lunes, 4 de junio de 2007

El ser sensible del siglo XIX+2


¿Por qué son los burgueses –siempre se ha dicho- las personas más sensibles, aquellos que no tendrían por qué conocer el sufrimiento? Ellos, incuso el público burgués, son los sensibles. Los que ponen los rostros adecuados de la sensibilidad. Unos, naturales. Otros, aprendidos. Imitar un sentimiento es acaso sentirlo, sufrir su imposibilidad, reconocer el fenómeno, también existente, de la insensibilidad. Poner el rostro adecuado de la sensibilidad significa volverse burgués, aunque no refinado.

La insensibilidad no duele, acaso sí. La insensibilidad puede rozar la sensibilidad de un ser sensible y hacerle sufrir. La insensibilidad sensibiliza. Pero lo sensible puede revolcarse, volver desensibilizado. El golpe es mortal. Adecuado. Necesario para la vida. Pero doloroso. El ser sensible es aquel que tiene tiempo para morir.

Pero el ser sensible también vive el mundo y por eso, aprende a desensibilizarse del mundo, para agarrar todo el pragmatismo tan necesario de nuestro tiempo si se desea sobrevivir. Las sociedades imponen su razón y el hombre las acata porque es su deber como hombre aunque sin un sentido nacido individualmente sino como consecuencia nada más que de su carácter. Unos sobreviven, otros sucumben. Algunos equilibran y sitúan al arte, pensamiento, humanidades, etc, como el simulacro de su vida. También es un simulacro la televisión e Internet, es decir, todo lo que nos dé vida para continuar con la muerte. Nos hemos acostumbrado a quitar trascendencia a la vida y ver su discurso trascendente sobre etiquetas estéticas, bien modeladas, quizá para que nos hagan menos daño.

Los jóvenes tienen un teléfono móvil. Esta afirmación es casi una regla. Ellos lo han inventado, esto es, sus necesidades. Los jóvenes tienen Internet. Ellos lo han inventado, es decir, sus necesidades. Nada tiene una sinrazón, todo tiene un porqué. La tecnología busca calmar el alma así como la cultura. Pero, ¿cómo?, ¿tienen alma los jóvenes?

Quizá no interese la propuesta. Quizá interese la seguridad del superhombre, el dolor teatralizado y la muerte pospuesta. La vida se convierte así en un dejar para luego lo más importante, y el alma, esa que no existe, deja totalmente de existir, quemándose en las cenizas de su silencio.

¿Por qué tanto pesimismo?, ¿Cuál es la razón de ello?, ¿Una necesidad posmoderna?

Sólo un consejo. El arte cura pero su curación no es pragmática. Dicen que una lágrima es mejor que esconder el sufrimiento, pero ¿es acaso el arte una lágrima que sale de nosotros? El arte reconoce la imposibilidad. El mundo posible es un eco que sólo podrá ser mirado con optimismo por los ojos de un Sancho Panza quijotizado. Es decir, el loco es el cuerdo y su cordura es la razón de su sufrimiento. Hay siglos de soledad, siglos como el nuestro. Hay siglos en que todo lo oscuro de su pasado sirvió para mostrar la evidencia de que hay juegos reales que han perdido su razón de ser. Juguemos al simulacro, inmolémonos sin ser verdaderamente nosotros, hagamos lo que somos, pero sin ser.

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