
domingo, 22 de noviembre de 2009
Filosofía cotidiana

viernes, 20 de noviembre de 2009
viernes, 6 de noviembre de 2009
Sociedad y delirio

El sujeto es deseante por naturaleza, la búsqueda le sobreviene en su camino. No hay camino sin búsqueda por nimia que ésta sea. Desear es imaginar la posesión. Gilles Deleuze dirá que el mundo del deseo se configura mediante diversos “agenciamientos”. Un agente, define el DRAE, es el que “obra o tiene virtud de obrar” y agenciar consiste en “hacer las diligencias conducentes al logro de algo”. El agente es quien hace, quien logra algo. Para ello ha de haber el deseo de logro de algo. No se desean cosas abstractas sino concretas, no objetos de deseo externos y aislados, sino en un contexto o conjunto de cosas: hay un paisaje del deseo, como entendió Marcel Proust. El deseo es creativo, nace de un inconsciente que es fábrica de mundos. Dirá Deleuze –en este sentido- que “desear es construir un agenciamiento”. Verá este filósofo –en contraposición a Freud- el inconsciente –no como un teatro- sino como una fábrica de producción. Nos liberará Deleuze del drama freudiano de las determinaciones familiares, de la tragedia burguesa de la culpabilidad y el complejo; y nos mostrará el delirio del deseo en su sentido cósmico y engrandecido, trágico sí, pero trascendente, múltiple, potencial.
Ya el hombre o la sociedad experimentan siempre su particular delirio. El delirio romántico de lo sublime, la modernidad apocalíptica de la abstracción simbólica, el mundo de las sombras que nos atan al sino trágico y absurdo de la existencia, el precipicio del capitalismo. Altas y bajas pasiones que, en último termino, son víctimas de sus delirios de grandeza. Deseo material o espiritual, poco importa cuando entendemos que el problema nos es la razón en sí, sino la deshonesta búsqueda de legitimación de la sinrazón, donde el escenario se da la vuelta y la locura se convierte en el estado de cosas que fundamentan la cordura generalizada. Un doble delirio hay, el del falso cuerdo que ignora la verdadera cordura y el del verdadero cuerdo que enloquece ante la locura impuesta como normal (legítima y lógica).
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Viento cálido

Pero aquí las sombras del día
avasallan su esplendor
con óptica aciaga
de ficticio devenir.
Llaman, llaman a la puerta.
No quiero despertar. No abriré hoy.
La agonía del instante me avista
y caen las horas, vacías de tesoros.
Me llena lo ganado del tiempo perdido,
la esperanza de haber entrevisto
la noche que me sueña y me cerca.
Ya al menos, en la herida excelsa,
tus brazos toman mi alma breve
y la bañan, apurándola,
entre cálidos vientos
de sosiego y silencio.
domingo, 25 de octubre de 2009
La libertad del hombre
Vio Shakespeare, a través de Hamlet, al hombre en su acción parecido a un ángel y en su entendimiento parecido a un dios. La concepción del hombre ha sufrido variaciones muy considerables en el tiempo, llevándonos de su heroica libertad a su esclavitud inerme, de su infinita posibilidad a una realidad sumisa y anegada. La libertad ha sido de unos pocos, muchos la han soñado, se ha soñado para muchos y todavía hoy continua ese sueño sin fronteras que evoca designios universales para fijar un nuevo conocer que a la totalidad conciba y le regale cobijo y dignidad. Giordano Bruno pensó lo infinito en términos positivos -al contrario que sus antepasados, incluidos los griegos- cambiando de verse como algo inescrutable a otra cosa muy distinta, totalmente accesible, que abre las puertas de la libertad, que llena el alma humana de posibilidades, de potencia creativa. La naturaleza se interpreta en estos términos, Copérnico o Galileo ascienden por ese camino, la razón matemática busca a Dios, desea expresar su infinitud, se sueña ese logro que el hombre -centro y punto de partida de su destino- entiende que puede vislumbrar. Así Pico della Mirandola le dirá al primer hombre: “No te dimos ningún puesto fijo, ni una faz propia, ni un oficio peculiar, ¡oh Adán!, para que el puesto, la imagen y los empleos que desees para ti, esos los tengas y poseas por tu propia decisión y elección”. El hombre como un dios puede crearse a sí mismo, crear su realidad, elegir acorde a su infinita virtud, llena de todo y digna de ello.
