domingo, 22 de julio de 2012

El fin del capitalismo


La sociedad agoniza, el sistema y sus estructuras económicas se agotan, los ciudadanos salen a la calle para manifestar su descontento, para pedir al Estado que deje de comportarse como un mendigo, para pedirle que responda, que dé la cara por quienes luchan cada día por sobrevivir en un mundo en el que el poder financiero y las leyes del mercado se burlan de la democracia y la corrompen sin escrúpulos. Algunos afirman que el fin del capitalismo está cerca, que este planeta no da para más. Un cambio de conciencia es necesario si pretendemos que la tierra que nos cobije nos soporte; un cambio que mira más hacia el interior, donde lo externo sea solamente un medio y no un fin en sí mismo. Si esto no sucede pronto, el mundo no podrá soportar la dinámica demente que lo rige. Nunca es suficiente lo que podemos hacer por cambiar las cosas y, sobre todo, no debemos esperar a que otros sean los que tomen las decisiones, porque el poder nunca cuenta con todos, más bien sólo cuenta con él mismo: esto es, con los poderosos.

Quizá, históricamente, vivamos uno de los momentos más interesantes, pues estamos llegando a un período crítico que se sale de todos los procesos y fluctuaciones sociales y se divisa un callejón sin salida cada vez más oscuro y grande, e inminente. No es que el ser apocalíptico enriquezca en algo la situación, pero sí ayuda a que vayamos escuchando las alarmas necesarias para ir apreciando cada vez más las dimensiones del conflicto. Sin ánimo de tremendismo, sino todo lo contrario, de cálida esperanza, llamamos la atención para remediar antes del ‘sin remedio’, para reaccionar cuanto antes y aprovechar, incluso, estos momentos en el que el descontento es masivo, para empezar a soñar el mundo que de verdad querríamos construir, para intentar tomar las riendas, si cabe un poco, de nuestra ansiada libertad. Somos un cuerpo destinado a la materia, del polvo vinimos y al polvo vamos. “Mi amor es mi peso”, dijo San Agustín, y allí se contiene mi voluntad, mi esperanza, mi verdad. En mi amor, que pesa como un cuerpo hecho de tierra, humano de ‘humus’, se guardan sueños e ilusiones del alma que antes que todo es. En mi amor, que un día fue niño e inocente, que quizá no ha dejado de serlo nunca, aguarda la esperanza de la luz verdadera compartida, parecido al sueño de Cristo o de los budas de la Tierra Pura, de un mundo mejor. En mi amor, que en definitiva es el de todos, que es de lo que estamos hechos cada uno de los seres, duerme -esperando despertar- la conciencia de días venideros que arrojen un hálito de renovados fulgores. 

La utopía no es un proyecto, no es una nueva estructura, no es un plan consistente y perfecto… la verdadera utopía parte de la confianza en la fuerza espontánea del compartir humano, se basa en una actitud más que en un modelo de algo concreto. Una actitud interior que posibilite el común florecimiento, una actitud interior que no es dictada por religiones o sistemas políticos. Aunque algunos fenómenos sociales como el cristianismo o comunismo lo intentaron, ese espíritu nace del individuo libre. Todo sistema que busque someter a los individuos, incluso defendiendo las ideas más nobles, esconden seguramente un turbulento plan dentro de sí. Todo sistema que no se renueva con el aliento de quienes lo conforman, muere de estancamiento e inutilidad. La educación, al tiempo, esa esperanza en quienes nos han de relevar, no es hoy el caldo de cultivo apropiado sino todo lo contrario. Hemos creado un sistema educativo basado en introducir datos, en vez de en ayudar a que uno saque lo mejor de sí. Metemos y metemos información y ocultamos el tesoro que ya hay dentro de cada uno, su creatividad, inteligencia, capacidades naturales, artísticas, ingenio… Vivimos en un mundo basado en la técnica que ha apartado el corazón y que sufre sin saberlo la sed de su pobreza espiritual, sumida en el lodo material que no deja ver el bosque claro de lo que somos. Sólo hasta que el ser humano no asuma completamente su naturaleza espiritual como lo que le conforma, naturaleza que iguala a todos los seres (y no separa en religiones, dogmas, territorios, culturas…) no podrá éste avanzar en la conquista de su libertad. La única alternativa entusiasta al capitalismo –si ha de llegar su fin- sostengo que ha de ser este humanismo espiritual evocado, esta constatación objetiva –en definitiva- de que somos algo más que un objeto animado, motivado y manipulado para el consumo. Una vez nos hagamos conscientes de quiénes somos realmente y para lo que estamos diseñados –la conquista de nuestra dignidad, libertad, espiritualidad- ya todo sueño será –simplemente, felizmente- una realidad compartida y convenida.

Diario La Verdad, 22-07-2012

domingo, 1 de julio de 2012

Razones para no saber


No deja de ser llamativo que el tratado de lógica más brillante hasta hoy escrito (me refiero al famoso “Tractatus” de Wittgenstein) sea un alegato tanto implícito como explícito acerca de las limitaciones del pensamiento lógico. El predominio de la razón es tan fuerte que a pesar de la demostración “racional” de las carencias que arroja este fenómeno psicológico a la hora de comprender la realidad, seguimos mirando obtusamente sólo desde este prisma, incapaces de ceder un ápice a lo que hay más allá del acostumbrado pensar. Pero queramos o no, la realidad nos fuerza a verla como es, y la mayoría de nosotros no tenemos más remedio que rendirnos con mayor autenticidad frente a una emoción que frente a un postrer y calculado pensamiento. El valor de la razón es instrumental, pero no sirve para las cosas importantes. Darse cuenta de esto es empezar a comprender la vida, que en muchos casos nos lleva, paradójicamente, a aceptar lo incomprensible. Comprender que hay cosas que se nos escapan, que la mirada del instinto, el alma (espiritual, pero también animal, “ánima”, primaria) suele acertar antes si atinamos a mirarla de frente, sin filtros, en forma de intuición, de inspiración genuina. Saber la vida, atender a su sabor, más que a racionalizarlo, es la función del artista, pero también del filósofo o del científico. El fracaso de la ciencia, lo vemos, por ejemplo, en el avance tecnológico, que está tomando el efecto boomerang de la contaminación y de la insostenibilidad que conlleva ese alocado progreso por el progreso sin otra perspectiva que el consumo voraz que desestima sus consecuencias fatales, radica en la testaruda mirada cartesiana de negar al corazón a la hora de emprender el viaje del conocimiento, pues si no lo negásemos tanto nos daríamos cuenta de que no sólo es la materia lo que nos alimenta. El corazón ha de servirnos como impulso primario de certezas, esa confianza honda en uno mismo. Seguro que esto todos lo intuimos, incluso Descartes lo haría, quien nunca dejó de admitir la intuición como el instrumento clave para la conclusión verificable de la realidad.

