-9-2012

domingo, 26 de agosto de 2012

Naturaleza y libre albedrío


Para entender gran parte de la evolución humana es necesario conocer o tratar de estudiar la historia de sus emociones, la progresiva complejidad de sus decisiones, la multiplicidad de estructuras que han marcado sus relaciones afectivas, propósitos y logros. Si queremos aventurarnos a emprender una teleología humana partiendo de una base emocional, nos daremos cuenta de que la mayoría de las cosas importantes que hacemos son hechas porque sí, sustentadas por una serie de condicionamientos psicológicos que como un programa de ordenador, emite la orden y así la respuesta estipulada. Los pensamientos, que no son más que una consecuencia emocional, o viceversa, llegan a nosotros –como ha apuntado Heidegger- y nosotros no somos más que unos receptores de ellos, casi meros autómatas. Si miramos con detenimiento este punto la conclusión que se nos presenta puede dejarnos fríos por un momento. No es que seamos iguales a los ordenadores, por ejemplo, sino que si los ordenadores son un producto nuestro es porque de alguna manera nos reflejan y nos ayudan a entender en ellos parte de nuestro propio funcionamiento. Sin embargo, como sabemos, caben unas diferencias abismales entre el humano y la máquina. La diferencia fundamental, la que acaso nos desvela el alma: la conciencia. Esa condición innata e inimitable que es la inteligencia viva y creativa del ser humano, su capacidad para sentir y razonar de una manera impredecible, a pesar de que uno mismo se sienta determinado por su propio ‘hardware’ y ‘software’. Ahora veremos que -en mi opinión- sí que  existe un determinismo ‘liberador’.
Este tipo de cuestiones –por tanto- nos llevan a un tema interesante, el del libre albedrío. Ese concepto o ilusión que consiste en pensar que actuamos por decisión propia y que elegimos nuestro destino. Concepto religioso que, de alguna manera, resulta en oposición con cualquier concepción divina. Es decir, resulta difícil pensar que todo lo que Dios ha creado, el fruto de su obra y de su voluntad, funcionase ajeno a esa voluntad. Creo que es imposible concebir que algún átomo de mi cuerpo no responda a esa ley divina de la que está hecho y que no obrase exclusivamente de acuerdo con ella. Pero más allá de la cuestión teológica, que admite el ámbito de la creencia (o de la fe) nos interesa ver si la ciencia (el conocimiento humano) puede avalar o no la libertad del hombre. Según este conocimiento somos fruto de unas conexiones neuronales, de una serie casi infinita de transmisiones de información al par que un resultado de la segregación de diversas sustancias químicas. No sé cuál será -por tanto- la sustancia química que cuando se segrega nos da la ilusión del ‘yo’, del libre albedrío. Esta idea, que parece casi inofensiva y que incluso la religión (del lat.: ‘volver a unir’) avala, es a mi entender el germen de toda la separación humana. Esta idea nos pone unos frente a otros, portadores de esa libertad ilusoria que creemos tener. En resumidas cuentas, tal ilusión nos lleva por los caminos del deseo, de la separación, de la ambición, de la búsqueda incansable  y competitiva de ‘libertades’. Y todo ello nos actualiza a hoy mismo y a este llamado ‘capitalismo’.
Pero frente al ya sucintamente tratado libre albedrío se contrapone otra idea que –paradójicamente- nos deja una libertad mayor, o mejor dicho, que porta una esencia liberadora. Si asumimos que somos fruto de lo que somos, (“Yo soy el que soy”, significado de Yavé –Dios-), nuestra libertad responde a una libertad mayor que nos trasciende. Una libertad que desconocemos, que nos rige como ‘algo’ rige las estrellas, las innumerables galaxias, su orden preciso, la sincronía de los ciclos de las estaciones, los latidos del corazón, las leyes físicas, el cosmos, la respiración y las mareas, la forma de las nubes o el color del cielo en las puestas de sol… Así con eso, ¿qué papel jugamos nosotros en todo ello?, ¿no resulta vanidoso atribuirnos la función de hacedores en tal majestuosa armonía de milagros cotidianos?, ¿no queda mejor asumir el papel de instrumentos de una voluntad mayor?, ¿no se nos presenta liberadora esta idea? Si todos los días sale el sol y nosotros no tenemos que hacer nada para ello, no hemos de empujarlo con una máquina para que se ponga, ¿qué nos impide confiar por entero en la obra de la naturaleza? ¿No sería más inteligente –más sabio- regirnos por las leyes de la naturaleza, actuar en sincronía con ella? Dejar de una vez de asumir el papel de dioses y salir de ese sueño insensato. Creo que si lo hiciéramos nos sorprenderíamos de la libertad que supone saber que uno no hace nada y que –a pesar de eso- todo es hecho con una perfección mágica y asombrosa. Y todo sería más sencillo. Mucho más natural.

