Mostrando entradas con la etiqueta filosofía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta filosofía. Mostrar todas las entradas

sábado, 6 de agosto de 2016

Felicidad

Y va pasando la vida, cada día, haciéndonos ver que todo esefímero, reconociendo que el bien más preciado es el tiempo. Ni siquiera para un artista su obra le vale más que su tiempo, seguramente la cambiaría por unos instantes de prórroga para la dicha, por la posibilidad de un momento sublime y que guardar para toda la eternidad, como soñase Fausto. Cuando a Borges le preguntan por su pecado o remordimiento mayor, él dice con dulce sonrisa y gesto de humilde fatalidad: “no haber sido feliz”. Remordimiento que creció en él cuando murió su madre, pues hubiera querido –al menos- fingir ser feliz por la felicidad de ella. Lo escribe también en su soneto “El remordimiento”: “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz”. Aquí Borges refleja una de las cuestiones más espinosas para el ser humano, el no saber ser feliz. El gran remordimiento, quizá el único verdadero, que alguien pueda tener. Nuestra sociedad, en su conjunto, goza del mismo pecado, su infelicidad, pues muy a pesar de todos sus esfuerzos, de inventar objetos de consumo de todo tipo dirigidos a la consecución de múltiples placeres, nada material nunca puede satisfacer por completo al ser humano. Lo material es caduco y sustituible; y es precisamente aquello que posee alguna de esas cualidades lo que erróneamente juzgamos necesario y trascendente. El paso del tiempo nos va dando esas claves para ver lo esencial allí donde los sentidos primarios no alcanzan a verlo. Esas claves son la puerta de entrada al misterio de la vida, para ver que la respuesta, como cantase Dylan, “está flotando en el viento”, y que hemos de pararnos un instante, sólo un instante, para verla. 

La Tribuna de Albacete, 3-8-2016

miércoles, 19 de agosto de 2015

Sobre crisis y utopías

La utopía es posible porque la capacidad de soñar no se perderá mientras perdure el género humano. Un buen gobernante ha de aspirar a un proyecto claro en el que se vean reflejadas las voluntades de la mayoría. Pero esta mayoría debe saber lo que quiere, debe dictar de alguna manera su destino a través de su acción participativa en la sociedad. Una sociedad sana y sostenible debe velar por su propio mantenimiento y negar con contundencia que se la trate como un mero objetivo para el consumo y otros intereses del mercado. Hoy día, lamentablemente –este es uno de los rasgos del capitalismo- un sinónimo para el individuo es el de consumidor. En realidad, la palabra individuo está perdiendo su valor, el sujeto se está evaporando, está dejando de respirar ese preciado valor conquistado por la modernidad y el humanismo llamado “individuo libre”. El consumidor sólo tiene una característica: su nivel adquisitivo. Difícil es saber hoy día, en esta crisis también –o sobre todo- de valores, para quién se gobierna y para qué. Ese objetivo, ese proyecto social que el humanismo aportó se está desintegrando hoy. No podemos pretender que un sistema intoxicado de capitalismo nos siga ofreciendo todas las garantías a las que un auténtico estado de bienestar aspira. Un sistema enfermo no sabe procurar salud, su sino es degenerar, envilecer la igualdad, hiperbolizar las desigualdades, jugar a la descarnada competencia. No hay otra cosa, no es otro el mal, no es otro el germen del problema que el egoísmo, eso tan primario que se bifurca con el tiempo en un sinfín de senderos. Esperemos pues, confío en que sí, creamos en las utopías, que vengan pronto tiempos más generosos.

