sábado, 11 de junio de 2011

Horizonte

Que mi noche sea la noche de tus días,
el clamor despierto de la mañana,
la fuente que mana bajo la espuma.
Como la marea que susurra
y en el cenit de cada instante
se espera y vuelve a partir silenciosa,
mi noche ha sido sosiego e impulso,
clima y vacío al tocar tus días
de sol y futuro, de partidas sin rumbo.
Ya es hora de dormir lentamente,
de escuchar lo que yace en lo más hondo:
fuego, aire, voz de pálpito y océano
nombrando la noche sin nombre.
Nada tiene infinito, salvo tus ojos
cuando miran un horizonte a lo lejos,
buscando conquistar la distancia
con un abrazo de lágrimas y esperanzas.

Ya me voy, ya me fui. Acaso esperando llevarte.

lunes, 6 de junio de 2011

Ser despierto

Silencio de espejos,
reflejos que pasan como sueños
de lo que creímos ser.

Y yo aquí. Sin saber nada. Pero aquí.
En medio de estos reflejos que se pierden.
No sabiendo. No esperando un regreso.

Te levantas y partes en tu viaje último
hacia un lugar que no existe. Solo tú existes.

Existes y eres la sombra que se esconde,
la sombra que aparece sin dueño,
la sombra que se mece en el sueño
de los que nunca durmieron
y siempre fueron
algo más que un sueño.

domingo, 5 de junio de 2011

Sociedad e indignación

Había motivos, sólo era cuestión de que llegase el momento, de que saltase la chispa que encendiera la llama, la llama de indignación que venía abrasando la paciencia de todos aquellos que viven esperando mucho más que continuadas vanidades, descuido y egoísmo a raudales por parte de esos que ostentan el poder, esa minoría de la sociedad –políticos, banqueros, empresarios- que controla el mundo casi de forma virtual, pero rabiosamente real. El movimiento ciudadano del 15-M ha supuesto un impulso para el despertar de la conciencia y –sobre todo- ha significado el paso necesario a la acción, la certeza de que la voz de un pueblo no se puede amordazar indefiniblemente cuando pervive en él la unión y fuerza capaz de llevarlo a reivindicar la libertad e igualdad que en todos los planos nos constituye y merecemos como sociedad. El escritor José Luis Sampredro, pieza ideológica clave en este movimiento, señaló en una entrevista que “lo que es seguro es el cambio” y que la cuestión es a dónde nos lleve ese cambio, algo que depende exclusivamente de lo que hagamos.

Uno de los elementos dignos de encomio de este movimiento de protesta social ha sido, sin duda lo más importante, su carácter no violento, su actitud pacífica y responsable, algo que ha supuesto que creciera más y más durante esas semanas de mayo tan cruciales en nuestro panorama político. Quizá no han ocurrido grandes cambios y haga falta tiempo para que empiece a materializarse este espíritu de resistencia a un ‘antiguo régimen’ viciado y todavía presente, pero la alarma ya ha sonado, los gigantes del sistema se han preocupado bastante y es posible que sea la primera piedra de otras muchas capaces de levantar una conciencia social responsable, participativa y atenta a los desmanes de los señores del dinero y de las urnas, dispuesta a denunciar y resistir a la injusticia sin descanso, ayudando a orientar correctamente ese cambio inevitable, que a un sistema caduco, inmoral y despótico con la tierra y con los hombres, le está llegando. Si bien es cierto que se ha dicho y afirmamos que la democracia es el mejor sistema de los sistemas posibles; es hora, sin embargo, de exigir de una vez por todas una “democracia real, ya”. Y para ello el individuo debe hacerse cargo de su destino como miembro de la sociedad en que vive y participar en todos sus niveles, no sólo como simple productor y consumidor de un sistema en que sólo impera eso: producir para consumir y consumir para producir más, yendo por una espiral destructiva y lejos de las buenas intenciones con que se tomó por parte de las grandes potencias aquello que el Informe Brundtland elaborado para la ONU definió como “desarrollo sostenible”.

