domingo, 14 de febrero de 2010

Dialéctica del silencio

La palabra gobierna el mundo entre archipiélagos de silencio, en el inmenso mar de los discursos del hombre quedan retazos inconmovibles de individualidad que construyen mundos paralelos siguiendo las reglas creativas del nacimiento espontáneo. La novela moderna o el cuadro abstracto dan buena muestra del intento de percepción inédita, de la búsqueda de un destello original que aporte al mar de lo mundano una salida o un regreso al cosmos insólito que se expande desde el alma hacia el misterio del ser que habitamos. Incluso la física cuántica sigue esos impulsos antigeómetras, donde la forma no tiene lugar en el tiempo ni en el espacio, sino en la dimensión inhabitada de los fenómenos asincrónicos. Y mientras tanto, cuando las salas de cine o los sueños nos ofrecen esa única posibilidad de salir del espacio inherente, seguimos construyendo en la dimensión de la palabra, de la mente constructiva de lenguajes, oportunas vías de salida a embotaduras terrenales que pervierten la materia de miseria y escepticismo. Es en la experiencia donde el fenómeno vital queda encuadrado, dispuesto en un marco de conjeturas que estiman resolverse conjuntamente a las normas racionales y semánticas que sujeto y predicado permiten. Todo se expande en el marco de lo posible, como una paleta de colores o la vibración sonora de unas cuerdas que asignan la realidad material de un comienzo de creación artística o esencia acariciada.

La palabra, ese sonido que amplifica la realidad del mundo y ansía nombrarlo y conocerlo, tiende un hilo paralelo al silencio inamovible, haciéndonos creer que todo es del verbo, cuando este es precisamente deudor del punto que le ha permitido nacer. Pero la palabra se busca constantemente, utiliza al silencio para combinar y diferenciar los fonemas que den lugar a un balbuceo que nos signifique, que nos otorgue la premisa de decir que somos un nombre que deviene nombrado. Entonces –para nuestra desventura- no conviene equivocarse, porque de ello depende la identidad que adoptemos ante el mundo, sincera o aparentada, identidad a fin de cuentas que pinta el rostro de nuestro destino. Juego ilógico que juega a ser lógico, nombre que olvida su silencio integrador. Estamos así creando la cultura, con estas reglas, a cada instante.

El poeta Octavio Paz visitó a la palabra buscando al silencio, a sabiendas de entenderla como un “fuego que nunca se acaba”; y le dice: “no existes pero vives, / en nuestra angustia habitas / en el fondo vacío del instante”. Una inexistencia que paradójica reaparece sin cese, dando forma al vacío, desordenando a éste en presunta lógica del sentido, trastornando al silencio con rumores interiores que dan luz y sombra a este sueño de apariencias significantes que es la vida. Ese rumor de la palabra parece transportarnos, como Caronte atravesando la no amada laguna Estigia, hacia un Averno dudoso, en camino de lamentos, cuando nos aferramos a ella para entrar al fondo de la verdad que precisamente se bifurca en sus límites intangibles. No faltan razones para el cansancio filosófico de Occidente y su necesaria deconstrucción. Pero al volver al origen desvelamos que toda pregunta supone una renuncia, la de no saber la respuesta. Y lo más importante, que ante la respuesta misma se cruza la más grande renuncia, la más grande entrega: la mirada desnuda hacia la verdad, el viaje sin destino que supone olvidar todo lenguaje para que el espíritu se aproxime a la letra escondida que realmente le nombra. Es cuando nada queda que todo puede ganarse, es cuando el silencio se abre vibrante que el sonido se inventa a sí mismo y suena tal que la misma nube que franquea el cielo, real y pasajera, en ajuste armónico y concreto de sinfonía, única y común en su sustancia a todas las nubes sin nombre que viajan y se borran en alguna parte.

