jueves 9 de julio de 2009

Con gesto sin alma

El viento desguaza la cordura

proclamando insólito desorden

con gesto sin alma hacia la muerte


Las nubes oscilan luces oscuras

que destapan frías pulsiones

de llantos, huidas, no regresos


Canto, duermo, me hago uno

con las voces interiores

para no olvidarme

entre los ecos

de mi nombre


Mi voz es la de nadie

y desaparece, inerme,

tal que reflejo o sacudida

con gesto sin alma hacia la muerte

domingo 5 de julio de 2009

Los límites del lenguaje

Escribió Calderón de la Barca que “el silencio es retórica de amantes”. De esto mucho saben los místicos, aquellos poetas cuyo amor ha superado cualquier discurso ordinario y se cobija en lo inexpresable. La palabra, cuando es vista desde fuera, nos señala algo que precipita toda acción de sentido por un caos de necesario silencio. Cuando vemos, por ejemplo, su gran variedad de usos, de significados que arroja según el contexto, los intereses o cultura del hablante, etc. Wittgenstein se dio cuenta que en el discurso el principal problema era el medio del lenguaje, la proposición, la que podría llevar a engaños, ambigüedades y encrucijadas deviniendo en una actividad discursiva que no era más que juegos del lenguaje.

La necesidad de establecer verdades lógicas en toda actuación del discurso científico ha sido un problema que hoy día no está ni mucho menos resuelto. El uso del lenguaje, su carácter individual, la necesidad de que sea el hombre aquel que inicia todo discurso y la más compleja necesidad de que sea el otro individuo quien interprete las palabras arrojadas a lo ajeno, hace que apenas podamos ponernos de acuerdo en la aceptación de un sentido consensuado ante cualquier mensaje. Así, la filosofía ha sido una serie de acciones y reacciones sobre distintos discursos. Sin embargo, hay algo que el lenguaje muchas veces no puede encubrir o llevar a confusiones. Al propio emisor del mismo. Emerson lo entendió así: “Emplea el lenguaje que quieras y nunca podrás expresar sino lo que eres”. A fin de cuentas, si el lenguaje no puede ser un espejo del mundo en ocasiones –o siempre- es el espejo de uno mismo, su lenguaje da ese reflejo.

El ya citado Wittgenstein escribió que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Los límites del mundo también son los límites de la lógica. Y acaso, nada podría tener un carácter ilógico, porque si así fuera no pertenecería al mundo. He aquí una visión de lo posible a partir de lo que es pensable. Incluso el caos puede ser expresado en lenguaje por una obra musical, un cuadro abstracto o surrealista, un poema con formas retóricas de enumeraciones caóticas, etc. Finalmente, en estos últimos ejemplos, el discursos estético ordena, da un sentido, a ese aparente caos ilógico.

Bertrand Russell llegó a definir –con cierta ironía- la matemática como “el campo en el cual en realidad nunca sabemos de lo que hablamos, ni aún en el caso de que sea cierto”. ¿Cómo hacer del lenguaje, de esa construcción humana, una forma de comprensión y reflejo de la realidad ausente de interferencias de la subjetividad humana, creadora de ese cosmos simbólico? Parece ser una tarea imposible, pero no por ello trágica. El autor del Tractatus concluye esta obra diciendo que “de lo que no se puede hablar, mejor es callarse”. Descubre Wittgenstein tras su descripción del lenguaje proposicional que hay algo que excede esa estructura, que llamará ‘lo inexpresable’, ‘lo que se muestra a si mismo’, ‘lo místico’.

El silencio de Jacques Lacan, durante los últimos años de su vida, fue una metáfora de aquella imposibilidad de delimitar lo real, lo imaginario y lo simbólico en estructuras, en discursos interpretativos, analíticos y, empíricamente comprobables. Lacan supo desde el principio que ‘lo real’ no se puede expresar en términos de lenguaje, es la esencia que subyace a todo lo demás. Así el sujeto vagó de su mundo imaginario al simbólico, y viceversa, buscando aquello a lo que no puede acceder pero que está dentro de él.