Se llamaron ‘indignados’ porque les habían querido desposeer de la dignidad, aunque no lo consiguieron, y esa salida a la calle, esa resistencia, fue la prueba irrefutable de ello. Sólo cabe esperar que este grito no enmudezca del todo y vuelva a oírse más pronto que tarde con igual o más fuerza, pues, tal como rezaba una pancarta en la Puerta del Sol de Madrid: “Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir”, o aquella otra llena de lirismo que decía: “Nuestros sueños no caben en vuestras urnas”. Sueños de una juventud que se ve sin trabajo, desengañada, con los bolsillos vacíos y la cabeza llena de sueños, de posibilidades y capacidades, sueños de una ciudadanía en su mayoría que ha tenido que aprender a vivir la vida de la decepción y el conformismo, pero sabiendo siempre que ellos no eran en aquello en que los querían transformar: mera masa consumista y producto de consumo para ellos, los poderosos devoradores de masas.

El peor mal es la indiferencia, el dejar hacer por nosotros lo que sólo nosotros podemos hacer: construir el mundo en que vivimos de forma justa y equilibrada, sin dejar al margen a nadie, pues nadie es mano de obra ni mero instrumento de un proyecto del capital gestionado en las grandes esferas. Aquí se ha demostrado que las grandes esferas pueden moverse y crecer juntas en las plazas públicas, por lo menos hasta que las asambleas y parlamentos ‘oficiales’ dejen de ser una pantomima de intereses y favores privados. Un pequeño libro, “¡Indignaos!”, de un veterano de La Resistencia francesa, ha conectado de nuevo con una juventud que sigue posicionándose contra el poder y a favor de los dominados. Stéphane Hessel escribió este alegato testamentario como quien deja una herencia a sus hijos y nietos, con la esperanza de que recojan lo que él trató de sembrar durante toda su vida. Ahora nos pasa el testigo y nos dice familiarmente: “Chicos, cuidado, hemos luchado por conseguir lo que tenéis, ahora os toca a vosotros defenderlo, mantenerlo y mejorarlo; no permitáis que os lo arrebaten”. Como dice Hessel, “resistir es crear”, sobre todo en estos tiempos en que nos quieren pasar una apisonadora por el intelecto y el cuerpo entero. Nuestro es el reto de ir hacia delante lo mejor que sepamos, haciendo del pensamiento creativo, de la idea constructiva, un arma cargada de futuro, como lo fuera en otros tiempos, como ha de serlo siempre.

Diario La Verdad, 5/6/2011

domingo, 22 de mayo de 2011

En busca de la felicidad

A pesar de toda la complejidad que nuestro mundo moderno y mediático comprende, más caracterizado por la confusión que por la claridad de ideas y perspectivas, nunca está de más abordar la cuestión de la felicidad, continuamente pensada y repensada a lo largo de los siglos. Y es que el pensamiento no se queda mudo cuando encuentra la voz que le refiere ese concepto acaso ilusorio, que es la felicidad. Ya dijo Aristóteles que sólo puede aspirar a ser feliz el filósofo, o lo que es lo mismo, aquel que se preocupa por las cuestiones de la vida, que no mira con indiferencia las preguntas y misterios con que este vivir nos deleita día a día. No son pocas las preguntas que el pensamiento se hace en busca de tal enigma primigenio que consiste en la posibilidad de ser feliz y a menudo vamos errando en la búsqueda yendo de un sitio tras otro sospechando rincones de felicidad que no son más que otro insulso objeto de consumo que como la manzana del Edén, sólo es capaz de condenarnos mediante su atractiva tentación a un fugaz entusiasmo y desaliento postrero.

Si pensamos que la felicidad es la consecución del mero placer, de un hedonismo hueco que devora lo inmediato, posiblemente la apatía -de la que los estoicos nos hablaron- llegue de repente mostrándonos que aquel acto de voluntad acometido se ha tropezado bruscamente frente al fraude latente de la modernidad: gozar de la nada como si fuera todo. Pero el desengaño no tarda en aparecer, pues aquello que no alimenta el alma, engorda el fracaso. El apetito, el deseo, es el motor sin freno que mueve un mundo altamente indigesto en su superficie. Hay un tipo de apetito, natural, que va hacia la consecución de un bien que perfecciona lo que uno es, esto es, un motivo para la acción que encamina al espíritu hacia la escucha de sí mismo, hacia su enriquecimiento y equilibrio interior. Si bien todo deseo nace de una carencia, de un desequilibrio interior (‘neurosis’, dirá Freud), acaso el movimiento del deseo se bifurca en dos vertientes bien distintas respecto del deseante: volver a su equilibrio, o bien, su polo opuesto, sembrar más desequilibrio, alejarlo de su naturalidad.

