domingo, 13 de marzo de 2011

Nuevos valores

Renovar los viejos valores, tener el ánimo de hallar nuevas visiones, exige desapego. Desapego que por inercia o por dependencia nos negamos a aceptar. Hay un mito griego muy interesante, el de Teseo y el Minotauro. En libre analogía, podríamos interpretar que los viejos valores representan a ese minotauro que habita en la sociedad (el laberinto) y cuyos habitantes arrojados allí no les queda otro destino que ser engullidos por la bestia. Con este ejemplo trataremos de dar explicación a lo inexplicable, esto es, a esa deriva de una sociedad que no deja de ser engullida por el consumo superfluo y demás intereses aberrantes. Una sociedad que apenas deja aire para respirar la libertad de ser uno mismo ni lugar para escapar de ese monstruo que a todos persigue en un laberinto sin escapatoria. Sin embargo, los nuevos valores tratan de oxigenar la podredumbre de lo antiguo, de disolver el mal, a la bestia. Para Teseo (cuyo nombre significa: “el que funda”), el héroe que lucharía contra el toro con cabeza de hombre (según Dante), la entrada al laberinto es inevitable y terminar con la bestia es la única forma de liberar de más engullimientos carnales a los que allí sean arrojados; y gracias a la ayuda de Ariadna (“la más pura”), simbolizando la paz y la verdad, que dará un ovillo de hilo a Teseo, éste podrá enfrentarse con la bestia –desenrollando el hilo bajo sus pasos- sin miedo a perderse en el regreso y salir del laberinto. Sin monstruo ya no hay necesidad de laberinto, el espacio queda abierto, los límites han sido trascendidos.

El hombre avanza al trascender sus limitaciones. Los viejos valores hacen vieja a una sociedad que necesita reavivarse, empezar de nuevo a mirar con ojos inocentes y creativos su realidad y su mundo. Todo renacimiento ordena lo que un mundo viejo y barroco agotó hasta la confusión y el absurdo, coleccionando todos sus residuos, tal que afectado por el “síndrome de Diógenes”, hasta llegar al excelso vómito de lo banal. Gracias al hilo de Ariadna, una vez tomado el valor de vencer a los viejos valores, salir es sencillo. Este mito nos indica que dentro del laberinto hay un monstruo (la mente, el egoísmo, la guerra interior y exterior), que el monstruo está en nosotros mismos, que tanto Teseo como el Minotauro nos habitan, los nuevos valores (Teseo) quieren sustituir a los antiguos (Minutauro). El primer paso para lograr tal renovación consiste en comprender que lo antiguo ya no sirve, que aquello en que creíamos (alimentar a un monstruo) y que nos era letal, no tiene razón de seguir siéndolo. Aquello que no nos hace felices es un obstáculo para la felicidad. No se trata de volver a llenar un tratado de nuevos valores, sino de despejar el camino y desterrar todo lo inservible. Esa es la tarea. Una moral auténtica trasciende los valores del bien y el mal, o como expresó Nietzsche: “Lo que se hace por amor se hace siempre más allá del bien y del mal”.

No olvidemos que todo lo que en un tiempo pasa por malo en otro tiempo puede ser visto como bueno (recordemos a los “herejes” Tommaso Campanella o Giordano Bruno), pero lo que uno atestigua como verdad intuida resonando en la lucidez de su corazón, será eternamente la verdad. No hay mayor referencia que uno mismo, aunque dejemos nuestro criterio y valores a manos del Gobierno, Google, televisión, críticos de arte, profesores, líderes religiosos, etc., nosotros siempre tenemos la última respuesta. No arrojemos nuestra conciencia siempre al otro para huir de nosotros mismos. Creer en uno mismo equivale a creer en el mundo, en su devenir positivo, en su crecimiento, y la tarea es de cada uno, cuando uno crece el mundo crece con él, pues “no hay hombre ni acción que no tenga su importancia” (Schopenhauer). La clave trágica del posmodernismo ha sido su hipérbole continuada de lo artificioso, donde bajo la melodía atronadora del capitalismo se ha necesitado más y más para llenar el vacío interior de unos valores perdidos que fueran en sintonía con el individuo. El canto ha sido desentonado, desproporcionado, fuera de ritmo.