Lo inexpresable ha sido la conclusión racional de muchos pensadores que, con cierta desilusión, aceptan la imposibilidad del conocimiento. En Oriente, donde también se llega a esta misma conclusión, la actitud es muy distinta, ahí radica el feliz misterio de todo cuanto somos. El silencio, que es el ‘lenguaje’ del místico, arroja verdades que se muestran a si mismas, sin necesidad de anudarse en un discurso lógico. Lo místico es “sentir el mundo como un todo limitado”, leemos en el Tractatus. Ese sentimiento se advierte como una especie de otorgación de sentido, donde la lógica del mundo es sentida totalmente. Una totalidad limitada, pero más allá de los límites de mi mundo, una totalidad de los límites del mundo, que es casi como decir: de lo ilimitado.

Artículo publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 5 de julio de 2009

domingo 21 de junio de 2009

Feria de vanidades

El discurrir de la vida induce al cambio, poniendo a prueba nuestra versatilidad. Una forma extraña de mirar el mundo es la que nunca varía su perspectiva. Extraña por lo que tiene de contradictoria con el propio existir. Creo que es de exagerado conservadurismo el intento de someter las cosas a nuestra doctrina interior, y cuando estas no se adaptan rechazarlas por sistema. Hay múltiples actitudes ante la vida, tantas como individuos, diría. El espíritu apasionado pudiera ser una de ellas, que quizá nos convenga probar a todos. El espíritu apolíneo sería la otra cara de la moneda, que también nos interesa intentar. Así como cambiar de ropa cada día la actitud debiera ser otro traje apropiado para la semana, la estación o el año. Una actitud previamente seleccionada, para evitar improvisaciones a destiempo.

El aspecto apolíneo, entre tanta moda actualizándose, ya no es un valor en alza. Dirán de él que le falta algo, a pesar de su elegancia. Quizá un toque de desorden en sus cabellos o unas gafas de color vivo que deslumbren a sus espectadores. El ciudadano de todos los días, aseguran los expertos en estilismo, tiene que alegrar de retoques exteriores su monótona vida interior, la cual ya no tiene remedio, a menos que le toque la lotería o fiche por un equipo de fútbol galáctico, y entonces pudiera llenarla con fragancias de Armani y veladas en locales fashion con Paris Hilton. Entonces, hablaríamos de un cambio de actitud urgentemente apasionada. Porque la pasión tiene la virtud de crecer en las ferias de vanidades.

Lo que dejó de ser ya desde hace mucho tiempo un valor en alza es la naturalidad, esa actitud vital que poco pide para sentirse feliz. Y que detesta los disfraces, la falsedad, la hipocresía, la artificiosidad, el mundo de las apariencias y todas esas cosas insanas que los más nobles llaman innobles. Tildarán la naturalidad de vulgar pobreza o mucho peor, por lo paradójico que resulta, de extravagante. Cuando la locura se convierte en norma, el cuerdo desvaría.

Miguel Espinosa entendió por pasión “la exageración de un interés”. Y el interés es un mal para la libertad. Cuando los intereses colisionan empieza la batalla, que consiste en privar de libertad al prójimo para ganar la propia. Y sólo en las guerras uno ha de tener muy claro dónde posicionarse, para que no lo maten dos veces. Pero hoy en día el interés, que suele ser personal, una especie de narcisismo necesario para la nueva forma de lucha, no de clases sino de individuos, se posiciona como un valor que, evidentemente, el consumo revaloriza. Si la realidad es contradictoria, como declaró Emil Michel Cioran, para qué buscarle lógica al pensamiento intelectual. Al final, el interés por defender una idea es igual de banal que el de defender un modelo de zapatos. Ambos se exiliarán de la cordura cuando se apasionen en la defensa de sus propuestas, que tarde o temprano se tornarán en impuestas imposturas.

“Qué descansada vida”, Fray Luis, la que nunca llega pero soñamos cierta en las regiones ideales de la metáfora y el texto imposible. Imposible por ser de nadie, y a la vez de todos. Por buscar la respuesta, y acabar escogiendo la pregunta. Por nacer del desasosiego, y acabar con el fingido sosiego de trasladar el alma herida a la letra. Una letra en un océano de letras, que claman al ojo humano un diálogo también imposible, por pertenecer al espacio la ilusión del movimiento perpetuo, que ahora jamás y siempre nunca termina.

