domingo, 12 de febrero de 2012

Arte y vida, cruce de caminos

En la confluencia de dos caminos uno advierte que su destino era el mismo. Quizá vuelvan a separarse y ya jamás se crucen, pero tuvieron en común un lugar que ya por siempre los hace interdependientes. Así es el arte y la vida, dos dimensiones conectadas, casi –en ocasiones- indistinguibles. Un ejemplo de esta intersección existencial puede ser representado por el símbolo de la cruz, donde lo aparentemente opuesto, lo vertical y lo  horizontal, yin y yang, se juntan formando una sola figura: y lo que podrían ser líneas aisladas, separadas sin tocarse hasta el infinito en caminos paralelos, son así líneas infinitamente halladas. Esta es la magia suprema del cruce de caminos, del encuentro o de la sincronía que prefija el destino para el suceso extraordinario, ese con el que cuentan todas las vidas y que de alguna forma es capaz de infundir un sentido metafísico al devenir cotidiano. La cruz, una vez que ese matrimonio de líneas ha tenido lugar, ya es por siempre una sola figura, unidad indivisible (nacida aparentemente de una lógica dualidad espacial). El arte y la vida, del mismo modo, han surgido para ser en comunión y ambos tienen su razón de ser en el resultado de su combinación. “Cruz” significa “luz del Gran Fuego”, expresión que representa un motivo visual cargado de energía y simbolismo; y la famosa cruz ansada egipcia podría traducirse –en el sistema jeroglífico- por “vida” y “vivir”. En el “Timeo” de Platón “el demiurgo vuelve a unir las partes del alma del mundo, mediante dos suturas que tienen la forma de una cruz de San Andrés”, escribe Juan Eduardo Cirlot en su “Diccionario de símbolos”. A menudo, nos dice el mismo autor, la cruz tiene la forma T, “para resaltar más la oposición casi igualada de dos principios contrarios”. T ésta que se corresponde con la primera letra del apellido del pintor catalán Antoni Tàpies, recientemente fallecido, quien a menudo también trazaba en sus cuadros una cruz o una T. 

La cruz ha sido lo que más me ha fascinado siempre de las pinturas de Tàpies, representando un auténtico misterio, una evocación o una especie de clave que pedía resolverse en los ojos intuitivos del que contempla la obra. Pero nunca me detuve demasiado en hacer interpretaciones de sus trabajos (en resolver y desmitificar el enigma), prefería quedarme capturado por ese silencio místico o inusual rapto a la manera de Santa Teresa que conformaba la primera impresión, el primer contacto con el trazo sensorial y desértico expuesto en la materia. Observar el firmamento pictórico de Tàpies pone al espectador sincero –el que mira con el corazón desnudo- frente a la imposibilidad del decir, arrebatado su intelecto frente a un escenario que representa el momento detenido, lo más semejante al vacío. El poeta José ángel Valente, quien creo que mejor lo interpretó (o quien mejor tradujo en palabras los discursos de luz callada del pintor barcelonés) dice que el arte de Tàpies tiene “la textura de la meditación”, de donde emerge la “contemplación de la materia” como una auténtica “experiencia de la unificación”, contemplación que es siempre una profunda interiorización, un viaje hacia el centro del espíritu, de la iluminación. Muchas de sus obras respiran una quietud búdica que estéticamente llama al éxtasis, al nirvana, a la disolución del que contempla con lo contemplado. 

Crear arte, que como dijimos es lo mismo que vivir, supone respirar plena y receptivamente el momento de la creación, cosa que también advierte Valente (“Crear es generar un estado de disponibilidad, en el que la primera cosa creada es el vacío.”) Uno se queda abierto y absorto, dispuesto, dejando que la creación pase por él: esperando a que la creación misma le respire o le penetre. El creador es canal de lo que pueda suceder en el momento sublime de la creación y éste sabe que más allá de la forma hay un silencio que es padre natural de lo que allí nazca. Silencio como el papel en blanco para el poeta, como el lienzo desnudo esperando a vestirse con los ropajes sensoriales, espirituales del dibujante. Silencio que es trasfondo y paisaje por el que pasan los caminos que se juntan en cruz. El artista pacta con la materia retratar su verdadera imagen: el espíritu que la anima. Puede decirse que el artista contempló un día la creación ardiendo en su mirada y la plasmó en los confines de la nada: pues es ahí de donde proviene todo arte, del silencio creador, del caos ordenándose, del contacto poético con la materia, apabullante secreto del vivir, que al tiempo que nos nombra mortales nos hace sentirnos dioses completos y sin nombre frente a la obra de arte.

Diario La Verdad, 12/02/2012

domingo, 29 de enero de 2012

Cultura libre

El cierre de la página web “Megaupload” -dedicada al alojamiento de archivos- por parte del F.B.I., ha generado una gran polémica entre los internautas, quienes por razones obvias simpatizan con la “descarga libre”. Por medio de este -y otros portales virtuales- muchos usuarios podían “bajarse” películas, música y todo tipo de contenidos de forma gratuita no sólo en EE.UU., sino en todo el mundo, aunque la mayoría de ellos tuviera derechos de autor. Más allá de razones jurídicas discutibles, esta cuestión suscita una reflexión más extensa en sus implicaciones sociales. En primer lugar entra en cuestión la libertad “virtual” que ha de primar en Internet como un derecho a salvaguardar. La propiedad privada o personal (material o intelectual) ha sido el cordón umbilical que el neoliberalismo jamás ha cortado con el fin de mantener su subsistencia. Ya denunciado por Marx y por buena parte del pensamiento socialista, la propiedad individual ha marcado el grado principal de diferenciación entre las personas, así como la raíz de multitud de conflictos. Filosóficamente, metafísicamente incluso, el hombre es dueño de su cuerpo y de su alma, él la dirige y mantiene y a él, parece ser, le pertenece. En Occidente esto lo sabemos perfectamente desde Aristóteles, aunque en Oriente existe una cultura colectivista en la que el grupo suele prevalecer sobre el interés individual. No obstante, es históricamente común el afán de posesión del ser humano.

