lunes, 29 de noviembre de 2010

Brisa

El sabor del aire
es yo mismo.
Directo como el instante,
vívido tacto del ahora.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Lo que queda de la libertad

La pervivencia de la libertad del individuo se perfila como cuestión a debatir en casi todos los aspectos de la vida, siendo en primer término la libertad social la que caracteriza el devenir humano. Un hecho evidente, que no deseable, es el que hace al hombre esclavo de sus pertenencias, de su estatus y de sus aspiraciones mundanas. La terrible ‘vanitas’ queda impregnada en el engranaje de las acciones. Siguen resonando aquellos versos primeros de la “Epístola moral a Fabio”: “Fabio, las esperanzas cortesanas / prisiones son do el ambicioso muere / y donde al más activo nacen canas”. El espejo social de las apariencias ha conducido al individuo a su enmascaramiento. El temor no se desenmascara si nunca termina de incrementarse su atuendo y maquillaje, en un constante vocerío de artificios donde finalmente ya no existe espejo en que reconocerse, salvo el espejo virtual de los valores convenientes. No queda otra alternativa –para vernos reales- que la aprobación del otro o del grupo. La libertad social, por otra parte, es fundamental y positiva en sus aspectos más profundos, como son los vínculos personales, la cooperación y la solidaridad entre los individuos, que nace siempre cuando es sincera, comprometida, asumiendo que el otro es uno mismo. Una búsqueda del ‘bien común’, en definitiva. La historia y la literatura nos cuentan que el hombre nació para las guerras, pero también para evitarlas, que nació para luchar por su grupo pero también para salvar y comprender al otro, aunque no perteneciera a su grupo. Hemos de aceptar esta tragedia o dualidad implícita en lo humano con el fin de no repetir lo destructivo, es decir, aquellos hábitos nocivos que patentaban el temor y el sufrimiento propio o ajeno. Hemos de aceptar para cambiar. Las “esperanzas cortesanas”, ese deseo de ser a través de la legitimación social que el grupo dictamina, conduce a muchos a hacer aquello que creen es lo aceptado por el otro para ganarse a sí mismos, a pesar de ir en contra de su propia conciencia y voluntad. Entonces la libertad social se transforma en esclavitud. En egoísmo socializado, como una marea que arrastra incluso a los que nadan contracorriente.

Hace unos ciento veinte mil años, los hombres se reunieron para hacer algo distinto a marchar de guerras o de cacerías, que fue enterrar a sus muertos, lo que Canetti llamó 'muta interna', pues de algún modo su actividad iba motivada hacia dentro; el viaje no tenía un fin externo, sino que supuso un alto en el camino, un afecto, miedo o respeto, consistente en guardar un cuerpo ritualmente, con flores simbolizando lo perenne y seguramente entre lágrimas derramadas. Allí donde hay grupo en torno al muerto, pende la soledad de un hilo encendido por la incertidumbre. Allí donde algún otro queda yerto, caído como estatua sobre la tierra, aparece uno mismo viéndose solo, acompañado del abismo sagrado en mirada al cielo, poética e interior, reclamando una respuesta que afirme el sentido del camino, en mitad de los acostumbrados quehaceres ya despojados de sentido, desvelada su trivialidad, en esos instantes críticos donde el tiempo se detiene entre preguntas, asombros y quejas llameantes. Sabe el hombre que la vida es un trasiego efímero y mora en su duda saber si hay conclusión o continuidad alguna a lo que es. Mientras tanto pasa su tiempo sin saber qué hacer de él, ligado a la sociedad como un cordón umbilical que le estira incesante hacia no se sabe dónde. Ve en los telediarios la sinrazón desplegada por todos lados y sospecha taciturno que las personas que sufren o que causan el sufrimiento son todos sus hermanos, individuos espejos de una misma especie. Sabe, en el susurro de su corazón, que no hay enemigos posibles, como anunció Jesucristo, sino inconsciencia, severa ignorancia que enturbia la verdad del latido unánime: la vida.