Ese es, en mi opinión, el paso culminante que siembra, dirían los existencialistas, nuestro destino: las consecuencias del acto que elegimos llevar a cabo como resultado de la inclinación de nuestro deseo. En este terreno, la moral o la ética juegan un papel determinante, lo que uno entiende que está bien o mal o lo que nuestra cultura, religión o sistema socio-político nos ha inculcado e insertado en la memoria colectiva como bueno o malo (y no hay nada más relativo y borroso que la moral, pensó Nietzsche). Para los budistas la cuestión no plantea más problemas de los que queremos plantear, pues siempre el término medio, el no ir hacia un extremo u otro e incluso el no sentir el deseo como nuestro sino como algo insustancial propio del ego pero con lo que no hemos de identificarnos, rápidamente nos libera del problema, al menos en la teoría, ya que en la práctica la cuestión es bien distinta. Si uno desea la felicidad, diría un maestro budista, está condenado a no encontrarla nunca, pues no es el problema germinal el objeto de deseo sino el desear mismo. Por eso dijimos al principio que el filósofo es el más indicado para alcanzar esa noble disposición del ánimo, pues ha indagado, a través de su experiencia y meditaciones, una cuestión que de tanto darle vueltas, se ha inmunizado de ella, de su hechizo hipnótico, logrando verla con la distancia necesaria para no ser engullido por las aguas revueltas del placer transitorio disfrazado de un eterno esplendor cuya luz es tan artificial como las que iluminan de verde las fachadas a última hora de El Corte Inglés, quedando apagadas a altas horas de la madrugada, cuando ya nadie pasa por allí y la felicidad queda evaporada hasta el día siguiente.

Exista o no la felicidad, hay abstracciones que conviene llenar de contenido mirando hacia dentro y no hacia fuera, empezando a comprender eso mismo, que no es la palabra la que ha de movernos sino lo que ella contenga, que nadie puede darnos aquello que vinimos a construir y a descubrir nosotros y que sólo nosotros tenemos la llave que nos muestra lo que tras la puerta se esconde. La felicidad es un secreto que sólo en el silencio se nos revela, en el silencio que -tras el tumulto- hace resonar la voz de la verdad: esa que siempre conocimos porque era con nosotros. A pesar de todo, no hay nadie que no busque, errada o acertadamente, esa felicidad que brilla en el horizonte de toda esperanza humana. Y, sin duda, los pasos que en la vida demos hacia ella, serán los que nos muestren si verdaderamente existía o no esa palabra: ‘felicidad’.

Diario La Verdad, 22/05/2010

domingo, 8 de mayo de 2011

Valores humanos

En mayo de 2011 asistimos al impacto de una noticia mundial: la muerte de Bin Laden, el rostro por antonomasia del terrorismo, la personificación misma del mal, compartiendo la misma nefasta categoría que otros personajes como Hitler, Stalin o Nerón. Muchos han afirmado que el mundo se queda mucho más tranquilo al ser disuelta la sombra de un enemigo de Occidente que rondaba en los malos sueños de gobernantes y ciudadanos pero que, como bien sabemos, no supone el suspiro final y que incluso el temor ha podido verse acrecentado temiendo las posibles represalias de seguidores e integrantes de Al Qaeda. El terror global ha sido desde el 11-S, y sigue siéndolo, uno de los principales problemas de nuestra civilización, una guerra casi invisible que se libra en los departamentos de la CIA y otros servicios de inteligencia y cuyo fin parece alargase hasta el fin de los tiempos.