La otra importante cuestión se refiere de forma más concreta a la cultura y a si medidas como la “censura” en Internet acotan la riqueza cultural humana que, más allá de quién la elabore, pertenece a todos. Todo artista proclama que su obra, una vez terminada, no le pertenece. Incluso hasta hace no mucho las obras no se firmaban. La “Odisea” era cantada por -y pertenecía a- todos los griegos. El autor del Lazarillo no puso su firma al terminar de contar las aventuras de aquel joven pícaro nacido en el Tormes. La Historia de la Literatura no es más- afirmó Borges, citando a Valéry- que la Historia del Espíritu. (Un texto de Borges: “Pierre Menard, autor del Quijote”, inaugura el posmodernismo con una irónica y “memorable” ontología de la autoría). ¿De quién, entonces, es el “copyright”? Sin embargo, la postura aquí defendida no es la de que el artista no pueda vivir de “su” obra, pues de otro modo, ¿quién querría ser artista? o ¿quién siéndolo, podría permitirse el lujo de hacerlo por “amor al arte”? El tema es que si la cultura, como decimos, representa el patrimonio y el alma humana; un gobierno, que es la representación de la soberanía popular, ha de defender, divulgar y patrocinar la cultura y a sus productores, como un derecho y una obligación ética, social y política. A fin de cuentas, todo el dinero que generan en publicidad a través de Internet las subidas y bajadas de archivos podría sufragar perfectamente los gastos de todos los artistas del mundo. Pero sospechamos que son otros los que ven peligrar sus intereses, no los artistas. Acortar la libertad cultural, que es impedir el libre acceso a las obras creativas, hechas para enriquecer al ser humano, intelectual y sensiblemente, es acotar su libertad “individual”, impedir su desarrollo vital.

El siglo XXI, si no lo impedimos, puede ser un siglo afanado en ir acortando día tras día lo público –paradójicamente- como principal propósito político. Privatizar significa restringir, declarar que algo no te pertenece, obligándote en consecuencia a pagar por ello. Ese es el gran comodín del capitalismo. La cosa pública siempre sonó a utopía, la cosa privada a distopía. Y nuestro deber para con la utopía es caminar hacia ella. La ciudad, el gran espacio público de convivencia, se ha convertido en un horizonte de soledades tan frío como el universo nuestro en expansión. Ya lo escribió Thoreau hace más de siglo  y medio: “Vida ciudadana: millones de seres viviendo juntos en soledad”. Ese frío tan unido connotativamente a la soledad lo marca el hecho de que el afán de posesión pone de manifiesto la incapacidad de compartir. De lo que es difícil ser dueño en estos tiempos es de un propósito común y solidario. Porque todos somos extraños en un mundo constantemente en venta. El sueño de la propiedad privada, el espejismo de la posesión de algo, ausenta a los hombres de su más legítima posesión: ellos mismos. Y en el fondo, nadie es dueño ni de sí mismo. Si la esencia de la cultura es la libertad y ésta es la esencia de la vida, ¿quién puede poseerla? ¿Quién puede ser dueño de la libertad? A nosotros nos queda el privilegio único y pleno de amarla, de salvaguardarla para todos. “Blanca te quiero, / como flor de azahares / sobre la tierra. Pero no mía. / Pero no mía / ni de Dios ni de nadie / ni tuya siquiera”. (Escribió Agustín García Calvo en su célebre poema “Libre te quiero”). Así es la libertad.

Diario La Verdad, 29 de enero de 2012 

viernes, 27 de enero de 2012

Aporía del inmortal


Quiso hacer la cuenta de los siglos
que le quedaban para alcanzar
al fin la eternidad.
Y en ese mismo instante
un súbito silencio le llamó:
era la muerte. 

domingo, 15 de enero de 2012

Pronósticos para 2012



A estas alturas del siglo XXI, cuando la sombra del XX sigue siendo demasiado alargada, se da en muchas personas la curiosa sensación de que el tiempo pasa más rápido de lo normal, cosa que algunos atribuyen al aumento de las “ondas Schumann”, algo así como las vibraciones que emite la Tierra y que van sincronizadas con las de nuestro cerebro. A este respecto caben multitud de teorías conspirativas que afirman que este aumento es realizado de forma voluntaria por aquellos que mueven los hilos en la sombra. También podría deberse a la creciente contaminación de nuestro planeta, razón por la cual se daría este caos en el percepción interna (biológica) del tiempo. 