El mito de la posmodernidad ha sido la ciencia, la ciencia del dinero, de las evidencias pragmáticas y utilitarias, de la infelicidad, del desencanto, del materialismo sacralizado. La ciencia ha deslegitimado todo aquello que se le escapaba: haciendo al hombre un esclavo de sus leyes y ‘progresos’. El intento de solución experimental de lo incomprensible: la insoportable alienación e infelicidad humana, ha de ir, sin duda, más allá de la fabricación de fármacos antidepresivos. Al no poder aceptar que la explicación de Dios todavía escapa a la mente humana, la ciencia ‘oficial’ ha escapado de Dios. La visión científica (aquella que solo legitima su visión) en vez de asumir su impotencia (y humildad) en ese saber, nos desea demostrar hoy que lo físico y empírico es la única religión (Dawkins, Hawking) y que allí no cabe Dios, pero sin embargo no puede obviar, en esta decadencia de la posmodernidad, tal vez incrédulos pero sofocados y algunos esperanzados, que el motor que mueve el mundo, ese espíritu imperceptible solo puede entenderse aceptando lo extraordinario e inexplicable como un nuevo valor a integrar, como ya apuntaron los científicos Niels Bohr, Max Planck o Werner Heisenberg. El hilo de Ariadna se encuentra con nosotros, solo hay seguirlo dejando que fluya el propio existir. “Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo”, sentenció Borges, siempre un hilo que nos regrese a nosotros mismos: a la raíz del sentido de todo. Los nuevos valores ya están aquí, representan la anatomía fiel de quien realmente somos.

Diario La Verdad, 13/03/2011

viernes, 11 de marzo de 2011

Los abandonados

Llueve en los rincones del alma.

¡Hay dentro tanta sequedad
esperando el amor!

Heladas gotas de lluvia
riegan el silencio
de las horas que pasan.

El mundo se hace una esponja de llanto.

El cielo gris agita la desolación.

Hoy llueve solo
en las esquinas de los abandonados:
los dejados a su suerte por un mundo
que pasa de largo, preocupado de sí,
de nadie.

Hay un puente en medio de la niebla,
detrás de los rascacielos y el griterío
de los automóviles. Hay un puente
que es la última esperanza.
Un puente hacia el abismo.

Allí van a parar, sin nada en los bolsillos,
entre sed y agonía,
los abandonados.

viernes, 4 de marzo de 2011

Tormenta deseante

El paraíso eran tus labios, curvado continente
donde los astros palpitan descubiertos.
Contorno, calidez de una hondura delimitada
por el ciego caudal de la carne. Presencia desbordada
como un río dominado por la tormenta,
abrazado al aire, a la espuma, al fragor
del abandono del tiempo. Delirio, existencia...
Canto de la luz sobre las aguas del cielo.

domingo, 27 de febrero de 2011

Libertad y sacrificio

Parece cohabitar en el ser humano la visión trágica de la vida, llegando a ser un factor determinante de su propio carácter, conformado por siglos y siglos de tragedias. El pensamiento es proyectado por el dolor cuando mira su destino, cuando perpetra su acción y busca ser partícipe de la historia a cualquier precio. Que el fin justicia los medios es una de esas máximas tan discutibles y frívolas que han calado hondo en la conciencia colectiva. Cuando el fin ha sido Dios, hemos visto las mayores locuras infernales que el hombre ha realizado, como si una fuerza tan superior, mal usada, imprimiese en la voluntad la energía colérica del demente. El fundamentalista va teñido de esa visión trágica y suicida cuyo convencimiento férreo supone una amenaza a la cordura. Un dictador, un terrorista o un déspota, en cualquier ámbito, son todos ellos trágicos dementes, dispuestos a sacrificar cualquier cosa, si Dios (o una idea) se lo pidiese. Así como Abraham, se nos cuenta en el Génesis, por petición de Dios, fue invitado a matar en sacrificio a su hijo Isaac (no lo hizo pues un ángel se lo impidió y le mostró que era solo una prueba para que demostrase su fidelidad al Divino) el fundamentalista sacrifica todo por su causa incluso a él mismo. El relato de Abraham nos hace razonar que un dios benévolo nunca podría pedirle tal cosa en serio. Con el tiempo hemos aprendido que el sentido común, la razón práctica de la ética y la escucha sincera a uno mismo son las mejores formas de conocer a Dios. Aunque Abraham lo hubiera hecho sin pensarlo, quizá ese ángel represente su propia conciencia y le haga diferenciar el bien del mal, sin supeditarlo todo a una misión divina, que en su interior, sin duda, resonaría demoníaca. Todavía hoy rezamos apenados por el sacrificio del Cordero de Dios, con la culpa en el corazón.

