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viernes, 30 de diciembre de 2016

Fin de año

Cantaba Leonard Cohen: “Hay una grieta en todo. Así es como la luz penetra”, y sigue entrando la luz a pesar de los años que pasan y de la oscuridad que a veces envuelve a este planeta. Se fueron Cohen, Bowie, Castro… Grandes iconos de los siglos XX y XXI, iconos que no se pueden fabricar, sino que emergen como una semilla que no se sabe quién sembró, como un milagro. Como el loto, que en el lodo se crea su belleza inocente para flotar sobre él. Flotar es ya un hito en estos tiempos, no hundirse, no ahogarse y no permitir que la desolación embargue de frío pesimismo nuestros sueños. A pesar de que motivos no faltarían. El terrorismo islámico, la pobreza del continente, no sólo en el tercer mundo sino en el primero y el segundo, pobreza colateral que vemos en las esquinas de nuestras calles o en los barrios de los extrarradios. Pero vivimos en un mundo que sólo aspira al consumismo, aunque para consumir haya que vivir esclavizado. Aunque paguemos a precio de oro lo necesario. Y la sociedad se olvida del prójimo mientras ese individualismo que le caracteriza se mantenga fuerte y saciado. Quizá es más importante que Cataluña sea nación o que el Real Madrid gane la Copa de Europa. Lo que sea menos luchar por valores y justicia social. En los colegios eso no se enseña. Y menos en las facultades. Pero es fin de año, no hay que ser pesimista. Otro año comienza. Otra posibilidad. Otro sueño a proyectar. Pero conviene reflexionar, al menos, un instante, si estamos de acuerdo con el mundo que estamos construyendo. Tal vez algo se pueda hacer. Aunque sea dejar de mirar para otro lado. Y observar las grietas. Porque sólo ellas pueden permitir que penetre la luz.

La Tribuna de Albacete, 28-12-2016

miércoles, 27 de abril de 2016

Pedagogía de la vida

En esta temporada de pausa política en España, de acuerdos imposibles y de posibles nuevas elecciones, muchos pueden preguntarse qué sería lo mejor, lo más acertado en cuanto a opciones de gobierno pueda depararnos el tiempo venidero. Y a estas cuestiones subsiste -a mi entender- otra aún de mayor importancia y es saber cuál es el rumbo adecuado que ha de seguir una sociedad. No debemos mirar sólo los efectos si no examinamos antes las causas. Y una de ellas, probablemente las más importante, es la educación. Pero la educación no se mejora únicamente adecuando los medios, invirtiendo en nuevas y mejores escuelas, o subiendo el salario a los profesores. Hay un problema de fondo, que afecta tanto a la educación reglada como a la educación familiar, a los valores intrínsecos de cada sociedad y hacia dónde quiere ayudar a encaminar el futuro de los educandos. Absorbidos por el consumo, el fútbol, la televisión, las nuevas tecnologías, esto es, el panem et circenses de cada día, es cada vez más difícil cuidar las raíces de las que dependerá el crecimiento de las generaciones venideras. La educación no depende de lo que seamos capaces de dar, en cuanto a conocimientos o normas y deberes, sino que nos exige ser ejemplo nítido y vivo de lo que deseamos transmitir. Educar exige educarse a sí mismo cada día. Si no, los padres o los educadores serían meros sofistas. Y los valores en que nos movemos no se encuentran fosilizados en libros o en templos, sino que se descubren en el quehacer cotidiano y consciente, en el compromiso de vivir de acuerdo a unas creencias que no distorsionen lo que sentimos que somos. 