Hemos de volver, por tanto, a lo poético y a lo mágico, al origen como génesis, al encanto como canto verdadero de lo que vamos hallando por el camino. No hay otra forma de avanzar, de descubrir, de aproximarse a lo que somos. Si Freud vaticinó que somos movidos más por motivaciones inconscientes que otra cosa, algo que Lacan, ese estructuralista reñido con el deconstructivista Derrida pero que en el fondo hablaba de lo mismo que él, también remarcó a su modo. Dice Lacan, en broma, en un famoso seminario, que los psicoanalistas no saben verdaderamente lo que saben; es decir, que el mismo terapeuta desconoce las razones de la cura psicológica, de esa transferencia psicoanalítica que se parece sin duda más al amor que a un indigesto método semiológico de manual. Lo que sucede en el encuentro entre dos personas, en ese juego de identidades, de papeles, de jerarquías conceptuales y consentidas, lo desconocen ellos mismos, al igual que uno no sabe lo que soñará al terminar el día o cómo amanecerá al despertar. La ciencia, en definitiva, participa del mismo juego, se ha de rendir ante la evidencia, ha de callar ante lo inexplicable, ha de aceptar lo innegable, la incertidumbre, la honda ignorancia de esto que nos sostiene y posee, el mundo y su latido de vida oscilante, las tormentas, las estaciones, la alergia de la primavera o la turbadora seducción del primer amor. Por eso los poetas cantan, porque se callan y simplemente suena la música, porque se rinden y surge la belleza, porque se funden sin remedio con la vida y se refleja la vida en ellos, como un espejo resonante que nos muestra de la manera más fidedigna y visceral a nosotros mismos.

Si Wittgenstein, con lógica innegable, nos dice que todo lo pensable es también posible, ¿por qué no hemos de creerlo? Si la razón misma nos dice que no sabe razonarse, ¿por qué la atosigamos tanto? “Pienso, luego sufro”, afirma el psicólogo Giorgio Nardone. Y lleva, nótese la ironía, mucha razón en ello. ¿Cómo puede seguir la razón a esa partícula imposible de determinar y que, además, puede estar en dos sitios a la vez o cambiar de lugar sin una aparente secuencia causal? Dejemos a los físicos que sigan observando este misterio, que las teorías llenen estanterías inmensas en las bibliotecas, que el número de  búsquedas y resultados en Google alcance el infinito. Dejemos que la razón sueñe que descubre la verdad… dejemos que la razón sueñe hasta convertirse en poesía, en, acaso, razón poética, evocando a María Zambrano. Mientras tanto aprendamos a valorar esos silencios donde solo hay eso: silencio, claridad, desnudez, simple luz serena. Aprendamos a fijarnos en el espacio en blanco que posibilita y contiene las palabras, en ese vacío que permite que algo entre, en ese cielo indescifrable que acoge con gesto eterno y mudo, a todas las estrellas. Dejemos que entre la luz; pero apartémonos para ello un poco, como pedía Diógenes a Alejandro Magno; permitamos que el sol nos visite y quedémonos atentos y absortos, inocentes, ante ese milagro de cada día que es la luz proyectando, sin más, la vida.

Diario La Verdad, 01/07/2012

domingo, 17 de junio de 2012

El rapto de Europa


Cuenta el mito que Europa fue raptada por Zeus tomando la forma de un toro blanco. La forma de un dios no era suficiente para seducirla, tal vez se asustaría ante semejante figura olímpica. Un toro, sí, un toro, era algo menos peligroso de acercarse; así que quedó tumbada sobre él. Y él se la llevó. ¿Está sucediendo lo mismo ahora? ¿Alguien que no sabemos, quizá un dios disfrazado está secuestrando a Europa? Más allá del mito, Europa atraviesa un período donde su unidad, quizá forzada desde la caída del muro de Berlín, está siendo puesta en peligro. Unidad cuyo lazo es monetario, algo que por otro lado suena a construir castillos sobre un puente. Cabe plantearse, entonces, qué une verdaderamente a Europa, y, más allá de las fronteras, pues realmente no es el tema Europa, qué nos une como pueblo, como sociedad? Una de las cuestiones fundamentales es ver dónde y a quién hemos delegado nuestro destino individual y social. Darse cuenta hasta qué punto somos gobernados por una voluntad que, incluso, parece ser ajena a nosotros. La pérdida de libertad ocurre también cuando quien la tiene no hace uso de ella. La individualidad es la gran responsabilidad de la libertad moderna y hemos convertido esa herencia en un lastre casi insoportable.

El filósofo español José Ortega y Gasset, en su obra todavía moderna “La rebelión de las masas” define al Estado de la siguiente manera: “una creación humana inventada por ciertos hombres y sostenida por ciertas virtudes y supuestos que hubo ayer en los hombres y que puede evaporarse mañana”. De esto, además, señala Ortega, es de lo que no nos damos cuenta. De la fragilidad de algo que damos por inquebrantable. Un Estado que nos tutela y nos quita la posibilidad de un verdadero crecimiento cívico. El Estado, hoy en día, simplemente nos ahorra el derecho de ser responsables y comprometidos con nosotros mismos y con la comunidad. La tutela del Estado nos incapacita para pensar por nosotros mismos; y cada vez estamos más absorbidos por ese mundo de apariencias consumibles. El “hombre-masa” de Ortega también se puede llamar mejor ahora “homo consumericus” de Lipovetsky, donde, a mi entender, la cultura del consumo ya no es sólo de bienes materiales, sino de tiempo. El verdadero problema es que hemos vendido el tiempo como quien vende su alma al diablo. Hemos dejado que el tiempo se consuma banalmente. La fiesta del fútbol –por ejemplo- es una de tantas tragedias de la razón y del espíritu. No el deporte en sí, no el disfrute del juego, sino la importancia que le damos, el valor trascendente que otorgamos a un espectáculo, a fin de cuentas.

