domingo, 9 de octubre de 2011

Las fronteras del lenguaje



Goethe sentenció en algún momento –variando el Evangelio de San Juan- que en el principio era la acción. Cambio sustancial en la proposición supone ese paso del verbo a la acción; ese verbo que la cultura judeocristiana siempre entendió como el  origen (‘bereshit’) de todo. La importancia de las ‘sagradas’ escrituras, del documento textual como huella casi presencial de la palabra de Dios, ha sido un germen de identidad que ha inscrito en nuestras mentes una realidad determinada. Y aunque Goethe, tomando impulso romántico, proclamase a la acción como ese principio genuino del hombre, más han sido los indicios que nos han llevado a pensar que no, que fue la palabra, el logos, el pensamiento… El psicoanalista Jacques Lacan corrigió de esta forma al genio alemán: “Era ciertamente el verbo el que estaba en el principio y vivimos en su creación. […] La ley del hombre es la ley del lenguaje desde que las primeras palabras de reconocimiento presidieron los primeros dones”. Las fronteras del lenguaje encierran nuestro mundo, más allá de él sólo está el misterio, el sol fuera de la caverna platónica, una realidad que nos sobrepasa. ¿Hay algo más allá de las fronteras del lenguaje?

Conviene que el hombre se haga de vez en cuando esta pregunta y trate de investigarla. El pez nunca se pregunta si hay otro mundo fuera de la pecera, da por hecho que su realidad es la que tiene delante de él. No conoce límites porque no explora la posibilidad de que los haya. Algo así nos pasa a nosotros. Solamente, muy de vez en cuando, alguien descubre algo nuevo –alguien que se atrevió a explorar esos límites- y ocurre un salto ‘cuántico’. Pero todavía hoy el ser humano es reticente a dar pasos demasiado largos, quizá el temor a que tras esas fronteras se esconda un precipicio le mantiene alerta y desconfiado. Y por todo ello damos por sentado que el lenguaje es nuestra única patria, y que más allá de eso –lo dedujimos de Heidegger- no somos nada; pura inmanencia. (“El lenguaje es la casa del ser”, escribió.)
 
Toda palabra es metáfora, una referencia a la cosa. Pero nunca una palabra fue la cosa ni tampoco la rosa de Umberto Eco. Una palabra es una mano que señala. Uno puede quedarse mirando a la mano, pero difícilmente verá así a lo que apunta. Podríamos ver el lenguaje como una metáfora de la libertad humana. El lenguaje nos da la autonomía, la virtud y el don del pensamiento: creación de mundos y realidades, posibilidad de inventiva e imaginación. Lenguaje son los sueños, las matemáticas, los cuentos de misterio, cualquier partitura de Chopin, el ajedrez, una metáfora de Manrique, las campanas de la Iglesia o ese reloj de arena que marca el comienzo y el final de nuestros actos. De lenguaje están hechas todas las acciones que llevamos a cabo, su propósito, sus expectativas. De lenguaje están hechas las ciudades y sus calles, los nombres de sus calles, las señales de tráfico, la numeración de los portales y los letreros de las tiendas. De lenguaje están hechos los periódicos, Internet, la publicidad, la televisión, las cuentas corrientes, la previsión de gastos y de ingresos. ¿Qué hay –para resumir- que no sea lenguaje? El color del lenguaje, además, es el de la percepción. La palabra es lo que señala, pero aquello a lo que señala recibe el tinte del observador, que dará un color y apreciación determinada. Este paisaje será más bonito que este otro, no hay ley para ello, puesto que el origen del lenguaje es -sin duda- emocional. Y aquí se complica todo un poco más. 

Todo lenguaje nos permite la comunicación, ser cuerdos y cordiales unos con otros, palabras éstas que comparten una misma etimología, (‘cordis’, corazón). La cordialidad es una forma de cordura compartida, un mutuo entendimiento. Toda palabra es también recuerdo, una recurrencia. Al mirar la nube automáticamente conectamos con la palabra ‘nube’. Recordamos que eso que vemos es una nube. ‘Recordar’ también viene del latín ‘cordis’, esto es, que significa “volver a pasar por el corazón”. Así es que toda palabra tiene –como decimos- un origen emocional. Así que para hablar o para pensar hemos de pasar por el corazón algo -¿el qué?, ¿el alma?-, para recrear el lenguaje, el mundo, la realidad y la cordura. He aquí la pregunta inicial. La duda existencial. El pez que quiere explorar más allá de la pecera. Entonces: ¿Hay algo más allá de las fronteras del lenguaje? No hay mayor esclavitud, como afirmase Goethe, que quien falsamente piensa que es libre. El lenguaje –probablemente- no es la libertad, aunque constantemente apunte hacia ella.

Diario La Verdad, 09/10/2011

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