Diario La Verdad, 26-08-2012

domingo, 19 de agosto de 2012

Materia y espíritu

Más allá del ámbito de las creencias se halla el ámbito de las realidades, más allá de lo aceptable o inaceptable se encuentra lo innegable, lo que a fuerza de ser es presenciado se quiera o no se quiera. En este escenario, tanto escépticos, agnósticos o creyentes comparten un mismo territorio de experiencias que -al margen de cómo enfrentarlas o de cómo interpretarlas a posteriori- tienen lugar, son inevitables, suceden irremediables, para gracia o desgracia de uno o de sus expectativas. Seamos materialistas o no, no podemos evitar sentir y no tocar lo que sentimos. Lo sentido no pertenece a la materia, se presenta en lo interno de no sé sabe qué región de receptividades –llámese mente o alma- y se hace real, aunque no tangible. Convivimos con lo inmaterial de manera continua y casi desmesurada, con el pensamiento y la emoción, convivencia que resulta incluso lo que parece que somos, pues ¿qué sería de un cuerpo que no piensa o no siente que es un cuerpo? Sin esa fuerza inmaterial no seríamos conscientes de la materia o de la ilusión de materia que –aparentemente- nos constituye. Cada vez con mayor insistencia ciertos científicos se atreven a decir que esta realidad es un fenómeno de la conciencia, una fuerza de naturaleza aparente que damos por real dentro del territorio de lo imaginado o soñado, como si en el interior de un sueño el soñador juzgase real su presencia, escenario y objetos allí establecidos. Pero el sueño mismo, en confrontación con la vigilia, nos hace ver la impermanencia e insustanciabilidad del terreno de la vida ordinaria, cuando al dormir todo desaparece y nos olvidamos del cuerpo, de lo que tan infaliblemente creíamos ser y vagamos por las regiones de lo onírico, por sus múltiples visiones ingrávidas o cayendo en el abandono de todo durante el sueño profundo.

¿Qué es entonces este cuerpo tan manifiesto y afirmado si todos los días nos deja, se evapora, se diluye en los confines de los sueños, interrumpe su rumbo predestinado y se embarca en la aventura de otras realidades y eternidades? ¿No es algo que nos ha de llevar a preguntarnos cuál es la naturaleza real de este soñador de mundos y de cuerpos? ¿No son los sueños algo más que lo que entendió Freud, esto es, una tergiversación de la vigilia que nos sirve acaso de mera interpretación de la misma? ¿No son otra realidad en sí misma? ¿Otra forma de una misma conciencia expresada? Regiones paralelas, mundos que sin tocarse parecen compartir tanto, los sueños y la vigilia estremecen al hombre desde que es hombre y le hacen mirar más allá de los aparentes confines que la ciencia se esfuerza en establecer como consecuencia de sus limitadas interpretaciones, sesgadas, de una realidad que trasciende el paradigma de lo causal y temporal. La materia, pues, es el resultado de esa visión, es la concreción limitante resultado de una visión limitada. El espíritu, sin embargo, es lo que permite tal manifestación infinita e intemporal, el ojo que ve, la fuerza que expande, el Tao o Dios que de estar tan cercano a uno, de ser tan evidente, más próximo a nosotros –aseguran los musulmanes- que nuestra vena yugular, parece que no está, pues no se ve fuera. Pero precisamente porque está dentro, porque es uno mismo. He ahí el misterio y la grandeza que se nos presenta. Una verdad que no se puede expresar nunca en toda su amplitud y que sólo uno mismo tiene el don de ver por sí misma para confirmarla. No existe paradigma científico más puro y verdadero que éste, en el que aquello que busca conocerse puede verse, evidenciarse, sentirse, saborearse en carne propia. Porque el espíritu, lo que uno es, resulta tan manifiesto y evidente que sorprende y encoje, como encoje pensar y sentir que la estrella más cercana a nosotros después del Sol se halla a unos cuatro años luz, dándonos una mínima idea de la grandiosidad de este espacio universal que nos acoge. ¿Y a qué distancia estaremos de nuestro cuerpo cuando soñamos? Queda ahí el interrogante, dispuesto para arrojarnos al misterio, para guardar silencio y sentir la sublime expresión de lo inexpresable, del milagro, del insondable arcano del ser.