Los valores de una sociedad se miden por sus acciones. Allí donde ella participa activamente es donde tiene puesta su atención. Los valores puestos del revés, la religión del consumo frente al desinterés humano por lo verdaderamente importante resulta una evidencia histórica. Frente al relativismo de los valores nada se puede decir, nadie tiene la verdad en cuanto a la consideración de qué es lo importante. Y, por tanto, sólo queda pagar las consecuencias de nuestra propia libertad. Esta es la responsabilidad que antes o después nos exhorta a reaccionar. Si la crisis tiene un significado, de nada nos sirve el mirar para otro lado. El Estado, creo, sin embargo, aunque lo obviemos y nos obvie, no deja de ser un reflejo de la sociedad. La gente no quiere saber nada de él, ni él de la gente. El hombre desea consumir su tiempo y un país cada día se parece más a un enorme supermercado. Y creo que sólo hay un camino adecuado actualmente, nadar contracorriente. Sólo así pueden surgir nuevos valores, no dejándonos arrastrar por la corriente de la indiferencia. Una rebelión, una verdadera revolución, la que quizá todavía no ha sucedido nunca y tengo la esperanza de que pronto llegará, no podrá ser violenta, no propiciará ningún conflicto hiriente. Una verdadera revolución, nacida primero en el interior de cada hombre, será de conciencia, de lucidez, de auténtica claridad mental y espiritual. Sólo así estaremos preparados para enfrentar nuestros destinos, no desde la confusión o el caos, sino desde un profundo convencimiento de que cualquier paso que demos será el correcto, de que reflejará nuestras voluntades, sembrando las semillas que hemos decidido poner, recogiendo los frutos que esperamos ver crecer. Siendo partícipes y creadores responsables de nuestra realidad en todo momento.

Diario La Verdad, 17/06/2012

domingo, 3 de junio de 2012

Los límites del progreso


El progreso ha sido, desde la modernidad, el paradigma de nuestras aspiraciones, ese espejismo en el desierto en forma de oasis magnánimo y reconfortante. La idea del progreso, a mi entender, ha supuesto una de las causas de las grandes crisis de nuestra civilización, teniendo su cenit más trágico en la II Guerra Mundial. Si el progreso, en sí, entendemos que no es bueno ni malo, sin embargo olvidamos replantearnos la cuestión de si realmente esta idea existe realmente o es solo un constructo teórico, psicológico, que de alguna manera ha condicionado, de forma negativa y paradójica, nuestra evolución. No es coincidencia que en esa modernidad, a partir de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, hablemos de teorías que cambian radicalmente la concepción de la naturaleza o de la sociedad humana, como son la "teoría de la evolución" de Darwin o el comunismo (materialismo dialéctico) de Marx. No es coincidencia que el desarrollo de la ciencia, con la revolución atómica, asuma ese papel de demiurgo y de sostenedor de nuestros destinos. Hablamos, en cualquier caso, del desarrollo de una conciencia humana, de una mente relacionada con su entorno y en constante comprensión del mismo, que va asumiendo una interpretación aparentemente causal de la realidad. Digo aparente porque la causalidad, operación racional, no es observable sin un motivo lógico que la abarque desde su propia visión conceptual. Por tanto, nos hallamos ante el paradigma de una razón que creíamos que era nuestra conquista y sin embargo vamos comprendiendo que es ella la que nos domina y limita, la que nos ha conquistado.

Si nos adentrásemos en territorios más metafísicos la cuestión del progreso iría unida al concepto del tiempo, germen de toda mirada racional, y que está siendo ya puesto en tela de juicio no ya sólo desde la filosofía incluso hace más de dos mil años, sino también desde la misma ciencia contemporánea, que observa fenómenos que parecen no responder a procesos causa-efecto ni a una continuidad o linealidad temporal. Pero, como digo, sin entrar en esta metafísica del tiempo de la que Ortega o Heidegger podrían bien ilustrarnos, volvamos a llevar la mirada al progreso desde un punto de vista social y humano. No cabe duda que nuestros derroteros han girado en torno a él, en una constante lucha por alcanzar algo más, por asumir que este planeta, que esta vida, tiene una finalidad evolutiva en la que lo mejor está siempre por llegar. El progreso se convierte así en una aspiración vital, en un valor, que nos ha llevado a un punto en el que al menos, merece la pena reflexionar. Reflexionar si realmente este constante crecimiento tiene un límite, si los miles de millones de habitantes que ocupamos el planeta podemos aspirar a un mismo bienestar material para todos. Pues si buscamos la igualdad material tal y como hoy la concebimos, como la buscó el comunismo, ¿podría realmente este planeta soportarlo? Miles de millones de coches, teléfonos móviles, ordenadores, microondas, televisiones, etc. ¿Puede concebirse un progreso materialmente exponencial en un planeta físicamente finito?


Creo que la reflexión no alude directamente al progreso como tal sino al perturbador materialismo asociado a él. Y es ahí donde posiblemente está el origen de toda crisis moderna, por mal que nos pese reconocerlo. Espero que llegue pronto el día en que algún político sincero se atreva a hablar abiertamente de ello. Quizá ese día, pues los políticos no son más que un espejo de la sociedad que tenemos, por mal que nos pese también reconocerlo, si llega, es porque algo importante habrá cambiado en nosotros. La naturaleza, frente a la idea del progreso, nos da su respuesta cíclica. La noche y el día en continua repetición, así como las estaciones climáticas. El tiempo circular, que ya evocaba Nietzsche a través del eterno retorno o en el hinduismo con los yugas o ciclos cósmicos, nos hablan de un a concepción de la realidad más primitiva, más sagrada incluso como advierte también el teólogo Mircea Elíade. Una comprensión del tiempo en consonancia con la naturaleza, desligada de esa búsqueda ilimitada de bienes que sólo nos llevan hacia un rascacielos sin sentido y babilónico. Cuando nos paramos a reflexionar sobre este asunto, pues las circunstancias imponen que lo hagamos, la razón advierte las paradojas de sus impulsos y se ve obligada a advertir la situación crítica en que nos encontramos, el ahogo de la civilización en su propia piscina. Ese no querer mirar directamente la realidad agrava más el problema. Sin embargo, algo nos dice que nosotros, mortales, formamos parte de esta misma naturaleza que habitamos, y, pesar de que mejorar, comprender, sea achacado al progreso, es incluso mucho más esperanzador pensar que siempre todo cambia para que vuelva a ser como antes, como apunta aquel libro tan sabio, "El gatopardo". Y es esa misma sabiduría la que hemos de volver a rescatar, la que llevamos dentro, la que un día expresaron Confucio, Sócrates, Heráclito, Lao Tse, Buda, Jesús... hace miles de años. Porque nosotros, a pesar de las apariencias, seguimos siendo los mismos.