Es, precisamente, este año 2012, un período de predicciones caóticas, tal que lo fuera el 2000, debido en parte a que el 21 de diciembre finaliza el calendario Maya y para algunos estaríamos ante el fin de los tiempos, el juicio final, etc. Pero este afán milenarista ha sido una constante humana muy arraigada (en la época de Jesús se hablaba también de momentos críticos para la especie humana). Han sido siempre esos tiempos revueltos, de pánico y caos, paradójicamente, claves en la historia humana. El ejemplo de Jesús es el más paradigmático. Todo cambia y, de vez en cuando, nos preguntamos si todo cambio ha de cesar. Ante el miedo y la incertidumbre, como el que ocasiona una crisis económica, por ejemplo, ese fin apocalíptico representa una especie de salvación final para los justos, una esperanza frente a la cotidiana y deshumanizada desesperanza.

La venida del hijo de Dios, de una gran nave espacial o la apertura de una puerta dimensional con pasaporte al cielo, nos concilia con la posibilidad de un cambio radical hacia lo eternamente perfecto. En un mundo donde soñar la utopía se vuelve un caso grave de locura y desacato al neoliberalismo, soñar el paraíso o el más allá no es más que un inocente desahogo que no hace daño a nadie. Cuando la realidad asedia, el sueño acomoda un rato. O como diría Hölderlin, y de esto sabían muchos los románticos (quienes leyeron estupendamente “El Quijote”), el hombre pasa de sentirse un mendigo en sus reflexiones a ser un dios en sus sueños. Todo cielo o paraíso, así como todo infierno, es reflejo del infinito potencial de la mente humana. Y el hombre, en consecuencia, tiene ante sus manos la posibilidad de hacer de este mundo un cielo o un infierno.

Tiempos críticos. De gran caos existencial. Pero no por ello desesperanzadores. Decía Nietzsche con bello lirismo que “es preciso tener el caos dentro de uno mismo para dar a luz una estrella danzante”. La luz necesita de la sombra para crear tonos, pinceladas distintas, diferencias cromáticas, dimensiones y contrastes… La luz necesita de la sombra para que el pintor Georges de la Tour, por ejemplo, crease los claroscuros de su Magdalena junto a la calavera. El ser necesita del no-ser para reconocerse, así como la vida se aprehende al corroborar lo que sucede cuando ésta se ausenta de un cuerpo, mediante el pétreo semblante eternizado que lo caracteriza. La posmodernidad nos ha traído un imparable avance tecnológico que aparentemente ha revolucionado nuestras vidas. Ahora mismo, sabemos mucho mejor que hace unos cien años, cómo funcionan las ondas sonoras. 

Pero, ¿tenemos mejores respuestas para las preguntas realmente importantes de la vida? Tal y como se preguntaba el intelectual George Steiner: “¿Estamos afirmando algo ontológicamente ‘novedoso’? ¿Estamos encontrando soluciones que mejoran las de Platón o Kant?” Casi todas las cosas, incluso lo del fin de los tiempos, ya han sido tratadas, revisadas, pensadas y repensadas. ¡Cuántas veces se ha terminado el mundo y al día siguiente desayunamos lo mismo de siempre! No obstante, la muerte, verdadera razón de la obsesión por un fin, convertido en delirio al masificarse, como lo está todo hoy en día, es la gran frontera que enfrenta a la razón con lo que la supera. Y no vale con pasar de largo este tema o convertir el milenarismo en mera anécdota. Porque, ciertamente, el fin del mundo nos llega a todos en algún momento. 


Según muchos filósofos y psicólogos, la muerte es el tema central de todos los conflictos del hombre. Y, desde el punto de vista religioso o espiritual, solucionar el problema de la muerte supone la vida eterna. Quizás la utopía coleccione en sus mágicos ámbitos del cielo todo aquello que este mundo expulsó de sus fronteras: verdadera justicia basada en el bien común. Cada día comprobamos atónitos que no fue el hombre el expulsado del paraíso, sino que éste ha expulsado al paraíso de sus ámbitos. Pero nunca el hombre perderá la posibilidad de soñar, de hacer danzar a las estrellas, de ser un dios convencido de que solo es necesaria su voluntad para mover montañas, caminar sobre las aguas o simplemente intentar mejorar un poco este mundo.

Diario La Verdad,  15/01/2012

domingo, 8 de enero de 2012

Juventud robada


Amanecimos donde nadie pudo encontrarnos,
sacudidos como algas desvencijadas por la marea.
Quedamos tirados en la orilla del mundo,
abrasados por las olas de sus pasiones sin freno.
Nada somos salvo restos de su banquete, frutos de sus sobras, pequeños sueños rotos
en medio de paraísos saqueados.
Nada queda, la inocencia se ahoga y se consume.

Sólo quienes se atrevan a nacer de nuevo
conquistarán su presente.

domingo, 18 de diciembre de 2011

El espíritu del rebelde


En esta época nuestra en que la cultura de la imagen prima sobre todas las cosas, donde la publicidad es un estudiado método para convertir en objeto de deseo cualquier producto, la revista americana Time –como viene haciendo desde hace décadas- ha retratado en la portada de este mes de diciembre a su personaje del año. Este retrato, o manufacturación de un nuevo producto, no ha sido alguien en concreto, sino un personaje anónimo: “The protester”, esto es, “el manifestante”, o traducido un poco más: “el indignado”. Es propio de la juventud, en la mía lo fue, y en la de muchos otros, sentir un especial atractivo por ese personaje romántico y rebelde, luchador hasta la muerte por una buena causa, que personalizó el “Che” Guevara, cuya fotografía ya vemos impresa en la camiseta de muchos jóvenes como un diseño más de vestimenta. Cuando un símbolo auténtico, vivo, temblando aún en la pasión de su sentido, es capitalizado, convertido en mercancía, se le esteriliza, castra, vulgariza. Ahí reside el peligro de tomar “iconos”, de convertir en vulgar lo que brilló por ser único y original. Cuando vemos una imagen repetida por todos lados, el significado de lo que representa se va desvaneciendo, haciéndose cada vez más abreviado hasta el punto de perder el interés, llegando a pasar por mera anécdota o referencia descontextualizada. 