La Tribuna de Albacete, 19-08-2015

miércoles, 22 de julio de 2015

El futuro de la democracia

Recordemos que para Aristóteles, que con Sócrates y Platón son simiente del pensamiento europeo, dicho ahora que peligra la estancia de Grecia en Europa, un buen sistema político era la aristocracia, entendido como un gobierno plural donde gobernaran los más capaces, en contraposición al reinado o la tiranía. Comenta Aristóteles en su Política, que son mejores los gobiernos plurales y que buscan la igualdad, y que cuando gobiernan unos pocos, por ejemplo una falsa y reducida aristocracia (oligarquía) o gobiernos tiránicos y autoritarios, siempre suele mezclarse con corrupción y demagogias. “La vergonzosa codicia de los gobernantes [comenta Aristóteles] que tendía sin cesar a limitar su número, dio tanta fuerza a las masas, que pudieron bien pronto sacudir la opresión y hacerse cargo del poder ellas mismas.” Y ahí venimos a parar, al nacimiento de la democracia. Pero, he aquí la paradoja, el caso de Grecia, que no quiere someterse a los dictados de una línea de poder que contamina toda Europa, pone en entredicho si realmente vivimos en una democracia, o en una democracia ficticia y tiránica. Conviene no olvidar a los griegos. Conviene no pasar por alto que tratados como la Política de Aristóteles pueden ser guías actuales. Estamos ante los mismos problemas, ante las mismas vicisitudes. Quizá la palabra democracia pueda seguir usándose, pero hay que darle otra vuelta de tuerca. Hay que volver a cargarla de sentido. Hay que resemantizar, en definitiva, nuestro futuro como sociedad, y dejar claro que libertad o igualdad han de ser equiparables a la palabra democracia, y que bajo ningún otro concepto se pueden pisar. 

La Tribuna de Albacete, 22-07-2015

miércoles, 27 de agosto de 2014

Retórica y política


La política, como la guerra, ya nos lo anunciaron Maquiavelo o Sun Tzu en "El arte de la guerra", cada uno a su estilo, es una cuestión de estrategia y audacia, aplicable a cualquier situación donde el poder y el dominio del otro se convierten en el objetivo del juego. En el mundo capitalista en que vivimos, casi todo se basa en estrategias de control y manipulación encubiertas, y a veces no tan encubiertas. Toda la retórica de Quintiliano o de Aristóteles se ha usado como un arte de dominio y persuasión muy eficaz. Saber vender un producto o una idea es, sin duda, una cualidad que engrandece el producto, pero cuando este producto carece de las cualidades o de las ventajas que se nos ofrecieron, se le puede llamar engaño. Sin embargo hay una fórmula esencial y necesaria para no ir deambulando en busca de paraísos y encontrarnos con espejismos o quimeras, y esto es el criterio, también el sentido común. En la política la cuestión es más grave, pues lo que nos intentan vender se corresponde con los cimientos de la vida: trabajo, salud, educación, libertad... Pactos, debates independentistas, fraudes, recortes, luchas internas; poco tiene que ver con un compromiso sincero con el ciudadano. La retórica, la palabra convincente, puede ser en ocasiones arma de quienes no llevan nada consigo, pero no es necesario adornar tanto lo que por sí mismo ya luce. Y así estamos, esperando hechos, hechos que produzcan cambios, cambios que de verdad supongan algo sustancial que nos libere de la manipulación continua. Pero es el individuo, la sociedad en su conjunto, la que ha de proclamar lo que quiere; pues, no lo olvidemos nunca -sería la peor amnesia que nos habrían conseguido vender- y es que el poder es siempre del pueblo. 

La Tribuna de Albacete, 27-8-2014

miércoles, 20 de agosto de 2014

Vacaciones


En estos días de agosto, todavía son muchos los que inician sus escapadas vacacionales y también los que ya han regresado de las mismas. Todo regreso representa siempre esa vuelta a Ítaca, a nuestro hogar. Un regreso que, de algún modo, siempre nos transforma. Pero a veces puede resultar complicado apartar de nuestras vidas el ritmo vertiginoso que el día a día nos impone, e incluso saber parar cuando las circunstancias nos ofrecen ese tiempo de pausa. Cuando conseguimos que el ocio y el descanso nos envuelvan, entramos en una especie de felicidad temporal que llega a suponer, cuando regresamos a casa, un duro golpe o trauma al encontrarnos de nuevo la realidad que dejamos cuando nos fuimos. Recuerdo ahora fragmentos del poema Ítaca de Cavafis: Cuando emprendas tu viaje a Ítaca / pide que el camino sea largo, / lleno de aventuras, lleno de experiencias. [...] Que muchas sean las mañanas de verano / en que llegues -¡con qué placer y alegría!- / a puertos nunca vistos antes. Anhelamos encontrarnos con nosotros mismos, con lugares que nos recuerden que estamos vivos y que es todavía posible soñar nuevas y largas travesías. Pero tal vez sea desmesurada tanta espera y abnegación para tan poco tiempo de libertad. Haciendo de la espera un desespero y del momento presente un deseo futuro de nosotros mismos. Por eso, invitaría a sentir que ese viaje a Ítaca sea verdaderamente largo, que no se apague con el regreso de las vacaciones, que perdure interiormente y se integre en nuestras vidas esa felicidad que merece ser vivida a cada momento. De no ser así, la ciudad nos seguirá allá donde vayamos, ese mundo a cuestas que arrastramos, olvidando que nuevos mares e islas esperan a ser transitados cada día. 


