jueves, 31 de diciembre de 2009

lunes, 28 de diciembre de 2009

Agonía

Cuerpo de amor, señal de vida
que viste de astros la materia dormida,
el frío enfrentado de la ausencia,
la triste y enajenada dolencia
donde reposa el alma suspendida.
Es el tiempo, continuidad insobornable
que arrasa o silencia el aire que nos crea,
que da forma cautiva al mañana constante
y asedios de amor allí donde el alma sea.
Es el tiempo, esa luz que ciega todo, inquebrantable.

domingo, 20 de diciembre de 2009

En defensa de la paz

Quizá sea un canto demasiado arduo el que entone el sueño de la paz entre los hombres, pero merece la pena ir afinando las voces y no las armas de la guerra. Sin embargo, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, en su discurso al momento de recibir el premio Nobel de la Paz, pronunció unas palabras ambiguas, cargadas de contradicciones en su intento de dar legitimidad y lógica a las acciones de la guerra. Condenando la “tragedia humana” que cualquier guerra promete también aseguró que “los instrumentos de la guerra tienen un rol a jugar en la preservación de la paz”. No cabía esperar –no obstante- otras palabras de quien gobierna la nación más poderosa del mundo, económica y militarmente. Es posible que en estos tiempos complejos no sea acertado pedirle a Obama que argumentase de forma distinta, ni tampoco premiarle por sus argumentos. Es posible que la defensa de la paz haya de nacer, desarrollarse y propagarse en el germen de la sociedad y no en los que ostentan nada más que la voz espejo del sistema. Es posible que la comprensión de la paz y la no-violencia deba ser trasladada de padres a hijos, de amigo a amigo, de corazón a corazón y no en discursos multitudinarios destinados a dar más opio ideológico al pueblo desorientado en sus valores esenciales. La enseñanza y práctica de los valores pacíficos, el sistema educativo mismo, habrá de ser semilla para un futuro más consciente de los contras de la violencia y pros de la paz. De todos es la responsabilidad de alcanzar una sociedad pacífica, solidaria y humanitaria. De fomentar una cultura de la paz y la fraternidad mutua (como en China soñase Mozi; o Cristo, Buda, Gandhi y tantos otros) y no del odio y el terror entre los seres humanos. Gandhi apuntó que era “un progreso muy lento”, el que la no-violencia (ahimsa en sánscrito) conlleva, pero sin duda “el camino más acertado para una meta común”. La Historia nos dice que el hombre lleva en sí la semilla del amor antes que la del odio, si no posiblemente ya no estaríamos aquí desde hace mucho tiempo.

Es en esa dialéctica de la convivencia entre los seres humanos donde la identidad social cobra una legitimidad moral que marca los designios vitales de un pueblo. Es seguro, como afirmó Obama, que “un movimiento no-violento no podría haber detenido a los ejércitos de Hitler”, pero también es verdad que cualquier Hitler puede impedirse antes de que sea demasiado tarde, si su pueblo no pierde el sentido de la causa cívica, de los valores éticos por encima de la sinrazón despótica, violenta y autodestructiva. Conviene a un pueblo no perder el rumbo racional que lo mantiene alejado de unos límites que no deben traspasarse nunca. Resulta así trágico y peligroso escuchar ciertos discursos y dialécticas agresivas, de enfrentamiento y crispación arrojadas por el arma, también letal si se usa letalmente, del lenguaje. Arma que los políticos arrojan con demasiada frecuencia, trasladando el mismo enfrentamiento a las calles, sembrando sonidos de ira que resuenan tristemente entre la impotencia y la desesperanza de un alma colectiva desubicada.

Otro presidente de EE.UU., J.F. Kennedy, exclamó la necesidad de establecer un final para la guerra antes de que ésta establezca un fin para la humanidad. Thomas Mann la vio como “una salida cobarde a los problemas de la paz”, un estallido impotente ante el gran reto que la convivencia y el respeto mutuo nos exigen. ¿Quién no es capaz, ni siguiera, de estar en paz consigo mismo? ¿Quién, en esa lucha interior, puede conocer el significado de la paz verdadera? Partiendo de la conciencia, del sentido común que otorga un saber vivir que nos es necesario ahora más que nunca, podremos reconciliarnos con las sombras que habitan los espectros del odio, la codicia o la radical necesidad de no entender que todos somos igualmente imprescindibles en este arduo camino de la transmisión de significado al devenir humano. Ahora más que nunca, cobran sentido aquellas palabras de Gandhi: “La dignidad humana exige que el hombre se refiera a una ley superior que haga vibrar la fuerza del espíritu”.

Diario La Verdad, 20/12/2009

lunes, 14 de diciembre de 2009

domingo, 6 de diciembre de 2009

Las puertas de la percepción

El arte siempre supone un reflejo de la realidad, una forma elaborada de aquello que se nos presenta sin forma, cambiante, en la vida. Una apariencia -acaso- que nunca deja de ser eludible, pues todo acontecer refiere una información que pasará a un procesamiento obligado, automático, de la mente, para crear la forma de lo visto en el interior de la conciencia. Tal y como propuso William Blake –y le siguió en ello Huxley- conviene abrir pues las puertas de la percepción para así dar cabida a la amplia realidad que nos sucede, aquella que siempre ha de pasar por nosotros. Si los sentidos están abiertos, si la mente no mira para otro lado y se entrega a lo que la realidad ha de decirle, el hombre puede estar dispuesto a adquirir el desafío de comprender, verdaderamente, lo que el mundo solloza o canta o simplemente calla.

En el arte este mundo queda codificado, envuelto como un regalo, para que su destinatario múltiple lo abra y averigüe el mensaje que da sentido a su sentido. Es una verdad todo lo que nos rodea, una impresión o una idea, un sentir o un pensar, en la manera que advirtió David Hume, viendo que la percepción era “todo aquello que pueda estar presente en el espíritu”. Es así como la ciencia también aceptó sus desafíos, tratando de objetivar lo que en principio pudiera parecer subjetivo, así como también el arte juega su partida con la realidad, dando color a sus -en ocasiones- grises nubes de espanto. Un cuadro de la muerte, de la locura, del hombre crucificado en pos de un mensaje de hermandad universal, las largas horas de meditación de un Buda que predicó la posibilidad del cese del sufrimiento con su silencio, lúcido y activo, pero inmensamente sereno. Todo ello nos habla de nosotros y del rumbo incierto que nos arrastra hacia el futuro. Hay arte en el cosmos, en el átomo, en el ADN de Adán y en las innumerables cifras imposibles que relatan una historia de infamias y milagros. Pablo Picasso observó que “el arte es una mentira que nos acerca a la verdad”, una mentira muy real cuando nos llega tan adentro que a partir de entonces miramos el mundo ya con otros ojos.

De libros y otros símbolos se forja el mundo interior del hombre, el rostro intransferible que recorre su destino bajo el compás urgente que va marcando la búsqueda de sí mismo. El valor de los libros, más allá de su artificio estético, es su conducción –ya lo dijo Herman Hesse- a la vida, y la utilidad que ellos otorgan a ésta. No por ello el arte habrá de dividirse en útil e inútil, en social y burgués o autocomplaciente, sino que todos traducen la vida en lenguajes distintos, pero con el mismo corazón del puño que les dio vida, es así que llamamos “ciencias del espíritu” –lo acuñó Dilthey- al pulso creador de estéticas vitales.