Sin embargo, lo que no podrá morir nunca es el espíritu del rebelde, ese que nace y vuelve a renacer, durante los siglos, allí donde una sociedad o grupo ha de proclamar el derecho de lo que es suyo, su libertad. Ningún rebelde, ni James Dean, lo es sin causa. La rebeldía es en sí la causa, la necesidad siempre imperante en todo tiempo y lugar, pues las sociedades están estrictamente fijadas por prejuicios, normas sociales y de comportamiento, clases, estatus, tabúes, mandatos implícitos y explícitos, obligaciones éticas, morales, etc. No quiere esto decir que cierto orden social y moral no sea necesario. Lo es. Vivir en grupo requiere ciertos preceptos de convivencia. Pero eso no significa que una sociedad se escude temerosa en esos preceptos negando todo atisbo de espontaneidad, creatividad y renovación. Y ha sido el rebelde quien ha encarnado esa función social, desde el rebelde artista (Oscar Wilde, Dalí, The Beatles…) al rebelde político, como el citado Guevara. Filósofos como Sócrates, Marx, o Nietzsche también lo fueron. La rebeldía no es sólo una causa, ni una moda, sino una forma de ser, necesaria y vital inclusive.

El rebelde nos muestra una alternativa, nos hace ver que hay otro camino. En este sentido es una figura optimista y positiva. Nietzsche hace hablar a Zaratustra mostrándonos el camino del nuevo hombre. Dios nos lo explicó mediante Jesucristo. Marx con “El Capital”. Hoy en día somos manejados por el “dios mercado” y el rebelde está ahí para hacérnoslo saber abiertamente. Escribe Michel Onfray, un intelectual indignado, que es necesario “terminar con esta religión de la economía que hace del capital su Dios y de los hombres sus simples devotos, objetos de expoliación a voluntad”. Hemos regresado a una nueva Edad Media, pero por suerte sabemos que después llegó una luz rejuvenecedora llamada Renacimiento. Hoy día la economía tal y como la entendemos ya no nos sirve, ha dejado de ser un instrumento de convivencia y organización; ahora la servimos a ella, nos organizamos y convivimos según sus exigencias. Esta economía que hemos creado y que se llama capitalismo está devorando un mundo al que debería servir. Ese es el mensaje que hoy día necesitamos escuchar, que necesitamos saber. Añadiendo siempre una esperanza, una alternativa. 

El rebelde, pues, sólo procura que despertemos del sueño de la razón, de la razón demente que subyuga a este sistema. El rebelde no es un “icono”, ni una imagen que llevar en la camiseta hasta que olvidemos lo que significaba o la lavadora la destiña y definitivamente borre su silueta. Este año, sin duda, y para nuestra fortuna, ha sido el año del manifestante, en Túnez, Egipto, EE.UU., España…, se ha oído o, mejor dicho, se ha hecho oír su voz. El mensaje que precisa recordarse más que nunca es que tenemos derecho a vivir dignamente, todos. Y no perder la esperanza al difundir este mensaje. Porque, como escribió el gran poeta lituano Czestaw Mitosz: “La esperanza existe si alguien cree / que la tierra no es un sueño, sino un cuerpo vivo.” Y este cuerpo es el nuestro, es de los árboles y ríos, ciudades, océanos, pájaros y mesetas… La tierra nos pertenece porque somos esa tierra, porque estamos hechos de la misma materia que el mundo. Justo es reivindicar la justicia. Necesario es pedir lo necesario. Y ser rebelde es proclamar el derecho de poder ser uno mismo. Digna y libremente. Hoy, más que nunca, todos necesitamos ser rebeldes.

Diario La Verdad, 18/12/2011

domingo, 4 de diciembre de 2011

Paradojas de la felicidad


Ser feliz es el gran objetivo humano, la razón de ser y el impulso con el que se mueven todas las emociones. Felicidad, entendámosla así, como un deseo o motivación hacia la consecución del placer. Toda acción, incluso una altruista que parezca que en nada beneficia al que la comete, es el resultado de una expectativa de logro de algo. El altruista sentirá su deseo de dar satisfecho, y el egoísta su deseo de recibir. Hasta aquí parece que la cuestión de la felicidad se ha resumido en algo muy sencillo: una sensación de satisfacción. Vemos, según este punto de vista, que ser feliz es entonces una consecuencia, pues si fuera un fin –como en la paradoja de Aquiles y la tortuga, partiríamos siempre de la desventaja de una insatisfacción ‘que desea’ ser satisfecha: donde la ilusión de esa necesidad  impediría –por su condición deficitaria- el vislumbre de una ausencia real de necesidad. Partiendo de estos postulados concluimos que la felicidad de ningún modo puede ser un fin y que, precisamente, cualquier estado de felicidad consistiría en no necesitar de ella (como ya concluyó Séneca).