La Tribuna de Albacete, 20-08-2014

miércoles, 14 de mayo de 2014

Integración


En estos tiempos en los que muchos pueblos buscan su identidad a través de la separación, observamos que unir no va a la par con reafirmar lo que uno es, sino que solamente acentuando la diferencia, excluyendo en vez de integrar, parece que se logra calmar esa sed de identidad. Pero a la larga sabemos que esa actitud únicamente lleva a la exclusión social, a una especie de integrismo que termina rechazando al otro, no por lo que es o cómo es, sino por lo que ponga en unos papeles: bien sea su lugar de origen, nacionalidad, sexo, raza, religión, etc. De esta manera el ser humano aprende a mirar al otro con recelo, tratando de adivinar su ideología política, sus convicciones morales o espirituales, para determinar si pertenece a su grupo o es un extraño que conviene desterrar de sus vínculos sociales. Sin embargo, sabemos que las personas, por encima de las diferencias, por su humanidad intrínseca, mantienen una necesidad de unir en vez de apartar, de construir puentes que sean más grandes que ellas mismas, antes que encerrarse en islas o guetos que las aíslen de los demás. El sentido de protección, de miedo, de desconfianza o recelo, no debe prevalecer a la hora de tender la mano, de ampliar nuestras fronteras y de crecer buscando igualdad de condiciones y derechos, valores solidarios y mutuo respeto y comprensión.

Por esta razón creo que es posible luchar para favorecer la propia identidad histórica o social al mismo tiempo que crecer en una amplitud de miras, con la aspiración de encontrar en el otro, en el vecino, en quien vive y convive cerca de nuestras fronteras o dentro de ellas, una aproximación sincera y un deseo de defender unos mismos valores de grupo. Pues, como cantaran los hippies, y tantos otros colectivos de mente abierta, solamente somos ciudadanos del mundo, no tenemos otro lugar de nacimiento que el mismo planeta que nos acoge, ni otra madre que la Tierra. Y para permitir que haya una interacción equilibrada con el medio y con los otros, nada más que es posible hacerlo desde la comprensión de que formamos parte de un mismo organismo, y todas las respuestas que demos contribuirán a su evolución equilibrada si van en un sentido unitivo y cooperativo, o a su decadencia si cada uno actúa de acuerdo a sus intereses personales. Porque, como sucede con el llamado ‘efecto mariposa’, una acción cualquiera, aunque parezca que no repercute en otra parte, puede desencadenar sin embargo distintos efectos en otros lugares aparentemente no relacionados, pongamos por caso en el tercer mundo, o por el denominado ‘cambio climático’.

Así que, citando a Walt Whitman: “¡Arrancad los cerrojos de las puertas! ¡Arrancad las puertas de los goznes! El que degrada a otro me degrada, y todo lo que se dice o se hace vuelve a mí al fin!” Palabras de Whitman que podrían ser dichas por este planeta nuestro que espera que -algún día no muy lejano- nos pongamos de acuerdo en escucharlo, para cuidarlo y movernos en torno a él; y no moverlo para que gire en torno nuestro. Y solamente hay un sentido en ese movimiento: el de la naturaleza.