Kierkegaard entendió la existencia como “una realidad que hay que experimentar”, no como un problema en sí, sino como una puerta abierta, donde entrar ya es ganar la respuesta. Siempre queda la entrada al vislumbre de esa realidad no tocada por el nombre que queremos conferirle, perpleja en su ser y renovada por el instante que a todo segundo nace, pues somos pasajeros de una misma esencia, que pasa como la nube pero que vive siempre dentro, como la libertad que hace posible abrir los ojos al paisaje. La libertad de ser todo y nada, de hallar y olvidar lo hallado, de morir y despertar a nuevos hallazgos. La libertad viva, nunca aferrada a la idea que podamos tener de ella. Solamente como algo que surge, incontestable, que nos hace testigos de su constante prodigio de trasportarnos hacia la vida presente, allí donde quiera que estemos. La libertad, como columbrara el verso de Miguel Hernández: “ es algo / que sólo en tus entrañas / bate como el relámpago”. Y es ahí adentro, en esa dialéctica interior del silencio con el hombre que la observa, donde el mundo aparece.

Diario La Verdad, 14/02/2010

viernes, 5 de febrero de 2010

En el comienzo

En el último sonar de las campanas
interiores del alma y de la noche
escuchas al final de las palabras
el torrente ajeno de las voces
que repiten tu nombre
en la mirada
y en los surcos del cielo
y en su cumbre.
La voz que persigues
al dictado y al silencio
se fue con la palabra.
Y no es nada lo que queda
sino el amor y el gesto
imborrable
de todos los comienzos.

domingo, 31 de enero de 2010

Estado de malestar

Como bien ha explicado Norberto Bobbio, el capitalismo individualista, sobe todo a partir de la revolución keynesiana, pasa a convertirse en un Estado de bienestar (Welfare State). Sin duda, ese era el interés primero que la sociedad necesitaría plantear, pues no podía estar sometida a la rueda del trabajo (producción) para subsistir, perdiendo todo una vez que se sale de ella. Quedarían abandonados a su suerte. Por tanto, el Estado de bienestar ha sido un gran logro en una sociedad avanzada, pero que sin duda nos plantea una pregunta determinante, ¿puede el Estado continuamente soportar esta presión cuando el capitalismo individualista sigue actuando por su cuenta, amparado por el citado Estado de bienestar? Es posible que el uno sin el otro no puedan funcionar, que falle el sistema en sí mismo, de momento, sobre todo en los países desarrollados, el sistema (Estado) parece soportar esa gran soledad que deja el capitalismo. No obstante, la pregunta queda en el aire, pues no es de extrañar que tengamos que hacérnosla en otras ocasiones. Esperemos que sólo sea teorizando y no buscando salidas a un problema real.

Claramente, el Estado debe asumir los derechos fundamentales de sus ciudadanos, por ello, la reforma sanitaria en EE.UU no es más que un intento de dar a sus ciudadanos esos derechos fundamentales que le son justos, donde ese capitalismo individualista que todavía sigue forzando la maquinaria del “tanto tienes tanto vales” supone un gran obstáculo en la formación de un Estado de bienestar, que paradójicamente el país más desarrollado del mundo aún no ha diseñado del todo, en un lugar donde millones de dólares se gastan diariamente en conflictos armados, en desarrollar la potencia militar y armamentística. En el siglo en que vivimos el combate no tiene tregua. Y esa tan deseada asistencia sanitaria para todos será también igual de deseable para el que es enviado con un fusil a matar a otros hombres o a que otros hombres le maten. ¿No es como buscar la herida para querer curarla? ¿No falla la causa aunque sea necesario el efecto?