Hay quienes se preguntan qué ha hecho Occidente para merecer tanto odio, siendo, por un lado, el esquema a seguir en torno a sistema democrático y economía liberal, y, por otro, el esquema inevitable, que como una gran marea, arrastra a los demás sistemas a incorporarse en él, antes o después. Países rezagados como China han transformado rápidamente su economía hacia el liberalismo aunque en lo democrático adolezcan de tanta premura, pues sin duda los intereses económicos motivan más al poder que los derechos humanos. Quizá sea este el gran bache de Occidente, no haber sabido vender su desarrollo moral y político, su tradición filosófica y humanista, a Cicerón, Séneca o Kant, y haber enseñado el único rostro de Adam Smith, John Stuart Mill y el Burger King. Haber aceptado ‘evolución’ en el sentido darwiniano más radical, afirmando la supervivencia del ‘más capaz para hacerse apto’, pero forzando a la propia naturaleza, creando un sistema competitivo feroz donde la obtención de poder (status, capital) justifica y garantiza la pervivencia. Competencia entre naciones, entre personas, entre empresas, entre religiones; la competencia se ha convertido en el valor universal y oculto que marca las reglas del juego cívico.

El escritor libanés Amin Maalouf ha señalado que “la civilización occidental creó más valores universales que cualquier otra; pero demostró que era incapaz de transmitirlos adecuadamente. Un fallo cuyo precio está pagando ahora toda la humanidad”. Errores visualizados en una grave crisis económica, en un odio radical hacia nuestros ‘mal entendidos’ valores por parte de los islamistas, etc., que ha hecho que nos alejemos todavía más si cabe de la comprensión de lo que somos, instalados en un temor que apremia a dar pasos adelante con rapidez para que nos sea quitado lo que es nuestro. Este temor infantil supone un retroceso en la capacidad de Occidente para crecer de verdad, instalada en un pragmatismo, en un utilitarismo vacuo, que convierte en caricatura cualquier seña propia de identidad y cultura. El abandono progresivo de las humanidades en la educación es buena prueba ello, haciéndonos ver que el desarrollo intelectual no forma parte del proyecto cívico, convirtiendo las aulas en un banquete de conocimientos que son arrojados nada más obtener la graduación y salir a la calle, al mundo real, pues la sociedad misma te dice que de nada sirve saber si no ganas nada (material) con ello. Este es el drama del materialismo: que convierte en mercancía también a los propios productores de la mercancía y que uno sólo vale lo que tiene y no lo que es.

Resumidos, por tanto, sintetizados, todos los valores en uno solo: el materialismo competitivo, nos encontramos con que todos –instigados, obligados, empujados- buscamos la misma quimera del oro y que éste ya estaba vendido. El gran Ernesto Sabato, recientemente fallecido, nos dice en sus memorias “Antes del fin”: “Cada mañana, miles de personas reanudan la búsqueda inútil y desesperada de un trabajo. Son los excluidos, una categoría nueva que nos habla tanto de la explosión demográfica como de la incapacidad de esta economía para la que lo único que no cuenta es lo humano”. Bien nos vienen estas palabras para la reflexión ahora que los datos del paro en nuestro país nos muestran que en torno a cinco millones de personas carecen de él y que las expectativas de que esto mejore decrecen a medida que pasan los días. Lo humano, sin duda, es lo que verdaderamente está en crisis, el valor que está a la baja, a diferencia del oro. La economía ha de estar al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la economía; esta costumbre de invertir los valores es lo que pone en jaque nuestra capacidad de supervivencia, pues una sociedad perdida en el sinsentido de lo estéril la conduce al abismo inexorablemente. Lo humano es el valor irrenunciable, y cuanto más renunciemos a él, como es natural, más renunciaremos a nosotros mismos y a la sostenibilidad de nuestra especie.

Diario La Verdad, 8 de mayo de 2011

martes, 3 de mayo de 2011

Vamos a la noche

Vamos a la noche sin miedo a su silencio
despacio por los horizontes desnudos
en siniestra celda de amor y presagio
Vamos a la noche no llegando
sin ninguna ofrenda ni lágrima enviada
a los cielos lejanos
Vamos donde no viene nadie
al último rincón de una sombra
ausente del dolor y de la muerte
Vamos al espacio detenido
dejando susurros de perfume
por nuestro amoroso camino

Nadie cantará tu paso triunfal
tu esplendor, tu serena certidumbre
Nadie menos tú sabrá que el final
es otro gran comienzo

