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miércoles, 30 de junio de 2010

Apariencias

Estamos ante un sentido, y el sentido nos llena de aparente verdad: creemos ser lo que el sentido nos dice que somos. De vuelta a la idea, al preconcepto, al eterno retorno de las formas, aquellas que quieren perseverar en la posesión nuestra de algo que nos justifique. “Es más fácil desintegrar un átomo que un preconcepto”, apuntó Einstein. El preconcepto o prejuicio nos predivide. Ya estamos divididos antes de que tenga lugar la división, por lo que nos hacemos cada vez más pequeños y pequeños conforme miramos el mundo. A veces nos parecemos a un átomo que quisiera desintegrarse buscando su expansión, como si la meta fuera el eterno retorno causado por temor hacia el vivir incierto. Es más fácil el bullicio que la paz, el fervor que el sosiego sin búsqueda, las apariencias que la mirada transparente, sencilla, honesta. ¿Hasta cuándo las apariencias, el continuo juego del escondite de nosotros con nosotros? ¿Quién se esconde, quién juega? ¿De qué nos escondemos? Siempre hubo las revoluciones violentas, trágicas, pasionales, que sólo sembraron injusticia y ahogo, fugitivos cambios utópicos que finalmente sustituyeron una pesadilla por otra. ¿Cuándo la revolución interior? ¿Cuándo la revolución que no lucha sino que preserva su virtud, que mira dentro y halla el tesoro que ofrecer al que nada tiene? ¿Cuándo compartir al tiempo que buscamos la verdad para todos?

miércoles, 26 de mayo de 2010

“De los poetas”, Nietzsche y Zaratustra

Nietzsche piensa –pensaba- que todos los dioses “son un símbolo de los poetas, un amaño de los poetas”, y que los poetas son narcisistas, mentirosos. Lo dijo su Zaratustra, su alter-poeta, su alter-super-yo. Quizá era necesario cargar contra ellos, debido a la sublimación romántica, pero sabemos que ante todo se esconde un profundo amor al poeta, pues si no carecería de amor a sí mismo, aunque esto también lo diga su Zaratustra: “La fe no me salva –dijo-. Y menos todavía la fe en mí mismo”. Cuánto amor se esconde en el rechazo, en el rencor, en la farsa insistente de castigar al “yo”. Cuánto amor mal amado.

Si el poeta cree que la naturaleza se ha enamorado de él cuando la oye y le susurra sus secretos, entonces, su creencia es un fundirse con la fe. Qué mayor fe que la naturaleza sola en el secreto, en el pasmo romántico de lo sublime, en la dicha inenarrable de la iluminación. Rimbaud “volaba con ímpetu” hasta la “queja”, con el ‘símbolo imperecedero’ de Goethe y que Zaratustra limita, como a lo inaccesible, cansado de que sea acontecimiento. Pero el propio Nietzsche sabe que todo es un decir, que nada es dogma de fe. Solamente juega, muy serio.

Dejando lo inaccesible sin abrir, las puertas serán las mismas, las siempre abiertas, las que todos ya sabemos abrir. El acontecimiento no es un símbolo, es justamente lo previo al símbolo, lo que hace que algo cambie y comience algo nuevo. La puerta entornada. Y, sin duda, desde esa perspectiva, todo es acontecimiento.

lunes, 21 de septiembre de 2009

El ego y el ser

La realidad interior está esperando a ser descubierta. Todo lo visible e invisible tiene vida propia y se articula como vibración exacta de la experiencia. Todo se construye creando a su vez un orden propio que da sentido al yo en su consecuente despliegue coordinado de identidad. Cuando el hilo se rompe, lo llamamos caos, desorden, incluso locura. Pero la identidad no dista mucha diferencia con el vacío. El sueño no difiere demasiado de la realidad. La muerte no es la sombra de la vida, sino el motivo de la posibilidad luminosa.

Cuando miramos dentro de nosotros, dispuestos a descubrir tanto el caos como el orden, dispuestos a la no disposición, entregados al espacio -sea cual sea- en que ir derramando el ser, exhalando la voluntad, deteniendo la inamovible gravedad hacia el logos, podemos entender, aunque sea una mínima parte, ese gran misterio que todo lo circunda, que supera cualquier acercamiento y que, sin embargo, envuelve a la materia y al espíritu en la expresión más pura del conocimiento: la desnuda visión de lo invisible.

No quedan convicciones, no sobran razones ni certezas, ni entusiasmos ni dichas ni esperanzas. Apenas queda nada salvo la vida que se da, tras cientos de batallas y quebrantos, tras rotas heridas encubiertas de sonrisas o derrochadas en lágrimas sinceras sin consuelo. Es innecesario empujar lo que es por lo que queremos que sea, siempre ha sido el gran error del ego, ese inútil sufrimiento que nos alcanza.