No es relativismo nihilista cuando el hombre se interroga y pone en cuestión los dogmas preestablecidos, las creencias que le impone su cultura o su tribu. Acaso las religiones se han olvidado de la propia raíz de su palabra, y se empeñan, en consecuencia, en desunir al hombre que busca unirse con todos, tratando de comprender en vez de negar y cerrar los ojos a la vivencia ajena. Ahí el llamado determinismo se congela en su distante compasión y reniega de sus valores más profundos y originales, olvidando su identidad, enterrándola en la historia de la intolerancia. Amar al prójimo como a uno mismo no es una frase hecha sino todo un desafío que nos pone a prueba día a día y nos insta a no enfrentar al mismo corazón que late bajo el cielo de los hombres. Si abrimos las puertas de las percepción con el valor que impone dejar de ser jueces o verdugos para empezar a ser simples espectadores y colaboradores de la trama, haremos de esta obra un relato que depare –sin duda alguna- un final feliz.

Diario La Verdad, 6/12/2009

martes, 1 de diciembre de 2009

Noche y día

Los ojos del sol te miran de repente
y te dicen que hay vida tras de ellos.
Y la noche se hace espacio donde naces
con la señal de tu origen clavada
en la conciencia.
Sabes –descubres, quizá ahora-
que eres eterno y de nadie,
que la luz te pertenece.

Los ojos del sol te miran de repente
y miras tú a la noche que ya el día
no oscurece. Y todo se funde
en un blanco constante
donde ya nada –por mucho
que lo quieras-
te pertenece.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Filosofía cotidiana

¿Qué es el filosofar sino un acercamiento a la vida? Digamos que consiste en una cualidad innata al ser humano que le vincula con su ser y le pregunta por él y por todo lo que le rodea. Dando nombre a las cosas, en apariencia vacías, dando sentido al fenómeno captado, que necesita descifrarse. Dice Unamuno, que en la poesía como en la filosofía no vale solamente la erudición sino una implicación vital de lo que es suyo, «si un filósofo no es un hombre, es todo menos un filósofo». Porque en esa autenticidad de existencia se desenvuelve el valor de la vida. «La filosofía, como la poesía, o es obra de integración, de concinación, o no es sino filosofería, erudición seudofilosófica». Quizá sea ese el problema de la filosofía actual, que no viene ahora, Schopenhauer también lo denunció, y que marca una franja de distanciamiento imperdonable entre aquellos que buscan y otros que se hacen poseedores de la búsqueda. Vuelvo a citar a Unamuno, que para lo bueno o para lo malo bien expuso el siguiente axioma: «Para pensar cual tú, sólo es preciso no tener nada más que inteligencia». Que se convierta el filosofar en un juego de niños o en cosa seria que toque de lleno al alma, sólo será dependiente de la necesidad particular que cada cual derive de su existencia. A uno le importa lo que le compete, y le compete lo que pone en riesgo sus intereses, ya sean vitales, materiales, sentimentales, espirituales, etc. Así uno llega naturalmente a la pregunta filosófica, (o poética, que viene a ser lo mismo) cuando la vida misma se pregunta desde el fondo de su ser.
Quizá habría que partir desde la pregunta interna, y no desde lo que se preguntó Platón o Hegel, para llegar, si bien cruzando por ellos, pues la razón tiene ya algunas formas trazadas, a un destino epistemológico que pase por la necesidad de validez que el hombre haya de resolver desde sí. Digamos que sería necesario entender la filosofía en la educación no como una gris historia de las ideas de ciertos personajes muy inteligentes, sino como una enseñanza del filosofar partiendo de la íntima búsqueda que a todos aflige, en mayor o menor medida. Dirá Windelband: «Por filosofía en el sentido sistemático, no en el histórico, no entiendo otra cosa que la ciencia crítica de los valores de validez universal (allgemeingutigen Werten)». Y responderá Unamuno: «¿Pero qué valores de más universal validez que el de la voluntad humana queriendo ante todo y sobre todo la inmortalidad personal, individual y concreta del alma, o sea la finalidad humana del Universo, y el de la razón humana, negando la racionalidad y hasta la posibilidad de ese anhelo?». Es muy probable que así sea, tomémoslo como un ejemplo de esa innata voluntad de la filosofía. Comprendamos que ciertos pensamientos trascendentes corresponden al género humano, le son de radical importancia en su devenir y se aleja de su naturaleza cuando todo se convierte en un camino light de existencia, en ciego hedonismo, o en mera supervivencia.
Son necesarios una valores para dar valor a la vida. Y para que este valor tenga un sentido que la justifique, que se funda con la razón y el espíritu, como un reencuentro con la esencia perdida que todos buscamos para reconocernos. Pero, como apuntó Nietzsche, «todas estas cosas son únicamente condiciones previas de su tarea: la tarea misma quiere algo distinto, - exige que él cree valores». Esto sólo puede ser posible cuando el valor deslumbra su ser de una verdad que le motiva al movimiento libre e íntegro de la identidad reconocida en y por sí misma. Sólo uno puede entender «lo que debe hacerse», he ahí la creación del valor, y que ese deber armonice con su entorno, como signo creativo de la bondad de su expansión. Todo ser brilla con luminosidad propia, como los astros, conformando un cosmos vital, «nuestros actos brillan alternativamente con colores distintos, raras veces son unívocos, - y hay bastantes casos en que realizamos actos multicolores» (Nietzsche) y bueno es que así sea para el bien del hombre que aspira a crecer y a no estancarse en verdades ya sin fragancia. Esa existencia light y hedonista que lidera los valores presentes, es víctima de la caverna que toda la humanidad ha formado en torno a sí misma. Así, esta sombra que estanca la luz del hombre, que anestesia la voluntad de la evolución racional y espiritual nos puede conducir a una pérdida de valores antitética, esto es, donde todo vale. Como en la oración de Paul Celan: «Alabado seas, Nadie. Por ti queremos florecer. En contra de ti», corremos el riesgo de perdernos de nosotros mismos. Pero también hay la oportunidad de reencontrarnos, si atendemos honestamente al mapa interior de la conciencia, que todos llevamos inscrito en el ser que busca ser siempre.
Diario La Verdad, 22/11/2009

viernes, 20 de noviembre de 2009

Sabor

Paladar, está en ti tu sombra,
la huella de lo conocido
que ahora se borra,
como bocado de nadie
.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Sociedad y delirio