Vamos a la noche
sin miedo a su silencio

domingo, 24 de abril de 2011

Consumir, tirar, consumir

Ya Heidegger nos recordó aquello de que el hombre es “un ser para la muerte” y que ésta solamente puede corroborarse por la muerte del “otro”, la clara evidencia del hecho humano de su caducidad puesta como fatal espejo ante nosotros, si bien jamás nadie la ha visto ni hablado de ella con conocimiento de causa, pues únicamente en la vida queda el marco del decir y más allá no hay palabras que amplíen el cerco. La evidencia de la muerte se da en la vida, únicamente en ella. Y esa constatación a través del “otro” traspasa la frontera de lo humano: es la naturaleza toda quien se encarga de mostrarnos su caducidad a cada soplo de aire, en los mundos animales y vegetales, en definitiva, allí donde hay ser vivo hay ser para la muerte. Pero aún más allá también los objetos cumplen su función de indicadores de la obsolescencia, del continuo irse de las cosas, de la fugacidad inherente al tiempo, cuyo movimiento, lo aseguró Aristóteles, es constante y cambiante al unísono; o como se dice en el budismo: todo es impermanente. Todo lo que viene para quedarse inicia en el mismo punto una partida, un recorrido de despedida.

En una estrofa del himno universitario “Gaudeamus igitur” se canta aquel clásico lugar común de la literatura, tan abrazado por Jorge Manrique, que sentencia así: “Ubi sunt qui ante nos fuerunt” (¿Dónde están los que vivieron antes que nosotros?), pregunta sempiterna de asombro ante la transitoriedad de la vida, ante su paso inescrutable que, como un feroz tornado, se lleva todo por delante, menos la perplejidad ante la ausencia de lo que un día fueran presente y presencia. Sin embargo, hoy día vivimos en apresurada mudanza, dejando una estela turbia de desechos, de baldía materia que tal vez matamos antes de lo necesario. Ya Karl Marx, en “El capital”, advierte de que en las sociedades capitalistas impera una “inmensa acumulación de mercancías” y, como sugiere el filósofo español José Luis Pardo en su interesante ensayo “Nunca fue tan hermosa la basura”, podríamos sustituir a estas alturas el término “mercancía” por el de “basura”, pues hoy más que nunca el destino de la mercancía se ha acortado tanto que su función principal es ser basura, dejar paso a lo nuevo, para no entorpecer el frenético ritmo del consumo: única razón de la producción.

Pues, como “todas las verdades aguardan en todas las cosas” (Walt Whitman), incluso lo menos poético y digno de relatar, como es la materia de desecho, puede ser protagonista de este artículo que busca plantear no más que una interrogación razonable: ¿cuál es el sentido de vivir entre tanta obsolescencia?, ¿por qué este afán por consumir, tirar y consumir? Probablemente los psicólogos dirán que es debido a una profunda carencia humana como consecuencia del sentimiento de insatisfacción que provoca ‘el consumismo por el consumismo’ como sustituto de esa otra insatisfacción de trasfondo que es la imposibilidad de establecer vínculos y lazos humanos consistentes, dejando un sentimiento de soledad y vacío que empuja a llenarlo con objetos emuladores de felicidad. En un documental titulado “Comprar, tirar, comprar”, de Cosima Dannoritzer, se nos plantea un concepto que merece la pena estudiar detenidamente: la “obsolescencia programada”, esto es, el diseño de objetos de consumo con la previsión de que su período de vida sea corto, permitiendo que el ritmo del consumo no disminuya, siendo además alentado por la publicidad, que no acaba de instarnos a comprar, a cambiar lo que tenemos por algo mejor, más eficaz o, sencillamente, más a la moda, al día. Un claro ejemplo de ello es la telefonía móvil, los automóviles, los objetos de vestimenta,… que son presentados como un signo de identidad, como una forma de mostrar y demostrar quiénes somos, cómo somos. El economista Serge Latouche habla de este fenómeno del consumo creciente en los siguientes términos: “Vivimos en una sociedad de crecimiento cuya lógica no es crecer para satisfacer las necesidades, sino crecer por crecer. Crecer infinitamente, con una producción son límites. Y, para justificarlo, el consumo debe crecer sin límites”. Y así seguimos cada día, empujados por la publicidad, por la fugacidad de la mercancía prefijada por sus productores, acumulando objetos para la muerte y para ello pidiendo créditos y ahogándonos en unas necesidades impuestas por un modelo de vida que va en contra de la vida, a espaldas de una naturaleza que no acumula desechos para sobrevivir sino que se regenera y recicla con un propio ritmo vital.