La calamidad de Occidente radica en la prisa, en la ya obscena lucha individualista, en la competividad insolidaria. Una forma de vida que nos aísla y nos traslada a la encrucijada de elegir entre nosotros o el otro, un mandato interior que recuerda a aquella frase de Horace Smith: “La caridad comienza por nosotros mismos, y la mayoría de las veces acaba donde empieza”. Sutil ironía del hombre lanzado hacia una búsqueda de la bondad, en la que solamente haya caridad para sí mismo. En una especie de falacia de la razón que se mueve en el logos de la sinrazón o de la razón alienada, en la dicotomía del poder y el deseo de ser recipiente de esa potestad, trastornando la dádiva en egoísmo receptor. Señaló Heráclito que a los hombres “les pasan inadvertidas cuantas cosas hacen despiertos, del mismo modo que les pasan inadvertidas cuantas hacen mientras duermen”, refiriéndose a que no se toma consciencia de que somos sujeto del logos, es decir, de la razón y de la palabra. Pero, realmente, ese ‘darse cuenta’ ¿ocurre mediante el logos, o es el logos su consecuencia? ¿Será el inconsciente ese recipiente de la incoherencia humana? Un ‘yo’ que vive su aventura como protagonista de un sueño, movido por los acontecimientos, pasiones e instintos, incapaz de tomar distancia, de saberse autor, sin poder optar a reescribir o encarrilar la historia comprendiendo las incoherencias de la trama urdida. Seguramente sería grato un personaje consciente de ese famoso “ne quid nimis” latino, (“de nada demasiado”), actuando con la moderación propia de quien sólo toma lo que le corresponde. Es posible que ello ahorrara prisas innecesarias, en un querer llegar siempre no llegando, solamente pasando día a día por las incongruencias del deseo insatisfecho.

Más allá de todo hay una necesidad vital, la de sobrevivir, que parece nunca terminar para la mayoría de los mortales, trocando en triste broma el sistema que hemos creado o que nos ha creado. Así pues, la vida puede convertirse en pura supervivencia acosada por un ritmo frenético, y ya el hombre cansado, como César Vallejo escribiera, confiesa: “Todos los días amanezco a ciegas / a trabajar para vivir; y tomo el desayuno, / sin probar ni gota de él, todas las mañanas.” Lentamente van pasando los días y el tiempo nos gana la carrera, cuando ya ni siquiera podemos –sin motivo alguno- detenernos en él.

Diario La Verdad, 31/01/2010

miércoles, 20 de enero de 2010

Bereshit

Quedaron usadas, gastadas las horas
y el libro abierto, como flor
en un jardín de nadie. ¡Deprisa,
la noche no llegará si la palabra última
vence al ocaso!
La luz que recorre el mundo
es una sílaba despierta,
una letra que has encendido
como vela en medio de lo oscuro,
en lo más profundo del alma
donde duermen los silencios
y las voces de este sueño
nacido de un vientre sin origen.
Quedaron historias por descifrar,
el resplandor del beso, la semilla
que inocente asciende a su cielo,
el amor que se fue y busca su regreso,
un poema que se hace vida al cantarlo
como luz que al ser vista se estremece.
Una rosa, un pétalo, un océano…
Un mar extranjero que navegar entre letras
cada noche, en cada palabra, en cada historia.

domingo, 17 de enero de 2010

El temblor del silencio

“Cada flor es un silencio”, escribió Juan Eduardo Cirlot en lírica surrealista. Posiblemente ese silencio fuese el del asombro ante la muda y completa unión con lo observado, o tal vez la comprensión del pájaro triste que todo lo sobrevuela, menos sus propias alas. Pues es la vida una esencia que se nos va, continuamente, sin que nunca podamos confirmar qué tienen de verdad las cosas vistas. La forma es la expresión de la esencia, la primera nace y se extingue en un abrir y cerrar de ojos, la segunda nos acompaña siempre, en un irse quedando. La tragedia es una de esas amargas esencias que se presenta en distintas formas, que nos recorre la vida cuando lo desea sin pedir permiso. Así, ante esa paradójica libertad que nos oprime, que consiste en ser una posibilidad a pesar de los presagios y el fatum, surge la angustia, en los términos de Kierkegaard, como vértigo ante una realidad abierta al todo o a la nada.

Hemos visto, con la tragedia de Haití, que un terremoto puede desquebrajar la tierra y todo lo que sobre ella vive y acontece, que en un suspiro el mundo se viene abajo y quedan bajo los pies –ente huellas y lágrimas- las ruinas de un naufragio insolente, añadiendo más pobreza a la pobreza, más miseria a la miseria, lloviendo sobre mojado. Y también es desolador que haya de ocurrir algo de estas terribles magnitudes para que los países desarrollados focalicen con urgencia su humanitaria atención hacia esta tragedia, cuando allí la tragedia viene siendo algo cotidiano desde hace mucho tiempo. Se miró hacia otro lado cuando Duvalier asesinó, saqueó, silenció y torturó a su pueblo, en uno de tantos reinados del terror a los que la humanidad no ha tenido más remedio que acostumbrarse. Se calcularon más de treinta mil personas asesinadas durante el mandato de este dictador haitiano, dejando a su país como el más pobre de América.