Es razonable que la personalidad de una sociedad describa la propia de un individuo. Este ha sido un método habitual -el de la psicología social, antropología, sociología- que ha servido para observar el comportamiento del individuo como fenómeno histórico-social de un determinado tiempo. Sobre todo desde el positivismo aplicado a este campo hemos asistido a la producción de distintas teorías que tomaban al sujeto como objeto de laboratorio y otorgaban debida cuenta del carácter y modos de actuar de las relaciones y fluctuaciones intrínsecas de unos con otros. De todo ello hemos concluido múltiples factores comunes que nos han ayudado a interpretar y criticar lo que fue y lo que es. Muchos han sido los enfoques, pero la mayoría de ellos han revelado la enorme complejidad que caracteriza al individuo como sujeto social en el entramado de su red de convivencias. Los puntos de vista del observador son ilimitados, el acercamiento al fenómeno depende tanto del observador, del instrumento de observación y de lo observado (todo ello siempre en constante mudanza). Se mira desde un presente cambiante, ya sea al pasado, al ahora o al futuro. Lévi-Strauss señaló lo siguiente: “En el microscopio, hay una plataforma con objetivos de distintos espesores. Según el espesor que uno elija, en una gota de agua, se ven cosas totalmente diferentes. O bien se ve solamente el agua si uno la mira sin lente, o bien polvillos y sales si utiliza un espesor delgado”. Lo fundamental sea, seguramente, más que el método, las razones que impulsan a querer observar, lo que motivará las conclusiones que extraigamos de lo observado. El relativismo científico o filosófico no conduce –por tanto- a una imposibilidad de conocimiento, eso es irrelevante, sino a todo un espectro de posibilidades que finalmente nos aportarán un panorama, una totalidad, cuando la mirada desea, necesariamente, el todo, cerrar el círculo, completar la búsqueda.

El sujeto es deseante por naturaleza, la búsqueda le sobreviene en su camino. No hay camino sin búsqueda por nimia que ésta sea. Desear es imaginar la posesión. Gilles Deleuze dirá que el mundo del deseo se configura mediante diversos “agenciamientos”. Un agente, define el DRAE, es el que “obra o tiene virtud de obrar” y agenciar consiste en “hacer las diligencias conducentes al logro de algo”. El agente es quien hace, quien logra algo. Para ello ha de haber el deseo de logro de algo. No se desean cosas abstractas sino concretas, no objetos de deseo externos y aislados, sino en un contexto o conjunto de cosas: hay un paisaje del deseo, como entendió Marcel Proust. El deseo es creativo, nace de un inconsciente que es fábrica de mundos. Dirá Deleuze –en este sentido- que “desear es construir un agenciamiento”. Verá este filósofo –en contraposición a Freud- el inconsciente –no como un teatro- sino como una fábrica de producción. Nos liberará Deleuze del drama freudiano de las determinaciones familiares, de la tragedia burguesa de la culpabilidad y el complejo; y nos mostrará el delirio del deseo en su sentido cósmico y engrandecido, trágico sí, pero trascendente, múltiple, potencial.

Ya el hombre o la sociedad experimentan siempre su particular delirio. El delirio romántico de lo sublime, la modernidad apocalíptica de la abstracción simbólica, el mundo de las sombras que nos atan al sino trágico y absurdo de la existencia, el precipicio del capitalismo. Altas y bajas pasiones que, en último termino, son víctimas de sus delirios de grandeza. Deseo material o espiritual, poco importa cuando entendemos que el problema nos es la razón en sí, sino la deshonesta búsqueda de legitimación de la sinrazón, donde el escenario se da la vuelta y la locura se convierte en el estado de cosas que fundamentan la cordura generalizada. Un doble delirio hay, el del falso cuerdo que ignora la verdadera cordura y el del verdadero cuerdo que enloquece ante la locura impuesta como normal (legítima y lógica).

El delirio del poder trae duras realidades. El deseo se abisma en su fábrica sin límites de imposturas fatuas, artificiales, de voraz consumo. La máscara asfixia -como el exceso de CO2- y se expande sin freno, llamando a la búsqueda de una cordura acaso irreconciliable con una razón difuminada por la carnavalesca huida de su centro. Así, algunos no tienen más remedio que instalarse afuera, para observar lo que hay dentro. “Comprendía el silencio del Éter, pero jamás entendí las palabras del hombre”, confesaría Hölderlin. El tiempo pasa ineludible, y, como también cantó el citado poeta alemán: “No nos es dado descansar en ninguna parte; desaparecen, sufren los hombres, caen ciegamente de una hora en otra, como agua, de roca en roca arrojada durante años a la incertidumbre”. Pero aún así, queda el optimismo, donde siempre está la posibilidad de levantarse, con más de una certezas que atesoren luces soñadas e inauguren nuevos caminos.

Diario La Verdad, 8/11/2009

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Viento cálido

Allí a lo lejos, donde el sueño alcanza,
el mundo parece eterno, milagroso.
Pero aquí las sombras del día
avasallan su esplendor
con óptica aciaga
de ficticio devenir.

Llaman, llaman a la puerta.
No quiero despertar. No abriré hoy.
La agonía del instante me avista
y caen las horas, vacías de tesoros.

Me llena lo ganado del tiempo perdido,
la esperanza de haber entrevisto
la noche que me sueña y me cerca.

Ya al menos, en la herida excelsa,
tus brazos toman mi alma breve
y la bañan, apurándola,
entre cálidos vientos
de sosiego y silencio.

domingo, 25 de octubre de 2009

La libertad del hombre

Vio Shakespeare, a través de Hamlet, al hombre en su acción parecido a un ángel y en su entendimiento parecido a un dios. La concepción del hombre ha sufrido variaciones muy considerables en el tiempo, llevándonos de su heroica libertad a su esclavitud inerme, de su infinita posibilidad a una realidad sumisa y anegada. La libertad ha sido de unos pocos, muchos la han soñado, se ha soñado para muchos y todavía hoy continua ese sueño sin fronteras que evoca designios universales para fijar un nuevo conocer que a la totalidad conciba y le regale cobijo y dignidad. Giordano Bruno pensó lo infinito en términos positivos -al contrario que sus antepasados, incluidos los griegos- cambiando de verse como algo inescrutable a otra cosa muy distinta, totalmente accesible, que abre las puertas de la libertad, que llena el alma humana de posibilidades, de potencia creativa. La naturaleza se interpreta en estos términos, Copérnico o Galileo ascienden por ese camino, la razón matemática busca a Dios, desea expresar su infinitud, se sueña ese logro que el hombre -centro y punto de partida de su destino- entiende que puede vislumbrar. Así Pico della Mirandola le dirá al primer hombre: “No te dimos ningún puesto fijo, ni una faz propia, ni un oficio peculiar, ¡oh Adán!, para que el puesto, la imagen y los empleos que desees para ti, esos los tengas y poseas por tu propia decisión y elección”. El hombre como un dios puede crearse a sí mismo, crear su realidad, elegir acorde a su infinita virtud, llena de todo y digna de ello.

El hombre descubre que su razón también es un instrumento para transitar lo aparentemente irracional, para darle luz, acceder a ello y conocerlo finalmente. Escribió Ernst Cassirer, refiriéndose a este nuevo nacimiento del pensar humano: “La razón matemática es la llave para una comprensión, verdadera del orden cósmico y del orden moral”. A través de este paradigma se logra una evolución considerable, un hallazgo que había de asumirse más tarde o temprano, una trascendencia necesaria para comprender al sujeto que da luz a las cosas que antes parecían sombras que sujetaban su realidad. El oculto Hermes Trismegisto o su Asclepios resurgen como huella necesaria de esa búsqueda innata que el hombre ejerce sobre sí. Pico della Mirandola concluye que: “Nada hay grande en la tierra si no es el hombre y nada grande en el hombre fuera de su mente y de su alma: si te elevas hasta ellos, te elevarás hacia el cielo”. Por eso, llamamos a ese tiempo humanismo, no podría ser otro el título que diera nombre a esta identidad nueva que había de ser la entrada al templo del libre entendimiento humano de la Europa moderna. Un camino que los griegos iniciaron y que siglos más tarde supondrá el espectacular renacer de Occidente.