La Tribuna de Albacete, 27-4-2016

miércoles, 8 de octubre de 2014

Educar


 
Hoy más que nunca educar es un reto. Ello incluye el ser capaces de guiar en el aprendizaje de la vida, el valor de conducir a alguien hacia sí mismo. Educar a otros conlleva también autoeducarse, tener muy en cuenta lo que sabemos, los valores que nos han acompañado y que se han conciliado con el vivir. De ningún modo puede educarse basándose en la estricta sujeción de una serie de datos, informaciones y referencias ajenas. En el educar aparece el camino de la sabiduría, del saber mirar lo que la vida es, en su sentido más ético y existencial. Valores profundos como la felicidad, el bien o la verdad, no son meras acepciones que consultar en un diccionario filosófico, sino aquello que aparece espontáneamente en el escenario de la vida, en el hecho de pensar lo que somos, en el interés por descubrir aquello que llevamos dentro y que perfila nuestras acciones, comportamiento, carácter, destino… Educar significa sacar fuera lo que está dentro, implica, por tanto, saber conducir a otros a que extraigan lo mejor de sí mismos. Significa enseñar a uno a que se guíe a sí mismo. El valor del educador reside en su habilidad para estimular la virtud en el sendero del autoconocimiento. Aprender es recordar lo esencial nuestro y todo aprendizaje se aloja en el hallazgo de la puesta en práctica de nuestras propias capacidades, pues aquello de lo que somos capaces viene implícito en nosotros. Cuando aprendemos hacemos explícita, deducimos, esa herencia innata que es la facultad del saber. Aprender supone un nacimiento a través de lo aprendido, algo cambia en nosotros cuando el conocimiento aparece, nos transformamos en algo más, en alguien más completo, más entero.

"La Tribuna" de Albacete, 8-10-2014 

jueves, 10 de abril de 2014

Acceso a la cultura

Cuando en el año 2012 fue cerrada, por parte del F.B.I., la página web “Megaupload” -dedicada al alojamiento de archivos- hubo una gran polémica entre los internautas, quienes por razones obvias simpatizaban en su gran mayoría con la “descarga libre”. Por medio de éste -y de otros portales virtuales- muchos usuarios podían “bajarse” películas, música y todo tipo de contenidos de forma gratuita no sólo en EE.UU., sino en todo el mundo, aunque la mayoría de ellos tuviera derechos de autor. Más allá de razones jurídicas discutibles, esta cuestión suscita una reflexión más extensa en sus implicaciones sociales. En primer lugar entra en cuestión la libertad “virtual” que ha de primar en Internet como un derecho a salvaguardar. La propiedad privada o personal (material o intelectual) ha sido el cordón umbilical que el neoliberalismo jamás ha cortado con el fin de mantener su subsistencia. Ya denunciado por Marx y por buena parte del pensamiento socialista, la propiedad individual ha marcado el grado principal de diferenciación entre las personas, así como la raíz de multitud de conflictos.

La otra importante cuestión se refiere de forma más concreta a la cultura y a si medidas como la “censura” en Internet acotan la riqueza cultural humana que, más allá de quién la elabore, pertenece a todos. Todo artista proclama que su obra, una vez terminada, no le pertenece. Incluso hasta hace no mucho las obras no se firmaban. La “Odisea” era cantada por -y pertenecía a- todos los griegos. El autor del Lazarillo no puso su firma al terminar de contar las aventuras de aquel joven pícaro nacido en el Tormes. La Historia de la Literatura no es más- afirmó Borges, citando a Valéry- que la Historia del Espíritu. (Un texto de Borges: “Pierre Menard, autor del Quijote”, inaugura el posmodernismo con una irónica y “memorable” ontología de la autoría). ¿De quién, entonces, es el “copyright”? Sin embargo, la postura aquí defendida no es la de que el artista no pueda vivir de “su” obra, pues de otro modo, ¿quién querría ser artista? o ¿quién siéndolo, podría permitirse el lujo de hacerlo por “amor al arte”?