Una línea marca el abismo entre la opulencia y la pobreza, esto es, entre República Dominicana y Haití. Una línea, pues de este tipo de distinciones se forjan las sociedades, marca el abismo entre la vida y la muerte, entre los destinados al exceso y los que viven y mueren en la carencia absoluta. Entre una sociedad hipnotizada por el consumo, los espejos del individualismo capitalista y la desolación -aquí sí que la frase de Heidegger cobra más contundencia- del “ser para la muerte”. Pero quizá sea añadir más palabras vacías a un problema latente por el que poco se trabaja para solucionar, y del que de vez en cuando se habla en titulares televisivos entre pausa y pausa publicitaria. Fue Michel de Montaigne quien observó que “cada hombre encierra la forma entera de la condición humana”, por eso todo parece en ocasiones un eterno retorno. Los mismos conflictos, infamias, tierras baldías, encrucijadas morales, llantos impasibles… La misma esencia con distintas máscaras, otras formas para enfrentarnos a la misma lección no aprendida del hombre frente al hombre, como seres extranjeros de la humanidad que comparten. De nada sirvieron ni servirán las utopías si nunca es puesta la primera piedra, o si esta es puesta con el egoísmo por delante. Ahora cuando –más que nunca- poner una piedra conlleva hipotecar el alma y el desahucio está a la vuelta de la esquina, en esta otra catástrofe, más sutil, que también sufren los pobres entre los ricos, los extranjeros entre los extraños en un mundo de nadie, salvo del dinero. ¿Cuánto vale el alma humana si no puede dar forma a su esencia, si le hemos puesto precio antes de ser fabricada?

Entre la belleza paradisíaca una tierra desolada, quebrada. Entre el arduo intento diario de sobrevivir un temblor de desesperanza sacudiendo vidas, lazos humanos, humildes techos ahora abatidos por las sombras de la incertidumbre y un terror de ecos apocalípticos. Una forma letal de esa esencia indeseable que llamamos dolor, la esencia que el hombre arrastra desde que es hombre. ¿Qué palabras quedan por decirse todavía? A veces la libertad nos lleva a la impotencia como la flor al silencio. Y entonces sólo queda esperar a que pase la tormenta, para empezar desde cero a construir la esperanza. Y mientras tanto, como escribiese Rilke, “la imagen / de la bella creación reposa y se deshace en llanto” dentro de nosotros.

Diario La Verdad, 17/01/2010

domingo, 3 de enero de 2010

Nada nuevo bajo el sol

“Nada nuevo bajo el sol”, esta cita bíblica del Eclesiastés (1:9) bien puede ayudarnos a reconocer que un viejo año suele apagarse con la rutina que acostumbra, entre hábitos atávicos y supersticiones que nuestra cultura va sembrando con el fin de dar un sentido al paso del tiempo. Algunos años quizá merezcan ser olvidados, pero no por ello no aprendidos. No hay mejor predicción, aseguran los cabalistas, que el conocimiento del pasado. Recordando lo que ya pasó en circunstancias similares evitaremos nuevos daños innecesarios. Es un principio fundamental de toda sabiduría, es decir, de todo sentido común.

