martes, 11 de agosto de 2009

Nostos

Futuro cuerpo certero el que aproxima
tanto anhelo de nostalgia sin memoria.
Solamente escondida entre las olas
vaga la noche en un vivir ausente
que sueña un lugar sin nombre,
allá donde la eternidad desprende
visiones de felicidad postergada.
Recuerdos son, acaso sueños, los paraísos
de la añoranza cálida en que despierto,
imbuido de amor, intacto de tiempo,
sereno como el mar, sin ruta y sin comienzo.

domingo, 2 de agosto de 2009

Arte y religión. Destino al infinito

Hay quienes han vivido la experiencia del sentimiento religioso en su máxima extensión a través de una obra de arte (al observar el Cristo crucificado de Goya, leyendo unos fragmentos de la Guía espiritual de Miguel de Molinos, escuchando un réquiem de Francisco Guerrero, etc.) El sentimiento de Dios puede surgir en cualquier momento, espontáneamente, de la mano de una impresión estética, o no surgir nunca. También puede ser, ha sido lo más general, la educación recibida en la infancia la que ha tatuado unas creencias ajenas que, lentamente, quizá deformadas, han llegado a inscribirse en el consciente y subconsciente nuestro.

En muchos casos, estas creencias han ido acompañadas de un profundo temor a caer en el castigo del pecado impuesto por las instituciones religiosas, en definitiva, por aquellos que niegan vivir libremente, esto es, en base a nuestra propia responsabilidad individual. Ha sido, todavía lo es, un sentimiento basado en la culpa, un amor muy terrenal hacia un falso reflejo, lo que ha movido a la enseñanza y práctica religiosa “oficial”.

El guionista de la célebre Taxi Driver, Paul Schrader, vivió una educación familiar basada en ese temor divino, que le impidió, incluso, no ver ninguna película hasta cumplida la mayoría de edad. En su libro El estilo trascendental en el cine: Ozu, Bresson, Dreyer (1972), recoge la siguiente cita del filósofo holandés Gerardus van der Leeuw: “La religión y el arte son líneas paralelas que se cruzan solamente en el infinito, allí donde se encuentra a Dios”. Está claro que ese tipo de religión, a la que se refiere van der Leeuw y Schrader, no es la de las instituciones religiosas, no está auspiciada por ningún Papa, ni gurú, ni puente alguno entre Dios y el hombre. Siendo –por el contrario- el único puente, el único pontífice, el propio espíritu individual.

Tienen el arte y la religión un registro común que nivela su trascendencia: su dimensión espiritual. Un territorio que ni la mente ni otros límites pueden dominar, que se ubica en las altas esferas de la sensibilidad humana, esa sensibilidad que roza lo incomprensible, una mística más allá de la razón, un fuerza alígera por la que nuestra alma transita el mundo que rebasa sus límites comunes.

Diríamos que la experiencia mística tiene mucho de experiencia estética, y viceversa. Que en ambas circunda lo sublime con su hálito inefable. En aquello extraordinario por su grandeza, por superar nuestra limitada visión humana, reside lo sublime. Una especie de temor que seduce, que contraría y atrae, como la mirada a un abismo infinito. Así el arte puede rompernos con solo mirarlo, por la impresión que nuestros sentidos captan en la realidad material de una dimensión más allá de toda ordinaria aprehensión.

La visión clara de lo religioso, como de lo artístico, se da cuando no está fundada en previas concepciones. El fenómeno, para ser captado totalmente, ha de ser vivenciado como un nacimiento en el que no se sabe nada, desnudos frente al instante, salvo de lo que ese espontáneo instante que ocurre nos ofrece. Mística y estética se funden en un mismo sentimiento que revoluciona todo el ser desde sus entrañas y oscuridades más profundas hasta la base misma de la conciencia racional. Algo así como un caos instantáneo que ordena nuevamente la realidad vital. Quizá en un solo segundo el infinito se reconoce y ya queda integrado para siempre en el cosmos de nuestra experiencia.