La Tribuna de Albacete, 14-05-2014

jueves, 21 de noviembre de 2013

Humana ciencia


No hay conocimiento más genuino que el que nos brinda la propia experiencia, y el resultado de este conocimiento es lo que llamamos sabiduría. Recordando aquella máxima de Quintiliano en la que decía que “es la ciencia la que crea la dificultad”, hemos de preguntarnos hasta qué punto se ha sustituido el conocimiento humanista, el que aboga por la creación de ideas, por otro de laboratorio o de estadística que relega el desarrollo de nuevos paradigmas por la religión de los datos y los números exactos. Sin embargo, esa ciencia que se denomina “exacta” se sorprende cada día ante la imprevisibilidad de la realidad y se da cuenta de que el conocimiento de ésta precisa de nuevos modelos de investigación más allá de lo cuantitativo, pues todo lo que consideramos medible no se puede aplicar a lo que no lo es: como son las emociones, el comportamiento e incluso la materia. ¿O acaso podemos cuantificar objetivamente –una a una- las neuronas y demás células que recorren nuestro cuerpo más allá de una mera ecuación teórica? Al igual que una religión que asume dogmas anticuados en los que la sociedad actual ya no se reconoce, así la ciencia y su dogmática visión del mundo se está quedando obsoleta al no integrar en su investigaciones esas variables que simplemente descarta, cuando son, digamos, lo más importante del fenómeno.

Esa ciencia que crea la dificultad es aquella que no se actualiza con los cambios presentes, siempre en proceso. Cuando se asumen dogmas y leyes mecánicas que aplicamos metodológicamente por decreto, olvidando mirar en fenómeno en sí, nos estamos poniendo una venda en los ojos, la venda de los prejuicios científicos, la venda de lo aceptado por comunidades académicas que exigen adaptar todo estudio a sus requerimientos limitados de elaboración científica. Pero, ¿por cuánto tiempo seguiremos observando el vasto universo desde unos viejos prismáticos? Y este no es un problema que sólo concierna a la comunidad científica –esto es, la que se desarrolla en las universidades y en institutos financiados por grandes empresas con intereses particulares, como las farmacéuticas- sino que se da también en la religión o incluso en la política. Pues la cuestión a la que nos referimos tiene que ver con la mentalidad, con la forma en la que interpretamos y concebimos el mundo. Y un cambio de mentalidad pasa primero por poner en duda esos viejos valores que asumimos como verdades intocables. 


Parece que nuestras viejas ideas son un tesoro que hay que defender para no perder la identidad. Pero nos olvidamos de los efectos secundarios, de esas variables que apartamos. Y nos olvidamos también de que una identidad cerrada al cambio ralentiza y deteriora nuestra capacidad de evolución y adaptación. Quizá esta crisis económica y de valores sea el espejo de ello, la evidencia de la dificultad de una sociedad para adaptarse al cambio. Y es que un grupo –o civilización- que se guíe por valores individualistas remará siempre a contracorriente de la evolución colectiva. Los intereses del mercado no son los intereses de todos, y una verdadera democracia necesita asegurar que el pueblo navegue a buen puerto sin ir dejando a flote a sus tripulantes. No hay ciencia que conozca el futuro, pero sí sentido común que sabe que hay un presente que puede ser mejorado, que debe ser más solidario, más humano y más abierto al cambio.


La Tribuna de Albacete, 20-11-2013

jueves, 10 de octubre de 2013

El hombre y la máquina


Son ya clásicas las comparaciones entre el ser humano y la máquina, ya sobre todo a partir de la Revolución Industrial el hombre se ha visto cada vez más unido a la máquina y ésta ha sido el elemento clave de la industrialización. Una máquina puede hacer el trabajo de veinte personas, por poner un número, en menos tiempo y con menor coste. Sin embargo, hay papeles que sólo puede llevar a cabo un ser humano, empezando por el control y dirección de la maquinaria. Pero –aún así- es difícil saber a día de hoy si realmente la máquina sirve al hombre o el hombre a la máquina, ya que la relación de dependencia es tan fuerte que no sabemos quién toma el control de quién. Más allá de la Revolución Industrial, con la que podríamos denominar Revolución Tecnológica, a partir de la segunda mitad del siglo XX, el debate ha ido abriendo un nuevo terreno que podríamos resumir con la dicotomía cerebro-ordenador. El ordenador se ha ido convirtiendo en una proyección del cerebro, en un reflejo capaz de darnos datos, números, previsiones y mapas mentales que han ido acompañando el desarrollo del potencial humano. Pero el debate final viene a ser el mismo, llevándonos a hacer la pregunta de: ¿en qué medida el hombre tiene el control del ordenador o si es –por el contrario- controlado por éste? Para que un ordenador funcione, ha de ser programado, va a ser incapaz de tener iniciativa propia, a no ser que programemos esa iniciativa, por lo que no sería una iniciativa espontánea, como la humana, sino programada, a fin de cuentas. Toda simulación es una ilusión de realidad, nunca la realidad misma.