Los humanistas tampoco olvidaron la humildad que debía acometer empresa tan grande. Una consecuente y necesaria mirada ante el absoluto que se presiente en el que no puede dejar de sentirse pequeño, una certidumbre sensata que todo hombre que se sueñe dios ha de tener como principio de responsabilidad con su tarea. Un amor a la vida que comienza por el respeto hacia lo que su maravilla representa. Es muy posible que no ocurra lo mismo en nuestros tiempos. ¿No fue el siglo XX una historia de la soberbia del ser humano que se consideró dios pero olvidó la responsabilidad que tal consideración disponía? ¿No es el siglo XXI otro efecto –casi imperceptible, según los ojos que lo miren- de tantas causas egocéntricas del hombre dominador y despiadado que utilizó su poder para destruir o esclavizar a su especie? Mucho de eso ha habido, no sólo en los dos últimos siglos sino en la historia de los siglos precedentes. Los optimistas, como Ortega, no olvidan sin embargo el siempre creativo impulso vital que posibilita que la historia siga su curso a pesar de los pesares, anécdotas al fin de una historia que crece y crece tanto en número como en obras de belleza. Pero no hay duda de que los pesares son demasiados y no merecen olvidarse, no como ejercicio de memoria masoquista, sino para no volver a caer en los mismos errores. Uno de ellos, sin duda, ha sido la vanidad, la ausencia de humildad, el ansia del dominio cueste lo que cueste. Por ello, el ejemplo de esos hombres renacentistas que amaron el infinito y velaron por él –y que sufrieron las represalias del poder, siempre ortodoxo y fiel a sus propios intereses- debería ocupar un hueco en nuestra memoria olvidadiza, tanto por gusto estético e intelectual como ético. Pensaron por sí mismos, escucharon a su conciencia y trabajaron por el hombre, objeto de su devoción como sujeto digno –imagen y semejanza- de su Dios. Una muestra de esa humildad consecuente la encontramos –por ejemplo- en Galileo, cuando afirmó: “Confieso libremente, como siempre he hecho, que me considero inválido y casi ciego para penetrar los secretos de las naturaleza, aunque muy deseoso de alcanzar algún pequeño conocimiento de ellos”. Es, a partir de ahí, desde esa humildad que es amor responsable, cuando entendemos esa poética de la potencia del hombre que Campanella cantó así: “Piensa, hombre, piensa, alégrate y alaba / a la altísima Razón Primera; obsérvala, / para que te sirva toda su obra, / con ella te una a fe bella y pura / y que tu canto de ella se eleve a la máxima altura”. Y así cantaron, buscando el conocimiento, y se elevaron, en la tierra y más allá de ella, hacia el destino más alto que el libre pensar ofrenda.

Diario La Verdad, 25/10/2009

lunes, 19 de octubre de 2009

Amor y destino

Suena el despertar, la luz secreta
que dicta al ser el acto verdadero.
Libre de todo, por sus pasos acompañado,
vive el hombre que ha de ver el mundo,
el esplendor, la idéntica imagen
de las voces que le afirman.
Eterno con la luz de todo.
Fuerte en su frágil calidez.
Sensible y puro como las nubes
que resbalan cúpulas de equilibrio.
Es el hombre de nadie, ni de sí mismo.
Es el hombre libre, ser de arena infinita
clamando océanos que surcar en soledad dorada.
Lágrima de amor, enamorada de su totalidad concebida.
Pasajera de lo imborrable, enigma de lo transitado,
emoción del paisaje que llamó a la puerta del mundo,
bella como un instante y suave como su sombra casi olvidada.
La noche invoca al deseo y los blancos cielos a su ángel.
Todos juntos despiertan con las luces que nacen.
Y en su torre de astros, el amor, la semilla alta del tiempo,
la voluntad del hombre que tras el sueño es de nadie.

domingo, 11 de octubre de 2009

Voluntad sin poder

Hay a quienes les sobra voluntad para querer cambiar las cosas que no funcionan pero carecen del poder para hacerlo y hay a otros que les sobra poder pero que carecen de esa voluntad solidaria, y buscan sólo la fría servidumbre de su propio deseo. Poder material, económico, político… monedas de cambio de esta sociedad prefabricada que busca su beneficio propio a cualquier coste. ¿Crisis económica? ¿Ahora nos damos cuenta? Cuando parece que nos está tocando o que nos puede tocar. ¿Y las crisis perpetua que viven los países subdesarrollados? Los cientos de millones de personas, también en los países desarrollados, que nacieron en la pobreza y en ella morirán como mueren día a día sin que nadie haga nada por ellos. De esa crisis, la de siempre, la que no nos toca y vemos en los telediarios, poco sabemos realmente o poco se quiere saber. No obstante, no es verdad que nadie haga nada, hay muchos que dedican su vida a ayudar al otro, de forma desinteresada, con la vocación y el altruismo que nace del corazón. Pero el poder está en otras manos, en las manos de quienes viven para amasar ganancias, vanidades invisibles cuya conciencia aún no ha despertado al reconocimiento comprometido del sufrimiento ajeno. Declara Amin Maalouf en su libro El desajuste del mundo: “El balance de la Historia nada tiene de ejemplar, puesto que jalonan guerras catastróficas, crímenes contra la humanidad, despilfarros masivos y trágicos descarríos, y todo ello nos ha llevado a este marasmo en que nos hallamos hoy”. Continúa Amin Maalouf señalando la necesidad de iniciar una nueva fase de la historia humana “en la que hay que volver a inventarlo todo: las solidaridades, las legitimidades, los valores, los puntos de referencia”.

Cerrar los ojos no es la solución. La agonía del mundo no se agota por ello, ni se duerme, ni se desvanece al cerrar la puerta segura de nuestras casas. Hay la buena voluntad de hombres ejemplares –como lo fuera el recientemente fallecido Vicente Ferrer- pero falta una verdadera implicación colectiva pasando en primer lugar por los principales ejes de poder que –mientras unos desfallecen en su intento de calmar la sed de los moribundos- entre cortinas de humo y fundaciones tapadera enmascaran su avaricia con débiles actos de hipócrita acción social en clubes benéficos de alto ‘standing’ mientras juegan al golf o beben cava Codorníu.