Esas líneas paralelas (arte y religión), que lo son en tanto que fundaciones humanas, parecen tener un destino en común que sobrepasa lo finito. Allí, en lo infinito, se produce la unión místico-estética (espiritual), en un viaje aparentemente imposible. Pero sólo aparentemente. Pues a medida que nos vamos despojando de los equipajes inservibles, de las prendas baldías, de la memoria memorizada, del mañana previsto, el camino cobra sentido.

Un viaje que comienza como un destello de luz temible, pero que pronto comprendemos que nos es tan íntima como nosotros mismos, porque esa luz reside precisamente ahí: en el interior de uno mismo. Ahí está, siempre lo estuvo -en el centro de cada ser- la letra primera, el infinito.

Artículo publicado en el diario La Verdad el domingo 2 de agosto de 2009

jueves, 30 de julio de 2009

Ruido nocturno

Estoy -entre la multitud-
solo con mis sombras.
Camino el silencio de los límites
y me ahogo en la tempestad de la calma.

Estoy en la región de nadie
donde el aire aplasta sueños
con carnes de ceniza
y brota parálisis de asedios
en ruidos ajenos, en batallas inútiles,
en voz ahogada de vértigos pálidos,
en fuego íntimo de cementerio.

Estoy solo con mis sombras
y ya no me queda nada
salvo el valor de escribir en vano
palabras que me acallen.

Es otra forma de vivir
o de morir, ver pasar el verso
dando golpes ciegos
por la marea fugaz
de mi silencio.

domingo, 19 de julio de 2009

La palabra frente a la realidad

A través de la mirada accedemos a la observación del mundo, pero necesitamos un espejo para ver nuestra propia mirada, nuestros ojos. Un reflejo en el agua acaso, que nos muestre la borrosa imagen del rostro que nos pertenece, buscándolo desde afuera, vislumbrando luego el movimiento de los gestos, de la clausura del silencio o de las ráfagas del pensamiento expresado, precipitado a la palabra que los labios moldean, con la ayuda del aire y otros elementos físicos que anhelan lo metafísico en la ficción del símbolo verbalizado y de la significación necesaria para la comprensión ajena y propia.

El signo, esa estación de paso, abierta al encuentro con la idea, limitada por la memoria del sentido codificado, ilimitada por el segundo mágico de tiempo en que se produce la identificación de idea y forma, de sentido y referencia, será siempre lo desconocido. Un juego que necesita de dos o más participantes para que comience y se prolongue hasta que el tiempo establezca su silencio continuado, como término y reposo.

La palabra, en el tablero, inmóvil e inerte, vestigio de los siglos y actualidad vulgarizada, se dispone a encontrarse, nuevamente, con su oponente, para dar inicio a una cosmovisión de sintagmas que se encaminan por sendas cotidianas de reflejos y apariencias.

El verdadero filósofo, que detesta la palabra, se ve obligado a trabajar con ella, porque sabe que no hay sistema mejor para ir al encuentro de la verdad anhelada. Aquel que ama la sabiduría halla en el sonido significados tal que sabores que degusta como explorador de los placeres sapientes, destinados a un éxtasis silábico que si no desvela, al menos elabora hermosos disfraces del desvelamiento.

Así el poeta, otra especie de filósofo profundamente hedonista del verbo, prefiere la verdad con ritmo y apariencia. Incluso los que se alejan de los juegos retóricos, y defienden la sencillez en líneas claras, caen presos de esos lúdicos azares, por el solo hecho de tratar con la palabra.

Pero la palabra va mucho más allá de las ideas, los pensamientos, los conceptos, signos, símbolos o imágenes. El filósofo Baruch Spinoza, en su Ética demostrada según el orden geométrico (1677), apuntó algo que siglos después defienden neurólogos actuales (como Antonio Damasio, El error de Descartes, 1995) y que conviene recordar aquí: “La esencia de las palabras y de las imágenes está constituida por los solos movimientos corpóreos, que no implican en absoluto el concepto del pensamiento”. Un gesto, dijimos al principio, de nosotros, reflejado en el agua, nos revela mucho más acerca de nuestra identidad que cientos y cientos de palabras elaborando un discurso sobre lo que podemos sentir en determinado momento.