Ha salido recientemente una noticia en los medios de comunicación que nos informa de un proyecto con el superordenador MareNostrum, el proyecto se llama Human Brain, y se invertirán más de 1200 millones de euros para que, mediante modelos de programación diseñados en el Barcelona Supercomputing Center (BSC), este ordenador sea capaz de imitar las neuronas humanas. El empeño por conseguir tal logro es incesante. Algo que nos recuerda a ese nuevo Prometeo del siglo XIX, Frankenstein, ideado por Mary Shelley, y que como vimos se quedó simplemente en un intento fallido. ¿Puede una máquina sentir como un humano? ¿Pensar, imaginar, soñar o amar como una persona? La tarea es homérica. Como dijimos, cuando programamos, introducimos las órdenes que deseamos se ejecuten, lo que impide diseñar algo con vida propia, quedando sometida la máquina a los mandatos de sus creadores. No obstante, conviene no apresurarse en los juicios de valor, dejando un interrogante que nos pueda llevar a la sorpresa, a la desafiante capacidad humana de crear, como en el arte, algo que pueda ser nuevo y, por ello, revolucionario. La principal función del científico es observar, ver lo que sucede tratando de interferir lo menos posible, para así conocer la naturaleza, el objeto de su investigación, tal como ella es. Esta nueva ciencia, la neuroinformática, tiene mucho que decir. Y conforme el ser humano vaya ampliando su conocimiento de la realidad, irá también adquiriendo y creando nuevos recursos que le permitan relacionarse con su mundo desde actualizados planos y objetivos. Un ordenador no deja de ser un reflejo de nuestras propias capacidades. Pero un reflejo que asombra.

"La Tribuna"  de Albacete, 9-10-2013

miércoles, 14 de agosto de 2013

Razones para la convivencia


Estamos ante un sentido, y el sentido nos llena de aparente verdad: creemos ser lo que el sentido nos dice que somos. De vuelta a la idea, al preconcepto, al eterno retorno de las formas, aquellas que quieren perseverar en la posesión nuestra de algo que nos justifique. “Es más fácil desintegrar un átomo que un preconcepto”, apuntó Einstein. El preconcepto o prejuicio nos "predivide". Ya estamos divididos antes de que tenga lugar la división, por lo que nos hacemos cada vez más pequeños y pequeños conforme miramos el mundo. A veces nos parecemos a un átomo que quisiera desintegrarse buscando su expansión, como si la meta fuera el eterno retorno causado por temor hacia el vivir incierto. Es más fácil el bullicio que la paz, el fervor que el sosiego sin búsqueda, las apariencias que la mirada transparente, sencilla, honesta. ¿Hasta cuándo las apariencias, el continuo juego del escondite de nosotros con nosotros? ¿Quién se esconde, quién juega? ¿De qué nos escondemos? Siempre hubo las revoluciones violentas, trágicas, pasionales, que sólo sembraron injusticia y ahogo, fugitivos cambios utópicos que finalmente sustituyeron una pesadilla por otra. ¿Cuándo la revolución interior? ¿Cuándo la revolución que no lucha sino que preserva su virtud, que mira dentro y halla el tesoro que ofrecer al que nada tiene? ¿Cuándo compartir al tiempo que buscamos la verdad para todos? 

Hay quienes señalan que vivimos tiempos críticos e inciertos, donde sólo es posible el tumulto sin retorno, la rebelión desbordada que en su desenfreno y hambre de justicia asalta todo atisbo pacífico de evolución conjunta. ¿Pero, cuándo la solución por fin será vislumbrada como un quehacer constructivo y no destructivo, como una tarea que sume y no que reste? Pues el ser humano tiene ante sí el reto de enfrentar su destino colectivo no ya sólo como una cuestión de supervivencia personal sino como un trabajo en equipo. Hoy día vemos que la búsqueda del beneficio propio se adentra incluso en las fronteras de lo público, y es ya incontable el número de políticos que, abusando de la confianza depositada en ellos, se ven fascinados y corrompidos por las tentaciones del poder. Como expresó el filósofo Theodor Adorno: "Quien quiera conocer la verdad sobre la vida inmediata tendrá que estudiar su forma alienada, los poderes objetivos que determinan la existencia individual hasta en sus zonas más ocultas." En este sentido, las relaciones de poder dirigen esa existencia individual, esa vida cuya realidad profunda tiene la vista puesta en objetivos que atienden al juego del dominio materialista e interpersonal. Es, por tanto, un deber el tomar conciencia en la sociedad de dos aspectos fundamentales para un adecuado avance cívico y ético. Por un lado es recomendable sostener un sentido crítico como ciudadanía, rebelde y firme en sus convicciones, pero siempre desde una mirada y acción constructiva y pacífica, creativa y humanista. Y, por otro lado, unida a esta actitud rebelde y cívica, no renunciar al afán cooperativo y solidario, que, por encima del interés propio, ve y busca el bien común de sus integrantes. Porque una sociedad solamente puede crecer desde sus propios cimientos cuando prevalece un afán humanista, donde en vez de motivos para el conflicto se encuentren razones para la convivencia.