La hipnosis capitalista ha jugado siempre al moderado conformismo cuando se trataba de ayudar al prójimo. Para muchos la acción social se convertía en otro pasatiempo o actividad lúdica que consistía en lavar la propia conciencia y llegar a la cama con la convicción de su bondad. Max Weber, con cierto desencanto, definió el poder como “la posibilidad de imponer la propia voluntad al comportamiento de otras personas”. Así, la voluntad de poder, esa de la que habló Nietzsche, puede ser terrible cuando se trata de imponerla sobre otras voluntades, sobre otras -dicho claramente- libertades. El comportamiento del poder –su dialéctica- la que definieron Hegel o Marx, ha consistido en la dualidad del amo y del esclavo, figuras necesarias e interdependientes que con ética darwinista parecen haber estado enteramente justificadas por la naturaleza biológica humana. Dirán que igual ocurre con los animales, que el pez grande se come al pequeño, que es así desde que el mundo es mundo. Lo dirán incluso personas que se consideran fundamentalmente cristianas o religiosas en general, a pesar de esa otra realidad espiritual dada en sermones en la montaña que se alaban con fe piadosa y misericorde. Llegó a afirmar Erich Fromm que la voluntad de poder “es sin duda la expresión más significativa del sadismo”. Pero más allá de la posesión sobre algo, de dominar, está ese otro sentido del poder como la capacidad de hacer algo, de poder hacer algo. El poder significará dos cosas distintas: dominación o potencia; y ambas son excluyentes. “El poder, [dirá Fromm] en el sentido de dominación, es la perversión de la potencia”.

¿Podrá salir el ser humano de su perversa potencialidad? ¿Podrá dejar de destruir para empezar realmente a construir, a construirse a sí mismo? Como afirmó André Malraux, también nos lo recuerda Maalouf en el libro antes aquí citado, el siglo XXI “será religioso o no será”. Y, como sabemos, el significado de está palabra -del latín ‘religare’- es religar, reunir: volver a unir lo que está desunido.

¿Puede el hombre continuar mucho más tiempo rehuyendo de sí mismo? ¿Podrá entender que forma parte del mundo, que está unido a él, que debe reunirse con él, pues su bienestar es interdependiente? Su libertad es igual que la del otro y si en alguna parte del mundo la voluntad de poder ser libre no es posible, se corre el peligro de que la libertad deje, algún día, y quizá para siempre, de existir. No lo olvidemos, todos corremos el peligro de terminar siendo esclavos del poder.

Diario La Verdad, 11/10/2009

sábado, 10 de octubre de 2009

Como si no pasara nada

Entre tanto no llegar el tiempo va pasando como si nada,
entre tantos mañanas relegados, puertas sin abrir, silencios sin escuchar,
la voz de la vida cruza dispuesta el cerco del vacío, la herida del espacio,
el sueño del abismo que intenta despertar la noche eterna, como si no pasara nada.

domingo, 27 de septiembre de 2009

La otra crisis

Algunos coinciden en afirmar que la crisis global por la que está pasando nuestra sociedad capitalista es en su base una “crisis de valores”. Los valores que motivan al hombre a emprender ciertas acciones de acuerdo consigo mismo y sus creencias han estado fuertemente en dependencia de lo que la sociedad ha exigido del hombre, esto es, una especie de convención de modos de actuar que atan y esclavizan ciertas libertades con el miedo de perder otras que se suponen más importantes. La competencia en todos los ámbitos de la vida crea un sentimiento de lucha individualista que forzosamente nos separa de intereses comunes y nos vincula hacia una ética egocéntrica y privada. Los valores pierden su rostro esencial y se dividen en imágenes ilusorias como las que habitualmente nos presentan en los anuncios publicitarios, cuando vemos a unos niños compitiendo por ver cuál de sus padres tiene un coche mejor, o que la clave del éxito y de la felicidad es tener una figura física baja en calorías y deslumbrante. Los anuncios publicitarios son escaparates virtuales que van forjando ideales que únicamente pueden ser alcanzados con dinero. De una virtualidad (la del dinero) a otra (la del consumo) el hombre habita un mundo irreal, frío y contaminado que poco tiene que ver con ese otro tipo de individualidad que ya reclamaban los antiguos filósofos griegos, esa parcela de libertad verdadera que nada ni nadie puede quebrantar: el respeto a la inteligencia.

Si en la televisión nos tratan como tontos, empezaremos a creer que realmente somos tontos. Si en el trabajo nos tratan como máquinas, empezaremos a creer que somos máquinas. Si el estado nos manipula como números sin identidad humana, no tardaremos en pensar que somos simples números y como tal, habremos de sumar y sumar valores huecos y estériles para sentirnos útiles en el engranaje inhumano que la propia humanidad, en contra de sí misma y de su naturaleza, ha creado. Dijo Nietzsche: “Las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado lo que son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas sino como metal”. Pero no nos engañemos más con lo de “crisis de valores”; una crisis de valores se da cuando realmente había valores que defender. Sin embargo, el único valor era la moneda, ese metal metafísico hoy en día, y la única crisis que ha habido es el miedo a la pérdida real del valor monetario. Si no hay monedas no hay valores, porque hemos dado todo el valor a una voluntad de poder gastar, consumir, tener, poseer, etc. Esas verdades que creíamos tan auténticas eran una ilusión al igual que la moneda es un simple metal. ¿Qué valores realmente se han puesto en crisis? ¿No estaban ya en crisis desde mucho antes? O, quizá, poniéndonos todavía más drásticos y posiblemente realistas, ¿no ha sido siempre el valor monetario lo que ha prevalecido en la historia moral y ética del ser humano por encima de su propio valor ético? Hay quienes dicen que esta crisis no va a traer sino más ansiedad, más necesidad de ganar y poseer, más ferocidad a esta gran máquina llamada capitalismo. ¿Qué está significando salir de la crisis? Encontrar desesperadamente nuevas formas para volver a ganar dinero. Así de sencillo. En verdad, no puede haber otro camino cuando la bestia está hambrienta y necesita urgentemente seguir comiendo. Para muchas religiones el ayuno es una forma de purificación, de limpieza del alma, pero para el capitalismo supone la amenaza a sus valores, a su religión sin tregua de unión con el consumo como símil de felicidad o paraíso. Probablemente conocer los valores que han de regir a un individuo o a una sociedad en sí misma como ideal humano integrado sea irse a una inalcanzable utopía que no lleve a ninguna parte. Hemos de darnos cuenta que la sociedad cuenta con un instrumento que en gran parte tiene esa responsabilidad, y es lo que se llama política. Y la política no es algo aislado de la sociedad que rige su destino en la sombra sino la suma de todos trabajando, implicándose, en la organización de su polis. Hace mucho que se dijo aquello de ‘gobierno del pueblo’, esa otra especie de utopía que de forma realista denominamos como ‘democracia’ y de forma irresponsable dejamos al libre albedrío de unos pocos que cada cuatro años el pueblo unido cruza la calle para echar una papeleta que los ratifique o castigue. ¿A eso se reduce la democracia? ¿Eso es la política? Al menos tomemos en consideración ciertas reflexiones que nos incumben. Ya Kant afirmó una posibilidad de la razón necesaria cuando escribió: “Aunque no podemos conocer [los objetos de la experiencia] como cosas en sí mismas, sí ha de sernos posible, al menos, pensarlos”. ¿Realmente, me pregunto yo, acaso, como una forma de deber coherente, ‘pensamos’ un poco en todo esto? ¿Realmente sentimos que nos concierne el mañana? ¿Cuándo y por qué la sociedad tiró la toalla?

Diario La Verdad, 27/09/2009

lunes, 21 de septiembre de 2009

El ego y el ser

La realidad interior está esperando a ser descubierta. Todo lo visible e invisible tiene vida propia y se articula como vibración exacta de la experiencia. Todo se construye creando a su vez un orden propio que da sentido al yo en su consecuente despliegue coordinado de identidad. Cuando el hilo se rompe, lo llamamos caos, desorden, incluso locura. Pero la identidad no dista mucha diferencia con el vacío. El sueño no difiere demasiado de la realidad. La muerte no es la sombra de la vida, sino el motivo de la posibilidad luminosa.