Un lúcido filósofo y economista francés, Serge Latouche, ha realizado una afirmación que, tal y como hemos visto, no dejaría de sorprendernos según cualquier precepto de sabiduría clásico; pero sí a la luz de nuestro antagónico mundo capitalista. El citado filósofo –entre otras cosas- ha afirmado que “la gente feliz no suele consumir”. Por esta razón nos invita a ‘vivir con menos’ y ha considerado el “decrecimiento” como una alternativa al capitalismo. Ir hacia atrás de algún modo en contra del engañoso “desarrollo sostenible” que no deja de ser otra forma de referirnos a un consumo imparable. La ansiedad colectiva del desarrollo puede apreciarse con los aparatos electrónicos, cuya obsolescencia es cada vez más veloz. Casi todo lo que consumimos viene ya con fecha de caducidad inmediata. El masivo consumo no es el mal en sí, lo es la causa de éste: la creciente insatisfacción patológica que sufre el ser humano.

El referido Séneca y otros estoicos, empezando por su fundador Zenón, afirmaron que una persona feliz es quien acepta completamente lo que es y, en ningún modo, desea ser lo que no es. Sin embargo, pasados los siglos, hemos constatado que nuestra sociedad ha preferido jugar a ser lo que no es, a alejarse de la naturaleza, de la vida espontánea y sencilla, escogiendo un escenario de artificialidades fútiles. Hemos ido adquiriendo necesidades cada vez más antihumanas, hasta el punto de que muchas enfermedades son el resultado de este modo de vida (contaminado). La raíz de este problema es que realmente uno no sabe ya lo que quiere, que la sociedad ha establecido un modo de vida, autodestructivo, del que es inevitable participar. Por eso, la aseveración de Latouche así como cualquier otra que nos haga tomar una pausa para respirar y pensar detenidamente acerca del modo de vida que llevamos, es de agradecer en estos tiempos de absentismo moral. Hoy en día cualquier postulado moral serio y decente parece ir en contra de los intereses del mercado y del sistema, lo que es razón de más para estimar la gravedad del asunto, para reflexionar sobre el laberinto en que nos hemos metido. Cito de nuevo a Latuoche: "Vivimos fagocitados por la economía de la acumulación que conlleva a la frustración y a querer lo que no tenemos y ni necesitamos".

El deseo es el pecado original de la falsa felicidad. El autoengaño en que más incurrimos los humanos en nuestra búsqueda común e innata de la felicidad. Orientar esta búsqueda hacia dentro en vez de hacia fuera sería el primer paso hacia un encuentro real con nosotros mismos. De no ser así, es probable que vaguemos todo el tiempo por la vida en busca de una sombra que nunca conseguiremos atrapar o a través de un sueño del que jamás despertaremos. Aterrizar en la verdad supone concluir un imaginario vuelo a los abismos de un deseo infinitamente insatisfecho. “Despertar (ha escrito el Premio Nobel de Literatura Tomas Tranströmer) es un salto en paracaídas del sueño”. Una vez que se despierta el sueño ha quedado atrás para siempre, comprendiendo su ilusoriedad. Aterrizar en la verdad, tomar tierra en uno mismo, es ya presenciar la felicidad. Comienza así el camino no hacia la felicidad, sino del hombre feliz.


Diario La Verdad, 4-12-2011

domingo, 20 de noviembre de 2011

Salir de la crisis



Una crisis sistémica. Así se ha definido el tipo de crisis que –a nivel global- estamos sufriendo. Todos los días la mayoría de las noticias en portada de los medios de comunicación se refieren, directa o indirectamente, al panorama crítico que nos acontece. Imposible lograr un respiro ante tanto acoso informativo. Convertimos el entorno en que vivimos en una especie de territorio hostil en el que todo suena a crisis, riesgo, deuda, quiebra… Mientras tanto, la publicidad nos sigue vendiendo ese mundo feliz de consumo sin pausa exhortándonos -sin excusa- a comprarlo todo. Pero el doble juego del sistema ya se está quedando obsoleto. La mayoría de las personas comienzan a comprender que no son felices consumiendo más y, sobre todo, haciéndolo a costa de entrampar sus vidas, tiempo y esperanzas  reales. Pues nos han acostumbrado a proyectar esperanzas ficticias, que sólo han añadido más estrés e incomodidad (haciéndonos comulgar a fe ciega con eso de: a mayor consumo, mayor calidad de vida). Muchas personas se preguntan si la vida es realmente eso, si merece la pena enfocar un recorrido vital (limitado por otra parte) de este modo. Hay quienes pronostican, por ello, que el éxodo urbano a las ciudades será una de las grandes alternativas de vida en el futuro. Lejos del ruido infernal de las masas urbanas, allí donde el canto del gallo marque el único y primer sonido reconocible del alba. ¿Quién no ha soñado con despertar cada día lejos del ajetreo cotidiano en bucólicos hogares de chimenea o con tardes interminables en que sólo acontece el resbalar de la nieve tras la ventana? Hoy día, que el tiempo nos absorbe y apenas sacamos un par de horas a la semana para nosotros.

