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miércoles, 6 de agosto de 2014

El conflicto árabe-israelí


Pasados ya sesenta y cinco años desde la fundación del estado de Israel y del primer conflicto con Palestina, nada más establecidos los judíos en lo que consideraban su “tierra prometida” (ya 750.000 palestinos huyeron o fueron expulsados de su hogar), no han cesado los macabros conflictos por la lucha de ese territorio. El principal argumento de Israel es bíblico: Dios prometió a Abraham esa tierra a los judíos. Tras la Segunda Guerra Mundial surgió la necesidad de crear un estado artificial para asentar a un pueblo masacrado y desolado por los nazis. Pero todas estas razones y este largo recorrido de guerra y paz no deja de marcar un capítulo de la historia que parece irreconciliable y que pone de manifiesto la dificultad de dos pueblos para aproximarse y saber buscar acuerdos de forma pacífica. Sin duda, el trasfondo es religioso, por este motivo la negociación más difícil siempre ha sido y será Jerusalén, pues ambos pueblos luchan por el gobierno de la misma, debido a la importante simbología que para cada uno representa. Y una palabra tan importante en la historia como “religión”, causa de guerras, atentados y discordias perennes, nos hace olvidarnos de su sentido verdadero, ya inscrito etimológicamente en su raíz léxica, si vemos que “religión” viene del latín “re-ligare”, que significa reunir, volver a unir. ¿Será posible lograr esa unión? ¿Sería quizá ése el comienzo de una nueva y verdadera religión? Es decir, aquella que sea capaz de unir a los pueblos, a las personas, y no de separarlos y enfrentarlos constantemente. Algo hemos de aprender aquí, si queremos comulgar con el verdadero sentido de aquello que sostiene nuestras creencias más profundas. 

La Tribuna de Albacete, 6-8-2014

miércoles, 30 de enero de 2013

El mito de Sísifo


Condenado por los dioses a empujar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde ésta caería rodando al punto de partida, y vuelta a empezar. Así se sintetiza el mito griego de Sísifo, que Albert Camus trataría en un ensayo con el mismo nombre, arrojando inquietantes valoraciones existenciales que ponen a prueba la capacidad del ser humano para encontrar un sentido a la vida. Sísifo, el héroe absurdo, para Camus, ha de aceptar irremediablemente tanto sus pasiones como su desdicha, la búsqueda del placer como la inquebrantable realidad del dolor. El destino circular marca un proceso, un mismo recorrido que ha de repetirse cada vez que la roca es llevada a la cima. La roca cae rodando y hay que bajar de nuevo para volver a subirla. Acaso, entre viaje y viaje, asegura Camus, hay un descanso, un alivio, una toma de conciencia, un silencio. Y es acertado no compadecer a Sísifo, quien ha aceptado su destino y lo asume con puntual fidelidad, con esperanza, con coraje y dignidad. Quizá, con su actitud, ha vuelto a desafiar a los dioses. Afirma Camus: “La lucha por llegar a las cumbres basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz”.

La historia aquí contada es absurda. Absurdo siempre es pensar en el castigo que procuran los dioses. El castigo a Lucifer, Adán y Eva, Prometeo… Pero, sin embargo, la cultura occidental se ha encomendado al castigo como medio de salvación o de redención. Sísifo porta la roca de su desobediencia, arrastra la culpa de su rebeldía. El sometimiento a la ley de Dios es la vía para la redención en la religión judeocristiana, pero hemos pasado por alto que no existe tal sometimiento a Dios, pues estaríamos hablando de una paradoja muy extraña: la paradoja de someterse a la libertad, de someterse a aquello que carece de sometimiento. Sísifo era ciego y también imaginaba que un día vería el paisaje por el que continuamente arrastraba su roca. Sísifo, para Camus, aparte de ciego, no tenía elección. Tampoco eligió su ceguera. Pero Camus lo imaginaba feliz. Es posible que desde este momento la filosofía se encuentre en un callejón sin salida, el callejón racional del absurdo, el callejón que hace irracional lo aparentemente racional, el castigo se asumir la razón como la roca que hemos de trasportar hasta la cima de la montaña, esperanzados por la llegada y el descanso placentero de un deseo en tensión aspirando realizarse, consumarse.