El hombre descubre que su razón también es un instrumento para transitar lo aparentemente irracional, para darle luz, acceder a ello y conocerlo finalmente. Escribió Ernst Cassirer, refiriéndose a este nuevo nacimiento del pensar humano: “La razón matemática es la llave para una comprensión, verdadera del orden cósmico y del orden moral”. A través de este paradigma se logra una evolución considerable, un hallazgo que había de asumirse más tarde o temprano, una trascendencia necesaria para comprender al sujeto que da luz a las cosas que antes parecían sombras que sujetaban su realidad. El oculto Hermes Trismegisto o su Asclepios resurgen como huella necesaria de esa búsqueda innata que el hombre ejerce sobre sí. Pico della Mirandola concluye que: “Nada hay grande en la tierra si no es el hombre y nada grande en el hombre fuera de su mente y de su alma: si te elevas hasta ellos, te elevarás hacia el cielo”. Por eso, llamamos a ese tiempo humanismo, no podría ser otro el título que diera nombre a esta identidad nueva que había de ser la entrada al templo del libre entendimiento humano de la Europa moderna. Un camino que los griegos iniciaron y que siglos más tarde supondrá el espectacular renacer de Occidente.
Los humanistas tampoco olvidaron la humildad que debía acometer empresa tan grande. Una consecuente y necesaria mirada ante el absoluto que se presiente en el que no puede dejar de sentirse pequeño, una certidumbre sensata que todo hombre que se sueñe dios ha de tener como principio de responsabilidad con su tarea. Un amor a la vida que comienza por el respeto hacia lo que su maravilla representa. Es muy posible que no ocurra lo mismo en nuestros tiempos. ¿No fue el siglo XX una historia de la soberbia del ser humano que se consideró dios pero olvidó la responsabilidad que tal consideración disponía? ¿No es el siglo XXI otro efecto –casi imperceptible, según los ojos que lo miren- de tantas causas egocéntricas del hombre dominador y despiadado que utilizó su poder para destruir o esclavizar a su especie? Mucho de eso ha habido, no sólo en los dos últimos siglos sino en la historia de los siglos precedentes. Los optimistas, como Ortega, no olvidan sin embargo el siempre creativo impulso vital que posibilita que la historia siga su curso a pesar de los pesares, anécdotas al fin de una historia que crece y crece tanto en número como en obras de belleza. Pero no hay duda de que los pesares son demasiados y no merecen olvidarse, no como ejercicio de memoria masoquista, sino para no volver a caer en los mismos errores. Uno de ellos, sin duda, ha sido la vanidad, la ausencia de humildad, el ansia del dominio cueste lo que cueste. Por ello, el ejemplo de esos hombres renacentistas que amaron el infinito y velaron por él –y que sufrieron las represalias del poder, siempre ortodoxo y fiel a sus propios intereses- debería ocupar un hueco en nuestra memoria olvidadiza, tanto por gusto estético e intelectual como ético. Pensaron por sí mismos, escucharon a su conciencia y trabajaron por el hombre, objeto de su devoción como sujeto digno –imagen y semejanza- de su Dios. Una muestra de esa humildad consecuente la encontramos –por ejemplo- en Galileo, cuando afirmó: “Confieso libremente, como siempre he hecho, que me considero inválido y casi ciego para penetrar los secretos de las naturaleza, aunque muy deseoso de alcanzar algún pequeño conocimiento de ellos”. Es, a partir de ahí, desde esa humildad que es amor responsable, cuando entendemos esa poética de la potencia del hombre que Campanella cantó así: “Piensa, hombre, piensa, alégrate y alaba / a la altísima Razón Primera; obsérvala, / para que te sirva toda su obra, / con ella te una a fe bella y pura / y que tu canto de ella se eleve a la máxima altura”. Y así cantaron, buscando el conocimiento, y se elevaron, en la tierra y más allá de ella, hacia el destino más alto que el libre pensar ofrenda.