El cambio domina al discurso recurrente y el mundo sigue siendo el gran teatro universal, que día a día nos asombra con sus espectaculares novedades y nos traslada de la tragedia a la comedia, pasando por el esperpento o el absurdo, en cuestión de segundos. Esa es la magia del asombro, la posibilidad de ser alguien distinto cada vez que asistimos a la función dulce y amarga de la fugaz existencia.

Artículo publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 20 de junio de 2009

sábado 20 de junio de 2009

Amor sereno

Alguna vez mañana
y entre tanto, despertar.
Despertar de los días aciagos, dolorosos, del letargo.
Despertar de la muerte segura, de la ignorancia, del amor primero.
Despertar de los sueños heridos, de la levedad vacía, del rumor de tu regreso.
Despertar todavía de los imposibles que me abrasan, del nunca aprender del lamento,
del siempre encontrarte al final de los comienzos. Del tenerte entre lágrimas inútil como el tiempo, del amarte entre rosas fugaces, con este cuerpo de ceniza que te besa. Despertar
a la vida que nada pide y todo lo encuentra, amando nada más que el amor de tu abismo.
Y después, dormir, dormir con las frutas que ya nunca probamos, que ya nunca nos tientan.
Dormir, dormir con el viento, la fugaz estancia del amor eterno. Dormir entre tus brazos,
dormir bajo la luna, con la serena conciencia de quien ya nada espera.

domingo 7 de junio de 2009

Acción y pensamiento

Es conocido el dicho popular que reclama -sobre todo en el ámbito político- más acciones y menos palabras. La facultad del buen decir no suele estar muy ligada al buen hacer; y muchas veces somos aquietados por la promesa que finalmente nunca se cumple. De ese aquietamiento solemos pasar a la inquietud, a la espera de un asomo de realidad tras las palabras dejadas en el aire.

Pero no solamente son los otros aquellos de los que esperamos el cumplimiento de la acción prometida, sino que nosotros mismos nos procuramos recetas de proyectos de acciones que postergamos ilimitadamente, sabiendo -no obstante- que hacerlas resultaría provechoso. Cabe aquí recordar aquella reflexión del filósofo francés Henri Bergson que decía lo siguiente: “Debemos obrar como hombres de pensamiento; debemos pensar como hombres de acción”.

Acción y pensamiento van unidos, se retroalimentan. Procurar que ambos sean coherentes es una prueba de fidelidad a uno mismo. Muchos de los problemas psicológicos más habituales de nuestra ajetreada sociedad actual es la incapacidad para hilvanar ambos procesos y estimular así esa casuística racional donde la voluntad se dirige firme y sin escarceos. Decir lo que se piensa, pensar (y sentir) lo que se dice, hacer lo que se piensa… son combinaciones necesarias para una adecuada salud mental, sobre todo cuando nuestra conciencia sabe que es bueno llevar a cabo lo que ha pensado que podría hacer.

Bergson supo valorar ejemplarmente ambos procesos del pensar y del hacer: “La especulación es un lujo, mientras que la acción es una necesidad”, afirmó. Parece que, en estos tiempos, sin embargo, los valores se han invertido. No se trataría, empero, de dar prevalencia a alguno de los términos, sino más bien de conciliar, unir, conjugar. Pensamiento y acción son las dos caras de una misma moneda.

El camino de la acción nos incita a buscar, con el pensamiento, la resolución adecuada, para que el resultado de nuestros actos no descarrile a causa de la precipitación irreflexiva. Chesterton nos sugirió lo siguiente: “La idea que no trata de convertirse en palabras es una mala idea. La palabra que no trata de convertirse en acción es, a su vez, una mala palabra”.