Hace unos días leí en "El mundo" unas declaraciones en portada, pertenecientes a un líder de las revueltas anti-Gadafi en Tobruk, que me han llamado la atención: "Va a morir más gente, pero estamos seguros de que seremos libres", explicaba Fathi Faraj. Esta aceptación de la tragedia es validada por la justificación de la libertad, el fin una vez más conlleva un sacrificio humano masivo inevitable. Esto, al menos, nos hace preguntarnos si la mejor forma de defender la libertad ha de ser con sangre y dolor, si terminar con un mal mayor ha de implicar sembrar miles de males menores que han de ser asumidos en defensa de unos ideales, que como los de la Revolución Francesa, no cabe duda de que son los justos y necesarios para un pueblo: su libertad, sus derechos humanos, violados constantemente por el totalitarismo y la opresión. Será lógico preguntar, ante esta reflexión, que ¿cómo es posible luchar por la libertad si no es aceptando la muerte y el dolor, cuando aquella no puede conseguirse de otro modo? Yo también me lo pregunto. Y sospecho que una sociedad comprometida con la vida y con la paz ha de buscar a toda prisa soluciones no violentas para resolver los conflictos mundiales y no esperar a que un pueblo en su desesperación acepte el sacrificio de su gente. Acaso invertir una mínima parte de lo que las grandes potencias gastan en armas en buscar este tipo de soluciones, en poner los medios y técnicas necesarias para llevarlas a cabo, sería de gran ayuda. No olvidemos que el Premio Nobel de la Paz de 2009, Barack Obama, es el líder político que más invierte en armas del mundo, lo cual asustaría hasta al hombre que lleva el nombre del premio, el inventor de la dinamita Alfred Nobel.

La visión trágica de la vida es el reflejo de una historia teñida de cantos fúnebres, la consecuencia de un dolor progresivo mecanizado, de un karma colectivo no resuelto. El hombre necesita renovar esta visión, mirar nuevos horizontes, buscar verdaderamente la paz, no solo como un fin sino por encima de todo como un medio. Es la única forma de que el camino nos lleve al destino propuesto: desde la comprensión de que el camino mismo es el destino. El poeta Arturo Graf, en brillante metáfora, expresó que: “La civilización es una terrible planta que no vegeta y no florece si no es regada de lágrimas y de sangre”. Una planta antinatural, como la de esos dioses primitivos que oíamos pedirnos sangre humana en sacrificio de fe. No sigamos alimentando a ese monstruo del dolor, el resentimiento y la lucha constante, y démosle agua, agua pura para sanar sus heridas, para permitirle florecer en paz, de forma natural, humana.

Diario La Verdad, 27/02/2011

viernes, 18 de febrero de 2011

Invierno

La nieve cubría las copas de los árboles.
Mis ojos eran llamaradas en la infinita turbulencia del designio.
Un camino blanco sobrevolaba el cuerpo,
un espanto en los pasos abría los senderos,
la fugaz melancolía mezclada de futuro
escapándose de las manos.
Alguien quería ser el todo, la sorpresa,
el contorno de un sueño, urgente deslumbramiento
de un continente inexplorado.
El invierno era mi reposo, mi imposible reposo,
la añoranza de la lumbre con sus rincones oscuros
llenos de misterio.

Alguien quería llegar sin saber a dónde,
luz a luz, duelo a duelo, ofreciendo su todo a la nada.
Pero inminente, la paz fue hallada, sin voz, sin dueño,
desvelada en sí misma como nube cayendo hacia la niebla.
El amor tomó la dirección del cuerpo, herido y agotado,
para devolverle su rostro no nacido, el corazón real que late
más cerca que los audibles latidos. El corazón era la paz,
la noche serena curvándose de nieve, de pureza.

Muy cerca había un niño, en el fondo de la memoria
y del anhelo íntimo, jugando con la nieve, con la blancura luminosa
que como espejo le devolvía su inocencia.
El niño nuevamente saludaba al invierno, descansaba,
tomaba aire y descubría sonriente la belleza del paisaje reencontrado,
allí en la calidez de su hogar eterno, donde jugó
hasta caer dormido bajo la placidez del instante.

Ahora duerme, duerme de nuevo, el niño en su instante,
dejándose soñar, soñándose.

No muy lejos de él, tras la ventana, la nieve sigue cubriendo
las copas de los árboles.

domingo, 13 de febrero de 2011

El hombre político

El orden político, en las democracias occidentales, ha ido obteniendo, revolución tras revolución, a base de cultura y concienciación, una consolidación necesaria capaz de garantizar, al menos más que otros modelos políticos conocidos, los derechos y libertades fundamentales de las personas. Si bien ha habido excepciones (caso de Guantánamo, y otros similares) el animal político ya ha asumido la norma moral de los derechos humanos como primer mandamiento de todo proyecto social. Cuando los intereses han amenazado estos presupuestos éticos han asomado voces diversas arropadas por los medios de comunicación (recordemos Wikileaks) que han denunciado fervientes aquello que violaba tales fundamentos morales de convivencia. Pero no cabe olvidar que el orden mundial (o el desorden, como quiera verse) vive continuamente amenazado por la falta de respeto y garantías hacia sus pueblos y es tarea de aquellos que defienden las libertades para ellos mismos abogar por las mismas causas allí donde se vean silenciadas. Mirar para otro lado del mapa a Corea del Norte y solo detener la vista cuando únicamente los consideramos una amenaza para nosotros (debido a su armamento nuclear) es un caso más de egoísmo que evidencia que no hay una movilización solidaria sino únicamente, cuando la hay, de intereses enfrentados, de oportunidad de beneficios, etc.