Pero, ¿quién puede hablar de dolor cuando la palabra se ha entregado al silencio? Cuando la vida se es y se descubre sin finalidad alguna. ¿Por qué nunca llegamos a parte alguna y acaso siempre empezamos a volver? ¿Qué más quiero poseer? ¿Qué mas deseo desear? ¿Qué más sueño sin vivir? Nada. La vida ya es el sueño. La muerte no existe. O quizás no la advertimos, pues morimos a cada instante. Y en cada muerte surge la consecuencia necesaria del renacer, de la vuelta al ser sin término ni principio. ¿Es el ego quien vuelve? ¿O es el ser? ¿O es la vida solamente?

Habrá que escuchar lo inaudible para que la voz recobre su logos, y que el orden nos ordene, navegando, sin meta, sin trayecto, sin origen, por ninguna parte y por todas, a la vez. Más allá del desencanto está el encanto del no saber.

El descanso del logos no cansa a la razón, porque duerme en huída el misterio de su no entender. Y en toda esa ausencia aparece la presencia, esencialmente despierta y lúcidamente dormida. Luz en reposo como ventanas entreabiertas que sosiegan la jornada y relatan al ego, en un baño de silencio, que ya no lo necesitan para ser.

jueves, 12 de abril de 2007

La cultura del consumo y los centros comerciales


Señala Ortega en “La rebelión de las masas” que “el mundo, de repente, ha crecido, y con él y en él la vida”. Es una evidencia que el crecimiento demográfico entraña una de las características del siglo XX y lo será del XXI. Todo tiende a globalizarse, queramos o no. Los centros comerciales son un ejemplo de ello: son todos iguales. Eso significa que el hombre tiene las mismas necesidades y gustos. Es arriesgado hablar de necesidades en la cultura del consumo, ya que ésta, casi siempre, redunda en lo innecesario. Sigo con Ortega: “La actividad de comprar concluye en decidirse por un objeto; pero, por lo mismo, es antes una elección, y la elección comienza por darse cuenta de las posibilidades que ofrece el mercado. De donde resulta que la vida, en su modo «comprar», consiste primeramente en vivir las posibilidades de compra como tales. Cuando se habla de nuestra vida, suele olvidarse esto, que me parece esencialísimo: nuestra vida es, en todo instante y antes que nada, conciencia de lo que nos es posible. Si en cada momento no tuviéramos delante más que una sola posibilidad, carecería de sentido llamarla así. Sería más bien pura necesidad.”

Resulta fundamental esta apreciación de Ortega para incidir en la característica básica de lo que llamamos “cultura del consumo”. Una de las frases del filósofo español anteriormente citada merece serias reflexiones: “nuestra vida es […] conciencia de lo que nos es posible”. Esta es la cuestión, efectivamente.

Es fácil crear la necesidad en la masa: sólo hay que hacer que parezca necesario. ¿Y cómo se consigue esto? Creando una ética y una estética del consumo. Incluso una religión. Todo pasa por la cultura, la cultura representa el germen y la identidad ideo-social del individuo. Por esa razón los centros comerciales son el espacio –la forma- que incluye contenidos culturales. Es decir, en el centro comercial están las salas de cine, por ejemplo, y éstas proyectan cultura. Pero la cultura no es lo importante, es el pretexto para ir al centro comercial: incluso la misma sala de proyección o la pantalla de enormes dimensiones se convierten en la razón. Esta es una de las características de nuestro tiempo: la preeminencia de la forma sobre el contenido. En Bilbao la mayoría de los turistas no visitan el Guggenheim para ver la última exposición instalada, sino para ver el Guggenheim como espacio arquitectónico. La obra de arte es el cascarón: lo superficial.

El filósofo George Simmel considera que la sociedad, la cual tiende a la complejidad, se perfila en una “pluralidad de espacios”. Es decir, y sigo a J.M Marinas, hay una “redefinición de espacios”, de “formas de interacción” que nos desvela una sociedad del “protoconsumo”. Para Guy Oakes la cultura es “el proceso en que la vida se reproduce a sí misma como ‘más vida’ y se trasciende a sí misma generando formas que califica como “más que vida”. Es por tanto, el consumo, un exceder. Una necesidad de no necesidad, un impulso o posibilidad de trascendencia que persigue materializarse. Una concretización del deseo: un deseo indirecto que se resuelve en una suerte de exposición de deseos previamente manufacturados para la pluralidad deseante.

El consumidor, o también llamado “preferidor racional”, no deja de ser, esto nunca se debe olvidar, un individuo. Simmel nos propone estudiar la “singularidad de la vida”, los hechos concretos, para acercarnos a lo general: a aquello que define y sintetice lo plural. Esta es una tarea de observación, que la novela realista, por ejemplo, ha venido haciendo desde el siglo XIX. En esta capacidad de observación la sensibilidad es fundamental: sensibilidad para sensibilizar. Tal vez así se destape el antifaz de la pseu-docultura que nos empieza a redefinir de manera trágica desposeyéndonos de una identidad individualizada. Tal vez aún no sea demasiado tarde y la singularidad no esté perdida del todo. Esperemos que no llegue el día en que sea imposible registrar diferencias entre los individuos. Porque entonces nos situaríamos frente al siniestro y alienante triunfo de la masa. ¿Es ya tarde para la esperanza? Eso depende de ustedes. De cada uno de ustedes.

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