"La Tribuna" de Albacete, 14-08-2013

miércoles, 17 de julio de 2013

Miedo y libertad


No sólo la violencia física es enemiga de la paz, sino que hay una violencia implícita muy reconocible para quien sea capaz de observar con cierta objetividad, y difícil de ver para quien vive completamente sometido a sus mandatos. Me refiero al miedo. Quienes son víctimas del miedo a menudo son incapaces de darse cuenta de que la mayoría de sus actos son guiados por esta emoción y que, por consiguiente, cuando uno es presa de ese estado emocional la expresión de los actos responde a dicho clímax patológico interior. Hay quien por miedo deja de actuar o quien lucha contra otros, hay quien se defiende, ataca o simplemente se paraliza.

Se dice que el miedo es un recurso adaptativo necesario, una emoción básica capaz de protegernos y de garantizar así nuestra supervivencia. Cuestión muy discutible y discutida. Lo que sí es cierto es que hoy día esta emoción se ha convertido en un mal social ampliamente extendido, que otorga al poder una ventaja: dominar a un pueblo paralizado, atemorizado por unas circunstancias presentes aparentemente determinantes. Y sabemos que el origen de las revoluciones ha venido de una superación de ese miedo, de una liberación masiva que ha permitido el cambio, la recuperación de unos derechos progresivamente usurpados ante el silencio e indiferencia de un pueblo pasivo por temor a las consecuencias de la acción, pues, como escribiera Kant: “Quien tiene una vez el poder en las manos no se dejará prescribir leyes por el pueblo”, ya que supondría renunciar a las leyes de gobierno y control que el Estado ha dictado. Se crea, de esta manera, un conflicto, propio de una situación de dominación. El miedo y la pasividad resultante, en este caso, parecerían ser los mejores medios de supervivencia para la sociedad gobernada, con el fin de no despertar la ira del Estado, portador de ejércitos y de armas sin fin, pero, sin duda, a la larga, esta actitud iría contra sí misma, al negar la posibilidad de su libertad.

Si revolucionarios como Dolores Ibarruri o Ernesto Guevara fueron capaces de pronunciar aquellas famosas palabras que decían que preferían morir de pie a vivir de rodillas, y donde la historia nos da la razón en que el progreso social ha sido posible gracias al valor del pueblo, a su no sumisión, a su madurez y voluntad de expresión…, podemos afirmar que el camino de la paz requiere valor y confianza, una fuerza capaz de desterrar todo miedo y una legítima convicción natural en el bien común capaz de guiar esa fuerza en la consecución de nuestras acciones, para el pueblo y con el pueblo, logrando, en palabras de Kant: la “unidad colectiva de la voluntad unificada”. Pues no hay otra forma de justicia. Pero no por indiferencia o temor, sino por apasionado sentido de la libertad y de la igualdad humanas. Y quien cae con valor, como sentenció Séneca: “si cae, lucha de rodillas”, y bien puede que haya caído en el empeño, pero no ha sido vencido; y un nuevo camino se abrirá tras él.