El siglo XXI, si no lo impedimos, puede ser un siglo afanado en ir acortando día tras día lo público –paradójicamente- como principal propósito político. Privatizar significa restringir, declarar que algo no te pertenece, obligándote en consecuencia a pagar por ello. De lo que es difícil ser dueño en estos tiempos es de un propósito común y solidario. Porque todos somos extraños en un mundo constantemente en venta. El sueño de la propiedad privada, el espejismo de la posesión de algo, ausenta a los hombres de su más legítima posesión: ellos mismos. Y en el fondo, nadie es dueño ni de sí mismo. Si la esencia de la cultura es la libertad y ésta es la esencia de la vida, ¿quién puede poseerla? ¿Quién puede ser dueño de la libertad? A nosotros nos queda el privilegio único y pleno de amarla, de salvaguardarla para todos. “Blanca te quiero, / como flor de azahares / sobre la tierra. Pero no mía. / Pero no mía / ni de Dios ni de nadie / ni tuya siquiera”. (Escribió Agustín García Calvo en su célebre poema “Libre te quiero”). Así es la libertad.

"La Tribuna" de Albacete, 9-4-2014

jueves, 20 de junio de 2013

La revolución tecnológica

La época en que vivimos hoy, ya pasados más de doscientos cincuenta años del comienzo de la Revolución Industrial, podría conocerse como Revolución Tecnológica, en el sentido del vertiginoso auge de la tecnología en los últimos años, sobre todo desde que se generalizaron el uso del teléfono móvil o de Internet. Podemos hablar, por tanto, de una Revolución muy reciente, que todavía hoy está en pleno apogeo y que ha supuesto un antes y un después en la forma de comunicarnos y de relacionarnos. La presencia de las redes sociales o de los teléfonos móviles tuvieron un especial protagonismo en las manifestaciones del movimiento 15-M español, algo que ayudó a extender la participación ciudadana y la exitosa organización de las convocatorias. Un ejemplo del buen uso tecnológico.

Pero la corriente de la novedad, de la corta duración de los objetos tecnológicos que compramos y el deseo de “estar a la última”, conlleva una especie de manía o neurosis que no debemos pasar por alto, para no terminar siendo nosotros mismos instrumentos destinados a consumir, ciegamente, todo lo que ponen frente a nuestros ojos, solamente porque es lo que toca comprar ahora para no salirnos de la maquinaria del consumo. El motor de la economía, así, marca el ritmo de nuestras vidas y desequilibra nuestro ritmo natural, interno, por un exceso de estímulos externos destinados a crear un desasosiego, una necesidad, que sólo se ve satisfecha cuando el objeto de consumo, de deseo, queda satisfecho. Así vamos, de necesidad en necesidad, de insatisfacción en insatisfacción, sólo con el alivio de unos breves minutos que el mercado ha dictado que son los que podemos sentirnos felices antes de que el nuevo objeto de deseo aparezca anunciado en la televisión. Las tendencias consumistas nos instan a ir reconduciendo nuestras vidas por un sendero donde el afán de poseer la novedad imprime el valor predominante.

El hecho de que reconozcamos que la tecnología vive un proceso revolucionario en cuanto a sus posibilidades y usos no indica necesariamente que esto sea una conquista social si la sociedad no ha adquirido la madurez necesaria para no ser manejada, manipulada, por la economía de mercado. La sociedad de consumo nos marca el horario de nuestra libertad y nos pone el deber de consumir frente a la mesa, el deber de consumir para ser, no sólo para sobrevivir. Esta es una herencia cultural que Occidente recoge de la Revolución Industrial y que, sofisticada en tecnología, no deja de ser otra masificación de la razón humana equiparada a sus bienes materiales. Una herencia que hace que la cultura, como la tecnología, no sean un necesario factor de progreso positivo, sino un obstáculo para con uno mismo y para la verdadera evolución de un ser humano en extinción como especie, desde el punto de vista de su sabiduría. Como escribió Montaigne, “la razón humana es un barniz superficial”, algo muy moldeable, muy hecho por fuera, fácil de manipular. Y esto ha de ser –finalmente- un hecho a tener en cuenta, que nos haga recapacitar y tomar conciencia de nuestra verdadera identidad, aquella que nadie puede manipular por propia conveniencia. El verdadero avance cultural será así la libertad de conciencia, y en consecuencia, de decisión.