El proceso cognitivo nos conduce -con genética elocuencia- a dar un paso más hacia el camino de la concreción material de aquello que empezó divagando en el mundo de lo subjetivo. Todo camino conlleva un punto de partida y un punto de llegada. Aunque no sepamos -en términos metafísicos- ni de dónde venimos ni hacia dónde vamos, tenemos claro que ‘vamos hacia’ y ‘venimos de’. No importa el lugar, lo importante –como dijera Antonio Machado- es el trayecto, la acción que realiza el que camina. Y he ahí nuestra responsabilidad de saber sencillamente si estamos caminando de la forma adecuada y de elegir, si no es así, la acción correcta, buscando aquello que resulta mejor para nosotros y, como resultado, para los demás.

De este modo, el pensamiento encaminado a la acción se convierte en sinónimo de libertad y de progreso. Lo importante, considero, es superar la mera divagación improductiva y así avanzar para no petrificarse en las gélidas aguas de la eterna pasividad.

El progreso, como sabemos, es la “acción de ir hacia adelante” (RAE), el camino por el que avanzamos día a día, como el propio tiempo que avanza sin detenerse. No es el progreso un valor sino la descripción de un acto, un acto, de por sí, neutro, pero con un trasfondo de necesidad vital, tanto para una sociedad como para el individuo. En esa necesidad de avanzar es donde podemos ubicar el concepto de ‘libertad’, requisito previo para que ese avance se realice sin restricción alguna, con la espontaneidad que otorga la virtud, en el sentido taoísta del término; y con la nítida idea, no de un horizonte concreto sino de que allá donde miremos siempre hay un nuevo horizonte por descubrir. David Livingstone, aquel explorador incansable, dijo en una ocasión: “Iré a cualquier parte, siempre que sea hacia adelante”. Un gran pensamiento, sin duda, digno de ser llevado a la práctica.

Artículo publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 7 de junio de 2009

martes 2 de junio de 2009

Ebriedad

Cantaré como Lieu Ling
que la eternidad es una mañana,
y que mi vida dura mucho menos
que un simple parpadeo.

¿Pero por qué entonces todo este dolor
configurando lento y eterno cada segundo que pasa?

¿Por qué nunca termina este interminable sueño
del que creo, pero nunca completamente,
alguna vez haber despertado?

Un vaso de vino no es suficiente ni cientos de ellos
para vaciar la inmensa jarra de la eternidad.

Conmovido despierto al fin de este sueño
y vuelvo a estar cansado y necesito dormir.
Y ya sólo me desvela la preocupación
de no volver a despertar.



De mi libro "Concierto de esperanzas. Poesía reunida (2002-2008)"
Descargar este libro gratuitamente en Lulu:

domingo 24 de mayo de 2009

Cine, ficción o realidad


El cine es un mundo de sueños, de ficciones, como la literatura, que imaginamos ciertos, reales. El cine es una pantalla en la cual nos adentramos, ya lo hizo Buster Keaton en Sherlock Jr. (1924), esencial referencia cinematográfica que explora la dicotomía ficción/realidad de una manera cómica y surrealista.

Cuando la realidad nos agota, la evasión de la gran pantalla sigue siendo, hoy, quizás, en este mundo hipermoderno: como lo define Lipovetsky, una de las mejores recetas para animar el espíritu y salir de nosotros mismos con el fin de abandonarnos al encuentro de lo que jugamos a creer que es.

Las buenas películas nos cogen de la mano y nos llevan a ese lugar donde el hombre se proyecta fuera del tiempo y del espacio ordinario.

Aunque, el cine no siempre nos reserva placeres, también nos pone a prueba e interroga, nos escandaliza y, en ocasiones, funciona como espejo de una realidad en crisis que la sociedad niega (o negaba). ¿Quién no se ha aterrorizado con los personajes deformes de Freaks (Tod Browning, 1932) o con las inmensas columnas de alemanes nazis dispuestos a dominar el mundo en El triunfo de la voluntad (Leni Riefenstahl, 1934)? Película ésta que el propio Hitler encargaría a su directora como documental para el VI Congreso del Partido Nazi y que, por supuesto, celebraba los ideales nazis con una técnica cinematográfica, no se puede negar, casi perfecta. Una cinta que ahora, sin embargo, nos pone frente al horror de ver a aquellas tropas de endemoniados wagnerianos cantar el triunfo de su raza: la aria. Una fantasía suicida, que finalmente, se quedó en eso, tras arrasar millones de vidas y esperanzas. ¿Y quién no se ha escandalizado con las violentas escenas cómico-crueles de La naranja mecánica (S. Kubrick, 1971)? Sublime sátira de la violencia, desde una mirada nietzscheana, proyectados en una sociedad amoral y deshumanizada.