Diario La Verdad, 3 de junio de 2012 

viernes, 1 de junio de 2012

Alma de amante



Eres la medianoche: la sombra culminante
donde culmina el sueño, donde el amor culmina.
Miguel Hernández

Todo el dolor contenido fue forjando
el más bello amor. Inexplicable concebir la herida
como una luz que brilla enamorada, sanada,
entregada al resplandor de una verdad eterna.

Todo el amor interior, sentido, me fue hablando
de mí mismo, de las sombras que me acechaban
al mirarte, al suspirar la potestad de tus alturas.

Como un amanecer que canta en la noche de mis sentidos
-calurosos e incontenibles como el sol más potente, como
cascadas deseantes- la verdad del amor fue apareciendo, entre tanto,
calmada, aparcando su pasión del comienzo, entrelazando silencios.

Una vez morí por tu amor, tú que eres yo, espejo deseante.

Una vez no fui yo en el amor por ti… y morí de no amarte
viviendo en el deseo, en el amor ausente, en la herida
de un alma separada de sí misma.

Hoy te amo como me amo.
Hoy te amo como he amado mis luces y mis sombras.

De luz y sombra está hecha mi alma de amante.
De luz a la luz y de sombra a la sombra.
De noche al día buscando entre sueños el camino mágico del encuentro.
De oscura pasión que se mece en los abismos sagrados de la luz
está hecha mi alma de amante.




domingo, 20 de mayo de 2012

Construyendo ideales


A menudo se dice con acierto que la crisis actual es una crisis de valores, un estado de confusión cívica y ética que nos ha llevado al precipicio de nuestras aspiraciones, cuando ya no quedan más vueltas de tuerca que dar –se agotan los recursos y las soluciones- y muchos gobernantes suplican a los cielos que la bolsa se despierte de buen humor y que la prima de riesgo no suba demasiado. Datos, estadísticas, análisis de valores bursátiles… y un largo etcétera que se traduce en un desasosiego capaz de dar náuseas al mismísimo Sartre o de inspirar graves relatos de terror al romántico Poe. En este desasosiego global cabe remarcar algunas notas para la reflexión, empezando por subrayar el carácter de estas consideraciones, que han de tomarse como una invitación al análisis de conciencia, no de la ajena, sino de la propia. Si uno quiere asumir con honestidad su papel en esta sociedad, la voz y el voto que verdaderamente estaría dispuesto a protagonizar, considero que se debe abordar la cuestión en primera persona. Lo interesante de esta oportunidad para lanzar una mirada crítica es el camino que abre, las puertas que quedan abiertas cuando uno ve la inutilidad de mantener viejas convicciones. Veámonos como los gobernantes, no como los gobernados. Retomemos la conciencia de ser el timón de esta sociedad; y sólo así nadie será capaz de manipularnos.

La utopía es posible porque la capacidad de soñar no se perderá mientras perdure el género humano. Un buen gobernante no ha de vivir al día tratando de salvar los trastos de su casa, sino que ha de aspirar a un proyecto claro en el que se vean reflejadas las voluntades de la mayoría. Pero esta mayoría debe saber lo que quiere, debe dictar de alguna manera su destino a través de su acción participativa en la sociedad. Una sociedad sana y “sostenible” debe velar por su propio mantenimiento y negar con contundencia que se la trate como un mero objetivo para el consumo y otros intereses de mercado. Hoy día el sinónimo más parecido para el individuo es el de “consumidor”. En realidad, la palabra “individuo” está perdiendo su valor, el sujeto se está evaporando, está dejando de respirar ese preciado valor conquistado por la modernidad y el humanismo llamado “individuo libre”. El consumidor-objeto sólo tiene una característica: su nivel adquisitivo. Difícil es saber hoy día para quién se gobierna y para qué. Ese objetivo, ese proyecto social que el humanismo aportó se está desintegrando hoy. No podemos pretender que un sistema degenerado, altamente tóxico, intoxicado de capitalismo, nos siga ofreciendo todas las garantías a las que un auténtico estado de bienestar aspira. Un sistema enfermo no sabe procurar salud, su sino es degenerar, envilecer la igualdad, hiperbolizar las desigualdades, subir al trono a los agraciados por su buena fortuna en el juego inhumano del capital y la descarnada competencia, y exprimir al unísono a los que han sido descalificados –incluso antes de empezar a jugar- de la primera división de la lucha por el poder. Pero en todo esto el drama es cómo está estructurado el asunto, es decir, la trama de codicia y vanidad que pervierte todo sistema, llámese democrático, socialista o republicano. No hay otra cosa, no es otro el mal, no es otro el germen del problema que el egoísmo, eso tan primario que en los adultos crece y se bifurca con el tiempo en un sinfín de senderos de una complejidad psicológica que Freud ni siquiera sabría desentrañar.

