domingo, 10 de octubre de 2010

La crisis globalizada

Una crisis consiste en un momento crucial donde es necesario tomar una decisión, donde hace falta un juicio estimativo de la situación para saber si es posible hacer algo o nada, si hay solución o fatalidad. Esperar, seguir soportando los achaques, pasivamente, puede suponer el abandono a la suerte de las acontecimientos, como quien deja un barco sin control en medio de una gran tempestad. En una crisis, siguiendo sus significados primitivos, ocurre una separación, un rompimiento, que trae necesariamente un esfuerzo por volver a unir. Y este esfuerzo supone un criterio, una lucha o combate que ha de entablar la inteligencia para resolver su encrucijada. Es, pues, obligado, el tiempo del análisis, de la consideración atenta del problema, del discernimiento consecuente, si se desea dar paso a resoluciones acertadas. No obstante, el problema mayor parece residir en el sujeto del análisis, en los actores que han de discernir la cuestión. ¿Quiénes son? ¿Dónde están? ¿Y si están en alguna parte, podemos confiar en ellos? La sociedad en que vivimos comporta una cualidad espeluznante al mirarla con cierta frialdad y perspectiva; me refiero a su carácter virtual. Hablamos de sociedad pero no hablamos de nadie en particular, hablamos de fenómenos de la globalización, pero nos referimos al efecto de un todo, donde lo particular ha quedado absorbido por la regla, por la norma, por la masa. En ese lugar común, todo es de todos y nada es de nadie, todos participan pero virtualmente, nadie hace nada realmente, solamente está previsto que se haga, otorgando al individuo la etiqueta de autómata.

En una crisis así, la de este punto de la historia que nos concierne presencialmente, nadie sabe qué hacer, porque todos solamente saben hacer lo que ya hacían, aquello para lo que habían sido educados, esto es, programados. Lo nuevo no puede aparecer cuando la norma implica seguir la norma, cuando el paso siguiente está marcado por el paso anterior y así sucesivamente, al igual que un reglamento o un mapa del laberinto. Si el laberinto queda destruido, o vemos cómo se desmorona lentamente, difícil es que el mapa pueda servirnos de ayuda en muchos de sus tramos, ya quebrados. Quizá haya más salidas, pero el mapa sigue marcando muros inviolables. La globalización, ese inmenso parque temático que nos venden las agencias de viajes en sus circuitos de relax, ese mercado virtual que nada significa, donde hoteles de cinco estrellas disfrazan la pobreza de países moribundos, es sólo una imagen hedonista, como toda la publicidad que nos hacen tragar por los ojos, donde la búsqueda del placer se iguala a felicidad, convirtiéndose en felicidad una adicción donde es necesario más placer (más consumo, como un calmante) para tratar de frenar un dolor in crescendo. Quizá sea el dolor de no ser nada -de saber en lo más íntimo del inconsciente que todo lo que nos dicen que somos no son más que envolturas y bisuterías que ocultan el alma- lo que ha aglutinado este exceso de banalidad, poder y consumo en una crisis global. La crisis de aquellos que son todos y nadie.

Para salir de una crisis hemos hablado de la necesidad de la inteligencia. Palabra ésta cuyo significado etimológico es “leer dentro” (intus legere). Lo cual nos lleva de nuevo al principio. También esta palabra comporta, por eso de ‘legere’, un sentido más, el de ‘escoger’. Al igual que en ‘crisis’ aquí se nos invita al análisis, y aún con mayor profundidad, se nos invita a “leer -escoger- interiormente”. ¿Puede ser éste el problema fundamental? ¿Se nos ha educado a mirar afuera constantemente, en la televisión, en las aulas, en el ocio, cerrando siempre la posibilidad de consultar con la conciencia y sin que nadie nos enseñara a hacerlo? Como buenos autómatas, lo importante es la capacidad de almacenar correctamente la información. Ha sido secundario entender, saber escoger interiormente. La consecuencias estaban servidas. Los valores quedaron invertidos, erosionados, evaporados en muchos casos. Ser era tener. Quien más tenía más era. A más consumo, más felicidad. Felicidad para los que venden y para los que compran. Una realidad ficticia. Un escenario de cartón piedra, prefabricado. Y una crisis que siempre ha estado presente, siendo la norma del sistema. Ahora es el sistema el que está en crisis y son los individuos los únicos que pueden salir de ella, lo único real de todo esto. Por tanto, la cuestión fundamental, el primer paso, ha de ser preguntarse, sinceramente: ¿Sabemos por qué hacemos lo que hacemos?

Diario La Verdad, 10/10/2010

1 comentario:

AGUSTIN FERNANDEZ DEL CASTILLO SUARDIAZ dijo...

Hola jose manuel,

Te felicito por tu buen artículo. Me preocupa como a ti, la parálisis que hay delante de nuestros ojos.

Como bien dices el profundo dolor de no ser nada, es un miedo que paraliza a moverse y mantiene a la persona a la espera y mirando.

Si sitúas a todo ese movimiento estático de mirones en la tripa, veras que en esa escena solo hacen falta tres cosas. Primero mirarlo con compasión para iluminar lo estático y que por tanto, no participa del dinamismo de una vida real. Segundo respirar conscientemente y obligar al zafarrancho y tercero y lo más importante, no olvidar llevarse con el viento, esa falsa conciencia que desde fuera miraba todo esto. La conciencia que mira y no moviliza, es una falsa conciencia, pues Conciencia, Amor e Inteligencia, no se pueden separar, y el dinamismo, es su señal de identidad. No podemos obligar con nuestro mirar a que lo falso se mueva. Por ello, el tiempo que gastamos en mirar es tiempo de mover el trasero en otras latitudes, pues cuando lo hacemos, hasta el oso que estaba hibernando en nuestras entrañas, aun sin mirarle, le estamos obligando a tener un ojo abierto.

Un saludo
http://agustinfernandezdelcastillo-eltestigo.blogspot.com/

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