Sí, el cine no sólo es diversión y una excusa para el ocio. Es también un ejercicio, el que debe realizar el espectador, de reflexión y juicio crítico, a veces muy molesto, de lo que se observa. Y las formas de contarlo son múltiples, en ocasiones desde la comedia paródica: Ser o no ser (Ernst Lubitsch, 1942) o, desde lo directamente trágico y explícito: El pianista (Roman Polanski, 2002) se nos puede narrar, en esencia, una misma realidad. Aunque sean otros los elementos y motivos que se desarrollan en los respectivos planos argumentales.

Y no sólo me refiero al cine que nos presenta la dialéctica hombre/sociedad, sino también la puramente metafísica del hombre/ser. Así, nadie podrá irse a la cama sin dar unas cuantas vueltas metafísicas a la cabeza tras ver aquella partida de ajedrez en la playa que juega Max Von Sydow en El séptimo sello (I. Bergman, 1957) con la mismísima Muerte. O también, y por qué no, irnos a la cama con una sonrisa metafísica tras ver El sentido de la vida, donde en este caso la Muerte, que interpreta un breve papel, es parodiada. (Monty Python's, 1983). O aquella de Frank Capra donde un hombre agotado y en crisis económica descubre ¡Qué bello es vivir! (1946).

En fin, un mundo de sueños, pero, también de pesadillas, porque las pesadillas forman parte de los sueños. Siempre un mundo que nos traslada a esa otra posibilidad de lo real -al mundo aludido, explícita o implícitamente- a través del espejo catártico que proyecta la cámara, cuando su realizador, como un literato, domina el lenguaje artístico y lo actualiza a través de propia creatividad.

Robert Luis Stevenson dijo estas palabras que refiero a continuación para referirse a la literatura, pero creo que podría trasladarse al caso del cine, que es, sin duda, la gran novedad narrativo-poética del siglo XX y del XXI: «Es éste el aspecto plástico [del cine], encarnar el carácter, el pensamiento, la emoción en algún acto o actitud que impresione notablemente al ojo de la mente».

Artículo publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 24 de mayo de 2009