El camino de China, la sombra del comunismo, ha desembocado en un nuevo capitalismo, mucho más voraz, desenfrenado y despiadado consigo mismo que nuestro propio sistema, y todo ello ante un planeta ambientalmente acosado; quedando amenazada, cada segundo que pasa –y sin tregua- su sostenibilidad. El "gigante asiático" ahora puede engullirnos a todos con las golosinas de su producción a bajo coste y masiva, y las demás potencias olvidan su masacre al pueblo tibetano, a su propio pueblo. Un país, China, que ha sido explotado por sus gobernantes para ser una potencia, que sigue siendo explotado para que sus políticos se repartan los beneficios del esclavismo que gobiernan. Hemos visto, con el ejemplo de Egipto, que el pueblo sigue siendo capaz de rebelarse, que no perderá nunca esa cualidad, ante la injusticia y mofa de la libertad de los déspotas, pero no deja de ser otra lucha, otro enfrentamiento que traerá dolor, como hacen siempre las batallas, ligado a viudas, huérfanos y mutilados de por vida.

Dicen que no hay rebelión sin dolor, pero no es verdad, la rebelión de la conciencia es capaz de mostrar la verdad al mundo con su inteligencia integradora, pues el hombre sabe mucho mejor ayudar, buscar soluciones y mitigar el dolor que sembrarlo. Y los resultados de un acto creativo florecen, mientras que los actos destructivos, destruyen. Así de sencillo. Para ello, es necesaria la conciencia moral del político, es decir, de aquel que elige dedicarse a ayudar a su pueblo sin otros intereses que los que el espíritu popular reclama y merece. El político ha de ser sensible a esto, incluso debe educar esa sensibilidad creciente, pues de ello depende que lo que haga tenga realmente sentido, sea efectivo, o se convierta en una acto más, como venimos siendo acostumbrados, de maquiavelismo mal entendido, duelos de poder y aspiraciones vanidosas carentes de una auténtica vocación de servicio al otro. Es necesario reclamar, para el bien común, que el político que llegue a gobernar, lo haga con ideas claras de cuál es su deber y que lo demuestre día a día, con hechos y las justas palabras. Es necesario reclamar, como expresó Kant, al político moral, es decir, a "uno que considere los principios de la prudencia política como compatibles con la moral”; pero no a “un moralista político, uno que se forje una moral ad hoc, una moral favorable a las conveniencias del hombre de estado". Kant se refiere a una prudencia que es sinónimo de sabiduría, de un buen hacer sereno y equilibrado. Nos expone un punto fundamental en la ética política, que es la honestidad, en contraposición al cinismo de quienes hacen doctrinas a medida de sus propias convicciones partidistas, tratando de imponérselas a los demás. Convicciones que suelen ser solamente dualidades en conflicto activo, como la clásica izquierda y derecha, que solo desunen en vez de integrar. Cuando se nos pregunta que citemos a un gran filosofo, será fácil encontrar muchos nombres indiscutibles, Platón, Sócrates, Descartes, Hegel, Spinoza..., pero cuando hemos de citar a un gran político, siempre habrá alguien que lo ponga en entredicho con el mazo de la ideología, según se hallara en una orilla u otra del río. La cuestión es que todos cruzamos el mismo río, y aunque el río fluya y nunca sea el mismo, como dijese Heráclito, lo cruzaremos igualmente, pues nuestro destino es buscar un horizonte, fluir hacia un mar omniabarcante, donde podamos reconocer el umbral de esos valores universales, de esa moral inequívoca, que es el bien común.

Diario La Verdad, 13/02/2011

viernes, 4 de febrero de 2011

Elegía para un amor de verano


A veces me pregunto
cómo será sin ti mi poesía.
Jaime Gil de Biedma

Alguna vez lloré al despedir el verano,
al ver cerrar las maletas de nuestra juventud
con arena y sal todavía entre las manos.
Tu cuerpo se alejaba con el sol
y mis ojos se clavaban en las nubes.
Mis ojos eran nubes alejándose, bajo un sol
inmensamente quieto, inmensamente inalcanzable.

Busqué tus mejillas, la costa de tus labios,
tu mirada furtiva jugando a dar caza a mi deseo.
Busqué y busqué aquello que dejamos a medias,
cuando septiembre nos sorprendió y la vida
aguardaba a examinarnos de nuevo, seriamente,
sin ofrecer un solo día más a un sueño ya desmembrado.

La vida nos arrasó con la marea de septiembre,
con el frío recién nacido de los deberes y el desencanto.
Mi paso por tu playa ya es visión desterrada.