El pasado y el presente, como intuyera T.S. Eliot, “se hallan, tal vez, presentes en el tiempo futuro”, y lo que quizá sea más interesante: “el futuro incluido en el tiempo pasado”. Toda lógica del devenir atestigua que allí a donde vamos en cierta manera es ya nuestro, pues es el suceder una continuidad íntima que día tras día atesoramos. Un tesoro, sí, el del tiempo que nos deja, sin prisa pero sin pausa, y al que dejamos, con más pausa que prisa. Porque todo irse es un comienzo, pero también triste despedida. ¿Adónde irá todo lo ganado, y también, por qué no, todo lo perdido? Todo lo que ha sido y no fue, o lo que fue y ya nunca más será. En definitiva, todo es lo mismo, o eso parece en la memoria del olvido, en la borrosa mirada a los antaños que una vez vivimos. Pero el luminoso tiempo nos perpetúa en el presente, como estatuas solemnes que soportan sus propios vestigios y los ajenos, con la esperanza a cuestas, amiga inseparable de la vida, sobre todo, en tiempos de tormentas. Y va quedando un agridulce sabor cuando avistamos esa tormenta antes del trueno inaugural, cuando “la mucha sabiduría”, lo dice también el Eclesiastés (1:18), “añade dolor”, antes de que todo se mude y se mueva como impone el presente cuando llega, sin tiempo para remembranzas, con la lección aprendida y el resonante murmullo que apresura su consejo de no volver a equivocarnos. Y todo vuelve a ser como era, una tormenta en el desierto, y la vida haciéndose a cada paso, imprevisible, a pesar de tantos comienzos.

Un bello misterio, sin embargo, cuando todo queda entrelazado por un solo canto, un recuerdo quizá que nos avisa de la posibilidad que sucede a la incertidumbre, del siempre buscado soplo de esperanza que culmine -y venza a- la tragedia. ¿Qué fue y qué quedó después de tanto, después de nada? “Después de tanto todo para nada”, en verso de José Hierro. Quedó un lugar que fue el todo, un mismo escenario –esta vida-, quedó un tiempo, una parte de la obra. Como una rosa que no envejece nunca, así es el espacio de la memoria, ese tiempo sin tiempo, en un continuo presente, que se sueña transformándose según sus secretas conveniencias. Algo irredimible o no, que es nuestro a fin de cuentas, como el cuadro que posa en la pared desnuda, dialogando con las sombras, en su perfección de nadie. Y concebimos –a pesar del recuerdo- que todo placer queda envuelto por una esencia secreta que lo hace irremplazable.

Tiempo y espacio, como nos mostró Einstein, son entelequias si se ven cada uno por separado. Conceptos que aislados el uno del otro “están destinados a desvanecerse en meras sombras”. Y quizá también juntos. Aunque sombras, al menos, que siguen nuestros pasos. Pues, ¿acaso no es la realidad una construcción mental?, ¿un lenguaje motivado por sus propias intenciones? “¡Ah de la vida! ... ¿Nadie me responde?”, exclama y pregunta en verso agotado Francisco de Quevedo. Siente que todo se esfuma, que apenas le duró el tiempo… y se agota de sus sombras. Cuántas formas para un mismo canto, cuantas voces ensamblando la polifonía del espíritu en la materia abstracta de un Occidente agotado de ser, siempre. No obstante, resonarán jóvenes los cantos de la albada, la mirada dispuesta al futuro y su conquista, en la esperanza, en el amanecer, en el cambio que merece tanta tierra baldía, desgastada por el tiempo enemigo que olvida a sus caminantes, porque no sabe esperarles. A pesar de todo, deducimos que un nuevo amanecer siempre habrá de convocarnos, suele ser así, para nuestra suerte. Y esto lo sabemos porque no hay “nada nuevo bajo el sol”. Salvo el fresco aliento del próximo instante.
Diario La Verdad, 03/01/2010

jueves, 31 de diciembre de 2009

lunes, 28 de diciembre de 2009

Agonía

Cuerpo de amor, señal de vida
que viste de astros la materia dormida,
el frío enfrentado de la ausencia,
la triste y enajenada dolencia
donde reposa el alma suspendida.
Es el tiempo, continuidad insobornable
que arrasa o silencia el aire que nos crea,
que da forma cautiva al mañana constante
y asedios de amor allí donde el alma sea.
Es el tiempo, esa luz que ciega todo, inquebrantable.