domingo 10 de mayo de 2009

La revolución interior


No podemos concebir -ni mucho menos construir- un mundo perfecto en el que sus individuos no sean libres y tengan que acallar su pensamiento. No se puede partir de la base de un mundo más justo y solidario estableciendo un código de valores de lo que significa justicia, solidaridad o cualquier otra bella palabra que -a menudo- desvela sentidos ambiguos y difusos. La sociedad no puede -ni debe- construir al individuo, sino que es el individuo quien ha de construir a su sociedad.
"La mayoría de nosotros jugamos con ideas y creemos que somos grandes revolucionarios […] Lo importante es librarnos de las ideas. […] La libertad respecto a las ideas sólo puede resultar del darse cuenta y del conocimiento de sí mismo." Expresó Krishnamurti en 1950.
Las ideas bellas toman palabras bellas que incluso son decoradas de forma pomposa en los discursos políticos para incrementar la fuerza benévola del mensaje. El público, al escuchar tal deleite de razones nobles, aplaude a sus líderes como si lo que dijeran se fuera a cumplir en ese mismo instante, por arte de magia. Por experiencia sabemos que eso no es así. Pero el auditorio, quizá acostumbrado al engaño, finge un aplauso o guarda cierta esperanza famélica en que esta vez sea verdad lo que dice el conductor de su futuro.
Desde que nacemos, directa o indirectamente, consciente o inconscientemente, nos van programando. Conforme pasa el tiempo nos volvemos cada vez menos espontáneos hasta que un día hemos olvidado por completo en que consistía esa espontaneidad que alumbraba los lúdicos caminos del niño que fuimos.
Utopía, lugar imaginario o inexistente, es el no-lugar que, en su expresión teórica se acerca a lo ideal y cuya puesta en práctica resulta inviable, o así, empíricamente, nos lo ha demostrado la historia. Las utopías que pretendieron convertirse en realidades, amparándose drásticamente en el camino de la revolución social y política, no han sido más que grandes tragedias de las que la humanidad acaso se ha repuesto todavía. Algunos buscan un nuevo cambio, una utopía al alcance de la mano, cibernética y 'cibercrática', como nos propone el llamado 'proyecto Venus', un sueño futurista que no deja de recordarnos al distópico mundo feliz de Huxley, al anime Akira o a la famosa película Matrix. El mismo Krishnamurti tildó de hipocresía el pensamiento idealista, un vivir ajeno a la realidad, con la mente en el tiempo condicional, un 'podría ser' que tapa el ahora, como una evasión fruto de la imposibilidad del cambio revolucionario verdadero: el que se da con la vivencia del presente y su actuar consecuente con la realidad, que, aunque no nos guste, es la que nos ha tocado o la que hemos creado.
El individuo no quiere jugar su papel como tal, se esconde entre bastidores sociales que velan su identidad original, aquella que por medio de su intuición y creatividad inteligente logra que idea y realidad sean una misma cosa a través del quehacer cotidiano y excepcional de sus acciones. Damos solamente la alternativa al líder, a la máquina humana diseñada para conquistar mentes, y olvidamos nuestra capacidad de liderar nuestra propia mente para no dejarnos llevar por la corriente del pensamiento ajeno, que nos atrapa y confunde, haciéndonos defender una idea que está muy lejos de lo que ciertamente concebíamos como justo y necesario.
El 'yo real', e inconquistable, cede ante el 'yo condicionado', al que las circunstancias han creado y motivado. Una motivación manipulada, por unos y por otros, donde el individuo ha sido mutilado y sustituido por una sombra de sí mismo. Esta mutilación -lenta y dolorosa- es el pan de los dramas humanos de cada día, personas silenciadas, acorraladas económicamente y explotadas por su condición de simple eslabón de la cadena. De esta forma, todos somos eslabones, el río fluye por sí solo hacia el abismo de su decadente devenir y la revolución interior, aquella que no causa dolor y que se hace de forma natural, todavía es posible aunque parezca enterrada, ya que no se funda en un ideal futuro, sino en cada momento, ahora mismo, en la próxima acción que hagamos, solidarios y fieles a nuestra propia forma de ser, sin manipulación alguna, conformando, espontáneamente, la capacidad inherente, constructiva y creativa, que tenemos por el simple hecho de ser libres y humanos.

Publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 10 de mayo de 2009

miércoles 6 de mayo de 2009

Sin vivir en ti

Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero.
Santa Teresa de Jesús

Veo la estrella detrás del sol, en el último cielo de los amantes, bajo rocas de espasmo y silencio frío de acantilado. Tu nombre me agota de soñarlo, entre penumbras siempre repetidas, como un nunca llegar y haber llegado a la conquista y su recuerdo. Te sueño detrás de las rocas, bajo el calor de los amantes, en su muerte regalada.
Te canto, te espero, te inundo de ilusiones que vacían tu regreso. Te olvido, te beso, no te toco, pero te siento, en la voraz ascensión y en el descenso, te quiero, no te amo, no te diré nunca 'te amo', porque me muero, si vuelvo a caer en tu infinito de estrellas derramadas. No te quiero, sólo te amo, porque me muero.