Occidente, sin duda, porta la roca de Sísifo, como la cruz de Jesús. Pero es posible que el fin no sea el de repetir a la manera de Nietzsche el juego del nunca acabar, del eterno retorno, sino el de darse cuenta de que no hay roca, ni ceguera, ni castigo. Jesús tomó la roca de Sísifo en la forma de su cruz asegurando así la redención final: “Ahora, Padre, glorifícame al lado de ti mismo. Dame la misma gloria que tenía contigo antes de que el mundo existiera. (Juan, 17:5)”. Para el existencialismo la roca es llevada a ninguna parte y de ahí el derrumbe posterior. El sentido es lo que cae al no encontrarse, tras largo esfuerzo buscándolo. No hay remedio para Sísifo pero sí para Jesús, pues sabe, siente, a dónde apunta su cruz. Es la verdad del corazón la que emerge, aunque el cuerpo se derrumbe y gima de dolor. Si Camus se imagina a Sísifo feliz, no ha de ser –por ello- una felicidad absurda. No hay por qué llevar al corazón a lo absurdo cuando la razón se ha derrumbado, salvo que estimemos que todo lo que tenemos es eso; la roca inerte, la palabra lógica, el discurso interminable, la paradoja del incomunicable lenguaje. Aún queda, después, citando a Wittgenstein, lo místico. Y si acaso hablar o pensar se torna absurdo, balbuceante, no hay que olvidar que todo sonido es música, canto y amor en su trasfondo. Y así dejamos descansar a Sísifo, le permitimos que sueñe e imagine el sentido de su recorrido. Quizá la roca siga cayendo, quizá baje incontables veces más a recogerla, y quizá un día se dé cuenta de que lleva a Dios en sus brazos.   

Diario La Verdad, 30-01-2013

domingo, 23 de septiembre de 2012

Religión y espiritualidad



“La religión ya no es suficiente”, ha declarado recientemente el Dalai Lama en un breve texto publicado en las redes sociales. La religión ha ocupado durante muchos siglos el trono institucional de la espiritualidad, dirigiendo la mayoría de las veces a sus seguidores por un camino que dista mucho de valores profundos como la libertad o la verdad. Se ha usado la legitimidad sagrada como instrumento de control, a través del temor y la culpa, para evitar que el ser humano encuentre por sí mismo la verdad última que uno solamente puede y tiene el derecho de hallar. Tutelar al individuo en un sendero así, impedirle la libertad -que por nacimiento y por esencia posee- de seguir el único dictado de su conciencia como recurso fundamental, ha supuesto una herida profunda en la dimensión socio-cultural –ética y moral- del espíritu. Afirmar que las escrituras o una persona en concreto es la autoridad por medio de la cual nuestro camino hacia Dios es trazado, ha significado la trampa “espiritual” más difícil de sanar de nuestra historia. Una trampa que implica el deseo de poder y manipulación de una institución, sea cual fuere que se atribuya tal poco humilde tarea de pastoreo.

La espiritualidad afirma básicamente que somos algo más que un cuerpo mortal, que lo que ciertamente somos trasciende esta concepción materialista. Que somos, por encima de todo, espíritu. En general, la religión afirma lo mismo pero yerra en sus medios para realizar tal comprensión. Se equivoca cuando usa una verdad tan sagrada como forma de chantaje que nos obligue a seguir una serie de preceptos o premisas éticas impuestas por necesidad de “salvación”. De esta manera maquiavélica la religión nos guía, como un anticristo, hacia lo que no somos. Si la espiritualidad, haciendo una analogía, representa al corazón; la religión representa a la mente, con sus miedos, dualidades, limitaciones y actitudes egoístas. La primera gran dualidad errónea de la que se parte es la idea del bien y el mal. Idea que lleva implícita la concepción de que Dios representa el bien y que uno se aleja de él hacia el mal cuando no obra de acuerdo a las leyes establecidas del bien. De esta manera el ser humano vive confundido, siempre temeroso de sus acciones, aturdido por una ética que le absuelve o le condena. Para la espiritualidad esta ética no es condicional sino natural; pues ¿qué otra cosa puede revelar el corazón si no siempre el amor?