¿Piensa usted lo mismo?, ¿cree que la imagen primera supera a la imagen imaginada por la palabra, la imagen segunda o metáfora? ¿O acaso un poema, ese simulacro estético de lo real, supera a la propia realidad?

El gesto de un niño de la guerra o de la posguerra sin un trozo de pan que echarse a la boca y su mirada de terror ante la muerte cotidiana, o el gesto de aquel otro hombre segundos antes de ser ejecutado a balazos por otro hombre. El de millones de personas caminando hacia el exterminio o hacia la agonía que la vida misma provee con el paso de los años y de la salud. Sin ninguna duda todo eso no es un poema. Es la vida misma. La tragedia auténtica de la vida. Sin estética alguna. Solamente tragedia. A secas.

Artículo publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 19 de julio de 2009

http://www.laverdad.es/albacete/20090719/opinion/palabra-frente-realidad-20090719.html

jueves, 9 de julio de 2009

Con gesto sin alma

El viento desguaza la cordura

proclamando insólito desorden

con gesto sin alma hacia la muerte


Las nubes oscilan luces oscuras

que destapan frías pulsiones

de llantos, huidas, no regresos


Canto, duermo, me hago uno

con las voces interiores

para no olvidarme

entre los ecos

de mi nombre


Mi voz es la de nadie

y desaparece, inerme,

tal que reflejo o sacudida

con gesto sin alma hacia la muerte

domingo, 5 de julio de 2009

Los límites del lenguaje

Escribió Calderón de la Barca que “el silencio es retórica de amantes”. De esto mucho saben los místicos, aquellos poetas cuyo amor ha superado cualquier discurso ordinario y se cobija en lo inexpresable. La palabra, cuando es vista desde fuera, nos señala algo que precipita toda acción de sentido por un caos de necesario silencio. Cuando vemos, por ejemplo, su gran variedad de usos, de significados que arroja según el contexto, los intereses o cultura del hablante, etc. Wittgenstein se dio cuenta que en el discurso el principal problema era el medio del lenguaje, la proposición, la que podría llevar a engaños, ambigüedades y encrucijadas deviniendo en una actividad discursiva que no era más que juegos del lenguaje.

La necesidad de establecer verdades lógicas en toda actuación del discurso científico ha sido un problema que hoy día no está ni mucho menos resuelto. El uso del lenguaje, su carácter individual, la necesidad de que sea el hombre aquel que inicia todo discurso y la más compleja necesidad de que sea el otro individuo quien interprete las palabras arrojadas a lo ajeno, hace que apenas podamos ponernos de acuerdo en la aceptación de un sentido consensuado ante cualquier mensaje. Así, la filosofía ha sido una serie de acciones y reacciones sobre distintos discursos. Sin embargo, hay algo que el lenguaje muchas veces no puede encubrir o llevar a confusiones. Al propio emisor del mismo. Emerson lo entendió así: “Emplea el lenguaje que quieras y nunca podrás expresar sino lo que eres”. A fin de cuentas, si el lenguaje no puede ser un espejo del mundo en ocasiones –o siempre- es el espejo de uno mismo, su lenguaje da ese reflejo.

El ya citado Wittgenstein escribió que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Los límites del mundo también son los límites de la lógica. Y acaso, nada podría tener un carácter ilógico, porque si así fuera no pertenecería al mundo. He aquí una visión de lo posible a partir de lo que es pensable. Incluso el caos puede ser expresado en lenguaje por una obra musical, un cuadro abstracto o surrealista, un poema con formas retóricas de enumeraciones caóticas, etc. Finalmente, en estos últimos ejemplos, el discursos estético ordena, da un sentido, a ese aparente caos ilógico.