Dos jóvenes se amaron y ahora sólo se recuerdan
en cartas medio sordas que apenas alcanzan
tanta distancia. Cartas que sólo recogen
los gritos de la nada.

domingo, 30 de enero de 2011

Liberalismo e insumisión

Parece que ya poco se puede hacer ante un sistema férreo de control de las libertades individuales cada vez más intenso al tiempo que sutil y hasta invisible. El poder nos controla, nos vigila y nos marca la dirección de nuestros actos, nos va llevando por un sendero maquillado por la ilusión de que es el elegido por nosotros y apenas nos permite darnos cuenta del engranaje del que formamos parte: un liberalismo de mera competencia y sometimiento bajo el esquema jerárquico de los roles sociales. El intelectual de nuestro tiempo se ve incluido en esta situación y solo le queda el instrumento de su voz como arma que de luz y acaso despierte del letargo a una sociedad enmudecida, donde el poder político, ese que pasa por ser su voz, apunta a no se sabe qué intereses, pero que son cada vez más lejanos a los concretos de las personas que conforman nuestro actual puzzle de convivencias.

La tarea no puede ser otra, para aquel que mira por los derechos y libertades humanas, que la de denunciar los hechos visibles que cercenan tales derechos y libertades. También, con ello, le queda la tarea, quizá más importante, que la de recordar cuáles eran esos fundamentos humanos que constituyen la libertad que histórica, cultural y espiritualmente ganamos. Cualquiera que honestamente busque el bien para los suyos, tiene una labor legítima que está obligado, éticamente, a desarrollar: esa es la labor de recordar. De no permitir la amnesia global, de reavivar la llama en declive de lo que somos, de soplar fuerte a la voluntad anestesiada, al corazón apelmazado de los hombres. Uno de esos intelectuales de nuestro tiempo, Michel Onfray, en su libro “Política del rebelde” nos ofrece un “tratado de resistencia e insumisión” probablemente con la fuerza suficiente para despertar a muchos de lo que él mismo llama la “servidumbre voluntaria” que es el liberalismo. La sumisión nos quita toda energía de pensamiento crítico propio, nos ahorra pensar, interpretar, analizar, comprender… Y esa supuesta comodidad, como ocurre con los vampiros, es de la que se sirve el liberalismo para absorbernos toda la sangre hasta dejarnos, literalmente, zombies.

Acostumbrados a que nos digan lo que está bien o mal, a que los roles sociales impongan la legitimidad de los criterios y libertades, a que la sumisión siempre sea necesaria para dejar actuar al poder, vamos acallando todo ímpetu de llegar a la verdad por nosotros mismos, poseídos por la verdad impuesta: la del otro, la que el grupo avala y enarbola hasta hacerla suya, hasta trasformarla en su identidad y razón de fe. Si el individuo, al menos, fuese feliz con ello, podría decirse que estaría medianamente bien. Pero mirando la esencia, la base espiritual del hombre, convenimos fácilmente en que no hay rasgos de verdadera felicidad. Vemos que la razón del consumismo, primer mandato capitalista, es la profunda insatisfacción que asola a los individuos. Vemos que el aprender, el cultivo de la inteligencia, es, en general, una broma para la juventud, que parte obligada a las escuelas. Apuntó Simone Weil que “la inteligencia solo crece y fructifica en la alegría”, que “el disfrute de aprender es tan imprescindible para los estudios como la respiración para el corredor”. Y vemos que a menudo la presión de una sociedad que solo exige resultados rápidos y pragmáticos, solo asfixia a los jóvenes que únicamente buscan evadirse de tales propósitos de crecimiento interior. Hay quienes afirman que cuando uno empieza a sentirse esclavo, engañado, sometido, disminuido y ridiculizado por un sistema que vierte sus privilegios a una reservada minoría de poder, es cuando tiene lugar la revolución. Simone Weil también dijo que “los ciudadanos son a menudo esclavos ante la revolución, no después”. Supongo que aquellos que gozan de esos privilegios deben tomar nota de ello antes que el descontento se torne en víspera inminente de tormenta.

“Preferiría no hacerlo”, contestaba “Bartleby, el escribiente”, en el relato de Herman Melville. Con tranquilidad, pacíficamente, serenamente, pero inamovible, Bartleby fue hasta las últimas consecuencias de su voluntad negativa. Aparentemente sin motivo alguno, Bartleby dejó de seguir las órdenes de su jefe. Ese existencialismo que roza el absurdo, tan de Albert Camus, Robert Walser, Kafka, Beckett o de Pirandello, serviría como premisa inicial para cualquier tratado de anarquismo, insumisión o revolución silenciosa y pacífica tan propia de Gandhi. Sin embargo, el liberalismo, que deriva de -y convierte en “ismo”- una bella palabra: libertad, no es la causa del problema, sino el efecto de habérsele dado un significado opuesto al suyo propio. De que solo unos pocos, unas clases o esferas privilegiadas se hayan apropiado de él. Y nuestra es la tarea de devolverle su esencia, de hacer de lo primitivo cultura y evolución del espíritu. En una operación cuasi alquímica que trasforme el egoísmo en altruismo. Para ello, empecemos por recordar uno de sus más bellos sentidos, para que aquellos que lo olvidaron lo traigan a la memoria y los que ya lo saben lo refuercen si cabe, pues falta hace. María Zambrano nos regala tal recordatorio: “Amor al hombre. Amor a los valores. ¡Supremas virtudes del liberalismo!”. Libertad “que no rompa los cables que al hombre le unen con el mundo, con la naturaleza, con lo sobrenatural. Libertad fundada, más que en la razón, en la fe, en el amor. […] Nos queda solo una vía de esperanza: el sentimiento, el amor que, repitiendo el milagro, vuelva a crear el mundo”.