Cuando miramos dentro de nosotros, dispuestos a descubrir tanto el caos como el orden, dispuestos a la no disposición, entregados al espacio -sea cual sea- en que ir derramando el ser, exhalando la voluntad, deteniendo la inamovible gravedad hacia el logos, podemos entender, aunque sea una mínima parte, ese gran misterio que todo lo circunda, que supera cualquier acercamiento y que, sin embargo, envuelve a la materia y al espíritu en la expresión más pura del conocimiento: la desnuda visión de lo invisible.

No quedan convicciones, no sobran razones ni certezas, ni entusiasmos ni dichas ni esperanzas. Apenas queda nada salvo la vida que se da, tras cientos de batallas y quebrantos, tras rotas heridas encubiertas de sonrisas o derrochadas en lágrimas sinceras sin consuelo. Es innecesario empujar lo que es por lo que queremos que sea, siempre ha sido el gran error del ego, ese inútil sufrimiento que nos alcanza.

Pero, ¿quién puede hablar de dolor cuando la palabra se ha entregado al silencio? Cuando la vida se es y se descubre sin finalidad alguna. ¿Por qué nunca llegamos a parte alguna y acaso siempre empezamos a volver? ¿Qué más quiero poseer? ¿Qué mas deseo desear? ¿Qué más sueño sin vivir? Nada. La vida ya es el sueño. La muerte no existe. O quizás no la advertimos, pues morimos a cada instante. Y en cada muerte surge la consecuencia necesaria del renacer, de la vuelta al ser sin término ni principio. ¿Es el ego quien vuelve? ¿O es el ser? ¿O es la vida solamente?

Habrá que escuchar lo inaudible para que la voz recobre su logos, y que el orden nos ordene, navegando, sin meta, sin trayecto, sin origen, por ninguna parte y por todas, a la vez. Más allá del desencanto está el encanto del no saber.

El descanso del logos no cansa a la razón, porque duerme en huída el misterio de su no entender. Y en toda esa ausencia aparece la presencia, esencialmente despierta y lúcidamente dormida. Luz en reposo como ventanas entreabiertas que sosiegan la jornada y relatan al ego, en un baño de silencio, que ya no lo necesitan para ser.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Imagina

Han pasado ocho años desde el 11-S, aquel momento de angustiosa incertidumbre para todos aquellos que, delante del televisor, vimos tambalearse y finalmente caer dos de las torres más altas del mundo, ubicadas en el país más rico y poderoso de la Tierra. Muchos fueron los que perdieron sus vidas en aquellos trágicos actos de absurda crueldad. Ciertamente la crueldad sólo puede ser absurda. La violencia, la maldad, el asesinato… todo ello sólo puede ser absurdo, es decir, que no entra en los parámetros lógicos y racionales humanos. Digamos algo todavía peor: es aquello que se corresponde con lo inhumano. También hay otra palabra que define este tipo de acto del que ahora hablamos, el 11-S, y del que en España tenemos sobrada y desgraciada memoria por culpa de ETA, me refiero, claro está, al acto terrorista, al acto consistente en provocar terror, sangre, muerte, oscuridad, desasosiego, drama, lágrimas, desolación, heridas, traumas, desesperanza, miedo, pánico, incomprensión…

Sí, la última palabra es muy significativa: incomprensión. Nadie humanamente humano puede comprender el acto de infligir dolor a otro ser humano. Y si lo siente -el impulso de hacer daño- tratará, éticamente, de evitarlo por encima del odio que motive ese sentimiento violento. Como hombres, tenemos la posibilidad de experimentar por nosotros mismos sentimientos tan contradictorios como el amor o el odio. Son sentimientos que pueden despertar, aflorar, más allá de nuestra voluntad, en nosotros. Pero, y aquí entra en juego la conciencia -el entendimiento, la razón- de nosotros depende que esos sentimientos nos dominen o podamos ser capaces de dominarlos a ellos.

La historia de la humanidad ha sido sangrienta, luego algo nos lleva a deducir que las personas son violentas, al menos, que esa parte sombría de la persona, está muy presente en su ser. Ortega y Gasset, con gran elocuencia, argumentó lo siguiente: “Yo sospecho que esa historia, para la cual la realidad es lucha, y sólo lucha, es una falsa historia, que se fija sólo en el pathos y no en el ethos de la convivencia humana; es una historia de las horas dramáticas de un pueblo, no de su continuidad vital; es una historia de sus frenesíes, no de su pulso vital; en suma no es una historia, sino más bien un folletín”.

Una falsa historia, un folletín, sí, pero sumamente real. Una falsedad muy real. La etimología griega de la palabra persona tiene mucho que decirnos al respecto. Persona significa máscara. En las tragedias griegas los actores usaban máscaras para representar las obras, se les identificada por el sonido, oculto tras la máscara. Que hace mucho ruido: per (superlativo) sona (sonido), y así la persona era el individuo que hacía mucho ruido tras la máscara. Curiosas las etimologías, son capaces hasta de desenmascararnos.

Qué terrible interpretar ciertos papeles, ciertas tragedias en el escenario real de la vida. Qué terrible reconocer, por ejemplo, que Europa es lo que es, gracias a las guerras, a las muertes de miles de personas, de millones. Desde las guerras médicas contra los persas, que de haberlas perdido seríamos otra zona más de Oriente, hasta no sé sabe ya dónde. Pero, ¿no hay evolución de las especies, como propugnó Darwin? Dejaremos entonces, por razones de esta evolución, algún día de matarnos? ¿Llegará el ser humano a descubrir otras formas de crecer en sociedad, y convertir el instinto de supervivencia en un instinto de convivencia? Parece que sí, que estamos mejor que antes, pero las películas de terror no sólo se encuentran en las pantallas de los cines de los centros comerciales, sino en las libros de historia, esos libros que generación tras generación de jóvenes en edad de educarse tendrán que leer y estudiar. Letras de sangre para comprender lo que son, lo que han sido: la historia de su especie. La memoria de su identidad social.

Por suerte, hay otras historias -más bellas, más afortunadas, más humanas- que leer, o que escuchar o que imaginar en versos utópicos, como aquellos de John Lennon: “Imagine there's no countries / It isn't hard to do / Nothing to kill or die for / And no religion too / Imagine all the people / Living life in peace...” (Imagina que no hay países / no es difícil de hacer / nada por quien matar o morir / ni tampoco religión / imagina a toda la gente / viviendo la vida en paz...) Quizá estemos a tiempo de comenzar a escribir la antítesis a la tesis de la historia, esto es, de comenzar a ser humanamente humanos.