Ya Tomás Moro, autor de la obra “Utopía”, en el siglo XVI, escribió: "Así, cuando miro esas repúblicas que hoy día florecen por todas partes, no veo en ellas - ¡Dios me perdone! - sino la conjura de los ricos para procurarse sus propias comodidades en nombre de la república. Imaginan e inventan toda suerte de artificios para conservar, sin miedo a perderlas, todas las cosas de que se han apropiado con malas artes, y también para abusar de los pobres pagándoles por su trabajo tan poco dinero como pueden. Y cuando los ricos han decretado que tales invenciones se lleven a efecto en beneficio de la comunidad, es decir, también de los pobres, enseguida se convierten en leyes." Esta consideración crítica, tan contemporánea, nos sirve hoy día para ilustrar el estado de la cuestión. Necesitamos, por tanto, aclarar ideales, propósitos, saber qué proyecto podemos poner en común si no queremos que esta sociedad continúe sosteniéndose bajo la sombra virtual de un tablero que se juega en los grandes mercados y que nos deja todos los días fuera de juego, excluidos de nuestro destino, con los brazos cruzados frente al televisor de la impuesta pasividad. Pero no son los gobernantes –en estos momentos- quienes tienen la palabra, sino los gobernados, y ellos, nosotros, somos los que hemos de decir, una y otra vez hasta retomar el protagonismo, lo que queremos hacer con nuestras vidas. Para ello esta sociedad necesita cultivar su futuro desde las más hondas raíces con un pensamiento libre, colectivo, que funde nuevos valores y quizá, el día de mañana, genere legítimos gobernantes no inspirados por la ambición de poder personal sino por el espíritu “democrático” de servir a sus semejantes, de luchar por un futuro que incluya y no excluya, que perdure ilusionándose con metas que reúnan todos los ingredientes que el hombre es capaz de desarrollar en sus múltiples facetas. No vinimos a esta tierra únicamente para enterrarnos en ella, sino para poder mirar al cielo y descubrir que hay alturas reales en nuestros sueños.


Diario La Verdad, 20 de mayo de 2012

domingo, 6 de mayo de 2012

Lo esencial es invisible a los ojos


Cuando era pequeño había un libro fundamental en mi vida que comprendía perfectamente, era "El Principito", de Antoine de Saint-Exupéry. Todavía hoy sigue siendo mi libro clave, esa obra que uno se llevaría a una isla desierta para leer y releer continuamente en los momentos de hastiada soledad. Hay instantes en los que uno siente el deseo de volver a reencontrarse con el principito para hallar en uno mismo lo más puro e inocente, y así asegurarse de que no ha muerto del todo. En estos tiempos en que parece que vagamos exhaustos por un desierto casi sin fin, reconforta saber que a pesar de esa aparente soledad, brilla en sus dunas un silencio maravilloso que lo hace resplandecer. Como advierte el pequeño príncipe, lo que embellece al desierto es que en algún lugar esconde un pozo. Un pozo de agua para saciar la sed que el incasable recorrido de la vida va reclamando, porque el agua es también buena para el corazón.

En esta obra "infantil", aunque apta para los que aún sientan -o quieran revivir- a ese niño que somos por encima de todo, el mundo de los adultos resulta incomprensible al principito, ¡cómo no iba a serlo!, y en sus diferentes encuentros con las personas mayores él les hace las preguntas más sencillas, pero son ésas precisamente las que son incapaces de responder. ¿Por qué vivimos buscando algo siempre, insaciables? El principito no entiende cómo en un campo pueden plantarse cinco mil rosas cuando solamente una puede ser la razón de nuestra dicha y tampoco entiende por qué las rosas fabrican espinas si nos les sirve de mucho para defenderse de este mundo, pues en cualquier momento un cordero puede pasar por allí y pisarla o comérsela. Sin embargo, lo que realmente no llega a entender e incluso se exaspera por ello, es como a los adultos estas cosas interesan poco cuando son lo verdaderamente importante.

Cuando el principito se encuentra con el zorro, éste le pide que le domestique y le hace saber la utilidad de hacerlo, pues con ello, dice, se van creando lazos, poco a poco. Por eso, le explica el zorro, el joven príncipe ama tanto a su rosa, con la que vive en su planeta y a la que ha dedicado tanto tiempo, y por ello es responsabilidad suya cuidarla. "Eres responsable de tu rosa", le dice. Y, ciertamente, todos somos responsables de nosotros mismos, de cuidar a ese niño que ve sólo desde el corazón -con los ojos invisibles del alma- y, por ello, es capaz de contemplar el mundo con mirada nueva cada día, con bondad ingenua y una incansable curiosidad por las cosas importantes de la vida. Esas cosas importantes, le explica así el zorro, son invisibles, pues "lo esencial es invisible a los ojos". Y, sin duda, lleva toda la razón, nadie conoce el secreto de esta vida, pero todos estamos aquí por ese secreto; nadie sabe qué hace uno en medio del desierto, extenuado y sediento, pero le mantiene en pie ese secreto que parece ocultar el territorio, ese pozo de agua en alguna parte.

Hoy día, todos nosotros, necesitamos albergar con firme convicción la esperanza de que, a pesar de las sombras, hay una luz misteriosa que da sentido y unidad a todas las cosas. Quizá no sean buenos tiempos, quizá nos dediquemos demasiado a cosas de adultos... a acumular flores sin ser conscientes de la belleza de una sola. Quizá la felicidad, nos vamos dando cuenta, no está esperando mañana, está presente hoy, por la única razón de que hay en nosotros un corazón latiendo. Sin embargo, y es lícito, amamos la esperanza, amamos mirar el cielo descubriendo en las estrellas ese latido esencial que brilla en nuestros corazones, anhelamos sentir amor y recordar a los seres que amamos cuando contemplamos una estrella, notando estremecidos que su luz todavía parpadea allí, en la mágica lejanía de sus ámbitos celestes. Hay algo que dice el principito que me dejó estremecido, mudo por unos instantes. "Las estrellas son bellas por una flor que no se ve". Y es, precisamente, esa flor invisible, lo que nos mantiene atentos, niños ante la vida, curiosos ante los parpadeares senderos de estrellas del cielo nocturno. Es esa flor que no se ve lo que nos invita a sembrarla cada día en el corazón, a protegerla, a regarla con agua para que crezca. Somos responsables de nuestro mundo, de nosotros y de esa flor que no se ve y por la que todo es bello sin embargo; pues, "lo esencial es invisible a los ojos".