Diario La Verdad, 30/01/2011

sábado, 22 de enero de 2011

Sombra evidente

Hay días que se tornan años, alargando las horas sin fin.
Con el paso del tiempo esos días se agrietan de cansancio
y traen espasmo al alma afligida. Es preciso no olvidar
que son pocos esos días, que la suerte a menudo sorprende
y que hay un resquicio de aire por donde pasar los segundos
antes que un lamento los reprenda. Qué afán tan ilusorio
el querer llegar a un punto y no ser más que una sombra evidente.
Mañana otra muerte nos golpeará en el pecho, una que
no es nuestra, pero que tajante advierte que existe la muerte.
Ya he olvidado mirar en el espejo a este hombre
que viene y va a cualquier parte, perdido de sí,
en un océano que gira con la Tierra y que se vuelca
sobre el universo, mojando apenas un vacío insondable.

domingo, 16 de enero de 2011

El libro de la vida

Hay un libro que siempre leemos sin cesar, es el libro de nuestras vidas. Todos somos lectores del mundo, cada instante nos llegan nuevas páginas que actualizan la trama que una vez comenzó en la infancia y que, capítulo a capítulo, va siendo enriquecida con nuevos personajes y circunstancias, asumiendo también la no gustosa tarea de excluir del libro a aquellas personas que nos han dejado, que han salido de la obra y del argumento, pero que resuenan en la memoria del personaje en capítulos sucesivos. En todo libro hay memoria y olvido, pasajes que calan hondo y modifican el destino y pasajes que quedan atrás dejando una huella apenas significativa. Paisajes, olores, sabores, sensaciones genuinas, de todo ello se va impregnando el personaje. Sin embargo, el lector es el verdadero personaje, a él nunca se le puede olvidar porque supondría el fin de todo. Lector y personaje son una misma cosa en el libro de la vida, una novela en primera persona incesante, inacabable, que contiene otras novelas, películas, cuadros, rostros, e historias ajenas. El autor de esta obra no es otro que la vida, así como el tema principal. El autor habla de sí mismo, se presenta al lector como si fuera él mismo, en un juego de empatía que ayudará a la implicación en la lectura y al logro de la verosimilitud, esto es, a dar por real aquello que es ficción, tinta imaginativa que al tocarla deje huella en nuestras manos.

Toda página va hacia el futuro, pero se lee y cobra sentido en el presente. Ahí, en el presente, todo es real -lector, personaje, autor, trama,...- pero siempre queda una espera, un anhelo de resolución, un fin de capítulo culminante, que justifique la atención puesta en el libro. El futuro, a pesar de su persistente ausencia, y por tanto, de su inexistencia, marca la senda, la posibilidad de un desvelamiento al constante enigma del vivir. Un error en que incurrimos a menudo, echando por tierra la obvia naturaleza del presente como fuente de desvelamiento directo. Esperamos algo más, y la espera se hace eterna, desespera, y olvida que todo encuentro es puntual cuando sabemos verlo frente a nosotros. Dijeron los sabios de Oriente que lo importante no es la meta, sino el camino, que toda búsqueda lleva consigo la posibilidad del hallazgo a cada paso. Otro sabio, el místico George Gurdjieff, nos dijo algo a este respecto: “Si hubieras comprendido todo lo que has leído en tu vida, sabrías lo que buscas”.

En nuestro tiempo es habitual el vivir desatentamente, preocupados por el mañana y completamente ausentes de lo único que es real: el ahora. Vivimos mirando al fondo, y nunca vemos lo que tenemos en frente. Una lectura del libro así, pensando en la página siguiente más que en la que leemos, nos aleja del placer de leer para entender, disfrutar o deleitarse con las palabras, metáforas e imágenes que dan luz y forma al contenido, profundidad al sentido y relieve vivencial, sensitivo, a la música del verbo. Leer es como danzar en medio de un mar poblado de sirenas y otros fabulosos misterios llamando al intelecto y al espíritu para mostrarse. Actualmente, en esta sociedad que se olvida del contemplar por que sí (sin esperar de ese acto nada a cambio), es necesario recordar esto una y otra vez, que la vida se vive ahora o no podrá ser vivida nunca, que la costumbre perniciosa de ir sembrando una experiencia con el único fin de explotar sus frutos, dejará en sequía toda búsqueda real de sentido, pues ese Saturno que alimentamos quedará insaciable siempre, ampliándose más y más el abismo de su sed y de su hambre.