Quedará siempre lo asombroso, esa conexión con lo espiritual, ya sea al contemplar el cielo estrellado de la noche callada o la extática belleza de una melodía romántica, hechizando al alma con su pulsación mágica y abisal, dejándonos sensaciones tan íntimas y certeras como la que a continuación expresa Ernesto Sabato: “En la irremediable soledad de este amanecer escucho a Brahms, y siempre, por sus melancólicas trompas vuelvo a vislumbrar, tenue pero seguramente, los umbrales del Absoluto”. Y en eso estamos, esculpiendo en el silencio de la no materia las formas de nuestros sonoros e insondables abismos.


Diario La Verdad, 19-08-2012

domingo, 5 de agosto de 2012

La sociedad y su destino

El ser humano, esa partícula razonadora y sintiente en medio del universo, habita en estos días un planeta que desconoce, al igual que las incontables estrellas que pueblan nuestro cosmos, apenas sabe de la tierra que le acoge (que equivale a decir que tampoco sabe casi nada de sí mismo). La ciencia, que aspira -si no lo es ya- a ser la única religión global, no se pone de acuerdo ni siquiera en los temas más importantes. El “bosón de Higgs” es para unos la clave, el enigma desvelado de la creación, y para otros apenas descifra el misterio de este mundo y sus fenómenos. Yo me inclino por la segunda opción, ya que según he podido comprobar –empíricamente- ante cada respuesta surge siempre una pregunta nueva, y ante cada causa hallada queda la interrogación por la causa de su causa; y así hasta el infinito. Infinito, dicen, que es el universo. Algo que jamás podrá comprobarse igualmente, pues si no tiene fin no hay conclusión ni fin de la búsqueda tampoco. Lo que sí sabemos, al menos un poco, es que bajo este cielo se perfilan avenidas y semáforos, coches y altos edificios, parques, aldeas, ríos, pájaros y estadios de fútbol… A pesar de que la ciencia nos habla ya de múltiples dimensiones, que dejan de lado concepciones espacio-temporales, nosotros seguimos construyendo a través de los siglos una historia del progreso que tampoco parece tener un fin. Sin embargo, este progreso se está convirtiendo en la posible causa del fin. Este progreso diseñado y desmedido, acelera la imposibilidad de su continuidad conforme va avanzando en el tiempo, dejando tras de sí la suciedad contaminante con que viene aparejado. 
Dijo Bertolt Brecht que “la crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer.” Conforme pasan los días más personas se dan cuenta de que la causa de la crisis radica en la propia estructura y funcionamiento del sistema, que a su vez, si ha fallado, es por causa de unos valores difusos, materialistas y grisáceos, que vertebran esta sociedad. Frente a los descubrimientos científicos que amplían las posibilidades del hombre, que proponen una dimensión infinita de lo que somos, los valores actuales catapultan todo un potencial de crecimiento humano hacia el interior, en pos de unas necesidades orientadas al consumo, a la obtención de bienes materiales y superfluos. Si hemos olvidado la dimensión trascendente del hombre no podemos esperar que este planeta vaya a algún lugar, porque lo que no tiene alma está muerto. Si nacimos con la posibilidad de ser conscientes de ese alma que nos late, negarla o mirar para otro lado equivale a matarla, a estar muerto en vida. He aquí el origen del problema: la negación de nosotros mismos. Sin embargo, esto no es más que un paso evolutivo en la historia del hombre, un paso hacia su dimensión real, un paso que será vuelo. Pero un paso que solo lo puede dar el corazón, no la mente. 
El espíritu, el alma, Dios… son solo palabras, meros sonidos que aportan un significado convenido. Pero, ¿convenido por quién? ¿En quién hemos de fiarnos para afirmarnos en esas palabras? Las religiones se han erigido durante siglos como los portadores del sentido de esas palabras, como los únicos valedores de sus significados. Pero, nadie más que uno mismo está destinado a hallar su verdadero significado. Y mientras no lo hagamos, no nos comprometamos con encontrarlo, con encontrarnos, otros querrán hacerlo por nosotros, nos darán las palabras hechas, masticadas, prefabricadas. Nadie dijo que el camino fuera fácil. Pero la recompensa es infinita, como el universo. De polvo de estrellas y de sueños estamos hechos, de aire y agua y tierra y fuego y éter. Bebamos, pues, del vaso de la eternidad de nuestros misterios y, posiblemente, la vida tome un nuevo sentido y algo pueda empezar a nacer. Dicen que es difícil, que el hombre no está destinado a entenderse con sus semejantes, que las guerras han sido una constante en la historia… pero no lo creo. No estaríamos aquí si no hubiera una causa antes de todo ello: el amor. Ya tenemos la causa. Ahora solo falta regarla cada día. Y entonces hablaremos de otro progreso: el del ser, el del planeta y el de todo el universo. Nada está separado. Y comprender esto nos une, inevitablemente, en un destino común. Inevitable y afortunadamente.