Diario La Verdad, 6 de mayo de 2012

jueves, 3 de mayo de 2012

El principio de la utopía

El principio de la utopía comienza en el instante en que nuestros actos son pasos firmes hacia los más justos ideales. El ideal se hace realidad. Haz lo que tú corazón te señale con la luz generosa del amor, entonces la utopía habrá comenzado. Todos somos partícipes, autores, ahora, del cambio por un mundo nuevo, hecho de nosotros, de lo más auténtico nuestro.

domingo, 22 de abril de 2012

Crisis y rebelión


Nada como el viento surrealista para reconciliarnos de vez en cuando con la realidad, nada como un sueño para poner en evidencia este otro sueño de la vigilia que tanto amamos y que tanto sufrimos en su verdad. Esa palabra, “surrealismo”, que traspone los sentidos, que confunde toda configuración preestablecida, está ahí para devolvernos a la inocencia, para evocar un amor que no sigue ninguna ruta, que se presenta tal cual, aportando la perplejidad de la belleza en un instante total. Todo arte está hecho de este enigma surreal, pues todo arte sueña imitar la realidad. Es la imposibilidad metafísica de abrazar lo real lo que nos arroja al símbolo, al lenguaje, en definitiva. Pero lo que todo ello esconde, o desvela mejor, es que el verdadero nombre de la realidad, como apuntó Octavio Paz, es “inocencia y maravilla”. Y en ese punto tiene lugar, sigo con el poeta mexicano, toda revolución y rebelión, toda revelación. Esta cualidad de la inocencia es el germen del hombre, su posibilidad de nacimiento, su rastro original parido del orbe creativo en su apasionada danza de reproductividad. La mirada surreal confiere al paisaje cotidiano un destello mágico, un hondonada poética que ilumina y vivifica toda contemplación (sólo hay que recordar los insólitos paisajes dalinianos o las metáforas  deslumbrantes de Breton). Hoy en día necesitamos beber de esa fuente de asombro ante la vida, de ese contemplar las cosas como nunca las vimos, prescindiendo de los viejos esquemas.
Cada suceso, cada hecho que se presenta goza de la cualidad sagrada de la novedad: y sólo esta virtud puede devolver al corazón su latido vibrante y apasionado. La crisis que vivimos es producto del aferramiento a lo viejo, del haber aprendido a vivir de un único modo, buscando lo seguro, lo estable, lo previsible, atándonos a ya caducos esquemas impuestos que sólo nos aportan temor, inseguridad, un miedo estremecedor. La ética capitalista (eco atronador de la moral protestante) ha sembrado este pánico entre sus mismos súbditos. El egoísmo, la competitividad, la explotación y expoliación salvaje de los recursos, la voluntad de dominio, el pensamiento del “cada uno tiene lo que se merece”, todo ello se ha impuesto paralizando nuestra libertad. La democracia ha dejado de significar esa ideal etimología griega de gobierno del pueblo para ser, como siempre, el gobierno del poder y la subyugación de los demás a él. Poder de unos pocos que solamente quieren más poder (porque están convencidos de que sólo ellos lo merecen), dentro de un mercado diseñado para ello, cuya moneda de cambio es lo que, nosotros, el pueblo, le generamos a cambio de unas pocas sobras cargadas de más miedo, de recortes vendidos –e impuestos- como necesarios…  Pero cada día menos se creen esas grandes mentiras, cuando vemos que las grandes empresas, los grandes bancos, son mimados y reflotados por los gobiernos, mientras la sanidad o la educación es amenazada bajo la política democrática más eficaz: la siembra del temor.
Sin embargo, no hemos de añadir más desesperanza a la que nos quieren imponer para mantenernos callados y temblando. Es el momento de reafirmar la posibilidad humana de crecer en sus valores más verdaderos: esos que no se conforman con aceptar el horror sino que lo trascienden mirando más allá de él. La rebelión no empieza en las calles, sino en el corazón de cada uno, en esa inocencia, jamás contaminada, que es capaz de visualizar, a pesar de que pretendan ponernos una enorme venda en los ojos, la verdadera justicia, la verdadera ideología humana, el verdadero camino hacia el bien común. Cuando esa chispa hace luz, cuando esa semilla brota, el corazón colectivo es imparable, pues, la verdad, como afirma el dicho bíblico, no se puede ocultar. Y la mentira, por consiguiente, no se puede mantener por más tiempo. El ser humano ha de reconocer que no es lo que le han hecho creer, ha de ver claramente lo que no es. Pues lo que es siempre está por ser, por nacer, por concebirse desde ese milagro poético que es la vida, manantial inagotable y espontáneo de todo nacimiento. Ese espíritu joven, puro y creativo es el necesario para reavivar un espíritu colectivo que sólo unido puede prosperar, unificando voluntades en una misma seña de identidad que deje de lado, a su vez, afanes egoístas de cualquier índole. Nadie es más que nadie; ese es el supuesto lema de la democracia que toca hoy defender. Nadie está por encima de otro en sus derechos. El individualismo carece de sentido sin un fin colectivo, por lo tanto esto no es una lucha, sino una inagotable comunión de destinos. Guardemos silencio ahora por unos momentos, dejando que brote esa inocencia tan nuestra que nos permita ver desde este instante, y a cada segundo, un mundo nuevo, hecho de nosotros.

Diario La Verdad, 22-04-2012

domingo, 8 de abril de 2012

Las trampas de la fe

Se dice que la religión es un opio, pero también es un alimento, una necesidad impetuosa del hombre desde sus orígenes en busca de un sentido de trascendencia a su vagar por el mundo. Una forma de llenar la soledad empequeñecedora que le produce saberse acaso una insignificante gota en el gran océano del universo, una minúscula partícula (“polvo al polvo”) que apenas representa una nada en el cosmos. El hombre necesita de un alter ego proverbial, fulminante, que atemorice pensarle o nombrarle, necesita elevar hasta el dolor su imagen por las calles, necesita llorarle y atribuirle un llanto ominoso. Este valle de lágrimas, que llamamos mundo, lo será por siempre hasta que no se eleve la visión humana por encima del dolor, construyendo de una vez el tan anunciado paraíso aquí en la tierra. Como escribiera Lope, “siempre mañana y nunca amañanamos”, absortos en las trampas de la fe, en la fiel ironía del cántico tremendista, afirmando cabizbajos, como San Agustín, que “el creyente debe creer lo que todavía no ve, pero esperando y amando la futura visión”. No hay futuro para un Dios, la historia nos lo ha demostrado, que se ignora siempre en el presente, pues el futuro es en esencia inalcanzable. Y, sólo es posible, por tanto, creer en el presente.