La libertad respecto al otro nos invita a pensar con el otro y no a pensar únicamente desde el otro. No se trata de conquistar lo que no es propio para ganar la libertad, sino de desplegar lo que de libres en esencia nos constituye. Dando mi libertad, hago libre al otro. Cautiva duerme la razón de la libertad auténtica, cuando las cadenas que el grupo impone impiden dar pasos hacia dentro. En el liberalismo la libertad nada más es un medio para un único fin: el beneficio propio. Es decir, gánate al otro para ganar tú, podría ser su slogan. Un egoísmo encubierto por un altruismo necesario, interesado. El liberal siempre da lo que tiene, pero a un precio muy alto, porque la libertad, dirá cínicamente, es un tesoro. La libertad pasa a ser propiedad privada, siendo necesario pagar por acceder a ella. Evidentemente hay una única llave: el dinero. Y en fatal espejismo la conquista de la libertad se homologa a la conquista del dinero. Espejismo y paradoja, pues cabe hablar entonces de otro tipo de esclavitud: la del hombre que equipara su libertad a lo que tiene y el costoso precio que supone alimentar esa falsa identidad. Y mientras tanto la muerte acecha, recordándonos que no somos nada de eso, sino un alma desnuda e infinita, sin trajes ni oros que la constaten. Sólo quien descubre ese tesoro, esa libertad de dentro, ya es rico para siempre.

Diario La Verdad, 21/11/2010

domingo, 14 de noviembre de 2010

Nube de nadie


Fui y no soy
la voz que tocó tu mano
el labio que mordió un espacio de amor
el ritmo del deseo jugando a ser lanzado
a su abismo de sexo y locura
Fui lo que dejé de mí en amarte tanto
acaso todo un cuerpo y unos nombres
un traje y una vida de memorias y olvidos
de lunas fatigadas y pasos gastados de ruido
Fui lo que tuve y lo que he perdido
un cosmos de nosotros que ha volado
en su caos de incertidumbres pasajeras
Mareo y angustia fue el deseo
mas ahora la calma persevera
Ya no verte no tenerte no sentirte dentro
no me deja fuera del mundo ni de mí
sólo me hace más libre y más amante propio
No hay amor que no sea eterno en su exacto instante
de culminación ideal (la sombra perseguida la luz iluminante)
Ya no sé quién soy
ya no sé qué tengo o qué me queda
pero me tengo y me quedo
aquí o allí
en cualquier parte
Un proverbio
un oscuro jardín
quiso soñarte
pero me quedo y me tengo
en cualquier parte
Ahora la calle está vacía
me pisan sus pisadas de años pasados
la lluvia que huele en la retina
o en la nariz de imágenes
Yo ya me quedo en cualquier parte
pisando las pisadas que pisamos
de pasos flotantes sin huellas
heridos de figuras que sonríen mientras destellan
Son imágenes clavadas
apariciones en la noche
que despiertas la noche se lleva
en sus brazos de aire y bronce
Estatuas que recorren un espejo
un relieve en acción
que se amplía conforme sube
el sueño a sus colores
y la nada a sus tragedias de flores
Un espejo que viene
un hombre un hombre
que fue y ya no es
alguien
sino una nube
una nube
de nadie

domingo, 7 de noviembre de 2010

Ser o no ser

Una de las grandes incertidumbres existenciales del ser humano quedó claramente recogida en los versos finales de aquel poema de Rubén Darío titulado ‘Lo fatal’: "¡y no saber adónde vamos, / ni de dónde venimos…!". Mucho antes Shakespeare plantearía en el famoso monólogo de Hamlet el dilema de 'ser o no ser', tan recurrente en los quehaceres de la filosofía, la ciencia, la literatura, el arte... Esa pregunta, ese dilema, que ya los griegos tenían en cuenta, ha supuesto la gran empresa de la razón, y cabe afirmar que el hombre desde que es hombre ha navegado con esa canción en sus adentros, pues él mismo es esa canción y esa melodía corre por sus venas como el aire por la tierra. "Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto", expresaba doloridamente Darío en el mismo poema antes citado. Pero ese 'ser sin rumbo cierto' no es sólo tragedia sino también libertad, abriendo un camino a la exploración. Ese 'ser o no ser' es la base misma de la razón, que se enciende como una mecha ante la chispa de la incertidumbre y de la posibilidad en forma de idea. No habría razones nuevas si no quedase nada por decir, ni mucho menos por preguntar.