Lo que sí va quedando claro es que no todo el mundo quiere seguir viviendo así. Y que, además, el sistema no lo soporta. Albert Einstein, que también habló de la crisis, pues antes, durante y después de la II Guerra Mundial todo era crisis, nos dio muy buenos consejos, de esos que provienen no de la docta y hueca erudición sino de la llana sabiduría, que merecen ser tenidos en cuenta. Nos dijo que no podemos pretender que las cosas cambien si hacemos siempre lo mismo y que no es adecuado ver la crisis de un modo pesimista y derrotista porque de esa manera sólo dejamos patente nuestra propia incompetencia. El físico alemán nos asegura, por el contrario, que los tiempos de crisis son tiempos de oportunidad, de nuevos retos, de espacios donde dejar aflorar la creatividad. Cito ahora sus palabras textuales: “Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla”. Aquí Einstein apunta al centro de la diana y da de lleno.

Hoy en día oímos por todos lados hablar de la crisis (como si interesara a alguien que nos convenzamos de ello por algún extraño motivo) al tiempo que nos piden también por todos los frentes que vivamos como si nada pasara, consumiendo y construyendo ese proyecto de vida feliz basado en un omnipresente materialismo existencial. Sin embargo, ese “trabajo duro” al que alude Einstein no puede ser en la misma dirección poco fructífera de siempre. He aquí el reto que se nos plantea: mirar más allá de las viejas fronteras que hasta hoy nos cegaban y limitaban, haciendo uso –por el contrario- de la inventiva y creatividad humanas para construir el mundo que verdaderamente queremos. Como entonara un célebre cantautor: “No sé qué quiero, pero sé lo que no quiero”. Esta es una buena opción constructiva para empezar, eliminando aquello que, por experiencia, sabemos nos perjudica. Una sociedad enferma, insana, no es una causa sino una consecuencia. La causa somos nosotros, afortunadamente; pues esto indica que tenemos el timón de nuestro destino y la posibilidad aún de cambiar el rumbo, antes de que sea demasiado tarde. Afirma la sabiduría popular que el pesimista maldice el viento, que el optimista espera a que mejore pero que, el realista, dispone correctamente las velas, tomando así este último la decisión adecuada. No es otra cosa lo que la historia espera de nosotros,  que miremos en la dirección acertada, que no rememos contracorriente y que sepamos enderezar el barco a tiempo cuando la tempestad venga de frente. 

Diario La Verdad, 20/11/2011

domingo, 6 de noviembre de 2011

Conciencia ética



Fue el premio Nobel de Literatura José Saramago quien dijo en una ocasión que “la alternativa al neoliberalismo se llama conciencia”. Esta sería una adecuada forma de introducir la cuestión que nos ocupa: la toma ética de conciencia a un nivel global. Uno de los malos hábitos que el liberalismo ha sembrado consiste en pasar a un segundo plano los criterios éticos y poner en lugar preferente una serie de valores tan cuestionables como son la competitividad y la voluntad de poder a cualquier coste. A día de hoy el sistema neoliberal nos está mostrando que su imperfección reside en la enorme desigualdad en la distribución de riquezas y consiguiente poder que viene generando, produciendo una alta descompensación no ya solamente en las personas individuales sino en países diferentes que apenas logran sobrevivir, apurados por las deudas que les consumen día tras día. Los mercados gobiernan el mundo y muchos gobiernos se han convertido ya en sus deudores. La táctica de los mercados y del sistema financiero es sencilla, más para los que más tienen y menos para los que menos tienen. A esto se le llama crisis en la actualidad: a la problemática que genera un continuo empobrecimiento de la clase media, esto es, el empobrecimiento de la mayoría que menos tiene. Mayoría que, a su vez, depende exclusivamente de esa minoría poderosa formada por quienes controlan el mercado financiero y las grandes empresas: verdaderos gobernantes del mundo que no cesan de buscar por encima de todo un mayor enriquecimiento propio a costa de abusar, empequeñecer y controlar aún más a quienes menos tienen: esa, volviendo al punto de partida, gran mayoría de individuos.

Ante este panorama desolador, ¿dónde podemos colocar ese término casi metafísico que llamamos “conciencia ética”? Sin duda no queda otra opción que el colocarlo en un primer lugar, en el escalafón más alto. No queda otra alternativa si esperamos ‘evolucionar’ ante un desastre producido por la alienación de unos valores fundamentales para la convivencia que deberían consistir en la supervivencia ‘saludable’ de nuestra especie. Pero esa alienación consiste en convertir algo dañino y reprobable (como es un excesivo y competitivo materialismo) en bueno y necesario. Procurar que el tan anhelado bienestar humano sea posible para todos y pueda mantenerse sin necesidad de hipotecar la vida y el tiempo en pos de unos faltos y fatales valores es, por tanto, una misión urgente. De otro modo, el bienestar pasa a llamarse malestar. Y ese malestar genera violencia y todo tipo de problemas de convivencia. Convivencia que, por otro lado, ha de estar movida por un fuerte sentimiento ético que cohesione a los individuos a través de una protección mutua definida por lo que todos han de llamar ‘lo que está bien’, es decir, aquello que es ‘bueno’ para todos.