Es la mente la que divide una verdad que carece de divisiones. Pues la verdad, como Dios, sólo puede ser una. En el corazón la verdad resplandece, lúcida y serena, libre y espontánea. Al obrar siguiendo a la mente se pierde esa espontaneidad, se actúa según lo que nos lleve a conseguir tal o cual cosa. Uno actúa según sus propios intereses, y al final sólo buscará a Dios si le resulta rentable, si ve que le puede dar lo que habitualmente se pide: salud, dinero y amor. Y nos olvidamos así del camino verdadero, el que enseñó, por ejemplo, Jesús, del amor incondicional. De amar a Dios, no por lo que el resultado de este amor nos pueda aportar, sino porque es lo que somos y es el único camino que, hagamos lo que hagamos, en verdad podemos tomar. La espiritualidad proclama que el encuentro certero con Dios sucede cuando nuestra identidad se ha fundido completamente con él. Entonces ya no cabe duda de que todos nuestros actos despliegan su presencia y toda nuestra vida inhala su fragancia. Entonces quedamos desnudos ante nuestra verdadera identidad y ya, como escribió el poeta José Ángel Valente, en su bello poemario “Mandorla”: “No estabas tú, tu cuerpo, estaba / sobrevivida al fin la transparencia”. 

La ética del corazón carece de mandatos externos, ella lo sabe y es libre por ello, porque ha conquistado su libertad, porque ya no necesita de una autoridad que le imponga o condicione su viaje particular –y universalmente compartido en el corazón- hacia lo sagrado. Es ahí cuando la libertad –en todas partes- sabe a uno mismo. Es entonces cuando nos encontramos y nos reconocemos en el camino verdadero, cuando comprendemos aliviados y llenos de dicha que la libertad –como dijera Don Quijote- “es uno de los más preciosos dones que los cielos dieron a los hombres”. Los cielos, no las instituciones, no las leyes políticas, no las leyes religiosas. “Pedes in terra ad sidera visus” (“Los pies en la tierra, la mirada en el cielo”). Los pies caminan, el corazón late al mismo ritmo, siguiendo eternas y celestes resonancias. Sólo hay que llevar los ojos allí donde la luz aventura a nuestro paso el orbe infinito de nuestras más profundas aspiraciones.

Diario La Verdad, 23-09-2012

domingo, 8 de abril de 2012

Las trampas de la fe

Se dice que la religión es un opio, pero también es un alimento, una necesidad impetuosa del hombre desde sus orígenes en busca de un sentido de trascendencia a su vagar por el mundo. Una forma de llenar la soledad empequeñecedora que le produce saberse acaso una insignificante gota en el gran océano del universo, una minúscula partícula (“polvo al polvo”) que apenas representa una nada en el cosmos. El hombre necesita de un alter ego proverbial, fulminante, que atemorice pensarle o nombrarle, necesita elevar hasta el dolor su imagen por las calles, necesita llorarle y atribuirle un llanto ominoso. Este valle de lágrimas, que llamamos mundo, lo será por siempre hasta que no se eleve la visión humana por encima del dolor, construyendo de una vez el tan anunciado paraíso aquí en la tierra. Como escribiera Lope, “siempre mañana y nunca amañanamos”, absortos en las trampas de la fe, en la fiel ironía del cántico tremendista, afirmando cabizbajos, como San Agustín, que “el creyente debe creer lo que todavía no ve, pero esperando y amando la futura visión”. No hay futuro para un Dios, la historia nos lo ha demostrado, que se ignora siempre en el presente, pues el futuro es en esencia inalcanzable. Y, sólo es posible, por tanto, creer en el presente.