La eterna pregunta simboliza el aliento vital que nos permite progresar, andar un paso más hacia lo desconocido, dando luz a las sombras y voz al silencio recóndito. La pregunta está ahí, en cada registro de existencia, como un combustible que nos rellena de asombro e interés por descubrir quiénes somos. En la mayoría de los casos el problema reside en buscar con demasiada celeridad una respuesta y a ser posible en los mismos términos que fue planteada la pregunta, olvidando que sólo cambiando la perspectiva, abriéndose uno a lo desconocido, aparece el gran misterio descifrado. Pues ante una respuesta previsible, no hay hallazgo renovador, sólo predisposiciones, prejuicios y condicionamientos mentales repitiendo su discurso. El científico alemán Max Planck, padre de la física cuántica, encontró motivos para plantearse la eterna pregunta durante sus investigaciones, sin caer en el error de dejar huérfana a la ciencia de su soporte de sentido: la filosofía. Se dio cuenta de que no es posible hacer madurar un discurso científico sin mirar el origen del problema y reconocer la inmensa ignorancia que todo principio lógico-racional, asentado en su naturaleza causal, trae consigo. Se dio cuenta, como Einstein y otros, de que sólo al reconocer ‘no saber nada’ es posible llegar a saber algo. Y de este modo aceptó el carácter trascendente de la conciencia, llegando a afirmar que gracias a la “visión imaginativa” es posible emitir una hipótesis, viniendo luego la “investigación experimental” a sostener o no en pruebas tales hipótesis. Aceptó, por tanto, que la mayor fuente de conocimiento está en nosotros, íntimamente ligada a nosotros, de forma directa, en lo que llamamos conciencia; que no es exactamente un fenómeno, sino -como apuntó Ken Wilber- “el espacio donde afloran los fenómenos”.

Si no podemos imaginar algo por encima del principio causal, entendió Max Planck, nunca podremos añadir una nueva idea. O en palabras de Wittgenstein: “La solución del enigma de la vida en el espacio y en el tiempo reside fuera del espacio y del tiempo”. El pez dentro de la pecera nunca sabrá que se halla en una pecera, que el universo trasciende los límites de su conocimiento del mundo. Luego la conciencia, que tampoco es exactamente un espacio sino que se encuentra totalmente fuera de las coordenadas espacio-temporales, aunque ellas aparezcan en ésta, es lo que tiene el hombre para verse a sí mismo, y no únicamente la razón (que no es más que una parte del todo, como la pecera para el pez). Los sucesos, los fenómenos, que tienen lugar en la conciencia, se vuelven ya de segunda mano cuando pasan por el filtro de la razón, por la presunción interpretativa de entendimiento, que no hace más que amoldar lo percibido a nuestra forma de entender, de conocer y comprender. Hasta ahora, en Occidente, hemos insistido en afirmar que todo ha de tener una causa, hemos convenido en que la esfera mental se define por la ley de causalidad, y que por tanto: ex nihilo nihil fit (nada viene de la nada). Pero, ¿qué nos impide, modificar esta sentencia y decir, pongamos por caso, que todo viene de la nada? Por ejemplo, del silencio la palabra. Expresado de forma taoísta diríamos que por la nada se sustenta todo. Esa nada o conciencia que sustenta la materia del universo o del átomo, ese vacío que todo lo contiene más allá de la materia, del tiempo o del espacio. Gracias a estas nuevas premisas o rompimientos de la razón, la ciencia ha dado grandes pasos y con ella el hombre, su arte, sus visiones y cosmovisiones. Max Planck abrió el camino cuántico, Dalí quiso pintar los sueños, los símbolos interiores no ordenados por la razón, Proust extendió cientos de páginas a partir de un solo instante y Cervantes impuso su razón mágica frente a la locura colectiva. El hombre sabe reinventarse y reinventar, trascender, su mundo. Porque todo es posible cuando el hombre sueña desde el alma.

Diario La Verdad, 07/11/2010

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