Diario La Verdad, 25/10/2009
lunes, 19 de octubre de 2009
Amor y destino
Suena el despertar, la luz secretaque dicta al ser el acto verdadero.
Libre de todo, por sus pasos acompañado,
vive el hombre que ha de ver el mundo,
el esplendor, la idéntica imagen
de las voces que le afirman.
Eterno con la luz de todo.
Fuerte en su frágil calidez.
Sensible y puro como las nubes
que resbalan cúpulas de equilibrio.
Es el hombre de nadie, ni de sí mismo.
Es el hombre libre, ser de arena infinita
clamando océanos que surcar en soledad dorada.
Lágrima de amor, enamorada de su totalidad concebida.
Pasajera de lo imborrable, enigma de lo transitado,
emoción del paisaje que llamó a la puerta del mundo,
bella como un instante y suave como su sombra casi olvidada.
La noche invoca al deseo y los blancos cielos a su ángel.
Todos juntos despiertan con las luces que nacen.
Y en su torre de astros, el amor, la semilla alta del tiempo,
la voluntad del hombre que tras el sueño es de nadie.
domingo, 11 de octubre de 2009
Voluntad sin poder
Hay a quienes les sobra voluntad para querer cambiar las cosas que no funcionan pero carecen del poder para hacerlo y hay a otros que les sobra poder pero que carecen de esa voluntad solidaria, y buscan sólo la fría servidumbre de su propio deseo. Poder material, económico, político… monedas de cambio de esta sociedad prefabricada que busca su beneficio propio a cualquier coste. ¿Crisis económica? ¿Ahora nos damos cuenta? Cuando parece que nos está tocando o que nos puede tocar. ¿Y las crisis perpetua que viven los países subdesarrollados? Los cientos de millones de personas, también en los países desarrollados, que nacieron en la pobreza y en ella morirán como mueren día a día sin que nadie haga nada por ellos. De esa crisis, la de siempre, la que no nos toca y vemos en los telediarios, poco sabemos realmente o poco se quiere saber. No obstante, no es verdad que nadie haga nada, hay muchos que dedican su vida a ayudar al otro, de forma desinteresada, con la vocación y el altruismo que nace del corazón. Pero el poder está en otras manos, en las manos de quienes viven para amasar ganancias, vanidades invisibles cuya conciencia aún no ha despertado al reconocimiento comprometido del sufrimiento ajeno. Declara Amin Maalouf en su libro El desajuste del mundo: “El balance de la Historia nada tiene de ejemplar, puesto que jalonan guerras catastróficas, crímenes contra la humanidad, despilfarros masivos y trágicos descarríos, y todo ello nos ha llevado a este marasmo en que nos hallamos hoy”. Continúa Amin Maalouf señalando la necesidad de iniciar una nueva fase de la historia humana “en la que hay que volver a inventarlo todo: las solidaridades, las legitimidades, los valores, los puntos de referencia”.
Cerrar los ojos no es la solución. La agonía del mundo no se agota por ello, ni se duerme, ni se desvanece al cerrar la puerta segura de nuestras casas. Hay la buena voluntad de hombres ejemplares –como lo fuera el recientemente fallecido Vicente Ferrer- pero falta una verdadera implicación colectiva pasando en primer lugar por los principales ejes de poder que –mientras unos desfallecen en su intento de calmar la sed de los moribundos- entre cortinas de humo y fundaciones tapadera enmascaran su avaricia con débiles actos de hipócrita acción social en clubes benéficos de alto ‘standing’ mientras juegan al golf o beben cava Codorníu.