Diario "La Verdad", 05-08-2012

domingo, 22 de julio de 2012

El fin del capitalismo


La sociedad agoniza, el sistema y sus estructuras económicas se agotan, los ciudadanos salen a la calle para manifestar su descontento, para pedir al Estado que deje de comportarse como un mendigo, para pedirle que responda, que dé la cara por quienes luchan cada día por sobrevivir en un mundo en el que el poder financiero y las leyes del mercado se burlan de la democracia y la corrompen sin escrúpulos. Algunos afirman que el fin del capitalismo está cerca, que este planeta no da para más. Un cambio de conciencia es necesario si pretendemos que la tierra que nos cobije nos soporte; un cambio que mira más hacia el interior, donde lo externo sea solamente un medio y no un fin en sí mismo. Si esto no sucede pronto, el mundo no podrá soportar la dinámica demente que lo rige. Nunca es suficiente lo que podemos hacer por cambiar las cosas y, sobre todo, no debemos esperar a que otros sean los que tomen las decisiones, porque el poder nunca cuenta con todos, más bien sólo cuenta con él mismo: esto es, con los poderosos.

Quizá, históricamente, vivamos uno de los momentos más interesantes, pues estamos llegando a un período crítico que se sale de todos los procesos y fluctuaciones sociales y se divisa un callejón sin salida cada vez más oscuro y grande, e inminente. No es que el ser apocalíptico enriquezca en algo la situación, pero sí ayuda a que vayamos escuchando las alarmas necesarias para ir apreciando cada vez más las dimensiones del conflicto. Sin ánimo de tremendismo, sino todo lo contrario, de cálida esperanza, llamamos la atención para remediar antes del ‘sin remedio’, para reaccionar cuanto antes y aprovechar, incluso, estos momentos en el que el descontento es masivo, para empezar a soñar el mundo que de verdad querríamos construir, para intentar tomar las riendas, si cabe un poco, de nuestra ansiada libertad. Somos un cuerpo destinado a la materia, del polvo vinimos y al polvo vamos. “Mi amor es mi peso”, dijo San Agustín, y allí se contiene mi voluntad, mi esperanza, mi verdad. En mi amor, que pesa como un cuerpo hecho de tierra, humano de ‘humus’, se guardan sueños e ilusiones del alma que antes que todo es. En mi amor, que un día fue niño e inocente, que quizá no ha dejado de serlo nunca, aguarda la esperanza de la luz verdadera compartida, parecido al sueño de Cristo o de los budas de la Tierra Pura, de un mundo mejor. En mi amor, que en definitiva es el de todos, que es de lo que estamos hechos cada uno de los seres, duerme -esperando despertar- la conciencia de días venideros que arrojen un hálito de renovados fulgores. 