"La Tribuna" de Albacete, 19-06-2013

lunes, 19 de noviembre de 2012

La mirada del Tao


La globalización ha logrado que la mirada del mundo enfoque a un solo punto, el modo de vivir occidental, el modo del consumo y la producción masiva, tratando de hacer girar a la sociedad en torno a una economía de mercado que se posiciona como religión y guía de los destinos humanos. Es el dinero ese ticket que da aliento al alma y el materialismo en general ordena nuestros destinos acotando la mirada vital y condicionando una libertad que cada día se ve más limitada y refrenada. Oriente sigue esos pasos desorientados, China o la India son un buen reflejo de ello, pero guardan en sus residuos históricos tesoros de sabiduría capaces de inspirar hoy día a nacientes generaciones. El budismo sigue vivo aún, no como institución, no porque todavía existan templos y congregaciones de monjes vistiendo la túnica de Buda, sino porque no ha muerto el espíritu de las palabras de aquel sabio príncipe que pronto se dio cuenta de las causas del sufrimiento y decidió poner fin a ellas de una manera espontánea e inteligente, siguiendo el ejemplo de la naturaleza, de la vida misma en su expresión original. Del mismo modo Lao Tse nos legó su tratado del sendero y de la virtud (“Tao Te King”) en el que simplemente daba testimonio del funcionamiento y fundamento de la existencia humana.

El Tao, a simple vista, parece difícil de entender, y cuanto más tratamos de pasarlo por la razón y el intelecto posiblemente se haga más ardua su comprensión. Y es que algo que apunta al vacío no se puede llenar con ideas, algo que apunta a la esencia más genuina de nosotros no se puede recargar con dogmas o tendenciosas interpretaciones. El Tao nos recuerda que la vida es un acontecimiento espontáneo en el que estamos inmersos, plenamente integrados, y es por eso por lo que tenemos la capacidad de verlo. No podríamos hablar del olor de una rosa si previamente no acercamos el olfato y nos suspendemos en la inhalación directa de la fragancia, en la desnuda mirada al sabor de ese instante en que el aroma emerge hacia el sentido. Ningún manual de botánica tiene la capacidad de entregarnos ese rosa desnuda y profunda, viva y sincera. Asimismo la vida se presenta a nuestros ojos cada día y posiblemente hemos perdido esa capacidad tan nuestra de saborearla. La vida, de igual modo, transcurre y se posa sobre nuestros cuerpos, como las hojas de otoño, cayendo natural movida por un viento preciso que da color, forma y textura a todos los instantes. “Insondable, parece ser el origen de todas las cosas”, leemos en el Tao, y es que, como huéspedes que somos de la existencia, apenas conocemos la raíz de este acontecimiento siempre imprevisible que supone el suceder del tiempo. Por muchas leyes que formulemos siempre hay una que se inscribe sobre el marco de la puerta de toda sabiduría. Es la ley que nos enfrenta con la incertidumbre, que nos deslumbra con el misterio, que nos lleva de vuelta a una infancia eterna de preguntas y enigmas incipientes. Es la ley del no-saber, esa que nos iguala a la inocencia de la flor, esa que nos entrega la fragancia y que nos invita con ello a sentir el latido del corazón en el instante mágico en que tiene lugar el descubrimiento íntimo de una sensación indescriptible, pero bella por el mero hecho de tener lugar, de poder ser experimentada.