La hipnosis capitalista ha jugado siempre al moderado conformismo cuando se trataba de ayudar al prójimo. Para muchos la acción social se convertía en otro pasatiempo o actividad lúdica que consistía en lavar la propia conciencia y llegar a la cama con la convicción de su bondad. Max Weber, con cierto desencanto, definió el poder como “la posibilidad de imponer la propia voluntad al comportamiento de otras personas”. Así, la voluntad de poder, esa de la que habló Nietzsche, puede ser terrible cuando se trata de imponerla sobre otras voluntades, sobre otras -dicho claramente- libertades. El comportamiento del poder –su dialéctica- la que definieron Hegel o Marx, ha consistido en la dualidad del amo y del esclavo, figuras necesarias e interdependientes que con ética darwinista parecen haber estado enteramente justificadas por la naturaleza biológica humana. Dirán que igual ocurre con los animales, que el pez grande se come al pequeño, que es así desde que el mundo es mundo. Lo dirán incluso personas que se consideran fundamentalmente cristianas o religiosas en general, a pesar de esa otra realidad espiritual dada en sermones en la montaña que se alaban con fe piadosa y misericorde. Llegó a afirmar Erich Fromm que la voluntad de poder “es sin duda la expresión más significativa del sadismo”. Pero más allá de la posesión sobre algo, de dominar, está ese otro sentido del poder como la capacidad de hacer algo, de poder hacer algo. El poder significará dos cosas distintas: dominación o potencia; y ambas son excluyentes. “El poder, [dirá Fromm] en el sentido de dominación, es la perversión de la potencia”.
¿Podrá salir el ser humano de su perversa potencialidad? ¿Podrá dejar de destruir para empezar realmente a construir, a construirse a sí mismo? Como afirmó André Malraux, también nos lo recuerda Maalouf en el libro antes aquí citado, el siglo XXI “será religioso o no será”. Y, como sabemos, el significado de está palabra -del latín ‘religare’- es religar, reunir: volver a unir lo que está desunido.
¿Puede el hombre continuar mucho más tiempo rehuyendo de sí mismo? ¿Podrá entender que forma parte del mundo, que está unido a él, que debe reunirse con él, pues su bienestar es interdependiente? Su libertad es igual que la del otro y si en alguna parte del mundo la voluntad de poder ser libre no es posible, se corre el peligro de que la libertad deje, algún día, y quizá para siempre, de existir. No lo olvidemos, todos corremos el peligro de terminar siendo esclavos del poder.
Diario La Verdad, 11/10/2009
sábado, 10 de octubre de 2009
Como si no pasara nada
domingo, 27 de septiembre de 2009
La otra crisis

Algunos coinciden en afirmar que la crisis global por la que está pasando nuestra sociedad capitalista es en su base una “crisis de valores”. Los valores que motivan al hombre a emprender ciertas acciones de acuerdo consigo mismo y sus creencias han estado fuertemente en dependencia de lo que la sociedad ha exigido del hombre, esto es, una especie de convención de modos de actuar que atan y esclavizan ciertas libertades con el miedo de perder otras que se suponen más importantes. La competencia en todos los ámbitos de la vida crea un sentimiento de lucha individualista que forzosamente nos separa de intereses comunes y nos vincula hacia una ética egocéntrica y privada. Los valores pierden su rostro esencial y se dividen en imágenes ilusorias como las que habitualmente nos presentan en los anuncios publicitarios, cuando vemos a unos niños compitiendo por ver cuál de sus padres tiene un coche mejor, o que la clave del éxito y de la felicidad es tener una figura física baja en calorías y deslumbrante. Los anuncios publicitarios son escaparates virtuales que van forjando ideales que únicamente pueden ser alcanzados con dinero. De una virtualidad (la del dinero) a otra (la del consumo) el hombre habita un mundo irreal, frío y contaminado que poco tiene que ver con ese otro tipo de individualidad que ya reclamaban los antiguos filósofos griegos, esa parcela de libertad verdadera que nada ni nadie puede quebrantar: el respeto a la inteligencia.