Las consecuencias de este despilfarro de energías necesarias para vivir podrían evidenciarse en cualquier momento si no lo están haciendo ya, dejando sus desperdicios en el aire, contaminando a un planeta minado y ensimismado por su lucha diaria para respirar y digerir el descontrol de sus inquilinos. No podemos dar las espalda al monstruo que tras este modelo de obsolescencias sin freno estamos alimentando: compuesto de residuos tóxicos, entre ellos los nucleares, cuya alarma ecológica todavía no tenemos la capacidad de atisbar. De lo viejo nace lo nuevo, así como del lodo brotan las bellas flores de loto, pero hacer sostenible lo insostenible es como pretender vaciar el mar a cucharadas. Por ello, buscar la raíz del problema, hacernos las preguntas adecuadas acerca de nuestro modelo de sociedad actual, nos llevará a descubrir las razones de una crisis global cuyo fin será palpable al sembrar aquellos nuevos valores con los que realmente queramos vivir y convivir en paz.

Diario La Verdad, 24/04/2011

lunes, 18 de abril de 2011

Tablero de aire


(Recuerdo borroso de un sueño)

Corazón sonoro
de sílabas ardiendo verdades
Boca secreta
de exactas imágenes del sueño
se borran, se borran, se han borrado
como arena que enturbia el aire
como suerte de dados
que nunca arrojamos.

lunes, 11 de abril de 2011

La escapada

“Las cosas se desmoronan, ceden los cimientos”, escribía desolado el poeta irlandés W. B. Yeats hace ya casi un siglo, cuando el mundo entero se estremecía ante la fatídica guerra que estaba teniendo lugar. El siglo XX comenzó como una gran turbulencia que luego tras Hitler dejó enmudecida a una sociedad que todavía hoy no cesa de preguntarse los motivos que dieron lugar a tal abundancia de demencia extendida, bañada de sangre y metralla. El siglo XXI sigue mostrando sus garras imponiendo justificado temor a historiadores, profetas y a cualquiera que se atreva a aventurar próximos aconteceres. Una gran crisis económica y de valores podría ser el subtítulo a ese capítulo imaginario que introdujese nuestro siglo, una crisis que todavía hoy no sabemos a qué precio será superada, remontada o, al menos, asimilada. En estos días de abril en que la primavera desea anunciar climas veraniegos, dejando expedita la carga del trasiego gélido y colaborando con la clara espaciosidad del techo celeste, entre cálidos vientos que con la ayuda del sol decoran nuestro rostro de colores más vivaces, a más de uno se le habrá pasado por la cabeza ese pensamiento liviano que mira más allá de los quehaceres ordinarios, del insoportable peso de las cuentas no cuadradas y de los noticiarios que apuntillan el estómago, buscando el respiro prometido de las vacaciones de verano, ese tiempo para olvidarse del presidente del gobierno, de los glaciales datos del paro o de los asuntos políticos de corrupción que diariamente habitan las páginas de los periódicos.

Acaso unos días para respirar el aire puro de las playas del mediterráneo, sin ajustarse el cinturón ni retocarse el pelo para salir a la calle, solamente con unas sandalias, un bañador y el único propósito de perder el tiempo, ganando la vida. Esperemos que, al menos, esta crisis sin piedad, deje unos pocos euros para hacer esa escapada de la canícula, ese dejar de ser lo que somos por accidente (trabajo, obligaciones, estatus, alquiler, seguro, jefes, etc.) para no ser nadie por unos días y regocijarse en ese vaciamiento del ego, a base de helados, horchatas, paellas y chapuzones. En el transcurso de una vida, uno pasa a la adolescencia sintiendo la extraña amputación de la infancia y creo que así pasan las consiguientes etapas y uno deja de ser joven para ser adulto en pocas horas, tal vez al poner la primera firma en un contrato de trabajo o al pagar la primera letra del coche. Entonces la espalda empieza a sentir un peso añadido, una queja en los hombros o un dolor en el cuello que se va cronificando cada vez que echamos otra firma, que extendemos otro talón, que nos sellan una garantía… El camino se torna laberinto, la libertad prisión, el sencillez algo complejo y turbio, como un túnel cuya presunta salida es otro abismo hacia su fondo sin fin.