domingo 26 de abril de 2009

Generaciones perdidas


Más allá del delirio está la mente, la noche abrigada de símbolos y el frío incurable. En su espesura, el abrigo resulta insuficiente y los nombres se confunden con las sombras y el viento propaga relatos de confusión que disipan lo real.
La quietud cristalina en la que el hombre se abstrae sin remedio es el final primero, allí donde aguarda otro comienzo. Dirá el loco que la vida fue la razón de su locura, vida que persevera por sí sola en el desasosiego que alumbra las ruinas de su caída. El peso del estar y el vacío que lo corona apuran el fulgor, marchitan la jornada inocente y expanden el hábito del lamento inconsciente. Hay el temor de no ser nadie y el temor de cargar con la culpa de haber sido lo que no se quiso ser. El tiempo empuja las acciones a veces por el precipicio del arrepentimiento y otras por la ingravidez vital de no tener de qué arrepentirse. El destino, como un espejismo cambiante, nos muestra razones para huir a cualquier parte, con tal de quedarnos como estábamos. Expresó en melancólicos versos Luis Rosales que jamás se había equivocado en nada, salvo en las cosas que él más quería. También Gil de Biedma expresó el regreso imposible: «Volver, pasados los años, hacia la felicidad -para verse y recordar que yo también he cambiado». A la mitad del camino de nuestra vida uno suele recordar vagamente todo lo que fue dejando atrás, la imagen de sí mismo bañada de juventud e ideales, de sueños de cambios posibles, de esperanzas en mundos mejores que habitar y una cabizbaja afirmación de que no hubo tiempo suficiente para que la juventud coronase todas las promesas tiradas al viento, quizá porque el destino y sus vicisitudes interrumpieron ese paso firme hacia otros imprevistos viajes que nada tenían que ver con la utopía interior que iba adornándose de estribillos de Dylan, versos de Ginsberg, escenas de Antonioni y fotografías de iconos rebeldes que, como Janis Joplin, consumieron la vida con la pasión desenfrenada de un 'carpe diem' mezclado con Jack Daniel's.
Unos viajaron a la India a canalizar su inconformismo y en busca de paz interior, otros militaron políticamente y fueron golpeados con el puño del totalitarismo, otros tantos se conformaron con escribir versos feroces que cargaban como un arma y miraban al futuro. Ya que, quizá la poesía sea el último recurso de la revolución: «Si he sufrido la sed, el hambre, todo lo que era mío y resultó ser nada, si he segado las sombras en silencio, me queda la palabra». Escribió Blas de Otero.
Pero, al final, todo esfuerzo parece ser inútil, bajo el frío panorama que el presente nos informa. Hubo una lluvia fértil, pero después un largo tiempo de sequía, que hizo de la tierra algo baldío.
El hombre se conforma -o lo finge- para no añadir más sufrimiento a la derrota, la juventud tiende, en los últimos años, como si hubieran heredado de los antecesores ese conformismo, a vivir su vida en contra de unos principios de justicia social que jóvenes de otras generaciones cultivaron por inercia o instinto. Ahora lo normal es bajar la cabeza o mirar hacia otro sitio. Pensar que esta batalla a mí no me incumbe o luchar solamente por uno mismo y sus propios intereses. Quizá ha de ser ese el curso natural de la historia y lo otro, el aire inconformista, sea la excepción. Me niego a creer esto último a pesar de las evidencias que avalan esta última tesis. Hubo una revolución en la que una de sus consignas fue la fraternidad. Como afirma Erich Fromm en su obra El arte de amar: «Amar a una persona implica amar al hombre como tal. El tipo de 'división del trabajo', como lo llamó Willian James, que consiste en amar a la familia pero ser indiferente al 'extraño', es un signo de una incapacidad básica de amar», e incluso hay, añado yo, quiénes son incapaces de amar a la propia familia.
El concepto de fraternidad universal o familia universal suena, en estos tiempos, a algo imposible, una utopía más condenada al fracaso. El capitalismo prefiere pensar que el hombre es un lobo para el hombre, pues pareció que las cosas iban mejor con esa premisa. La caridad o compasión cristiana nos recuerda el descalabro de Viridiana (Luis Buñuel, 1961) y tantos otros ejemplos de inviable hermandad. Pero, ¿acaso todo está perdido, o es posible que el hombre encauce su propio devenir histórico en busca de una fértil esperanza en la creación de valores sólidos y comprometidos para con sus semejantes? Creo que esa es la pregunta, pero acaso la respuesta sea individual, nacida de aquello que todos compartimos llamado 'conciencia', que no puede, a pesar de los intentos, resumirse en un lacónico manual de educación para la ciudadanía.
Publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 26 de abril de 2009