Si en la televisión nos tratan como tontos, empezaremos a creer que realmente somos tontos. Si en el trabajo nos tratan como máquinas, empezaremos a creer que somos máquinas. Si el estado nos manipula como números sin identidad humana, no tardaremos en pensar que somos simples números y como tal, habremos de sumar y sumar valores huecos y estériles para sentirnos útiles en el engranaje inhumano que la propia humanidad, en contra de sí misma y de su naturaleza, ha creado. Dijo Nietzsche: “Las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado lo que son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas sino como metal”. Pero no nos engañemos más con lo de “crisis de valores”; una crisis de valores se da cuando realmente había valores que defender. Sin embargo, el único valor era la moneda, ese metal metafísico hoy en día, y la única crisis que ha habido es el miedo a la pérdida real del valor monetario. Si no hay monedas no hay valores, porque hemos dado todo el valor a una voluntad de poder gastar, consumir, tener, poseer, etc. Esas verdades que creíamos tan auténticas eran una ilusión al igual que la moneda es un simple metal. ¿Qué valores realmente se han puesto en crisis? ¿No estaban ya en crisis desde mucho antes? O, quizá, poniéndonos todavía más drásticos y posiblemente realistas, ¿no ha sido siempre el valor monetario lo que ha prevalecido en la historia moral y ética del ser humano por encima de su propio valor ético? Hay quienes dicen que esta crisis no va a traer sino más ansiedad, más necesidad de ganar y poseer, más ferocidad a esta gran máquina llamada capitalismo. ¿Qué está significando salir de la crisis? Encontrar desesperadamente nuevas formas para volver a ganar dinero. Así de sencillo. En verdad, no puede haber otro camino cuando la bestia está hambrienta y necesita urgentemente seguir comiendo. Para muchas religiones el ayuno es una forma de purificación, de limpieza del alma, pero para el capitalismo supone la amenaza a sus valores, a su religión sin tregua de unión con el consumo como símil de felicidad o paraíso. Probablemente conocer los valores que han de regir a un individuo o a una sociedad en sí misma como ideal humano integrado sea irse a una inalcanzable utopía que no lleve a ninguna parte. Hemos de darnos cuenta que la sociedad cuenta con un instrumento que en gran parte tiene esa responsabilidad, y es lo que se llama política. Y la política no es algo aislado de la sociedad que rige su destino en la sombra sino la suma de todos trabajando, implicándose, en la organización de su polis. Hace mucho que se dijo aquello de ‘gobierno del pueblo’, esa otra especie de utopía que de forma realista denominamos como ‘democracia’ y de forma irresponsable dejamos al libre albedrío de unos pocos que cada cuatro años el pueblo unido cruza la calle para echar una papeleta que los ratifique o castigue. ¿A eso se reduce la democracia? ¿Eso es la política? Al menos tomemos en consideración ciertas reflexiones que nos incumben. Ya Kant afirmó una posibilidad de la razón necesaria cuando escribió: “Aunque no podemos conocer [los objetos de la experiencia] como cosas en sí mismas, sí ha de sernos posible, al menos, pensarlos”. ¿Realmente, me pregunto yo, acaso, como una forma de deber coherente, ‘pensamos’ un poco en todo esto? ¿Realmente sentimos que nos concierne el mañana? ¿Cuándo y por qué la sociedad tiró la toalla?