Pero dejemos la realidad y hablemos de cine. En “La escapada” (1962), de Dino Risi, un adulto con espíritu joven le muestra a un joven con espíritu de adulto lo que es el vitalismo, lo que significa vivir al día, el “carpe diem”, el instante, ese momento único que sucede más que una vez y que si no, es perdido para siempre. En esa película cada momento es eterno porque es vivido con la inocencia que la vida en sí misma tiene, esa frescura que recorre nuestros cuerpos al viajar en un descapotable en pleno inicio de vacaciones de verano, como niños salidos del colegio, con la ilusión del juego y de las travesuras llenando cada segundo de enigmas y aventuras colosales. Vittorio Gassman en el papel de Bruno (algo mayor que su nuevo y responsable compañero de aventuras, Jean –Louis Trintignant, en el papel de Roberto) encarna a ese vividor extrovertido capaz de contagiar a cualquiera de su alegría y que en vez de vivir, parece jugar con la vida. Dos personalidades, como vemos, en confrontación, tal que ese contraste de Nietzsche: apolíneo/dionisíaco. Un hedonismo, el de Bruno, que, por qué no decirlo, resulta ser fatal, pero no por ello moralizante. Esta joya del existencialismo en imágenes nos propone un reto: ser felices. La muerte sobrevuela toda la película, pero ¿acaso no sobrevuela la muerte toda la vida?, ¿acaso por temor a ella hemos de vivir ya muertos en vida?

Si desean contagiarse de un poco de vitalismo aconsejo que vean esta película, sobre todo en estos días en que los planes para el verano han de ser eso, una escapada real y que deje huella, si queremos soportar mejor el peso de las tormentas cotidianas, y si queremos -sobre todo- empezar a aplicar la felicidad también a los días nublados. Quizá la mejor receta ante la crisis sea beber un poco de hedonismo en la copa de Baco para soltar lastre y, como en la canción de Domenico Modugno: volar, cantar… ¿por qué no? Uno de los maestros del vitalismo filosófico, José Ortega y Gasset, nos dejó esta espléndida reflexión: “En tanto haya alguien que crea en una idea, la idea vive”. Así que, no todo está perdido, sólo hemos de querer cambiar las cosas para que éstas cambien. ¿Y, por qué no?
Diario La Verdad, 10/04/2011

jueves, 31 de marzo de 2011

El mar

No hay más segundo que este instante en que abrazamos el viento corriendo por la arena del paraíso, playa de esperanzas, entre sabor a sal y libertad. Somos marineros del cielo, divisando azules reflejos bajo el agua. La vida nos despierta con su sol de gloria. Paraíso de inocencia. Felicidad del momento. Es todo cuanto quiero. Hoy, ahora, hemos visto por vez primera el mar.

domingo, 27 de marzo de 2011

Las guerras interiores

Muchas son las dificultades de convivencia en una sociedad moderna, teniendo en cuenta la virtualización del ámbito público, donde la globalización ha generado la ilusión de intercomunicación entre todos los individuos con la llamada revolución de Internet y los medios audiovisuales, las redes sociales y este tipo de cosas. Pero el hombre de carne hueso se encuentra más aislado que nunca del común de los mortales, llegando escasamente al ámbito privado de la familia, amigos y compañeros de trabajo, un número que en muchas ocasiones pudiera contarse con los dedos de la mano. En una sociedad “de bienestar” el ámbito privado sirve de búnker para librarse de los peligros ajenos, para escapar de las diferencias inevitables y atrincherarse en los valores compartidos como escudo de defensa de aquello que antiguamente llamaríamos “bárbaros”, es decir, todos aquellos a los que no entendemos o nos negamos a entender y de los que diremos que solamente balbucean. El origen de los nacionalismos radicales y fundamentalismos varios sirve de ejemplo de esta hipérbole de lo íntimo y los conflictos mundiales armados suelen surgir de tales diferencias imposibles de aceptar, con razón o sin ella.

