domingo, 5 de agosto de 2012

La sociedad y su destino

El ser humano, esa partícula razonadora y sintiente en medio del universo, habita en estos días un planeta que desconoce, al igual que las incontables estrellas que pueblan nuestro cosmos, apenas sabe de la tierra que le acoge (que equivale a decir que tampoco sabe casi nada de sí mismo). La ciencia, que aspira -si no lo es ya- a ser la única religión global, no se pone de acuerdo ni siquiera en los temas más importantes. El “bosón de Higgs” es para unos la clave, el enigma desvelado de la creación, y para otros apenas descifra el misterio de este mundo y sus fenómenos. Yo me inclino por la segunda opción, ya que según he podido comprobar –empíricamente- ante cada respuesta surge siempre una pregunta nueva, y ante cada causa hallada queda la interrogación por la causa de su causa; y así hasta el infinito. Infinito, dicen, que es el universo. Algo que jamás podrá comprobarse igualmente, pues si no tiene fin no hay conclusión ni fin de la búsqueda tampoco. Lo que sí sabemos, al menos un poco, es que bajo este cielo se perfilan avenidas y semáforos, coches y altos edificios, parques, aldeas, ríos, pájaros y estadios de fútbol… A pesar de que la ciencia nos habla ya de múltiples dimensiones, que dejan de lado concepciones espacio-temporales, nosotros seguimos construyendo a través de los siglos una historia del progreso que tampoco parece tener un fin. Sin embargo, este progreso se está convirtiendo en la posible causa del fin. Este progreso diseñado y desmedido, acelera la imposibilidad de su continuidad conforme va avanzando en el tiempo, dejando tras de sí la suciedad contaminante con que viene aparejado. 
Dijo Bertolt Brecht que “la crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer.” Conforme pasan los días más personas se dan cuenta de que la causa de la crisis radica en la propia estructura y funcionamiento del sistema, que a su vez, si ha fallado, es por causa de unos valores difusos, materialistas y grisáceos, que vertebran esta sociedad. Frente a los descubrimientos científicos que amplían las posibilidades del hombre, que proponen una dimensión infinita de lo que somos, los valores actuales catapultan todo un potencial de crecimiento humano hacia el interior, en pos de unas necesidades orientadas al consumo, a la obtención de bienes materiales y superfluos. Si hemos olvidado la dimensión trascendente del hombre no podemos esperar que este planeta vaya a algún lugar, porque lo que no tiene alma está muerto. Si nacimos con la posibilidad de ser conscientes de ese alma que nos late, negarla o mirar para otro lado equivale a matarla, a estar muerto en vida. He aquí el origen del problema: la negación de nosotros mismos. Sin embargo, esto no es más que un paso evolutivo en la historia del hombre, un paso hacia su dimensión real, un paso que será vuelo. Pero un paso que solo lo puede dar el corazón, no la mente. 
El espíritu, el alma, Dios… son solo palabras, meros sonidos que aportan un significado convenido. Pero, ¿convenido por quién? ¿En quién hemos de fiarnos para afirmarnos en esas palabras? Las religiones se han erigido durante siglos como los portadores del sentido de esas palabras, como los únicos valedores de sus significados. Pero, nadie más que uno mismo está destinado a hallar su verdadero significado. Y mientras no lo hagamos, no nos comprometamos con encontrarlo, con encontrarnos, otros querrán hacerlo por nosotros, nos darán las palabras hechas, masticadas, prefabricadas. Nadie dijo que el camino fuera fácil. Pero la recompensa es infinita, como el universo. De polvo de estrellas y de sueños estamos hechos, de aire y agua y tierra y fuego y éter. Bebamos, pues, del vaso de la eternidad de nuestros misterios y, posiblemente, la vida tome un nuevo sentido y algo pueda empezar a nacer. Dicen que es difícil, que el hombre no está destinado a entenderse con sus semejantes, que las guerras han sido una constante en la historia… pero no lo creo. No estaríamos aquí si no hubiera una causa antes de todo ello: el amor. Ya tenemos la causa. Ahora solo falta regarla cada día. Y entonces hablaremos de otro progreso: el del ser, el del planeta y el de todo el universo. Nada está separado. Y comprender esto nos une, inevitablemente, en un destino común. Inevitable y afortunadamente.

Diario "La Verdad", 05-08-2012

2 comentarios:

planetarte dijo...

Y como si la naturaleza es sabia y no somos libres, está ocurriendo este fracaso en torno al capitalismo desmedido y al daño de la naturaleza...
Será que aunque todo tenga su ciclo y vaya a estar todo siemrpe bien, aunque eso qizá suponga extinguirnos...
y que no sin importar esto, debamos hacernos cada vez más conscientes y eso implica cuidar nuestro medio y no dañar a nuestros compañeros

planetarte dijo...

Con esta forma q tienes de entender las cosas y de expresarlas, las acercas a la gente y muchas veces nos das lo q nos hace falta...nos haces darnos cuenta de q no estamos solos, q hay gente q en el fondo y una vez q pasamos las barreras de las palabras y significados separatistas, como la politica, religiones, nacionalidades y gustos, estamos diciendo, pensando y sintiendo lo mismo.

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