En el “Salmo 4” leemos: “Me acuesto en paz y enseguida me duermo, porque sólo tú, Señor, aseguras mi descanso”. Posiblemente, a mi entender, sea uno de los más bellos colofones espirituales, una maravillosa forma de sintetizar lo que la religión significa, o busca significar, en el hombre. Una paz, un descanso, un alivio al tormento mundano, una mano desde el cielo tendida sin condición alguna, amorosa y compasiva, hacia todos los hombres. Es la religión la esfera donde la conciencia es capaz de reconciliarse consigo misma, de silenciarse y de descansar en paz, recostada en el regazo del que todo lo sabe y todo lo perdona. Pero más allá de la conciencia moral, de la dualidad del pecador y el pecado, hay y ha habido siempre una conciencia mística, en todas las religiones, que ha representado la parte más profunda de la espiritualidad, aquella que se rinde, sin condiciones, amorosamente, a lo divino. Esta modalidad espiritual es pura, ascética, livianamente sincera en su canto. Es la de San Juan de la Cruz, Miguel de Molinos, Santa Teresa de Jesús, Sor Juana Inés de la Cruz, Ramón Llull… Es la que lo dará todo por el encuentro sereno y unitivo, la que pasará “por fuertes y fronteras” y no temerá las fieras que salgan a su paso. Es la que, al final de todo, sabe no saber, “todo ciencia trascendiendo”. Es, usando palabras de José Ángel Valente, “una experiencia abisal”, un romance callado con la verdad.

En estos tiempos de crisis y lamentos, de via crucis y nubarrones, merece la pena hacer un recorrido por nuestra mística cristiana, por los autores citados o por aquel inglés anónimo que escribiera “La nube del no saber”, y, por supuesto, por el místico de los místicos, el Maestro Eckhart. En ellos siempre se desprende la más bella esperanza salida de la noche más oscura, viendo, como escribiera San Juan, que “su claridad nunca es oscurecida” […] “aunque es de noche”. No ha de ser la religión un territorio ajeno a la vida, para quien realmente desea aprender a vivirla, esto es, para quien desea experimentar sin restricciones la hondura divina.

La religión no se experimenta en el templo solamente, sino incluso más aún fuera de él, en el vivir cotidiano, en el trato con los semejantes. Nadie puede poner el cartel de “Ocupado” cuando no le interese llevar a la práctica lo que su corazón reconoce como correcto. Se habla de compartir, de amar al prójimo como a uno mismo, de unidad en la diversidad, y este mundo nunca ha experimentado tanto la división, el egoísmo, la búsqueda atormentada del beneficio propio a costa del empobrecimiento de otros. Hay quien habló (Montesquieu, entre otros) de la separación del estado y de la religión, pero lo que no se puede separar es la conciencia religiosa de la conciencia cívica, política, económica o ética. Todo es una misma cosa. Si reconocemos al ser humano como parte del Espíritu, encarnación dotada de alma, no queda otro remedio que actuar de acuerdo a eso. Y si así fuera, nadie podría tener nada en contra de cualquier religión, porque el ser humano simplemente actuaría desde sus convicciones más puras, ya que uno mismo representa lo trascendente, no es diferente de ello. Entonces estaríamos hablando de una verdadera y nueva religión, aquella capaz de hermanar a todos los seres humanos, de unificarlos bajo una misma naturaleza y proyecto común, y de encaminar, de ese modo, esa paz perfecta que cuando está en uno es capaz de resonar en todos y de conciliar, acaso definitivamente, este dolor que produce la incansable cruz que llevamos a cuestas.

Diario La Verdad, 08/04/2012

domingo, 25 de marzo de 2012

La actitud ante la crisis


En los momentos decisivos, esos que llamamos de crisis (palabra tan consabida hoy día) sucede que la actitud humana y el modo en que encara los acontecimientos -la emoción que la inspira- es el factor determinante ante la encrucijada. La actitud, esa forma de ver las cosas y de comunicarnos con ellas, de entenderlas, tratarlas, sopesarlas y respirarlas, marca –dicen- un destino. Resultado de un carácter, de un hábito de pensamientos y de humores con que interpretamos el mundo, es difícil comprender a veces que el camino que seguimos –casi siempre por inercia- no es el más adecuado. Cada día, a pesar de que aparentemente el racionalismo es tan respetable, sabemos –y la ciencia incluso lo confirma, es decir la razón- que somos movidos fundamentalmente por las emociones. La mente sigue su paso, imagina que lleva el control (como el auriga de Platón) pero lo cierto es que solamente interpreta una sinfonía que ya está sonando y de la que además se considera autor. El papel de la mente, pues, es el de determinar el mundo desde el punto de vista de alguien que lo habita, de un yo protagonista y autor. Como digo, la ciencia ya va corroborando estas apreciaciones de cierto tono metafísico. El neurocientífico y premio Príncipe de Asturias Antonio Damasio ha podido concluir lo siguiente: “Aun en su versión más tenue y sutil el sí mismo es una presencia necesaria en la mente”. Entiéndase “sí mismo” como conciencia de sí (de uno mismo). Recordemos que Buda ya expresó lo mismo añadiendo que esa era la causa de todo sufrimiento, es decir, el creer en una ilusión. Ilusión de ser algo, de poseer, de contener en nosotros lo que no es de nadie. Ilusión que es deseo, insatisfacción permanente, insaciable búsqueda de perfección, de, en definitiva, serlo todo.

El tema que abordamos comporta cierta complejidad pues trata del ser humano, de su naturaleza más esencial, y, como veremos ahora, también de la relación de éste (como individuo) con el mundo y los demás individuos. Si, como decimos, el deseo es pulsión de movimiento de la individualidad, todo en la vida está impregnado de él. Desde este punto de vista hablamos únicamente de energía, de lo que nos mueve como materia con autoconciencia. Por tanto, pragmáticamente podríamos afirmar –aceptando lo anterior- que lo que importa es si esta energía nos reporta beneficios, si es completamente vital o saludable. Es decir, si el barco en el que navegamos es –irremediablemente- el que es, lo que nos importa es que nos lleve a buen puerto, e incluso que viajemos cómodos en él. De lo que hablamos pues es de la vida y de cómo vivirla bien. Y para ello, concretando en el punto de partida, esto es, en la crisis y en nuestra actitud hacia ella, muchos dicen que cabe la esperanza o la resignación. El creer que todo puede cambiar a mejor y navegar en esa dirección, o en entregarse a la voluntad de lo que tenga que ser. No es cuestión señalar cuál de ambas actitudes es la correcta, si bien muchas veces la resignación permite un despojamiento mayor de nuestras expectativas y una consiguiente liberación; la esperanza añade un deseo de cambio, un impulso capaz de construir sueños más “sostenibles” o simplemente de confiar completamente en el mañana. Ambas son formas de fe, pues es la resignación un abandono, quizá el más sincero, a la voluntad divina. En la esperanza amanece el pálpito, la mirada hacia el cielo sostenida por un dulce presentimiento. Tal vez no se trate de escoger, sino de aceptar aquello en lo que el cuerpo nos pide creer. 