Bertrand Russell llegó a definir –con cierta ironía- la matemática como “el campo en el cual en realidad nunca sabemos de lo que hablamos, ni aún en el caso de que sea cierto”. ¿Cómo hacer del lenguaje, de esa construcción humana, una forma de comprensión y reflejo de la realidad ausente de interferencias de la subjetividad humana, creadora de ese cosmos simbólico? Parece ser una tarea imposible, pero no por ello trágica. El autor del Tractatus concluye esta obra diciendo que “de lo que no se puede hablar, mejor es callarse”. Descubre Wittgenstein tras su descripción del lenguaje proposicional que hay algo que excede esa estructura, que llamará ‘lo inexpresable’, ‘lo que se muestra a si mismo’, ‘lo místico’.

El silencio de Jacques Lacan, durante los últimos años de su vida, fue una metáfora de aquella imposibilidad de delimitar lo real, lo imaginario y lo simbólico en estructuras, en discursos interpretativos, analíticos y, empíricamente comprobables. Lacan supo desde el principio que ‘lo real’ no se puede expresar en términos de lenguaje, es la esencia que subyace a todo lo demás. Así el sujeto vagó de su mundo imaginario al simbólico, y viceversa, buscando aquello a lo que no puede acceder pero que está dentro de él.

Lo inexpresable ha sido la conclusión racional de muchos pensadores que, con cierta desilusión, aceptan la imposibilidad del conocimiento. En Oriente, donde también se llega a esta misma conclusión, la actitud es muy distinta, ahí radica el feliz misterio de todo cuanto somos. El silencio, que es el ‘lenguaje’ del místico, arroja verdades que se muestran a si mismas, sin necesidad de anudarse en un discurso lógico. Lo místico es “sentir el mundo como un todo limitado”, leemos en el Tractatus. Ese sentimiento se advierte como una especie de otorgación de sentido, donde la lógica del mundo es sentida totalmente. Una totalidad limitada, pero más allá de los límites de mi mundo, una totalidad de los límites del mundo, que es casi como decir: de lo ilimitado.

Artículo publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 5 de julio de 2009

domingo, 21 de junio de 2009

Feria de vanidades

El discurrir de la vida induce al cambio, poniendo a prueba nuestra versatilidad. Una forma extraña de mirar el mundo es la que nunca varía su perspectiva. Extraña por lo que tiene de contradictoria con el propio existir. Creo que es de exagerado conservadurismo el intento de someter las cosas a nuestra doctrina interior, y cuando estas no se adaptan rechazarlas por sistema. Hay múltiples actitudes ante la vida, tantas como individuos, diría. El espíritu apasionado pudiera ser una de ellas, que quizá nos convenga probar a todos. El espíritu apolíneo sería la otra cara de la moneda, que también nos interesa intentar. Así como cambiar de ropa cada día la actitud debiera ser otro traje apropiado para la semana, la estación o el año. Una actitud previamente seleccionada, para evitar improvisaciones a destiempo.

El aspecto apolíneo, entre tanta moda actualizándose, ya no es un valor en alza. Dirán de él que le falta algo, a pesar de su elegancia. Quizá un toque de desorden en sus cabellos o unas gafas de color vivo que deslumbren a sus espectadores. El ciudadano de todos los días, aseguran los expertos en estilismo, tiene que alegrar de retoques exteriores su monótona vida interior, la cual ya no tiene remedio, a menos que le toque la lotería o fiche por un equipo de fútbol galáctico, y entonces pudiera llenarla con fragancias de Armani y veladas en locales fashion con Paris Hilton. Entonces, hablaríamos de un cambio de actitud urgentemente apasionada. Porque la pasión tiene la virtud de crecer en las ferias de vanidades.

Lo que dejó de ser ya desde hace mucho tiempo un valor en alza es la naturalidad, esa actitud vital que poco pide para sentirse feliz. Y que detesta los disfraces, la falsedad, la hipocresía, la artificiosidad, el mundo de las apariencias y todas esas cosas insanas que los más nobles llaman innobles. Tildarán la naturalidad de vulgar pobreza o mucho peor, por lo paradójico que resulta, de extravagante. Cuando la locura se convierte en norma, el cuerdo desvaría.

