miércoles, 14 de agosto de 2013

Razones para la convivencia


Estamos ante un sentido, y el sentido nos llena de aparente verdad: creemos ser lo que el sentido nos dice que somos. De vuelta a la idea, al preconcepto, al eterno retorno de las formas, aquellas que quieren perseverar en la posesión nuestra de algo que nos justifique. “Es más fácil desintegrar un átomo que un preconcepto”, apuntó Einstein. El preconcepto o prejuicio nos "predivide". Ya estamos divididos antes de que tenga lugar la división, por lo que nos hacemos cada vez más pequeños y pequeños conforme miramos el mundo. A veces nos parecemos a un átomo que quisiera desintegrarse buscando su expansión, como si la meta fuera el eterno retorno causado por temor hacia el vivir incierto. Es más fácil el bullicio que la paz, el fervor que el sosiego sin búsqueda, las apariencias que la mirada transparente, sencilla, honesta. ¿Hasta cuándo las apariencias, el continuo juego del escondite de nosotros con nosotros? ¿Quién se esconde, quién juega? ¿De qué nos escondemos? Siempre hubo las revoluciones violentas, trágicas, pasionales, que sólo sembraron injusticia y ahogo, fugitivos cambios utópicos que finalmente sustituyeron una pesadilla por otra. ¿Cuándo la revolución interior? ¿Cuándo la revolución que no lucha sino que preserva su virtud, que mira dentro y halla el tesoro que ofrecer al que nada tiene? ¿Cuándo compartir al tiempo que buscamos la verdad para todos? 

Hay quienes señalan que vivimos tiempos críticos e inciertos, donde sólo es posible el tumulto sin retorno, la rebelión desbordada que en su desenfreno y hambre de justicia asalta todo atisbo pacífico de evolución conjunta. ¿Pero, cuándo la solución por fin será vislumbrada como un quehacer constructivo y no destructivo, como una tarea que sume y no que reste? Pues el ser humano tiene ante sí el reto de enfrentar su destino colectivo no ya sólo como una cuestión de supervivencia personal sino como un trabajo en equipo. Hoy día vemos que la búsqueda del beneficio propio se adentra incluso en las fronteras de lo público, y es ya incontable el número de políticos que, abusando de la confianza depositada en ellos, se ven fascinados y corrompidos por las tentaciones del poder. Como expresó el filósofo Theodor Adorno: "Quien quiera conocer la verdad sobre la vida inmediata tendrá que estudiar su forma alienada, los poderes objetivos que determinan la existencia individual hasta en sus zonas más ocultas." En este sentido, las relaciones de poder dirigen esa existencia individual, esa vida cuya realidad profunda tiene la vista puesta en objetivos que atienden al juego del dominio materialista e interpersonal. Es, por tanto, un deber el tomar conciencia en la sociedad de dos aspectos fundamentales para un adecuado avance cívico y ético. Por un lado es recomendable sostener un sentido crítico como ciudadanía, rebelde y firme en sus convicciones, pero siempre desde una mirada y acción constructiva y pacífica, creativa y humanista. Y, por otro lado, unida a esta actitud rebelde y cívica, no renunciar al afán cooperativo y solidario, que, por encima del interés propio, ve y busca el bien común de sus integrantes. Porque una sociedad solamente puede crecer desde sus propios cimientos cuando prevalece un afán humanista, donde en vez de motivos para el conflicto se encuentren razones para la convivencia.

"La Tribuna" de Albacete, 14-08-2013

1 comentario:

miguel ángel bruno dijo...

Excelente escrito José Manuel

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