La complejidad de la vida occidental radica en un excesivo distanciamiento de la naturaleza, es decir, de la verdad natural que nos constituye. Vivimos en un entramado de calles, luces eléctricas, ruidos de máquinas y vapores contaminados, vivimos inmersos en horarios frenéticos, en proyectos abismales  que nos desligan de nosotros mismos, en una rueda del tiempo que gira hacia el mañana y que hace imposible la visión plena del ahora: porque ahora no significa nada si no le sacamos un partido que nos dure por más tiempo. Y de esta manera vamos perdiendo un tiempo que, previamente hemos concebido como limitado, un tiempo que hemos trazado como autopista para un viaje imparable que nos impide detenernos en mitad del trayecto para, únicamente, mirar el paisaje y descansar en la contemplación silenciosa de lo que nos ofrece. Hemos, dicho en pocas palabras, inventado el tiempo para huir de nosotros mismos.

Cuando leemos en el Tao que el Camino es eterno, inevitablemente hemos de sosegar el ritmo si queremos adentrarnos en la verdad de esas palabras. Cuando se nos dice que no hay prisa, que no es necesario moverse para que la vida se mueva, algo en nosotros es capaz de reconocer que está vivo, que es verdadero y que nos sobrepasa. Esta es la mirada del Tao, la que sencillamente contempla el paisaje y se detiene con él, porque ya todo, mágicamente, está en perfecto y perenne movimiento. Así uno puede empezar a caminar despacio, lleno de profunda confianza, porque sabe que sus pasos son los mismos que mueven al sol o a las estrellas, y sabe que el universo no se equivoca en su orden ni se agota si nos detenemos.

Diario La Verdad, 18-11-2012

domingo, 22 de julio de 2012

El fin del capitalismo


La sociedad agoniza, el sistema y sus estructuras económicas se agotan, los ciudadanos salen a la calle para manifestar su descontento, para pedir al Estado que deje de comportarse como un mendigo, para pedirle que responda, que dé la cara por quienes luchan cada día por sobrevivir en un mundo en el que el poder financiero y las leyes del mercado se burlan de la democracia y la corrompen sin escrúpulos. Algunos afirman que el fin del capitalismo está cerca, que este planeta no da para más. Un cambio de conciencia es necesario si pretendemos que la tierra que nos cobije nos soporte; un cambio que mira más hacia el interior, donde lo externo sea solamente un medio y no un fin en sí mismo. Si esto no sucede pronto, el mundo no podrá soportar la dinámica demente que lo rige. Nunca es suficiente lo que podemos hacer por cambiar las cosas y, sobre todo, no debemos esperar a que otros sean los que tomen las decisiones, porque el poder nunca cuenta con todos, más bien sólo cuenta con él mismo: esto es, con los poderosos.

Quizá, históricamente, vivamos uno de los momentos más interesantes, pues estamos llegando a un período crítico que se sale de todos los procesos y fluctuaciones sociales y se divisa un callejón sin salida cada vez más oscuro y grande, e inminente. No es que el ser apocalíptico enriquezca en algo la situación, pero sí ayuda a que vayamos escuchando las alarmas necesarias para ir apreciando cada vez más las dimensiones del conflicto. Sin ánimo de tremendismo, sino todo lo contrario, de cálida esperanza, llamamos la atención para remediar antes del ‘sin remedio’, para reaccionar cuanto antes y aprovechar, incluso, estos momentos en el que el descontento es masivo, para empezar a soñar el mundo que de verdad querríamos construir, para intentar tomar las riendas, si cabe un poco, de nuestra ansiada libertad. Somos un cuerpo destinado a la materia, del polvo vinimos y al polvo vamos. “Mi amor es mi peso”, dijo San Agustín, y allí se contiene mi voluntad, mi esperanza, mi verdad. En mi amor, que pesa como un cuerpo hecho de tierra, humano de ‘humus’, se guardan sueños e ilusiones del alma que antes que todo es. En mi amor, que un día fue niño e inocente, que quizá no ha dejado de serlo nunca, aguarda la esperanza de la luz verdadera compartida, parecido al sueño de Cristo o de los budas de la Tierra Pura, de un mundo mejor. En mi amor, que en definitiva es el de todos, que es de lo que estamos hechos cada uno de los seres, duerme -esperando despertar- la conciencia de días venideros que arrojen un hálito de renovados fulgores. 