Miguel Espinosa entendió por pasión “la exageración de un interés”. Y el interés es un mal para la libertad. Cuando los intereses colisionan empieza la batalla, que consiste en privar de libertad al prójimo para ganar la propia. Y sólo en las guerras uno ha de tener muy claro dónde posicionarse, para que no lo maten dos veces. Pero hoy en día el interés, que suele ser personal, una especie de narcisismo necesario para la nueva forma de lucha, no de clases sino de individuos, se posiciona como un valor que, evidentemente, el consumo revaloriza. Si la realidad es contradictoria, como declaró Emil Michel Cioran, para qué buscarle lógica al pensamiento intelectual. Al final, el interés por defender una idea es igual de banal que el de defender un modelo de zapatos. Ambos se exiliarán de la cordura cuando se apasionen en la defensa de sus propuestas, que tarde o temprano se tornarán en impuestas imposturas.

“Qué descansada vida”, Fray Luis, la que nunca llega pero soñamos cierta en las regiones ideales de la metáfora y el texto imposible. Imposible por ser de nadie, y a la vez de todos. Por buscar la respuesta, y acabar escogiendo la pregunta. Por nacer del desasosiego, y acabar con el fingido sosiego de trasladar el alma herida a la letra. Una letra en un océano de letras, que claman al ojo humano un diálogo también imposible, por pertenecer al espacio la ilusión del movimiento perpetuo, que ahora jamás y siempre nunca termina.

El cambio domina al discurso recurrente y el mundo sigue siendo el gran teatro universal, que día a día nos asombra con sus espectaculares novedades y nos traslada de la tragedia a la comedia, pasando por el esperpento o el absurdo, en cuestión de segundos. Esa es la magia del asombro, la posibilidad de ser alguien distinto cada vez que asistimos a la función dulce y amarga de la fugaz existencia.

Artículo publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 20 de junio de 2009

sábado, 20 de junio de 2009

Amor sereno

Alguna vez mañana
y entre tanto, despertar.
Despertar de los días aciagos, dolorosos, del letargo.
Despertar de la muerte segura, de la ignorancia, del amor primero.
Despertar de los sueños heridos, de la levedad vacía, del rumor de tu regreso.
Despertar todavía de los imposibles que me abrasan, del nunca aprender del lamento,
del siempre encontrarte al final de los comienzos. Del tenerte entre lágrimas inútil como el tiempo, del amarte entre rosas fugaces, con este cuerpo de ceniza que te besa. Despertar
a la vida que nada pide y todo lo encuentra, amando nada más que el amor de tu abismo.
Y después, dormir, dormir con las frutas que ya nunca probamos, que ya nunca nos tientan.
Dormir, dormir con el viento, la fugaz estancia del amor eterno. Dormir entre tus brazos,
dormir bajo la luna, con la serena conciencia de quien ya nada espera.

domingo, 7 de junio de 2009

Acción y pensamiento

Es conocido el dicho popular que reclama -sobre todo en el ámbito político- más acciones y menos palabras. La facultad del buen decir no suele estar muy ligada al buen hacer; y muchas veces somos aquietados por la promesa que finalmente nunca se cumple. De ese aquietamiento solemos pasar a la inquietud, a la espera de un asomo de realidad tras las palabras dejadas en el aire.

Pero no solamente son los otros aquellos de los que esperamos el cumplimiento de la acción prometida, sino que nosotros mismos nos procuramos recetas de proyectos de acciones que postergamos ilimitadamente, sabiendo -no obstante- que hacerlas resultaría provechoso. Cabe aquí recordar aquella reflexión del filósofo francés Henri Bergson que decía lo siguiente: “Debemos obrar como hombres de pensamiento; debemos pensar como hombres de acción”.

Acción y pensamiento van unidos, se retroalimentan. Procurar que ambos sean coherentes es una prueba de fidelidad a uno mismo. Muchos de los problemas psicológicos más habituales de nuestra ajetreada sociedad actual es la incapacidad para hilvanar ambos procesos y estimular así esa casuística racional donde la voluntad se dirige firme y sin escarceos. Decir lo que se piensa, pensar (y sentir) lo que se dice, hacer lo que se piensa… son combinaciones necesarias para una adecuada salud mental, sobre todo cuando nuestra conciencia sabe que es bueno llevar a cabo lo que ha pensado que podría hacer.