Artículo publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 13 de septiembre de 2009

domingo, 30 de agosto de 2009

El sentido de las causas

Tomás de Kempis, ya a principios del siglo XV, en su libro Imitación de Cristo, nos legó un consejo que merece traerse a la memoria por ser ahora también de adecuada escucha: “La salida alegre causa muchas veces triste vuelta, y la alegre trasnochada hace triste mañana”, nos dijo. Y es que, el valioso tiempo de nuestras vidas pasa a menudo inadvertido en jornadas de triviales empresas acometidas, en obscenas pretensiones, en horas de hastío y naderías que nos alejan de compromisos que el alma anhela pero olvida, entregada al albur y a la inercia de lo cotidiano. El sentimiento de búsqueda de Dios, de la verdad, del conocimiento o de las leyes misteriosas que rigen el cosmos ha sido una tarea a la que muchos consagraron (y consagran) sus vidas, pasando por el fracaso agotado de no hallar lo buscado, por la obsesión incontenible e imparable de dar respuesta a sus preguntas y también, por supuesto, por la satisfacción sublime que produce la cercanía a un misterio casi descifrado. Pero, sin embargo, en nuestro tiempo son pocos los que se preocupan por las llamadas cuestiones metafísicas, por aquellos territorios profundos que competen al espíritu humano, por el sentido fundamental de todo cuanto ocurre: ¿azar?, ¿providencia?, ¿destino?, ¿naturaleza? Muchas son las posibles causas apuntadas del fenómeno.

La medicina, tan trascendente para nuestra salud y supervivencia, solamente se ocupa –en su mayor parte- de combatir los efectos, de declarar la guerra a la enfermedad, y en consecuencia, al propio cuerpo. La curación alopática busca producir nuevos fenómenos, que reaccionen contra los considerados malsanos, o síntomas de la enfermedad. Reacciones que, como un parche, ocultan el hecho, lo maquillan, generando sensación de bienestar (y otras tantas, sensaciones peores que el malestar tratado). A lo que hay que añadir el entramado e interés comercial de estos productos ‘terapéuticos’ que las empresas farmacéuticas generan como moneda de cambio en el juego tan serio de la salud vital. El doctor Juan Manuel Marín Olmos en su libro
Vacunaciones sistemáticas en cuestión realiza la siguiente reflexión: “Con las biotecnologías, con las técnicas de modificación germinal, con las vacunas transgénicas, el hombre cree o pretende tomar el control, no sólo de la suya, sino de toda la evolución. La vieja disputa entre los dioses y los hombres, expresada en la mitología griega, se hace realidad 3.000 años después. Los científicos mecanicistas compiten con la divinidad: el arma, el método experimental, el escenario, la biosfera, el objeto de la disputa ‘la Bolsa y la Vida’. ¿Quién ganará?”.

Me pregunto si podemos permitirnos tomarnos tantas licencias para con nuestros semejantes como con el resto de los seres vivos y con el entorno que todos compartimos. Soñándose demiurgo de la materia, tomando al hombre como golem que moldear a imagen y semejanza de sus perversos experimentos, la ciencia escenifica un cuadro peligroso para nuestra propia supervivencia saludable, empezando por el planeta en que vivimos, cuyo cambio climático es ya más que una evidencia. El espíritu materialista, contradictorio ontológicamente, reina el territorio académico e intelectual de nuestros días, sin dejar un reducto de creatividad para una visión del mundo más humana y humilde. Ortega y Gasset en
La rebelión de la masas ya denunció la decepcionante especialización de los pensadores (o mejor dicho, técnicos) de nuestros días, incapaces de aportar una mirada integral, crítica y con conocimiento de causa de todo el entramado humano, pasando por supuesto por su cultura, que lo es todo.

La observación, sin duda, es ardua. La causa del fenómeno, ese inevitable ‘¿por qué?’, caracteriza la búsqueda humana del conocimiento. Al menos, reconozcamos la imposibilidad, como principio de honestidad científica. Tanta urgencia de respuestas, mal enfocadas, como una fotografía en movimiento, generan mayor extrañeza y alejamiento de la realidad. ¿Cómo conocer el futuro si no podemos observar convenientemente el presente? Como declaró Werner Heisenberg, en conclusión a su ‘principio de incertidumbre’: “Incluso en principio no podemos conocer el presente con todo detalle. Por esta razón, todo lo observado no es más que una selección de una plenitud de posibilidades y una limitación de lo que es posible en el futuro”. En esa ‘plenitud de posibilidades’ entra en juego una mirada necesariamente individual y selectiva del fenómeno. La causa está viva en el espacio-tiempo, no hay ningún hilo preciso que provenga de su efecto. Las posibilidades son infinitas. Y el criterio, humano, no mecánico, aunque sí racional, y con ello, creativo, tiene mucho que decir al respecto. Esperemos que así sea. Mientras tanto, pronuncio aquella estoica frase latina atribuida a Cierón en sus momentos últimos: “Causa causarum, miserere mei” (Causa de las causas, ten misericordia de mí).


Artículo publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 30 de agosto de 2009

domingo, 16 de agosto de 2009

La cultura del progreso

Pasan los días con la certeza de que mañana no será igual que ayer. Algo lo cambia todo, tal que la roca se erosiona con el choque continuo de las aguas, presentando nuevas formas para su devenir. Las formas de la vida, como la roca, cambian precipitadas a una imagen diferente, gastada por el tiempo, pero nueva, finalmente, como toda diferencia, única en su identidad. Las imágenes que las cosas nos devuelven nos transforman también a nosotros, pues el contexto de la circunstancia apela a una adaptación necesaria para mantener la armonía con el medio en que hemos de desenvolver las horas que comprenden nuestra aventura en la vida.


Queda la cultura, como sombra de lo vivido y también como viva luz del porvenir. Las modas, sucedáneos de la cultura caracterizadas por su fugacidad, ambientan frágiles escenarios para un espectáculo vacuo incapaz de arraigar identidades duraderas. Muchas veces todo queda en vulgar disfraz que ponerse y quitarse según las exigencias del guión. Otras veces, la cultura arraigada durante siglos, corre el riesgo de perderse para siempre, riesgo que puede durar otros tantos siglos, circundando esa tradición, como el equilibrista, por una fina cuerda sobre un ancho abismo.


A ese abismo también se le llama progreso, o paso rápido sin pasado ni presente, orientado únicamente al mañana, sin otra meta que la de avanzar, sin otro medio que el de los fines. He aquí una forma llamada ‘la cultura del progreso’ que prácticamente desbanca irremisible todas las culturas anteriores y hace súbditos de ella a aquellos que la avalan y consumen. Las nuevas prestaciones del teléfono móvil que, como una tarta, entra por los ojos del paseante que lo observa a través del escaparate de la tienda, cabizbajo por el precio pero entusiasmado por funciones multimedia que el día de ayer jamás hubiera podido soñar y que hoy se convierten en una realidad al alcance de su mano. Sólo habrá de esperar unas semanas o unos pocos meses para que el precio sea asequible y poseerlo, aunque posiblemente haya otros aparatos en el escaparate riéndose ya de esa antigualla casi por descatalogar. Es la tragedia cotidiana de un esclavo del progreso.