¿Cómo hacer una lectura apropiada del libro de la vida acorde a la fisonomía de nuestro tiempo? Creo que no queda otro remedio que proponer una necesaria mirada crítica como guía de lectura. Desafortunadamente, y a grandes rasgos, la gran metáfora de nuestra sociedad es la ‘aspirina’. Y eso buscamos erradamente en ese libro de la vida que tanto nos inquieta, que pase indoloro, no importa lo que ocurra, siempre que ganemos algo con ello. Se ha inculcado en la sociedad la cultura del triunfo, del éxito, de ser los mejores para justificar nuestra vida, imitando modelos diseñados mediáticamente (ídolos prefabricados con gran ‘merchadising’). Entonces hay excelencia, ejemplaridad y cosas similares. Y todo ello, cuando más rápido, mejor; enraizados en un utilitarismo que lo devora todo frenéticamente, en una llamada ‘era tecnológica’ en que el mundo cambia todos los días según los avances y campañas publicitarias de las compañías que lanzan nuevos modelos de comportamiento con la realidad: ordenadores, videoconsolas, teléfonos móviles, diferentes usos de Internet y de las redes sociales (basados en alojar la vida en la red). Un mundo más conectado, pero unido por unos valores todavía muy frágiles. Por ello, aún obteniendo eso que llamamos triunfo o una vida más efectiva y amplificada material o virtualmente, sabemos que el vacío persiste, que el libro sigue y que las páginas pasan una tras otra sin nada sustancial, verdadero y profundo que de sentido al vivir. El amor, la libertad, la verdad, son los temas claves de esta novela. Y el argumento se basa en que el personaje los descubra. No hay prisa. Tómense su tiempo. La lectura promete un viaje maravilloso.

Diario La Verdad, 16/01/2011

domingo, 9 de enero de 2011

Nube de silencio

Tú por tu sueño, y por el mar las naves.
Gerardo Diego
I

Y por tu cielo las nubes
cayendo sobre el agua,
enamoradas de sus soles,
evaporadas en la tierra.
Neblina del día, almas
de la noche fría...
Un precipicio bajo el cielo
es el enigma del sueño.
Caerse, no volver.
Volver a soñar.
Una escalera hacia la nube,
un ascenso hacia la tierra
que la mantenga quieta.
Una espera.
Una esperanza.
Una fe verdadera contra la niebla.

II

Ascensión, alejamiento, conquista irremediable
de un instante en que quedar, despojados de la niebla.
Un cielo, una nube, una flor primera.
Mi alma plantada sobre la tierra, mi semilla, mi sueño,
mi luz cierta. Un fugaz encuentro fundando lo eterno.
Y sobre él las nubes abiertas, el ritmo y las raíces en penumbra,
creciendo, atisbando, abismando en su centro el vuelo constante,
el vuelo quedando y la flor, naciendo. El rostro latiendo
y su color, floreciendo. Mis ojos son tus brotes de sendero,
la arquitectura de tu vuelo, el ornamento de tu espacio fértil.
El ventanal de mis manos la armonía de tu vientre,
el calor de los cielos la oquedad de tus labios abismales.

Mis labios son dos rocas de lamento, un peso sobre otro
sosteniendo el silencio, lo cerrado, la llanura ausente de tus besos.

Algo se abre en el sueño cuando estás lejos.

Una flor o una boca sin lamento,
una caricia que se ofrece a dar su aliento.

Algo se expande en la llanura cuando vencen tus cimientos.

Es el deseo, lo sé. Lo llamé sueño, lo llamé nube, lo llamé cielo.

Algo queda en el aire. Es tu silencio.
Tu no llegar se ha ido. Lento, apresurándose despacio
como la nieve del invierno, yendo hacia su agua y hacia una nada
que todo lo deja igual, sin argumento. Mi voz es tu ausencia encendida
y mi callar tu palabra, penumbra, plegaria de amor y de silencio.

domingo, 2 de enero de 2011

Materia de sueños

Ya se dijo hace mucho tiempo aquello de que la vida es un sueño. Todavía hoy apenas conocemos casi nada sobre esta parte de la vida tan difusa y compleja, en la que abandonamos nuestro cuerpo ordinario por unas horas para acceder a un mundo que no pertenece a la materia tal y como la concebimos. No obstante, de materia están hechos los sueños, materia onírica creadora de paisajes y visiones, de nuevos cuerpos o de variaciones imaginativas y sobrenaturales de lo que ya conocemos. Materia que es energía y energía que es vislumbre de la materia madre: la mente. Mientras que todos nos podemos poner de acuerdo en general sobre la realidad que señalamos, a menudo el mundo de los sueños es difícil de compartir, todas las sutilezas y sensaciones que nos recorren están llenas de novedad, de una intensa perplejidad que a veces nos hace levantar extrañados de la cama al experimentar que aquello que vivimos corresponde a un mundo único y original de vivencia suprasensible.