La crisis ha de llevarnos a la reflexión “sentida”, a un profundo cuestionamiento de todo lo que hasta ahora hemos construido, para ver las fallas, las grietas por donde supura la herida. Incluso, más allá de la reflexión, se trata de comprender que lo que sucede no es más que un espejo de nosotros mismos, que aquello que tememos, negamos y queremos evitar es nuestra sombra proyectada. Ortega y Gasset recalcó lúcidamente que “vivir es anhelar”, y sobre ese anhelo se construye –o simplemente aparece- todo lo demás: la vida. Y es este anhelo la oportunidad de remontar el vuelo, de dar un salto definitivo y sincero. Toda crisis conlleva una oportunidad, la de conocerse mejor, la de salir más reforzado del proceso, pero para ello hay que mirar hacia dentro, muy hacia dentro: y ver con llana franqueza que lo que uno es, lo más auténtico suyo, es también lo que mueve el mundo. Y, en conclusión, todavía es posible la esperanza, porque este anhelo benigno que late con fuerza de vida es sin duda el impulso primigenio y más puro que puede ofrecerse para un cambio.

Diario La Verdad, 25/03/2012

domingo, 11 de marzo de 2012

Naturaleza y sociedad



A esa naturaleza que todas las cosas ordena (“natura daedala rerum”) y que rige el mundo conforme a ella, parece faltarle en ocasiones una pieza en su engranaje, un motivo superior totalmente estructurado y coherente que incluya al hombre y sus acciones. No obstante, ese caos, esa conducta tan pasional y desastrosa que el ser humano adopta ante el mundo -generando un constante conflicto en su constitución como sociedad- por mal que nos pese corresponde también a la naturaleza, al igual que frente al armonioso río o al inofensivo pájaro cantor coexiste en oposición el tigre amenazante y sin piedad acechando a su presa. En la naturaleza, sin embargo, todo es como es, todo fluye integrándose, aceptándose, incluso la muerte. Pero el hombre sufre, se apega a aquello que le produce dolor –se resiste a lo que ha de ser- y ese rechazo genera sus males. La muerte es el primer trauma de la consciencia, aquello cuya aceptación supone la sabiduría (alcanzada por pocos) y su resistencia a ella el sufrimiento, el inevitable sufrimiento. Toda una vida en torno a este tema, el aprendizaje fundamental que plantea cualquier biografía.

Si observamos al hombre en perspectiva tenemos la visión de la sociedad, esa conjunción de identidades, de problemas aislados y en intercomunicación constante, así como células o neuronas de un sistema complejo y enérgico, en continuo movimiento. Esta complejidad se revela –por ejemplo- en la imposibilidad de la predicción (tal que la “incertidumbre” de Heisenberg). Ni la ciencia, tan exacta en sus dominios lógicos, puede avistar qué será del hombre, hacia dónde va, o lo que es más difícil de contestar: y para qué su viaje. Preguntas más propias de la metafísica o de la teleología, pero que imponen una necesidad de exactitud, de claridad y de verdad, de ciencia (en su sentido más propio: saber). Este saber es la gran empresa humana, y su campo de actuación es la vida misma: el incesante segundo que la vida entrega a nuestros sentidos y cogniciones. La vida es sentida, observada, interpretada; pero nunca podremos decir que es sabida totalmente, descubierta, tal que una obra terminada. Pues todo instante abre una puerta de posibilidades y nuevos desafíos a la intuición y a la inteligencia. Destino o providencia, la vida nos va llevando por sus cauces a través del tiempo que nunca se para y que -existencialmente- de este modo nos condena. Pero la condena del tiempo en el fondo siempre es dulce, pues frente al segundo quitado aparece otro segundo regalado. Regalado, sin hacer nada.

En definitiva, la contradicción es un ingrediente más de la condición humana, acaso su sino o su fatum. La sociedad, hoy día, parece estar viviendo un mal sueño, parece estar luchando contra un gigante sin rostro, contra una criatura demente de la que todos hablan y que nadie puede detener. Y, a lo mejor, ese ser, ese fantasma patético y sangriento, no tiene entidad propia, no es localizable, pues: es todos. Cuando un mal afecta de lleno a una sociedad cabe concluir que es la sociedad la que está enferma, en su conjunto. A esto se le llama crisis sistémica. Es decir, que el problema es el sistema. Y más en el fondo, en sus raíces, sólo hay miedo, esa es la causa, el origen de los  males. El miedo que genera la dependencia total del dios mercado. El miedo continuo que genera un sistema que nada hace sino que favorece las desigualdades, el poder como instrumento egoísta de dominio, la competencia deshonesta, el consumismo frenético, el capitalismo irresponsable y contaminante, etc. Cuando una sociedad funda una religión cuyo dios es su enfermedad, sus ritos serán siempre un ejercicio de banal y mecánico sufrimiento. Y ante ello sólo cabe la rebeldía, la rebeldía moral y de conciencia como único recurso e impulso para cambiar y mejorar las cosas. Como expresó Krishnamurti: “No es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”. Es decir, la rebeldía es la causa de este malestar que instiga a un hacer algo, lo que sea, pero hacia un horizonte de coherente y sensible voluntad común. El no hacer nada, el sentirse conforme, indica claramente la patología. Para que haya un cambio real, los agentes del cambio han de ser sin excepción los  implicados, una sociedad unida, una democracia verdadera inspirada por su propia vocación humanista. Tan sólo hay que desenmascarar al monstruo y darse cuenta de que era una ilusión, un fantasma; y lo único real será entonces una sociedad ya liberada de sus cadenas autoimpuestas, construyendo de nuevo su destino.

Diario La Verdad, 11-03-2012

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