Pero nada es bueno ni malo por sí mismo. ¿Quién puede afirmar a estas alturas que el progreso es totalmente negativo? ¿Y la medicina, la comunicación, la propia cultura? ¿No se han beneficiado todas ellas de eso que llamamos progreso? Quiero citar unas palabras de Jürgen Habermas abiertas al debate: “Los éxitos de la técnica, como el dominio de la energía atómica y los viajes al espacio, las innovaciones, como el descubrimiento del código genético, y la introducción de tecnologías genéticas en la agricultura y la medicina transforman nuestra conciencia del riesgo, nuestra misma conciencia moral”. Aquí Habermas plantea la clave del debate de nuestro siglo respecto al progreso indicando que, principalmente, hablamos de una transformación moral que -como tal- necesariamente plantea un conflicto. Es, por tanto, a mi entender, un gravísimo error de conciencia crítica, declararse de primeras partidario del progreso o contrario a él. Tendríamos que saber, en primer término, de qué progreso hablamos, qué cuestión concreta es la que necesitamos dilucidar. Ya superamos el Romanticismo ideológico. Entre Todo o Nada hay infinitos matices.


Vuelvo a citar a Habermas: “El corto siglo XX termina con problemas para los que nadie tiene una solución, ni parece tenerla. Mientras los ciudadanos del fin de siglo se abrieron un camino a través de la niebla global rumbo al tercer milenio, sólo sabían con certeza que una época histórica llegaba a su fin. No sabían mucho más que esto”. Pasamos de siglo con los mismos problemas, bajando el telón de la escena para volver a subirlo urgentemente enfrentándonos al mismo argumento y tragedia. La sociedad (democracia) a un lado y los políticos al otro. Como espectadores de esa obra en la que ningún actor tiene libertad propia salvo la de interpretar correctamente el guión preestablecido. Dándonos cuenta así, de que nosotros no movemos el progreso, sino que el progreso nos mueve para bien o para mal. Hasta que los hechos nos vuelven a poner cara a cara con la Historia, esto es, con la naturaleza humana, que nos recuerda que no somos tan impredecibles como parece y que, de alguna manera, salvo las diferencias lógicas que el tiempo impregna en una sociedad, siempre volvemos a tropezar en la misma piedra y a dar vueltas por ese círculo que soñamos lineal e infinito hasta que nos reencontramos con el punto de partida del camino que anduvimos. Todos los días nacen nuevos prometeos y los mitos se suceden unos a otros siempre con idénticas moralejas.


Una vez más la cultura, no la de las modas sino esa que nunca muere, nos entrega, entre tantas cosas valiosas, esta frase para la reflexión que ahora yo rescato del tiempo y que una vez diera punto y final a una genial novela de Scott Fitzgerald (El gran Gatsby): “Y así vamos adelante, botes que reman contracorriente incesantemente arrastrados hacia el pasado”.


Artículo publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 16 de agosto de 2009

martes, 11 de agosto de 2009

Nostos

Futuro cuerpo certero el que aproxima
tanto anhelo de nostalgia sin memoria.
Solamente escondida entre las olas
vaga la noche en un vivir ausente
que sueña un lugar sin nombre,
allá donde la eternidad desprende
visiones de felicidad postergada.
Recuerdos son, acaso sueños, los paraísos
de la añoranza cálida en que despierto,
imbuido de amor, intacto de tiempo,
sereno como el mar, sin ruta y sin comienzo.

domingo, 2 de agosto de 2009

Arte y religión. Destino al infinito

Hay quienes han vivido la experiencia del sentimiento religioso en su máxima extensión a través de una obra de arte (al observar el Cristo crucificado de Goya, leyendo unos fragmentos de la Guía espiritual de Miguel de Molinos, escuchando un réquiem de Francisco Guerrero, etc.) El sentimiento de Dios puede surgir en cualquier momento, espontáneamente, de la mano de una impresión estética, o no surgir nunca. También puede ser, ha sido lo más general, la educación recibida en la infancia la que ha tatuado unas creencias ajenas que, lentamente, quizá deformadas, han llegado a inscribirse en el consciente y subconsciente nuestro.

En muchos casos, estas creencias han ido acompañadas de un profundo temor a caer en el castigo del pecado impuesto por las instituciones religiosas, en definitiva, por aquellos que niegan vivir libremente, esto es, en base a nuestra propia responsabilidad individual. Ha sido, todavía lo es, un sentimiento basado en la culpa, un amor muy terrenal hacia un falso reflejo, lo que ha movido a la enseñanza y práctica religiosa “oficial”.

El guionista de la célebre Taxi Driver, Paul Schrader, vivió una educación familiar basada en ese temor divino, que le impidió, incluso, no ver ninguna película hasta cumplida la mayoría de edad. En su libro El estilo trascendental en el cine: Ozu, Bresson, Dreyer (1972), recoge la siguiente cita del filósofo holandés Gerardus van der Leeuw: “La religión y el arte son líneas paralelas que se cruzan solamente en el infinito, allí donde se encuentra a Dios”. Está claro que ese tipo de religión, a la que se refiere van der Leeuw y Schrader, no es la de las instituciones religiosas, no está auspiciada por ningún Papa, ni gurú, ni puente alguno entre Dios y el hombre. Siendo –por el contrario- el único puente, el único pontífice, el propio espíritu individual.

Tienen el arte y la religión un registro común que nivela su trascendencia: su dimensión espiritual. Un territorio que ni la mente ni otros límites pueden dominar, que se ubica en las altas esferas de la sensibilidad humana, esa sensibilidad que roza lo incomprensible, una mística más allá de la razón, un fuerza alígera por la que nuestra alma transita el mundo que rebasa sus límites comunes.

Diríamos que la experiencia mística tiene mucho de experiencia estética, y viceversa. Que en ambas circunda lo sublime con su hálito inefable. En aquello extraordinario por su grandeza, por superar nuestra limitada visión humana, reside lo sublime. Una especie de temor que seduce, que contraría y atrae, como la mirada a un abismo infinito. Así el arte puede rompernos con solo mirarlo, por la impresión que nuestros sentidos captan en la realidad material de una dimensión más allá de toda ordinaria aprehensión.

La visión clara de lo religioso, como de lo artístico, se da cuando no está fundada en previas concepciones. El fenómeno, para ser captado totalmente, ha de ser vivenciado como un nacimiento en el que no se sabe nada, desnudos frente al instante, salvo de lo que ese espontáneo instante que ocurre nos ofrece. Mística y estética se funden en un mismo sentimiento que revoluciona todo el ser desde sus entrañas y oscuridades más profundas hasta la base misma de la conciencia racional. Algo así como un caos instantáneo que ordena nuevamente la realidad vital. Quizá en un solo segundo el infinito se reconoce y ya queda integrado para siempre en el cosmos de nuestra experiencia.

Esas líneas paralelas (arte y religión), que lo son en tanto que fundaciones humanas, parecen tener un destino en común que sobrepasa lo finito. Allí, en lo infinito, se produce la unión místico-estética (espiritual), en un viaje aparentemente imposible. Pero sólo aparentemente. Pues a medida que nos vamos despojando de los equipajes inservibles, de las prendas baldías, de la memoria memorizada, del mañana previsto, el camino cobra sentido.

Un viaje que comienza como un destello de luz temible, pero que pronto comprendemos que nos es tan íntima como nosotros mismos, porque esa luz reside precisamente ahí: en el interior de uno mismo. Ahí está, siempre lo estuvo -en el centro de cada ser- la letra primera, el infinito.

Artículo publicado en el diario La Verdad el domingo 2 de agosto de 2009

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