La utopía no es un proyecto, no es una nueva estructura, no es un plan consistente y perfecto… la verdadera utopía parte de la confianza en la fuerza espontánea del compartir humano, se basa en una actitud más que en un modelo de algo concreto. Una actitud interior que posibilite el común florecimiento, una actitud interior que no es dictada por religiones o sistemas políticos. Aunque algunos fenómenos sociales como el cristianismo o comunismo lo intentaron, ese espíritu nace del individuo libre. Todo sistema que busque someter a los individuos, incluso defendiendo las ideas más nobles, esconden seguramente un turbulento plan dentro de sí. Todo sistema que no se renueva con el aliento de quienes lo conforman, muere de estancamiento e inutilidad. La educación, al tiempo, esa esperanza en quienes nos han de relevar, no es hoy el caldo de cultivo apropiado sino todo lo contrario. Hemos creado un sistema educativo basado en introducir datos, en vez de en ayudar a que uno saque lo mejor de sí. Metemos y metemos información y ocultamos el tesoro que ya hay dentro de cada uno, su creatividad, inteligencia, capacidades naturales, artísticas, ingenio… Vivimos en un mundo basado en la técnica que ha apartado el corazón y que sufre sin saberlo la sed de su pobreza espiritual, sumida en el lodo material que no deja ver el bosque claro de lo que somos. Sólo hasta que el ser humano no asuma completamente su naturaleza espiritual como lo que le conforma, naturaleza que iguala a todos los seres (y no separa en religiones, dogmas, territorios, culturas…) no podrá éste avanzar en la conquista de su libertad. La única alternativa entusiasta al capitalismo –si ha de llegar su fin- sostengo que ha de ser este humanismo espiritual evocado, esta constatación objetiva –en definitiva- de que somos algo más que un objeto animado, motivado y manipulado para el consumo. Una vez nos hagamos conscientes de quiénes somos realmente y para lo que estamos diseñados –la conquista de nuestra dignidad, libertad, espiritualidad- ya todo sueño será –simplemente, felizmente- una realidad compartida y convenida.

Diario La Verdad, 22-07-2012

domingo, 1 de julio de 2012

Razones para no saber


No deja de ser llamativo que el tratado de lógica más brillante hasta hoy escrito (me refiero al famoso “Tractatus” de Wittgenstein) sea un alegato tanto implícito como explícito acerca de las limitaciones del pensamiento lógico. El predominio de la razón es tan fuerte que a pesar de la demostración “racional” de las carencias que arroja este fenómeno psicológico a la hora de comprender la realidad, seguimos mirando obtusamente sólo desde este prisma, incapaces de ceder un ápice a lo que hay más allá del acostumbrado pensar. Pero queramos o no, la realidad nos fuerza a verla como es, y la mayoría de nosotros no tenemos más remedio que rendirnos con mayor autenticidad frente a una emoción que frente a un postrer y calculado pensamiento. El valor de la razón es instrumental, pero no sirve para las cosas importantes. Darse cuenta de esto es empezar a comprender la vida, que en muchos casos nos lleva, paradójicamente, a aceptar lo incomprensible. Comprender que hay cosas que se nos escapan, que la mirada del instinto, el alma (espiritual, pero también animal, “ánima”, primaria) suele acertar antes si atinamos a mirarla de frente, sin filtros, en forma de intuición, de inspiración genuina. Saber la vida, atender a su sabor, más que a racionalizarlo, es la función del artista, pero también del filósofo o del científico. El fracaso de la ciencia, lo vemos, por ejemplo, en el avance tecnológico, que está tomando el efecto boomerang de la contaminación y de la insostenibilidad que conlleva ese alocado progreso por el progreso sin otra perspectiva que el consumo voraz que desestima sus consecuencias fatales, radica en la testaruda mirada cartesiana de negar al corazón a la hora de emprender el viaje del conocimiento, pues si no lo negásemos tanto nos daríamos cuenta de que no sólo es la materia lo que nos alimenta. El corazón ha de servirnos como impulso primario de certezas, esa confianza honda en uno mismo. Seguro que esto todos lo intuimos, incluso Descartes lo haría, quien nunca dejó de admitir la intuición como el instrumento clave para la conclusión verificable de la realidad.