Bergson supo valorar ejemplarmente ambos procesos del pensar y del hacer: “La especulación es un lujo, mientras que la acción es una necesidad”, afirmó. Parece que, en estos tiempos, sin embargo, los valores se han invertido. No se trataría, empero, de dar prevalencia a alguno de los términos, sino más bien de conciliar, unir, conjugar. Pensamiento y acción son las dos caras de una misma moneda.

El camino de la acción nos incita a buscar, con el pensamiento, la resolución adecuada, para que el resultado de nuestros actos no descarrile a causa de la precipitación irreflexiva. Chesterton nos sugirió lo siguiente: “La idea que no trata de convertirse en palabras es una mala idea. La palabra que no trata de convertirse en acción es, a su vez, una mala palabra”.

El proceso cognitivo nos conduce -con genética elocuencia- a dar un paso más hacia el camino de la concreción material de aquello que empezó divagando en el mundo de lo subjetivo. Todo camino conlleva un punto de partida y un punto de llegada. Aunque no sepamos -en términos metafísicos- ni de dónde venimos ni hacia dónde vamos, tenemos claro que ‘vamos hacia’ y ‘venimos de’. No importa el lugar, lo importante –como dijera Antonio Machado- es el trayecto, la acción que realiza el que camina. Y he ahí nuestra responsabilidad de saber sencillamente si estamos caminando de la forma adecuada y de elegir, si no es así, la acción correcta, buscando aquello que resulta mejor para nosotros y, como resultado, para los demás.

De este modo, el pensamiento encaminado a la acción se convierte en sinónimo de libertad y de progreso. Lo importante, considero, es superar la mera divagación improductiva y así avanzar para no petrificarse en las gélidas aguas de la eterna pasividad.

El progreso, como sabemos, es la “acción de ir hacia adelante” (RAE), el camino por el que avanzamos día a día, como el propio tiempo que avanza sin detenerse. No es el progreso un valor sino la descripción de un acto, un acto, de por sí, neutro, pero con un trasfondo de necesidad vital, tanto para una sociedad como para el individuo. En esa necesidad de avanzar es donde podemos ubicar el concepto de ‘libertad’, requisito previo para que ese avance se realice sin restricción alguna, con la espontaneidad que otorga la virtud, en el sentido taoísta del término; y con la nítida idea, no de un horizonte concreto sino de que allá donde miremos siempre hay un nuevo horizonte por descubrir. David Livingstone, aquel explorador incansable, dijo en una ocasión: “Iré a cualquier parte, siempre que sea hacia adelante”. Un gran pensamiento, sin duda, digno de ser llevado a la práctica.

Artículo publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 7 de junio de 2009

martes, 2 de junio de 2009

Ebriedad


Cantaré como Lieu Ling
que la eternidad es una mañana,
y que mi vida dura mucho menos
que un simple parpadeo.

¿Pero por qué entonces todo este dolor
configurando lento y eterno cada segundo que pasa?

¿Por qué nunca termina este interminable sueño
del que creo, pero nunca completamente,
alguna vez haber despertado?

Un vaso de vino no es suficiente ni cientos de ellos
para vaciar la inmensa jarra de la eternidad.

Conmovido despierto al fin de este sueño
y vuelvo a estar cansado y necesito dormir.
Y ya sólo me desvela la preocupación
de no volver a despertar.



Del libro "Concierto de esperanzas. Poesía reunida (2002-2008)", de José Manuel Martínez Sánchez.
Comprar o descargar gratuitamente este libro, y otros del autor, en el siguiente enlace:



domingo, 24 de mayo de 2009

Cine, ficción o realidad


El cine es un mundo de sueños, de ficciones, como la literatura, que imaginamos ciertos, reales. El cine es una pantalla en la cual nos adentramos, ya lo hizo Buster Keaton en Sherlock Jr. (1924), esencial referencia cinematográfica que explora la dicotomía ficción/realidad de una manera cómica y surrealista.