La utopía no es un proyecto, no es una nueva estructura, no es un plan consistente y perfecto… la verdadera utopía parte de la confianza en la fuerza espontánea del compartir humano, se basa en una actitud más que en un modelo de algo concreto. Una actitud interior que posibilite el común florecimiento, una actitud interior que no es dictada por religiones o sistemas políticos. Aunque algunos fenómenos sociales como el cristianismo o comunismo lo intentaron, ese espíritu nace del individuo libre. Todo sistema que busque someter a los individuos, incluso defendiendo las ideas más nobles, esconden seguramente un turbulento plan dentro de sí. Todo sistema que no se renueva con el aliento de quienes lo conforman, muere de estancamiento e inutilidad. La educación, al tiempo, esa esperanza en quienes nos han de relevar, no es hoy el caldo de cultivo apropiado sino todo lo contrario. Hemos creado un sistema educativo basado en introducir datos, en vez de en ayudar a que uno saque lo mejor de sí. Metemos y metemos información y ocultamos el tesoro que ya hay dentro de cada uno, su creatividad, inteligencia, capacidades naturales, artísticas, ingenio… Vivimos en un mundo basado en la técnica que ha apartado el corazón y que sufre sin saberlo la sed de su pobreza espiritual, sumida en el lodo material que no deja ver el bosque claro de lo que somos. Sólo hasta que el ser humano no asuma completamente su naturaleza espiritual como lo que le conforma, naturaleza que iguala a todos los seres (y no separa en religiones, dogmas, territorios, culturas…) no podrá éste avanzar en la conquista de su libertad. La única alternativa entusiasta al capitalismo –si ha de llegar su fin- sostengo que ha de ser este humanismo espiritual evocado, esta constatación objetiva –en definitiva- de que somos algo más que un objeto animado, motivado y manipulado para el consumo. Una vez nos hagamos conscientes de quiénes somos realmente y para lo que estamos diseñados –la conquista de nuestra dignidad, libertad, espiritualidad- ya todo sueño será –simplemente, felizmente- una realidad compartida y convenida.

Diario La Verdad, 22-07-2012

domingo, 8 de abril de 2012

Las trampas de la fe

Se dice que la religión es un opio, pero también es un alimento, una necesidad impetuosa del hombre desde sus orígenes en busca de un sentido de trascendencia a su vagar por el mundo. Una forma de llenar la soledad empequeñecedora que le produce saberse acaso una insignificante gota en el gran océano del universo, una minúscula partícula (“polvo al polvo”) que apenas representa una nada en el cosmos. El hombre necesita de un alter ego proverbial, fulminante, que atemorice pensarle o nombrarle, necesita elevar hasta el dolor su imagen por las calles, necesita llorarle y atribuirle un llanto ominoso. Este valle de lágrimas, que llamamos mundo, lo será por siempre hasta que no se eleve la visión humana por encima del dolor, construyendo de una vez el tan anunciado paraíso aquí en la tierra. Como escribiera Lope, “siempre mañana y nunca amañanamos”, absortos en las trampas de la fe, en la fiel ironía del cántico tremendista, afirmando cabizbajos, como San Agustín, que “el creyente debe creer lo que todavía no ve, pero esperando y amando la futura visión”. No hay futuro para un Dios, la historia nos lo ha demostrado, que se ignora siempre en el presente, pues el futuro es en esencia inalcanzable. Y, sólo es posible, por tanto, creer en el presente.