No sólo es función de la política el procurar el bien de todos los individuos, que de hecho lo es, sino que los mismos individuos como sociedad han de tener el compromiso moral, nunca sobreimpuesto, sino sembrado por su cultura y educación generacional, de mirar por sus semejantes y procurar el mismo bien que procuran para sí mismos. Compromiso este que fue la premisa fundamental del cristianismo, que a su vez es el caldo de cultivo de nuestra sociedad occidental. ¿Por qué, entonces, parece que el neoliberalismo nos lleva como grupo motivado por unos determinados intereses económicos a una continua dicotomía con el territorio ético, incluso religioso, del que también formamos parte? La respuesta, creo, pone en tela de juicio el sistema que nos sustenta. Y es por esta razón que sólo cabe una salida a este laberinto: la rebeldía, el compromiso de conciencia ética, el resistirse a aceptar que la lucha indigna por el poder es nuestro rasgo distintivo como humanos y denunciar todos los casos en que esta indignidad es puesta de manifiesto. Denunciar nuestra falta de moral como sociedad esclavizada por un sistema inhumano es recordar que somos seres éticos y que podemos ser gobernados por unas fuertes y auténticas convicciones morales donde libertad y dignidad componen esa piedra angular de esa forma de vivir que supone la única coherente y natural alternativa; y que se llama conciencia.

Diario La Verdad, 06/11/2011

lunes, 24 de octubre de 2011

Fractales y misterios de la vida



La salud de una mente podría medirse por la capacidad de sorpresa ante los hechos cotidianos. Para un filósofo con cierta pasión por el saber, el hecho de que deje de ser sorprendente que el sol salga todos los días equivale a la muerte del intelecto, al encefalograma plano de la inquietud existencial. Uno de los síntomas de una mente distraída -endeudada con su presente- es su incapacidad de enfocarse plenamente en el ahora. Una de las consecuencias de esta situación es el creciente desinterés ante los fenómenos trascendentes de la vida, esos sucesos que evidencian el milagro de la luz, del mundo, del tiempo, etc. Dejar pasar un día sin observar detenidamente los misterios de la naturaleza equivale a haber perdido el día por completo. Sé que estas palabras suenan extrañas, precisamente en estos tiempos de utilitarismo en que se vive para el mañana, en que el día de hoy no sirve nada más que para acumular, indefinidamente, una identidad proyectada en el tiempo de las quimeras teatrales de la vanidad y la ambición. Vivimos tiempos de absoluta apariencia y debido a estas sombras sufrimos el impedimento de ver lo directamente manifiesto. El método científico se ha hecho portador de este don de visión autorizada de los fenómenos, pero no ha hecho más que deslegitimar a cada individuo de la oportunidad de investigar por sí mismo. Cada ojo tiene el método de conocimiento propio de su conciencia, de su capacidad de comprender, y nadie nos puede dar esa visión última e íntima de la realidad. La ciencia está a nuestro servicio, no al revés.

Un cambio profundo en la comprensión de los hechos del mundo –lo que los griegos llamarían ‘metanoia’- pasará por ver con claridad que todo lo que sucede no es una consecuencia de nuestra capacidad de pensar, sino que el pensamiento es uno de los efectos de la realidad primera e inmediata. De este modo es aceptable la observación científica de que un átomo es en su mayoría espacio vacío, e incluso -a modo fractal- uno deduce poéticamente que el universo es también un gran vacío que nos contiene. Es decir, la materia, como lo es el pensamiento, viene después, mucho después de su origen y fuente, el vacío. El concepto de “fractal”, palabra inventada por un matemático francés, B. Mandelbrot, sugiere multitud de teorías e interpretaciones. Más allá de las conclusiones estrictamente geométricas al respecto, cabe una mirada más filosófica, a la manera de Borges, para estimar ciertas cuestiones. Una de ellas es la de aquel principio hermético que afirma aquello de que “como es arriba, es abajo” y viceversa. En este sentido todas las cosas del mundo tienen su correspondencia con estructuras superiores. Es decir, y esto es algo también muy democrático, más allá de una estructura o jerarquía superior – como pueda ser el tamaño- lo que prevalece es el concepto de similitud, o lo que es lo mismo, identidad. Un rey y en esclavo siempre fueron lo mismo –un ser humano-. Aunque eso, por suerte, ya lo sabíamos (al menos en la teoría). Recordemos las coplas de Jorge Manrique: “Esos reyes poderosos / 
que vemos por escripturas 
/ ya passadas 
con casos tristes, llorosos, / 
fueron sus buenas venturas /
 trastornadas; /
 assí, que no hay cosa fuerte, / 
que a papas y emperadores 
/ e perlados, / 
assí los trata la muerte / 
como a los pobres pastores / de ganados”.

El hecho físico, a menudo objetivable por la ciencia, otras veces lleno de incertidumbre subatómica (Heisenberg) y cuántica (Planck), convive además con el hecho moral, estético, cultural, etc. Si queremos conocer la realidad, pues, sólo podemos fiarnos de lo que ven nuestros ojos y comprende nuestra mente o conciencia. Incluso un instrumento científico está limitado por su capacidad, nunca total, de visión. O quizá, como sugiere el pensamiento sobre los fractales, cualquier visión está legitimada por su correspondencia con un todo unánime. Puede que este sea el paso fundamental que nos lleve del relativismo al totalismo (no totalitarismo). De este modo no habría más discusión ni dialéctica en confrontación. Todo sería válido, correcto, apropiado. Todo es imagen de la imagen de todo. Sería un principio para la paz, un espejo dispuesto para el consenso y el mutuo entendimiento. Un mundo feliz que, probablemente, se hastiaría de sí mismo. Pues pronto hallaríamos otro “concepto” para ponernos en desacuerdo. La insatisfacción genuina del hombre, muchos dirán que lo que le ha hecho crecer y evolucionar, buscaría razones para estar en desacuerdo. Nunca un gran banquete nos quitó el hambre para siempre. O como escribiera el poeta mexicano José Emilio Pacheco: “El mar que es agua pura ante los peces / jamás ha de saciar la sed del hombre.” Y es por ello que la vida -con sus constantes misterios- nunca dejará de sorprendernos.