Hemos de volver, por tanto, a lo poético y a lo mágico, al origen como génesis, al encanto como canto verdadero de lo que vamos hallando por el camino. No hay otra forma de avanzar, de descubrir, de aproximarse a lo que somos. Si Freud vaticinó que somos movidos más por motivaciones inconscientes que otra cosa, algo que Lacan, ese estructuralista reñido con el deconstructivista Derrida pero que en el fondo hablaba de lo mismo que él, también remarcó a su modo. Dice Lacan, en broma, en un famoso seminario, que los psicoanalistas no saben verdaderamente lo que saben; es decir, que el mismo terapeuta desconoce las razones de la cura psicológica, de esa transferencia psicoanalítica que se parece sin duda más al amor que a un indigesto método semiológico de manual. Lo que sucede en el encuentro entre dos personas, en ese juego de identidades, de papeles, de jerarquías conceptuales y consentidas, lo desconocen ellos mismos, al igual que uno no sabe lo que soñará al terminar el día o cómo amanecerá al despertar. La ciencia, en definitiva, participa del mismo juego, se ha de rendir ante la evidencia, ha de callar ante lo inexplicable, ha de aceptar lo innegable, la incertidumbre, la honda ignorancia de esto que nos sostiene y posee, el mundo y su latido de vida oscilante, las tormentas, las estaciones, la alergia de la primavera o la turbadora seducción del primer amor. Por eso los poetas cantan, porque se callan y simplemente suena la música, porque se rinden y surge la belleza, porque se funden sin remedio con la vida y se refleja la vida en ellos, como un espejo resonante que nos muestra de la manera más fidedigna y visceral a nosotros mismos.

Si Wittgenstein, con lógica innegable, nos dice que todo lo pensable es también posible, ¿por qué no hemos de creerlo? Si la razón misma nos dice que no sabe razonarse, ¿por qué la atosigamos tanto? “Pienso, luego sufro”, afirma el psicólogo Giorgio Nardone. Y lleva, nótese la ironía, mucha razón en ello. ¿Cómo puede seguir la razón a esa partícula imposible de determinar y que, además, puede estar en dos sitios a la vez o cambiar de lugar sin una aparente secuencia causal? Dejemos a los físicos que sigan observando este misterio, que las teorías llenen estanterías inmensas en las bibliotecas, que el número de  búsquedas y resultados en Google alcance el infinito. Dejemos que la razón sueñe que descubre la verdad… dejemos que la razón sueñe hasta convertirse en poesía, en, acaso, razón poética, evocando a María Zambrano. Mientras tanto aprendamos a valorar esos silencios donde solo hay eso: silencio, claridad, desnudez, simple luz serena. Aprendamos a fijarnos en el espacio en blanco que posibilita y contiene las palabras, en ese vacío que permite que algo entre, en ese cielo indescifrable que acoge con gesto eterno y mudo, a todas las estrellas. Dejemos que entre la luz; pero apartémonos para ello un poco, como pedía Diógenes a Alejandro Magno; permitamos que el sol nos visite y quedémonos atentos y absortos, inocentes, ante ese milagro de cada día que es la luz proyectando, sin más, la vida.