El “homo consumericus”, como denomina el filósofo Gilles Lipovetsky al hombre de nuestro siglo, ese ser consumista, hedonista y narcisista, preocupado solamente de sí, constituye el modelo de nuestro tiempo, la posmodernidad. El citado filósofo ha llamado a esta época que nos acontece la “segunda revolución individualista”, caracterizada por un creciente “hiperconsumismo” fruto de un “individualismo narcisista”. Si bien, entremos al mito, Narciso, insensible y engreído, rechazaba a todas sus enamoradas, el egocentrismo de nuestra sociedad niega la esfera pública por igual, insensible socialmente en su mayoría a problemas humanos fundamentales. A veces los motivos relacionados con el ocio pueden más que aquellos que deberían concienciar sensiblemente, unir y humanizar, en un país donde claramente podemos dudar de si a los ciudadanos les importa más los partidos Real Madrid-Barça que la actual situación de guerra en Libia o la tragedia de Japón. Esta insensibilidad, también llamada alienación, pone los pelos de punta. Eco fue rechazada por Narciso y ésta se consumió en cuerpo, dejando tras ella el eco del dolor en su voz repitiendo las sombras. Quizá la conciencia sea eco desoído, esa falta de caridad que nos deslegitima como humanos. Némesis castigó a Narciso a enamorarse de sí mismo, a través del reflejo de las aguas del río. La imposibilidad de colmar tal amor hacia su propia apariencia acabó con su vida y donde él yació, una flor brotó: el narciso. La falacia humana del egoísmo nos enfrenta con nuestras carencias interiores, invocándonos a sembrar una flor donde sólo hay estéril deseo, apetito de placer. Una flor que jamás podrá crecer en tales circunstancias.

Freud contrapuso Eros y Tánatos como una realidad biológica que la cultura y evolución pudieran resolver, encaminándose por el Eros, a través del cultivo de los “vínculos afectivos”, del amor en definitiva, de la identificación con el otro como uno mismo, eso que llamamos compasión. Así, nos explicó el padre del psicoanálisis, pudiera superarse el problema de las guerras. La “excusa biológica” de Freud fue que la orientación de determinadas fuerzas instintivas encaminadas hacia la destrucción es algo que “alivia al ser viviente”. Es innegable que la fuerza lóbrega de la violencia viene desde los orígenes de los tiempos y es acertado considerar que la evolución humana puede traer consigo su sensibilización y fraternidad, algo que venimos considerando un símbolo de cultura y civilización.

Hay, por tanto, una guerra interior que venimos librando con nosotros mismos desde hace mucho tiempo, la fuerza autodestructiva, por supervivencia, se ha liberado hacia el otro, pero el conflicto sigue empezando y terminando en cada uno. La posmodernidad ha traído consigo una desmesurada evasión y la cultura del consumo se ha proclamado como la feliz escapatoria de un mundo que apenas se soporta, que mira hacia fuera todo el rato buscándose a sí mismo, enamorándose de los reflejos que creen son su verdadero rostro. Apariencias a fin de cuentas que traen más guerras internas, en medio de un autoextrañamiento creciente que ubica fuera de órbita todo intento de conquistar unos valores genuinos. No se puede arreglar el mundo si el problema lo tenemos en casa, no se puede avanzar si continuamente hay algo que nos frena. Es agotador e improductivo remar contracorriente. Producir y consumir, frenéticamente, en busca de la felicidad. Saciarse hasta volver a estar hambrientos: triste eslogan el que llevamos a cuestas. Va siendo hora de despertar, de escuchar el eco que nos repite insistente: “conócete a ti mismo”. Este eco, esta voz de la conciencia, nos pide exclamatorio, por el bien nuestro, que miremos al otro como a uno mismo, para que juntos podamos construir, me niego a aceptar lo ingenuo de la petición, un mundo mejor.

Diario La Verdad, 27-03-2011

lunes, 21 de marzo de 2011

La tarde cualquiera

La Pulgosa - Albacete
¿Qué inaugura este silencio
en la tarde cualquiera?
Pide soñar el vacío,
volar en la nada,
sentir vibrante
el eco de un sonido
o la nube pasajera.
Pide ser solamente
la luz definitiva
de un claro encuentro
antes del claro olvido.
Pide ser memoria
en la noche,
luz en la sombra,
aire que amortigüe el vacío
de su grave caída.
Pide ser voz en el silencio
que calle y que vuele
al paso sonoro
de su quietud
constante.

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