domingo 12 de abril de 2009

Crisis de valores


La mente se afana en no concluir su arduo discurso de símbolos e interrogantes. Cualquier elemento nuevo se introduce en la constante lógica de un discurrir que todo lo iguala, normaliza y desubica de su abierta significación. El tiempo pasa así, en la penumbra de los días iguales, en la dejadez existencial de una hora tras otra empañada de hábitos aprendidos, de tareas programadas y palabras automáticas consecuentes con los efectos calculados.
La espontaneidad ha pasado a formar parte del desorden y la extravagancia. El hombre moderno ha marcado unos límites a su libertad, voluntariamente, para no perderla en su jungla de asfalto. Con ello, la creatividad resulta una extrañeza, una temerosa hazaña que muy pocos se atreven a llevar a cabo por miedo a ser reprendidos por el discurso socialmente correcto de los valores dominantes, que son aquellos en los que triunfa la mediocridad y está prohibido ser distinto, destacar o innovar formas de estar en el mundo. Albert Einstein nos dio este consejo: «Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo». Él, sin duda, fue consecuente con su máxima. Sin embargo, la mayoría de nosotros buscamos -ciertamente- resultados distintos, pero hacemos siempre lo mismo. Estamos atrapados en la red del eterno retorno, en un divagar cíclico que, como el planeta en que vivimos, gira -constantemente- sobre sí mismo.
Durante un tiempo nos fue bien vivir con unos ánimos determinados, ayudó a fijar un entendimiento mutuo en pos de unos objetivos comunes. La libre competencia, la ley de la oferta y la demanda, la especulación económica, el capitalismo liberal y globalizado… Todo ello parecía marchar viento en popa, había dónde nutrirse y dónde aparcar el ánima para nuevas incursiones.
Ahora las cosas son bien distintas. Nuestro camino ha sido dilapidado, la marcha triunfal ha devenido en derrota y el mundo se nos echa encima como una máquina de mil toneladas incontrolable.
El lugar en el que estamos ahora me hace recordar una frase de Schopenhauer: «No hay ningún viento favorable para el que no sabe a qué puerto se dirige». Y una sentencia del Tao Te King me sugiere la causa del error: «Lo que está bien plantado no puede desenraizarse».
Posiblemente, hemos fallado en lo básico. Los cimientos del castillo duraron un tiempo y nos hicieron pensar que la grandeza de una construcción tan colosal iba a ser inquebrantable. Pero los ladrillos eran de poca calidad, y la consistencia de la construcción no podía tardar mucho en venirse abajo. Hubo arquitectos de las ideas que lo vinieron anunciando frecuentemente: Marcuse, Adorno, Habermas, Chomsky, entre otros muchos. ¿Pero, quién iba a escucharlos cuando el castillo crecía y crecía de una manera tan escandalosamente admirable?
Los valores no han sido consistentes, sobre todo, porque la sociedad no ha sembrado árboles con raíces genuinas y estables. No hemos marcado el compromiso de una ética como fundamento de nuestro discurrir por la vida. No hemos visto en la educación el pilar fundamental de nuestra existencia como animales íntegros e intelectuales.
Pero, ahora, la suerte está ya echada, sólo nos queda recoger las cenizas y esperar. Esperar sobre todo a que las aguas vuelvan a su cauce. El riesgo de ahogarse en la tempestad es muy alto. La posibilidad de salvarse depende de tener la calma suficiente para nivelar el barco de una forma equilibrada y decisiva. No conviene huir, pero tampoco seguir la misma ruta sabiendo que la tempestad no avisa una retirada a corto plazo. Muy a pesar nuestro: alea jacta est.

Publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 12 de abril de 2009


lunes 6 de abril de 2009

La razón vencida

Como un huracán salvaje mi cerebro estrangula la calma,

revolotea indeciso el silencio, taladra el ahora

de picaduras nerviosas

y grita al viento la penumbra

de una especie de éxtasis psicótico

que va a dar al valium

del sueño nihilista

en un volcán de ideas masacradas.


Mi cerebro es más fuerte que yo, por eso golpea

y silencia mi esperanza.

Solamente quiero dormirme para ahuyentar a la muerte

de la razón homicida.

Y que el sueño conduzca mi cuerpo a lo sutil de la nada,

por sus adentros de aire vencido.