Ha sido con una película, "Origen" (2010), de Christopher Nolan, (cuyo título en inglés es "Inception"), con la que este tópico e inacabable tema ha ocupado mis pensamientos. El también director de la genial "Memento" (2000), nos propone en esta fábula onírica la vieja cuestión de si sabemos diferenciar los sueños de la realidad, si ciertamente podemos estar seguros de que esto que vivimos no es en verdad un sueño y que lo otro, la película nocturna, sea la realidad, o al menos igual de legítima que la que constatamos real por convicción mutua, la cordura "cordial" en que nos reconocemos verdaderos. En definitiva, ¿cuál es la línea que separa ambas? y ya, en el terreno metafísico, en el continente especulativo del alma filosófica humana, aparece la gran formulación metafórica que asimila la vida a un sueño y la muerte a la vida verdadera. Al igual que la vigilia acoge cada noche al soñar, igualmente la eternidad (eso que llamamos muerte por ignorar lo que es) pudiera ser esa capa superior que diera lugar a infinitas capas de existencias, reencarnaciones, metempsicosis, etc. En "Matrix" (1999), otro film asimilable a este género, la confrontación con la realidad, ese reto existencial que cuestiona todo aquello que damos por real, también queda puesto sobre la mesa.

En la citada película, "Origen", protagonizada por Leonardo DiCaprio, sus personajes han aprendido a vivir en los sueños, a construir sus escenarios, a llevar a cabo coherentemente sus acciones o a usar este laberinto del inconsciente para extraer o insertar información (ideas) a quienes deseen. A modo de las cajas chinas, esa estructura narrativa cuyo paradigma es "Las mil y una noches", esto es, una historia dentro de otra, encontramos en esta película la novedosa idea de meter un sueño dentro de otro, de ir profundizando en realidades oníricas subyacentes, con el peligro de caer en una especie de abismo, en un limbo, cuya vuelta a la realidad sería imposible, la locura sin más, al perder toda referencia de identidad con la realidad ordinaria. Y es que olvidar el origen supone perder la propia identidad, propiciando una continua búsqueda de ésta, o en algunos casos, imposibilitando el sentido de una búsqueda, al quedar separados de toda referencia certera. Ese origen que las religiones han llamado Dios, lo que somos en verdad, hace pensar que nuestra búsqueda, nuestro anhelo de la verdad, está motivado por la razonable evidencia de que esto no es más que un sueño que nunca podemos dar por cierto a pesar de nuestros intentos de soñar que somos cuerpos inmortales construyendo un paraíso como el niño un castillo de arena en la orilla de la playa, que pronto queda borrado por las olas incesantes. El sueño fue el castillo, pero lo real: las manos que lo crearon. Manos que tampoco son reales, sino una mente cuya creatividad las movía. Un sueño en otro, buscando ver plasmado lo que en esencia ya somos.

Finalmente sabemos que el recorrido termina, que el cuerpo se queda en la tierra y el alma, eso que sueña y que piensa y siente, se nos hace cada vez más urgente de sentido, pues perderla, perder el alma, equivale a morar en ese limbo que nos niega la posibilidad de reconocer la realidad primera que nos justifica. El sueño, entonces, más que una interpretación para la vida, como propusiera Freud, está llegando a ser una interpretación para la muerte, una visión más sutil, abstracta y compleja de un ser despojado de su cuerpo: la gravedad, la materia y todo lo que le ata a lo efímero, a lo que sabe que perecerá. En los sueños viaja lo inconsciente y lo infinito, la mente creadora de realidad, el teatro de la vida desarrollando su función sobre la intangible creatividad del alma. El sueño es vida, conciencia al fin y al cabo teniendo lugar, revelando existencia. Como cuando vemos una película, la visión se proyecta en la mente. ¿Quién creó la proyección? ¿La propia mente? ¿Qué proyección es más real? ¿La de la película o la que cada día se nos presenta al salir a la calle, al mirarnos al espejo o al soplar sobre una vela cuya cera está a punto de consumirse y con ello a punto de dejar de ser vela? Un sueño en otro sueño, así continuamente, buscando y buscando la verdad entre ficciones infinitas. "Dios mueve al jugador y éste, la pieza. / ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza / de polvo y tiempo y sueño y agonías?" Borges soñó esto muchas veces, como muchos otros creadores de ficciones. Sin duda alguna lo que motiva tales obras de ficción es que estos grandes fabuladores no dejaran nunca de sorprenderse de que haya una fábula mayor que la que ellos escriben: la que los escribe.

Diario La Verdad, 02/01/2010

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