domingo, 20 de diciembre de 2009

En defensa de la paz

Quizá sea un canto demasiado arduo el que entone el sueño de la paz entre los hombres, pero merece la pena ir afinando las voces y no las armas de la guerra. Sin embargo, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, en su discurso al momento de recibir el premio Nobel de la Paz, pronunció unas palabras ambiguas, cargadas de contradicciones en su intento de dar legitimidad y lógica a las acciones de la guerra. Condenando la “tragedia humana” que cualquier guerra promete también aseguró que “los instrumentos de la guerra tienen un rol a jugar en la preservación de la paz”. No cabía esperar –no obstante- otras palabras de quien gobierna la nación más poderosa del mundo, económica y militarmente. Es posible que en estos tiempos complejos no sea acertado pedirle a Obama que argumentase de forma distinta, ni tampoco premiarle por sus argumentos. Es posible que la defensa de la paz haya de nacer, desarrollarse y propagarse en el germen de la sociedad y no en los que ostentan nada más que la voz espejo del sistema. Es posible que la comprensión de la paz y la no-violencia deba ser trasladada de padres a hijos, de amigo a amigo, de corazón a corazón y no en discursos multitudinarios destinados a dar más opio ideológico al pueblo desorientado en sus valores esenciales. La enseñanza y práctica de los valores pacíficos, el sistema educativo mismo, habrá de ser semilla para un futuro más consciente de los contras de la violencia y pros de la paz. De todos es la responsabilidad de alcanzar una sociedad pacífica, solidaria y humanitaria. De fomentar una cultura de la paz y la fraternidad mutua (como en China soñase Mozi; o Cristo, Buda, Gandhi y tantos otros) y no del odio y el terror entre los seres humanos. Gandhi apuntó que era “un progreso muy lento”, el que la no-violencia (ahimsa en sánscrito) conlleva, pero sin duda “el camino más acertado para una meta común”. La Historia nos dice que el hombre lleva en sí la semilla del amor antes que la del odio, si no posiblemente ya no estaríamos aquí desde hace mucho tiempo.

Es en esa dialéctica de la convivencia entre los seres humanos donde la identidad social cobra una legitimidad moral que marca los designios vitales de un pueblo. Es seguro, como afirmó Obama, que “un movimiento no-violento no podría haber detenido a los ejércitos de Hitler”, pero también es verdad que cualquier Hitler puede impedirse antes de que sea demasiado tarde, si su pueblo no pierde el sentido de la causa cívica, de los valores éticos por encima de la sinrazón despótica, violenta y autodestructiva. Conviene a un pueblo no perder el rumbo racional que lo mantiene alejado de unos límites que no deben traspasarse nunca. Resulta así trágico y peligroso escuchar ciertos discursos y dialécticas agresivas, de enfrentamiento y crispación arrojadas por el arma, también letal si se usa letalmente, del lenguaje. Arma que los políticos arrojan con demasiada frecuencia, trasladando el mismo enfrentamiento a las calles, sembrando sonidos de ira que resuenan tristemente entre la impotencia y la desesperanza de un alma colectiva desubicada.

Otro presidente de EE.UU., J.F. Kennedy, exclamó la necesidad de establecer un final para la guerra antes de que ésta establezca un fin para la humanidad. Thomas Mann la vio como “una salida cobarde a los problemas de la paz”, un estallido impotente ante el gran reto que la convivencia y el respeto mutuo nos exigen. ¿Quién no es capaz, ni siguiera, de estar en paz consigo mismo? ¿Quién, en esa lucha interior, puede conocer el significado de la paz verdadera? Partiendo de la conciencia, del sentido común que otorga un saber vivir que nos es necesario ahora más que nunca, podremos reconciliarnos con las sombras que habitan los espectros del odio, la codicia o la radical necesidad de no entender que todos somos igualmente imprescindibles en este arduo camino de la transmisión de significado al devenir humano. Ahora más que nunca, cobran sentido aquellas palabras de Gandhi: “La dignidad humana exige que el hombre se refiera a una ley superior que haga vibrar la fuerza del espíritu”.