La Tribuna de Albacete, 17-07-2013

martes, 26 de marzo de 2013

El Dorado


Afirmaba Darwin que la supervivencia de las especies depende de su capacidad de adaptación al medio en el que viven. El mundo está en un constante cambio y por ello es puesta cada día a prueba nuestra capacidad de adaptación. Si no sabemos integrar en nuestro organismo los nuevos ritmos de la vida, la salud puede verse puesta en peligro sobre todo cuando creamos una resistencia en vez de una apertura y receptividad tanto a los estímulos internos como a los externos. La sociedad necesita esta apertura para poder progresar. Una mente limitada restringe nuestras propias capacidades. Toda creencia ha de ser revaluada cada cierto tiempo, en busca de nuevos paradigmas que nos aporten una visión más amplia del fenómeno. Por ejemplo, la teoría de la gravedad describe una realidad observada que puede comprobarse cada vez que dejamos o vemos caer una manzana al suelo, como observó Newton. Pero hemos de tener en cuenta también que una creencia influye en la observación y en cierta medida en la realidad, esto es, contribuye a crear la realidad. Una creencia rígida e inalterable sobre la ley de la gravedad implica que añadamos más ‘gravedad’ al fenómeno. Quizá, si olvidamos esta ley y miramos por vez primera el fenómeno, adaptándonos a los cambios de la naturaleza, es posible que la manzana en vez de caer al suelo, flote o suba a los cielos. En muchas ocasiones, por no decir siempre, es la mente la que dirige el fenómeno, y ha de ser una labor necesaria para todos aprender a desaprender, a no condicionar ni manipular la realidad si de verdad queremos ver la realidad tal cual es. Este es el primer deber que la ciencia tiene que ir aceptando de una manera absoluta, si quiere adaptarse al medio que pretende conocer. 

La sociedad está intrínsecamente implicada en toda esta fluctuación de la vida, porque como especie que habita y se desarrolla históricamente en su medio, tiene una doble labor. Por un lado ser capaz de fluir con el ambiente en que vive de la manera más natural posible y, por otro, que viene a ser lo mismo, tratar de tomar conciencia de su función en el mundo y evaluar hasta qué punto se ha separado de unas leyes de la naturaleza que rigen a todos los seres vivos del planeta y que parece que, en nuestro caso, no es así. Realmente la función principal sería la de tomar conciencia, la de investigar sinceramente qué estamos haciendo como especie en el mundo, qué papel estamos jugando verdaderamente. ¿Estamos contribuyendo a mejorar el planeta o a destruirlo sin dilación? ¿Estamos colaborando globalmente o estamos jugando a mejorarnos individualmente, generando de esta manera un egoísmo desmesurado que pone en peligro las leyes de la naturaleza, sus recursos y energías? ¿Es esta lucha materialista de los individuos una actitud acertada o, de lo contrario, un comportamiento autodestructivo para no sólo nuestra especie, sino para todas las que pueblan el planeta y para el planeta en sí mismo? ¿Somos amigos o enemigos de nuestro propio medio y hogar que nos acoge? Y, finalmente, ¿tenemos un plan de ruta marcado para mejorar la situación o ni siquiera consideramos que haya una situación que mejorar, más allá de una crisis económica que esperemos pase y vuelta a empezar? Es decir, ¿consideramos que el problema es que el materialismo no es el camino o simplemente estamos esperando nuevas maneras de apretar los tornillos a la maquinaria para seguir sacando lingotes de oro de un planeta extenuado y asfixiado? ¿Somos verdaderamente conscientes de todo esto o jugamos a no adaptarnos a los cambios y a mirar para otro lado mientras podamos sacar algún partido a la mina de oro de la tierra? 

El oro se parece al sol, por eso nos gusta tanto. Creemos que es luz hecha materia, como el dinero, y que esta luz nos da poder infinito. Pero el reflejo no es la realidad. Y lo que el sol refleja, la materia, tiene un mensaje mucho mayor que ofrecernos que simplemente usarlo como moneda de cambio de deseos y ambiciones mundanas. La vida es una fuente inagotable de riqueza. Nadie necesita acumular monedas de oro cuando puede ver el sol directamente, nadie necesita soñar con poseer estrellas o pasarse el día contándolas cuando simplemente puede mirarlas y sonreír por su belleza y misterio, por su fugacidad inocente y eterna. Quizá hoy sólo sea necesaria una cosa, o, más que necesaria, vital. Necesariamente vital. Y creo que vendría muy bien hacerlo. Veamos, al caer la tarde, la puesta de sol.


Diario La Verdad, 24-03-2013

Compartir esta entrada:

Bookmark and Share

Entradas relacionadas:

Related Posts with Thumbnails