domingo, 12 de septiembre de 2010

Nueve años después del 11-S

Pasado el tiempo, casi una década, podría decirse que ha acontecido muy poco desde entonces, o quizá mucho. El valor subjetivo del tiempo y la consecuente importancia de los acontecimientos ha valido para afirmar en muchas ocasiones que la historia suele dividirse en capítulos de tragedias, de masacres y guerras, revoluciones, movimientos políticos de un pueblo contra su mismo pueblo, etc. En este caso, el del 11-S, lo que ocurrió fue un ataque contra toda una civilización, no contra una religión o una determinada ideología política, sino contra un modo de vida, el de Occidente, y contra los valores que conlleva. Poco importa quiénes fueron los atacantes, poco importa quién quita la vida sino solamente la vida perdida, la soledad del dolor provocada por un sinsentido, como lo es todo asesinato a sangre fría. Lo que importa es el darse cuenta de lo que supone la tragedia de que el hombre sea capaz de comportarse como bestia. Tras el asalto a una civilización perdida entre las prisas del trabajo y el consumo, la familia y los partidos de béisbol, las barbacoas y los videojuegos, ocurrió solamente algo que posiblemente se siente todos los días pero que en ese día en especial se vislumbró en hipérbole: apareció el miedo. Tras la gran cortina de polvo negro de las calles de Manhattan sólo se atisbaba el ahogo de la desorientación, la angustia del destino, el no saber a dónde ir ni qué hacer, salvo llorar o correr o buscar a alguien a quien salvar de su llanto y de ausencia interior. Un teléfono para contar a la familia o a los vecinos la soledad del instante, la incredulidad ante la catástrofe y la pesadilla de ver en el cielo un vacío abriéndose, claro y azul, pero sin ventanas y cristales, sin altura de hierro ni alargadas antenas virtuales; solamente un vacío, un vacío en el cielo de amplitud hueca.

En ese momento toda una civilización confirmó que no sabía quién era ni quién les atacaba. Solamente fue capaz de conocer su temor, de aferrarse a su identidad violada y posteriormente afirmarse en su rabia, sacando las pistolas del Oeste. La reacción de cualquier humano atemorizado e instintivo se vio en la figura de un presidente de gobierno que asumió llevar a su pueblo a la venganza y al hermetismo de la seguridad. Poco importa quiénes fueron los atacantes y tampoco quiénes fueron los atacados. El ser humano es siempre lo que es, ya se adorne con corbata o con turbante. El problema es cuando la defensa metafísica de la identidad únicamente defiende el vestuario, el turbante o la corbata. Incluso todo lo que ello acompaña. La cuestión es si los valores que creemos o creen defender (los que no creen como nosotros) deben tomar en su defensa la violencia, incluida la venganza. ¿Sirve de algo quemar libros del Corán o de la Biblia? Muchos cristianos fueron quemados en la hoguera por los propios cristianos, la fe en Cristo o en Alá haría avergonzarse a éstos (a Cristo, a Mahoma, a Alá, también a Zeus), por las miserias que sus hijos llevan a cabo. Un grupo de personas coléricas quema banderas de Estados Unidos sin darse cuenta de que está ardiendo con ellas, pues todo odio hace arder el alma. Así lo hacen, así arden, quienes cabalgan en tanques o ametrallan pueblos de personas diferentes, de quienes sólo saben que son algo llamado el ‘enemigo’. ¿Pero qué se esconde tras todo ello? ¿Quién impulsa a quemar, a escupir, a violar, a odiar a un semejante? ¿Hasta cuándo las civilizaciones se quitarán la venda que una guerra del poder que no va con ellos les ha puesto en los ojos tras el mensaje de que hay un enemigo? ¿Quién será el enemigo cuando nadie ya no luche contra nadie? Al ser humano solamente le corresponde el deber de aprender a dejar de luchar, mientras tanto esta civilización o cualquiera que sea inventada, bajo libros y leyes y dioses, será una mentira que buscará revelar al demonio pronunciando el nombre de Dios o de la Constitución. “El mundo es de quien puede ver a través de sus apariencias”, explicó Emerson, fiel lector entre líneas de la Biblia. La lectura del 11-S, las relecturas que se harán cada año y cada siglo de lo que ocurrió, harán comprender al hombre que no existe ataque mayor que el que uno propugna contra sí mismo. En cualquier batalla –en definitiva- nunca hay ganador.

Diario La Verdad, 12/09/2010

1 comentario:

AGUSTIN FERNANDEZ DEL CASTILLO SUARDIAZ dijo...

Hola Jose Manuel,

El ser humano tiene la capacidad, con toda la energía que ingiere con el alimento, de no preocuparse qué va a hacer con ella. El culturista aprieta y aprieta el músculo, pues no se cuestiona, en algunas ocasiones, más que en fortalecer su imagen en el espejo y en ser el protagonista de una energía que se empeña se quede escondida entre sus músculos.

El corazón, está ahí para con la ayuda de las ideas de la mente, reconvertir toda esa energía que entra. Y con ayuda de la respiración consciente, canalizarla hacia arriba y expresarla en acciones positivas.

El exceso de revirar una y otra vez la energía para dentro, todos la conocemos y la ejercemos. Por ello es importante que lo que empieza siendo un tapón de rebeldía , la nuestra a no soltar lo que no es nuestro, darse cuenta cómo va gradualmente adquiriendo unos tintes que luego podremos reconocer cuando sale como nuestra visceralidad y nuestro odio. Y que no sera más que el traje y la corbata de nuestra insensibilidad creando tapones de imaginación sin actualizar.

Mirar el odio, ser el odio, reconvertir el odio, ver salir el odio, cuando se ejercita, deja uno de ver odio fuera pues uno sabe ya hacer del odio propio, el abono de los mejores tomates y nuestro compromiso, el único que pueda ser útil, es quizás que nuestra alma se sienta fortalecida emocionalmente para estar siempre detrás de toda forma de odio, propio y ajeno, iluminándolo. En la tierra, tu dios será siempre tu esclavo.

Un saludo,

http://agustinfernandezdelcastillo-eltestigo.blogspot.com/

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