Diario La Verdad, 01/07/2012

domingo, 17 de junio de 2012

El rapto de Europa


Cuenta el mito que Europa fue raptada por Zeus tomando la forma de un toro blanco. La forma de un dios no era suficiente para seducirla, tal vez se asustaría ante semejante figura olímpica. Un toro, sí, un toro, era algo menos peligroso de acercarse; así que quedó tumbada sobre él. Y él se la llevó. ¿Está sucediendo lo mismo ahora? ¿Alguien que no sabemos, quizá un dios disfrazado está secuestrando a Europa? Más allá del mito, Europa atraviesa un período donde su unidad, quizá forzada desde la caída del muro de Berlín, está siendo puesta en peligro. Unidad cuyo lazo es monetario, algo que por otro lado suena a construir castillos sobre un puente. Cabe plantearse, entonces, qué une verdaderamente a Europa, y, más allá de las fronteras, pues realmente no es el tema Europa, qué nos une como pueblo, como sociedad? Una de las cuestiones fundamentales es ver dónde y a quién hemos delegado nuestro destino individual y social. Darse cuenta hasta qué punto somos gobernados por una voluntad que, incluso, parece ser ajena a nosotros. La pérdida de libertad ocurre también cuando quien la tiene no hace uso de ella. La individualidad es la gran responsabilidad de la libertad moderna y hemos convertido esa herencia en un lastre casi insoportable.

El filósofo español José Ortega y Gasset, en su obra todavía moderna “La rebelión de las masas” define al Estado de la siguiente manera: “una creación humana inventada por ciertos hombres y sostenida por ciertas virtudes y supuestos que hubo ayer en los hombres y que puede evaporarse mañana”. De esto, además, señala Ortega, es de lo que no nos damos cuenta. De la fragilidad de algo que damos por inquebrantable. Un Estado que nos tutela y nos quita la posibilidad de un verdadero crecimiento cívico. El Estado, hoy en día, simplemente nos ahorra el derecho de ser responsables y comprometidos con nosotros mismos y con la comunidad. La tutela del Estado nos incapacita para pensar por nosotros mismos; y cada vez estamos más absorbidos por ese mundo de apariencias consumibles. El “hombre-masa” de Ortega también se puede llamar mejor ahora “homo consumericus” de Lipovetsky, donde, a mi entender, la cultura del consumo ya no es sólo de bienes materiales, sino de tiempo. El verdadero problema es que hemos vendido el tiempo como quien vende su alma al diablo. Hemos dejado que el tiempo se consuma banalmente. La fiesta del fútbol –por ejemplo- es una de tantas tragedias de la razón y del espíritu. No el deporte en sí, no el disfrute del juego, sino la importancia que le damos, el valor trascendente que otorgamos a un espectáculo, a fin de cuentas.

Los valores de una sociedad se miden por sus acciones. Allí donde ella participa activamente es donde tiene puesta su atención. Los valores puestos del revés, la religión del consumo frente al desinterés humano por lo verdaderamente importante resulta una evidencia histórica. Frente al relativismo de los valores nada se puede decir, nadie tiene la verdad en cuanto a la consideración de qué es lo importante. Y, por tanto, sólo queda pagar las consecuencias de nuestra propia libertad. Esta es la responsabilidad que antes o después nos exhorta a reaccionar. Si la crisis tiene un significado, de nada nos sirve el mirar para otro lado. El Estado, creo, sin embargo, aunque lo obviemos y nos obvie, no deja de ser un reflejo de la sociedad. La gente no quiere saber nada de él, ni él de la gente. El hombre desea consumir su tiempo y un país cada día se parece más a un enorme supermercado. Y creo que sólo hay un camino adecuado actualmente, nadar contracorriente. Sólo así pueden surgir nuevos valores, no dejándonos arrastrar por la corriente de la indiferencia. Una rebelión, una verdadera revolución, la que quizá todavía no ha sucedido nunca y tengo la esperanza de que pronto llegará, no podrá ser violenta, no propiciará ningún conflicto hiriente. Una verdadera revolución, nacida primero en el interior de cada hombre, será de conciencia, de lucidez, de auténtica claridad mental y espiritual. Sólo así estaremos preparados para enfrentar nuestros destinos, no desde la confusión o el caos, sino desde un profundo convencimiento de que cualquier paso que demos será el correcto, de que reflejará nuestras voluntades, sembrando las semillas que hemos decidido poner, recogiendo los frutos que esperamos ver crecer. Siendo partícipes y creadores responsables de nuestra realidad en todo momento.

Diario La Verdad, 17/06/2012

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