Diario La Verdad, 23/10/2011

domingo, 9 de octubre de 2011

Las fronteras del lenguaje



Goethe sentenció en algún momento –variando el Evangelio de San Juan- que en el principio era la acción. Cambio sustancial en la proposición supone ese paso del verbo a la acción; ese verbo que la cultura judeocristiana siempre entendió como el  origen (‘bereshit’) de todo. La importancia de las ‘sagradas’ escrituras, del documento textual como huella casi presencial de la palabra de Dios, ha sido un germen de identidad que ha inscrito en nuestras mentes una realidad determinada. Y aunque Goethe, tomando impulso romántico, proclamase a la acción como ese principio genuino del hombre, más han sido los indicios que nos han llevado a pensar que no, que fue la palabra, el logos, el pensamiento… El psicoanalista Jacques Lacan corrigió de esta forma al genio alemán: “Era ciertamente el verbo el que estaba en el principio y vivimos en su creación. […] La ley del hombre es la ley del lenguaje desde que las primeras palabras de reconocimiento presidieron los primeros dones”. Las fronteras del lenguaje encierran nuestro mundo, más allá de él sólo está el misterio, el sol fuera de la caverna platónica, una realidad que nos sobrepasa. ¿Hay algo más allá de las fronteras del lenguaje?

Conviene que el hombre se haga de vez en cuando esta pregunta y trate de investigarla. El pez nunca se pregunta si hay otro mundo fuera de la pecera, da por hecho que su realidad es la que tiene delante de él. No conoce límites porque no explora la posibilidad de que los haya. Algo así nos pasa a nosotros. Solamente, muy de vez en cuando, alguien descubre algo nuevo –alguien que se atrevió a explorar esos límites- y ocurre un salto ‘cuántico’. Pero todavía hoy el ser humano es reticente a dar pasos demasiado largos, quizá el temor a que tras esas fronteras se esconda un precipicio le mantiene alerta y desconfiado. Y por todo ello damos por sentado que el lenguaje es nuestra única patria, y que más allá de eso –lo dedujimos de Heidegger- no somos nada; pura inmanencia. (“El lenguaje es la casa del ser”, escribió.)
 
Toda palabra es metáfora, una referencia a la cosa. Pero nunca una palabra fue la cosa ni tampoco la rosa de Umberto Eco. Una palabra es una mano que señala. Uno puede quedarse mirando a la mano, pero difícilmente verá así a lo que apunta. Podríamos ver el lenguaje como una metáfora de la libertad humana. El lenguaje nos da la autonomía, la virtud y el don del pensamiento: creación de mundos y realidades, posibilidad de inventiva e imaginación. Lenguaje son los sueños, las matemáticas, los cuentos de misterio, cualquier partitura de Chopin, el ajedrez, una metáfora de Manrique, las campanas de la Iglesia o ese reloj de arena que marca el comienzo y el final de nuestros actos. De lenguaje están hechas todas las acciones que llevamos a cabo, su propósito, sus expectativas. De lenguaje están hechas las ciudades y sus calles, los nombres de sus calles, las señales de tráfico, la numeración de los portales y los letreros de las tiendas. De lenguaje están hechos los periódicos, Internet, la publicidad, la televisión, las cuentas corrientes, la previsión de gastos y de ingresos. ¿Qué hay –para resumir- que no sea lenguaje? El color del lenguaje, además, es el de la percepción. La palabra es lo que señala, pero aquello a lo que señala recibe el tinte del observador, que dará un color y apreciación determinada. Este paisaje será más bonito que este otro, no hay ley para ello, puesto que el origen del lenguaje es -sin duda- emocional. Y aquí se complica todo un poco más. 

Todo lenguaje nos permite la comunicación, ser cuerdos y cordiales unos con otros, palabras éstas que comparten una misma etimología, (‘cordis’, corazón). La cordialidad es una forma de cordura compartida, un mutuo entendimiento. Toda palabra es también recuerdo, una recurrencia. Al mirar la nube automáticamente conectamos con la palabra ‘nube’. Recordamos que eso que vemos es una nube. ‘Recordar’ también viene del latín ‘cordis’, esto es, que significa “volver a pasar por el corazón”. Así es que toda palabra tiene –como decimos- un origen emocional. Así que para hablar o para pensar hemos de pasar por el corazón algo -¿el qué?, ¿el alma?-, para recrear el lenguaje, el mundo, la realidad y la cordura. He aquí la pregunta inicial. La duda existencial. El pez que quiere explorar más allá de la pecera. Entonces: ¿Hay algo más allá de las fronteras del lenguaje? No hay mayor esclavitud, como afirmase Goethe, que quien falsamente piensa que es libre. El lenguaje –probablemente- no es la libertad, aunque constantemente apunte hacia ella.

Diario La Verdad, 09/10/2011

jueves, 6 de octubre de 2011

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