Cuando la realidad nos agota, la evasión de la gran pantalla sigue siendo, hoy, quizás, en este mundo hipermoderno: como lo define Lipovetsky, una de las mejores recetas para animar el espíritu y salir de nosotros mismos con el fin de abandonarnos al encuentro de lo que jugamos a creer que es.

Las buenas películas nos cogen de la mano y nos llevan a ese lugar donde el hombre se proyecta fuera del tiempo y del espacio ordinario.

Aunque, el cine no siempre nos reserva placeres, también nos pone a prueba e interroga, nos escandaliza y, en ocasiones, funciona como espejo de una realidad en crisis que la sociedad niega (o negaba). ¿Quién no se ha aterrorizado con los personajes deformes de Freaks (Tod Browning, 1932) o con las inmensas columnas de alemanes nazis dispuestos a dominar el mundo en El triunfo de la voluntad (Leni Riefenstahl, 1934)? Película ésta que el propio Hitler encargaría a su directora como documental para el VI Congreso del Partido Nazi y que, por supuesto, celebraba los ideales nazis con una técnica cinematográfica, no se puede negar, casi perfecta. Una cinta que ahora, sin embargo, nos pone frente al horror de ver a aquellas tropas de endemoniados wagnerianos cantar el triunfo de su raza: la aria. Una fantasía suicida, que finalmente, se quedó en eso, tras arrasar millones de vidas y esperanzas. ¿Y quién no se ha escandalizado con las violentas escenas cómico-crueles de La naranja mecánica (S. Kubrick, 1971)? Sublime sátira de la violencia, desde una mirada nietzscheana, proyectados en una sociedad amoral y deshumanizada.

Sí, el cine no sólo es diversión y una excusa para el ocio. Es también un ejercicio, el que debe realizar el espectador, de reflexión y juicio crítico, a veces muy molesto, de lo que se observa. Y las formas de contarlo son múltiples, en ocasiones desde la comedia paródica: Ser o no ser (Ernst Lubitsch, 1942) o, desde lo directamente trágico y explícito: El pianista (Roman Polanski, 2002) se nos puede narrar, en esencia, una misma realidad. Aunque sean otros los elementos y motivos que se desarrollan en los respectivos planos argumentales.

Y no sólo me refiero al cine que nos presenta la dialéctica hombre/sociedad, sino también la puramente metafísica del hombre/ser. Así, nadie podrá irse a la cama sin dar unas cuantas vueltas metafísicas a la cabeza tras ver aquella partida de ajedrez en la playa que juega Max Von Sydow en El séptimo sello (I. Bergman, 1957) con la mismísima Muerte. O también, y por qué no, irnos a la cama con una sonrisa metafísica tras ver El sentido de la vida, donde en este caso la Muerte, que interpreta un breve papel, es parodiada. (Monty Python's, 1983). O aquella de Frank Capra donde un hombre agotado y en crisis económica descubre ¡Qué bello es vivir! (1946).

En fin, un mundo de sueños, pero, también de pesadillas, porque las pesadillas forman parte de los sueños. Siempre un mundo que nos traslada a esa otra posibilidad de lo real -al mundo aludido, explícita o implícitamente- a través del espejo catártico que proyecta la cámara, cuando su realizador, como un literato, domina el lenguaje artístico y lo actualiza a través de propia creatividad.

Robert Luis Stevenson dijo estas palabras que refiero a continuación para referirse a la literatura, pero creo que podría trasladarse al caso del cine, que es, sin duda, la gran novedad narrativo-poética del siglo XX y del XXI: «Es éste el aspecto plástico [del cine], encarnar el carácter, el pensamiento, la emoción en algún acto o actitud que impresione notablemente al ojo de la mente».