Diario La Verdad, 27/09/2009
lunes, 21 de septiembre de 2009
El ego y el ser

La realidad interior está esperando a ser descubierta. Todo lo visible e invisible tiene vida propia y se articula como vibración exacta de la experiencia. Todo se construye creando a su vez un orden propio que da sentido al yo en su consecuente despliegue coordinado de identidad. Cuando el hilo se rompe, lo llamamos caos, desorden, incluso locura. Pero la identidad no dista mucha diferencia con el vacío. El sueño no difiere demasiado de la realidad. La muerte no es la sombra de la vida, sino el motivo de la posibilidad luminosa.
Cuando miramos dentro de nosotros, dispuestos a descubrir tanto el caos como el orden, dispuestos a la no disposición, entregados al espacio -sea cual sea- en que ir derramando el ser, exhalando la voluntad, deteniendo la inamovible gravedad hacia el logos, podemos entender, aunque sea una mínima parte, ese gran misterio que todo lo circunda, que supera cualquier acercamiento y que, sin embargo, envuelve a la materia y al espíritu en la expresión más pura del conocimiento: la desnuda visión de lo invisible.
No quedan convicciones, no sobran razones ni certezas, ni entusiasmos ni dichas ni esperanzas. Apenas queda nada salvo la vida que se da, tras cientos de batallas y quebrantos, tras rotas heridas encubiertas de sonrisas o derrochadas en lágrimas sinceras sin consuelo. Es innecesario empujar lo que es por lo que queremos que sea, siempre ha sido el gran error del ego, ese inútil sufrimiento que nos alcanza.
Pero, ¿quién puede hablar de dolor cuando la palabra se ha entregado al silencio? Cuando la vida se es y se descubre sin finalidad alguna. ¿Por qué nunca llegamos a parte alguna y acaso siempre empezamos a volver? ¿Qué más quiero poseer? ¿Qué mas deseo desear? ¿Qué más sueño sin vivir? Nada. La vida ya es el sueño. La muerte no existe. O quizás no la advertimos, pues morimos a cada instante. Y en cada muerte surge la consecuencia necesaria del renacer, de la vuelta al ser sin término ni principio. ¿Es el ego quien vuelve? ¿O es el ser? ¿O es la vida solamente?
Habrá que escuchar lo inaudible para que la voz recobre su logos, y que el orden nos ordene, navegando, sin meta, sin trayecto, sin origen, por ninguna parte y por todas, a la vez. Más allá del desencanto está el encanto del no saber.
El descanso del logos no cansa a la razón, porque duerme en huída el misterio de su no entender. Y en toda esa ausencia aparece la presencia, esencialmente despierta y lúcidamente dormida. Luz en reposo como ventanas entreabiertas que sosiegan la jornada y relatan al ego, en un baño de silencio, que ya no lo necesitan para ser.
domingo, 13 de septiembre de 2009
Imagina

domingo, 30 de agosto de 2009
El sentido de las causas
Tomás de Kempis, ya a principios del siglo XV, en su libro Imitación de Cristo, nos legó un consejo que merece traerse a la memoria por ser ahora también de adecuada escucha: “La salida alegre causa muchas veces triste vuelta, y la alegre trasnochada hace triste mañana”, nos dijo. Y es que, el valioso tiempo de nuestras vidas pasa a menudo inadvertido en jornadas de triviales empresas acometidas, en obscenas pretensiones, en horas de hastío y naderías que nos alejan de compromisos que el alma anhela pero olvida, entregada al albur y a la inercia de lo cotidiano. El sentimiento de búsqueda de Dios, de la verdad, del conocimiento o de las leyes misteriosas que rigen el cosmos ha sido una tarea a la que muchos consagraron (y consagran) sus vidas, pasando por el fracaso agotado de no hallar lo buscado, por la obsesión incontenible e imparable de dar respuesta a sus preguntas y también, por supuesto, por la satisfacción sublime que produce la cercanía a un misterio casi descifrado. Pero, sin embargo, en nuestro tiempo son pocos los que se preocupan