Diario La Verdad, 20/12/2009

lunes, 14 de diciembre de 2009

domingo, 6 de diciembre de 2009

Las puertas de la percepción

El arte siempre supone un reflejo de la realidad, una forma elaborada de aquello que se nos presenta sin forma, cambiante, en la vida. Una apariencia -acaso- que nunca deja de ser eludible, pues todo acontecer refiere una información que pasará a un procesamiento obligado, automático, de la mente, para crear la forma de lo visto en el interior de la conciencia. Tal y como propuso William Blake –y le siguió en ello Huxley- conviene abrir pues las puertas de la percepción para así dar cabida a la amplia realidad que nos sucede, aquella que siempre ha de pasar por nosotros. Si los sentidos están abiertos, si la mente no mira para otro lado y se entrega a lo que la realidad ha de decirle, el hombre puede estar dispuesto a adquirir el desafío de comprender, verdaderamente, lo que el mundo solloza o canta o simplemente calla.

En el arte este mundo queda codificado, envuelto como un regalo, para que su destinatario múltiple lo abra y averigüe el mensaje que da sentido a su sentido. Es una verdad todo lo que nos rodea, una impresión o una idea, un sentir o un pensar, en la manera que advirtió David Hume, viendo que la percepción era “todo aquello que pueda estar presente en el espíritu”. Es así como la ciencia también aceptó sus desafíos, tratando de objetivar lo que en principio pudiera parecer subjetivo, así como también el arte juega su partida con la realidad, dando color a sus -en ocasiones- grises nubes de espanto. Un cuadro de la muerte, de la locura, del hombre crucificado en pos de un mensaje de hermandad universal, las largas horas de meditación de un Buda que predicó la posibilidad del cese del sufrimiento con su silencio, lúcido y activo, pero inmensamente sereno. Todo ello nos habla de nosotros y del rumbo incierto que nos arrastra hacia el futuro. Hay arte en el cosmos, en el átomo, en el ADN de Adán y en las innumerables cifras imposibles que relatan una historia de infamias y milagros. Pablo Picasso observó que “el arte es una mentira que nos acerca a la verdad”, una mentira muy real cuando nos llega tan adentro que a partir de entonces miramos el mundo ya con otros ojos.

De libros y otros símbolos se forja el mundo interior del hombre, el rostro intransferible que recorre su destino bajo el compás urgente que va marcando la búsqueda de sí mismo. El valor de los libros, más allá de su artificio estético, es su conducción –ya lo dijo Herman Hesse- a la vida, y la utilidad que ellos otorgan a ésta. No por ello el arte habrá de dividirse en útil e inútil, en social y burgués o autocomplaciente, sino que todos traducen la vida en lenguajes distintos, pero con el mismo corazón del puño que les dio vida, es así que llamamos “ciencias del espíritu” –lo acuñó Dilthey- al pulso creador de estéticas vitales.

No es relativismo nihilista cuando el hombre se interroga y pone en cuestión los dogmas preestablecidos, las creencias que le impone su cultura o su tribu. Acaso las religiones se han olvidado de la propia raíz de su palabra, y se empeñan, en consecuencia, en desunir al hombre que busca unirse con todos, tratando de comprender en vez de negar y cerrar los ojos a la vivencia ajena. Ahí el llamado determinismo se congela en su distante compasión y reniega de sus valores más profundos y originales, olvidando su identidad, enterrándola en la historia de la intolerancia. Amar al prójimo como a uno mismo no es una frase hecha sino todo un desafío que nos pone a prueba día a día y nos insta a no enfrentar al mismo corazón que late bajo el cielo de los hombres. Si abrimos las puertas de las percepción con el valor que impone dejar de ser jueces o verdugos para empezar a ser simples espectadores y colaboradores de la trama, haremos de esta obra un relato que depare –sin duda alguna- un final feliz.

Diario La Verdad, 6/12/2009

martes, 1 de diciembre de 2009

Noche y día

Los ojos del sol te miran de repente
y te dicen que hay vida tras de ellos.
Y la noche se hace espacio donde naces
con la señal de tu origen clavada
en la conciencia.
Sabes –descubres, quizá ahora-
que eres eterno y de nadie,
que la luz te pertenece.

Los ojos del sol te miran de repente
y miras tú a la noche que ya el día
no oscurece. Y todo se funde
en un blanco constante
donde ya nada –por mucho
que lo quieras-
te pertenece.

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