En el “Salmo 4” leemos: “Me acuesto en paz y enseguida me duermo, porque sólo tú, Señor, aseguras mi descanso”. Posiblemente, a mi entender, sea uno de los más bellos colofones espirituales, una maravillosa forma de sintetizar lo que la religión significa, o busca significar, en el hombre. Una paz, un descanso, un alivio al tormento mundano, una mano desde el cielo tendida sin condición alguna, amorosa y compasiva, hacia todos los hombres. Es la religión la esfera donde la conciencia es capaz de reconciliarse consigo misma, de silenciarse y de descansar en paz, recostada en el regazo del que todo lo sabe y todo lo perdona. Pero más allá de la conciencia moral, de la dualidad del pecador y el pecado, hay y ha habido siempre una conciencia mística, en todas las religiones, que ha representado la parte más profunda de la espiritualidad, aquella que se rinde, sin condiciones, amorosamente, a lo divino. Esta modalidad espiritual es pura, ascética, livianamente sincera en su canto. Es la de San Juan de la Cruz, Miguel de Molinos, Santa Teresa de Jesús, Sor Juana Inés de la Cruz, Ramón Llull… Es la que lo dará todo por el encuentro sereno y unitivo, la que pasará “por fuertes y fronteras” y no temerá las fieras que salgan a su paso. Es la que, al final de todo, sabe no saber, “todo ciencia trascendiendo”. Es, usando palabras de José Ángel Valente, “una experiencia abisal”, un romance callado con la verdad.

En estos tiempos de crisis y lamentos, de via crucis y nubarrones, merece la pena hacer un recorrido por nuestra mística cristiana, por los autores citados o por aquel inglés anónimo que escribiera “La nube del no saber”, y, por supuesto, por el místico de los místicos, el Maestro Eckhart. En ellos siempre se desprende la más bella esperanza salida de la noche más oscura, viendo, como escribiera San Juan, que “su claridad nunca es oscurecida” […] “aunque es de noche”. No ha de ser la religión un territorio ajeno a la vida, para quien realmente desea aprender a vivirla, esto es, para quien desea experimentar sin restricciones la hondura divina.

La religión no se experimenta en el templo solamente, sino incluso más aún fuera de él, en el vivir cotidiano, en el trato con los semejantes. Nadie puede poner el cartel de “Ocupado” cuando no le interese llevar a la práctica lo que su corazón reconoce como correcto. Se habla de compartir, de amar al prójimo como a uno mismo, de unidad en la diversidad, y este mundo nunca ha experimentado tanto la división, el egoísmo, la búsqueda atormentada del beneficio propio a costa del empobrecimiento de otros. Hay quien habló (Montesquieu, entre otros) de la separación del estado y de la religión, pero lo que no se puede separar es la conciencia religiosa de la conciencia cívica, política, económica o ética. Todo es una misma cosa. Si reconocemos al ser humano como parte del Espíritu, encarnación dotada de alma, no queda otro remedio que actuar de acuerdo a eso. Y si así fuera, nadie podría tener nada en contra de cualquier religión, porque el ser humano simplemente actuaría desde sus convicciones más puras, ya que uno mismo representa lo trascendente, no es diferente de ello. Entonces estaríamos hablando de una verdadera y nueva religión, aquella capaz de hermanar a todos los seres humanos, de unificarlos bajo una misma naturaleza y proyecto común, y de encaminar, de ese modo, esa paz perfecta que cuando está en uno es capaz de resonar en todos y de conciliar, acaso definitivamente, este dolor que produce la incansable cruz que llevamos a cuestas.

Diario La Verdad, 08/04/2012

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