por las llamadas cuestiones metafísicas, por aquellos territorios profundos que competen al espíritu humano, por el sentido fundamental de todo cuanto ocurre: ¿azar?, ¿providencia?, ¿destino?, ¿naturaleza? Muchas son las posibles causas apuntadas del fenómeno.La medicina, tan trascendente para nuestra salud y supervivencia, solamente se ocupa –en su mayor parte- de combatir los efectos, de declarar la guerra a la enfermedad, y en consecuencia, al propio cuerpo. La curación alopática busca producir nuevos fenómenos, que reaccionen contra los considerados malsanos, o síntomas de la enfermedad. Reacciones que, como un parche, ocultan el hecho, lo maquillan, generando sensación de bienestar (y otras tantas, sensaciones peores que el malestar tratado). A lo que hay que añadir el entramado e interés comercial de estos productos ‘terapéuticos’ que las empresas farmacéuticas generan como moneda de cambio en el juego tan serio de la salud vital. El doctor Juan Manuel Marín Olmos en su libro Vacunaciones sistemáticas en cuestión realiza la siguiente reflexión: “Con las biotecnologías, con las técnicas de modificación germinal, con las vacunas transgénicas, el hombre cree o pretende tomar el control, no sólo de la suya, sino de toda la evolución. La vieja disputa entre los dioses y los hombres, expresada en la mitología griega, se hace realidad 3.000 años después. Los científicos mecanicistas compiten con la divinidad: el arma, el método experimental, el escenario, la biosfera, el objeto de la disputa ‘la Bolsa y la Vida’. ¿Quién ganará?”.
Me pregunto si podemos permitirnos tomarnos tantas licencias para con nuestros semejantes como con el resto de los seres vivos y con el entorno que todos compartimos. Soñándose demiurgo de la materia, tomando al hombre como golem que moldear a imagen y semejanza de sus perversos experimentos, la ciencia escenifica un cuadro peligroso para nuestra propia supervivencia saludable, empezando por el planeta en que vivimos, cuyo cambio climático es ya más que una evidencia. El espíritu materialista, contradictorio ontológicamente, reina el territorio académico e intelectual de nuestros días, sin dejar un reducto de creatividad para una visión del mundo más humana y humilde. Ortega y Gasset en La rebelión de la masas ya denunció la decepcionante especialización de los pensadores (o mejor dicho, técnicos) de nuestros días, incapaces de aportar una mirada integral, crítica y con conocimiento de causa de todo el entramado humano, pasando por supuesto por su cultura, que lo es todo.
La observación, sin duda, es ardua. La causa del fenómeno, ese inevitable ‘¿por qué?’, caracteriza la búsqueda humana del conocimiento. Al menos, reconozcamos la imposibilidad, como principio de honestidad científica. Tanta urgencia de respuestas, mal enfocadas, como una fotografía en movimiento, generan mayor extrañeza y alejamiento de la realidad. ¿Cómo conocer el futuro si no podemos observar convenientemente el presente? Como declaró Werner Heisenberg, en conclusión a su ‘principio de incertidumbre’: “Incluso en principio no podemos conocer el presente con todo detalle. Por esta razón, todo lo observado no es más que una selección de una plenitud de posibilidades y una limitación de lo que es posible en el futuro”. En esa ‘plenitud de posibilidades’ entra en juego una mirada necesariamente individual y selectiva del fenómeno. La causa está viva en el espacio-tiempo, no hay ningún hilo preciso que provenga de su efecto. Las posibilidades son infinitas. Y el criterio, humano, no mecánico, aunque sí racional, y con ello, creativo, tiene mucho que decir al respecto. Esperemos que así sea. Mientras tanto, pronuncio aquella estoica frase latina atribuida a Cierón en sus momentos últimos: “Causa causarum, miserere mei” (Causa de las causas, ten misericordia de mí).