Artículo publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 24 de mayo de 2009

domingo, 10 de mayo de 2009

La revolución interior


No podemos concebir -ni mucho menos construir- un mundo perfecto en el que sus individuos no sean libres y tengan que acallar su pensamiento. No se puede partir de la base de un mundo más justo y solidario estableciendo un código de valores de lo que significa justicia, solidaridad o cualquier otra bella palabra que -a menudo- desvela sentidos ambiguos y difusos. La sociedad no puede -ni debe- construir al individuo, sino que es el individuo quien ha de construir a su sociedad.
"La mayoría de nosotros jugamos con ideas y creemos que somos grandes revolucionarios […] Lo importante es librarnos de las ideas. […] La libertad respecto a las ideas sólo puede resultar del darse cuenta y del conocimiento de sí mismo." Expresó Krishnamurti en 1950.
Las ideas bellas toman palabras bellas que incluso son decoradas de forma pomposa en los discursos políticos para incrementar la fuerza benévola del mensaje. El público, al escuchar tal deleite de razones nobles, aplaude a sus líderes como si lo que dijeran se fuera a cumplir en ese mismo instante, por arte de magia. Por experiencia sabemos que eso no es así. Pero el auditorio, quizá acostumbrado al engaño, finge un aplauso o guarda cierta esperanza famélica en que esta vez sea verdad lo que dice el conductor de su futuro.
Desde que nacemos, directa o indirectamente, consciente o inconscientemente, nos van programando. Conforme pasa el tiempo nos volvemos cada vez menos espontáneos hasta que un día hemos olvidado por completo en que consistía esa espontaneidad que alumbraba los lúdicos caminos del niño que fuimos.
Utopía, lugar imaginario o inexistente, es el no-lugar que, en su expresión teórica se acerca a lo ideal y cuya puesta en práctica resulta inviable, o así, empíricamente, nos lo ha demostrado la historia. Las utopías que pretendieron convertirse en realidades, amparándose drásticamente en el camino de la revolución social y política, no han sido más que grandes tragedias de las que la humanidad acaso se ha repuesto todavía. Algunos buscan un nuevo cambio, una utopía al alcance de la mano, cibernética y 'cibercrática', como nos propone el llamado 'proyecto Venus', un sueño futurista que no deja de recordarnos al distópico mundo feliz de Huxley, al anime Akira o a la famosa película Matrix. El mismo Krishnamurti tildó de hipocresía el pensamiento idealista, un vivir ajeno a la realidad, con la mente en el tiempo condicional, un 'podría ser' que tapa el ahora, como una evasión fruto de la imposibilidad del cambio revolucionario verdadero: el que se da con la vivencia del presente y su actuar consecuente con la realidad, que, aunque no nos guste, es la que nos ha tocado o la que hemos creado.
El individuo no quiere jugar su papel como tal, se esconde entre bastidores sociales que velan su identidad original, aquella que por medio de su intuición y creatividad inteligente logra que idea y realidad sean una misma cosa a través del quehacer cotidiano y excepcional de sus acciones. Damos solamente la alternativa al líder, a la máquina humana diseñada para conquistar mentes, y olvidamos nuestra capacidad de liderar nuestra propia mente para no dejarnos llevar por la corriente del pensamiento ajeno, que nos atrapa y confunde, haciéndonos defender una idea que está muy lejos de lo que ciertamente concebíamos como justo y necesario.
El 'yo real', e inconquistable, cede ante el 'yo condicionado', al que las circunstancias han creado y motivado. Una motivación manipulada, por unos y por otros, donde el individuo ha sido mutilado y sustituido por una sombra de sí mismo. Esta mutilación -lenta y dolorosa- es el pan de los dramas humanos de cada día, personas silenciadas, acorraladas económicamente y explotadas por su condición de simple eslabón de la cadena. De esta forma, todos somos eslabones, el río fluye por sí solo hacia el abismo de su decadente devenir y la revolución interior, aquella que no causa dolor y que se hace de forma natural, todavía es posible aunque parezca enterrada, ya que no se funda en un ideal futuro, sino en cada momento, ahora mismo, en la próxima acción que hagamos, solidarios y fieles a nuestra propia forma de ser, sin manipulación alguna, conformando, espontáneamente, la capacidad inherente, constructiva y creativa, que tenemos por el simple hecho de ser libres y humanos.

Publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 10 de mayo de 2009

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