domingo, 19 de diciembre de 2010

Hacia un mundo sostenible

La complejidad del mundo va en aumento. Así le parecerá a quien intente comprender las circunstancias de su presente y los retos que plantea el futuro. El primero, la viabilidad de su continuidad, su sostenibilidad. Una palabra que refleja planteamientos realistas sobre los modos de vida del presente y la posibilidad de un desarrollo óptimo entre el ser humano y su mundo. ¿Qué es lo que hay que "sostener"?, nos preguntaremos. Sin duda, la vida misma, no solo la propia de nuestra especie, sino la vida en el planeta, la vida y el bienestar de la tierra, es decir, la naturaleza. Eso que somos. Eso que estamos olvidando que somos. El hombre vive cada vez más ajeno a sus circunstancias naturales, en un mundo paralelo y artificial, en un circuito "inhumano" de sobreexplotación de los recursos que posee, empezando por la sobreexplotacion hacia él mismo. El ritmo de la vida se ha acelerado drásticamente en los últimos cien años, desde el incremento masivo de la población humana hasta la organización vertiginosa de su tiempo. Si el hombre va más rápido que la naturaleza, si la usa como un fin para sí mismo dando la espalda a su ritmo: el tiempo que necesita para respirar y ser plena, indudablemente, lo único que logramos es ahogar, anegar, aquello que nos provee y cobija. Gaya necesita un respiro y -sobre todo- un sincero y más paciente cuidado por parte de sus hijos.

El afán explotador siempre se vuelve contra quien lo proyecta, como un bumerán de afiladas puntas. De la "revolución industrial" pasamos ahora a una "revolución ambiental". El "cambio climático" amenaza este futuro sin que se proclame más solución que ninguna, esto es, seguir como estamos, pero más rápido, más brutalmente. No nos engañemos, nada está cambiando, casi nada está mejorando. Las buenas intenciones, como la apuesta por las energías renovables, son abandonadas si el negocio no sale rentable. El mercado financiero se ha convertido en el espejo de la salud de una civilización y esa es la engañosa empresa de una sociedad que solo invierte en ella misma a fondo perdido. Para Marx, la realidad material tuvo su metáfora en el dinero y desde entonces esa es la triste poesía que heredamos día a día. Marx hizo la radiografía de un problema y ésta se convirtió en el paradigma de una nueva religión: el capitalismo.

Una sociedad que no pone en cuestión el mundo -y modo- en que vive -que es incapaz de someter a juicio todo lo que se le ha dado por válido- está abocada a un sometimiento espiritual tan silencioso que ni siquiera sabrá reconocerse como lo que es: el problema principal. Problema cuya solución se encuentra en ella misma. Escasea la participación, el interés por buscar soluciones, por cultivar una inteligencia para el cambio, y aprovechándose de ello, el poder sirve en bandeja sus anestesias para mantenernos dormidos frente a nosotros, frente al mundo y frente a los otros. El hombre al que aludimos, alterado por su separación de sí (que Hegel llamaría "conciencia infeliz"), sobreexplotado por el ritmo frenético y deficitario de la existencia actual, la cual no le pertenece, despertará en su conjunto o en su mayoría, queremos suponer, más temprano que tarde, de este sueño trágico de la evasión de sus rasgos genuinos: la inteligencia; y con ello la búsqueda y hallazgo del sentido a su vida, superponiendo la esperanza y la voluntad frente a las adversidades que refrenan el ímpetu renovador.

Cerrar los ojos a lo que somos no evita el problema, sino que lo enmudece e incrementa agónico y escondido, a falta de una mecha que lo estalle, irremediable. Esa fragmentación del sentido y la consecuente pérdida de cambios sensibles, ausente el principio activo de los valores humanos potenciales, siembra el paradigma de los problemas actuales (un futuro insostenible), ambientado por la escasez de recursos propios -intelectivos, emocionales- capaces de refrenar y redirigir la escasez espiritual de una sociedad en el ámbito material de su mundo concreto. Desde Freud la psicopatología se explica como un estado natural del hombre, su neurosis o déficit existencial prefigura el mapa de sus aspiraciones. Y la materia no sacia nunca el hambre del espíritu, por mucho que queramos sacar de ella. Conviene, pues, avivar esa vuelta de tuerca que relegue al hombre autómata y alienado, que sólo avista una felicidad material ilusoria y egocéntrica, reclamando al hombre real, al que es como prototipo de sus cualidades: la persona creativa, capaz de superarse y de crecer en la coherente búsqueda de su identidad esencial y altruista. Eso es la cultura, la riqueza espiritual sin nombre ni apellidos, solamente humana. De este modo, evocando a Emerson, el hombre se trasciende a sí mismo y se hace uno con todos, sin separarse de nada ni de nadie. Sólo así podrá sostenerse y ser sostenible: elevándose por encima de sus limitaciones, viviendo de cara a sus retos y profundas aspiraciones. No guardando para sí, sino dando lo que tiene para ganar todos con ello.

Diario La Verdad, 19/12/2010

1 comentario:

Charo Bustos Cruz dijo...

Gracias por regalarme el placer de leerte...

FELIZ NAVIDAD!!!! BESOS Y ABRAZOS
DE LUZ Y AMOR ❥✫✫✫...¸.•°*”˜˜”*°•.ƸӜƷ
❥✫✫..¸.•°*”˜˜”*°•.ƸӜƷ
❥✫..•°*”˜˜”*°•.ƸӜƷ

_Charo Bustos Cruz_

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