En el “Salmo 4” leemos: “Me acuesto en paz y enseguida me duermo, porque sólo tú, Señor, aseguras mi descanso”. Posiblemente, a mi entender, sea uno de los más bellos colofones espirituales, una maravillosa forma de sintetizar lo que la religión significa, o busca significar, en el hombre. Una paz, un descanso, un alivio al tormento mundano, una mano desde el cielo tendida sin condición alguna, amorosa y compasiva, hacia todos los hombres. Es la religión la esfera donde la conciencia es capaz de reconciliarse consigo misma, de silenciarse y de descansar en paz, recostada en el regazo del que todo lo sabe y todo lo perdona. Pero más allá de la conciencia moral, de la dualidad del pecador y el pecado, hay y ha habido siempre una conciencia mística, en todas las religiones, que ha representado la parte más profunda de la espiritualidad, aquella que se rinde, sin condiciones, amorosamente, a lo divino. Esta modalidad espiritual es pura, ascética, livianamente sincera en su canto. Es la de San Juan de la Cruz, Miguel de Molinos, Santa Teresa de Jesús, Sor Juana Inés de la Cruz, Ramón Llull… Es la que lo dará todo por el encuentro sereno y unitivo, la que pasará “por fuertes y fronteras” y no temerá las fieras que salgan a su paso. Es la que, al final de todo, sabe no saber, “todo ciencia trascendiendo”. Es, usando palabras de José Ángel Valente, “una experiencia abisal”, un romance callado con la verdad.

En estos tiempos de crisis y lamentos, de via crucis y nubarrones, merece la pena hacer un recorrido por nuestra mística cristiana, por los autores citados o por aquel inglés anónimo que escribiera “La nube del no saber”, y, por supuesto, por el místico de los místicos, el Maestro Eckhart. En ellos siempre se desprende la más bella esperanza salida de la noche más oscura, viendo, como escribiera San Juan, que “su claridad nunca es oscurecida” […] “aunque es de noche”. No ha de ser la religión un territorio ajeno a la vida, para quien realmente desea aprender a vivirla, esto es, para quien desea experimentar sin restricciones la hondura divina.

La religión no se experimenta en el templo solamente, sino incluso más aún fuera de él, en el vivir cotidiano, en el trato con los semejantes. Nadie puede poner el cartel de “Ocupado” cuando no le interese llevar a la práctica lo que su corazón reconoce como correcto. Se habla de compartir, de amar al prójimo como a uno mismo, de unidad en la diversidad, y este mundo nunca ha experimentado tanto la división, el egoísmo, la búsqueda atormentada del beneficio propio a costa del empobrecimiento de otros. Hay quien habló (Montesquieu, entre otros) de la separación del estado y de la religión, pero lo que no se puede separar es la conciencia religiosa de la conciencia cívica, política, económica o ética. Todo es una misma cosa. Si reconocemos al ser humano como parte del Espíritu, encarnación dotada de alma, no queda otro remedio que actuar de acuerdo a eso. Y si así fuera, nadie podría tener nada en contra de cualquier religión, porque el ser humano simplemente actuaría desde sus convicciones más puras, ya que uno mismo representa lo trascendente, no es diferente de ello. Entonces estaríamos hablando de una verdadera y nueva religión, aquella capaz de hermanar a todos los seres humanos, de unificarlos bajo una misma naturaleza y proyecto común, y de encaminar, de ese modo, esa paz perfecta que cuando está en uno es capaz de resonar en todos y de conciliar, acaso definitivamente, este dolor que produce la incansable cruz que llevamos a cuestas.

Diario La Verdad, 08/04/2012

domingo, 29 de enero de 2012

Cultura libre

El cierre de la página web “Megaupload” -dedicada al alojamiento de archivos- por parte del F.B.I., ha generado una gran polémica entre los internautas, quienes por razones obvias simpatizan con la “descarga libre”. Por medio de este -y otros portales virtuales- muchos usuarios podían “bajarse” películas, música y todo tipo de contenidos de forma gratuita no sólo en EE.UU., sino en todo el mundo, aunque la mayoría de ellos tuviera derechos de autor. Más allá de razones jurídicas discutibles, esta cuestión suscita una reflexión más extensa en sus implicaciones sociales. En primer lugar entra en cuestión la libertad “virtual” que ha de primar en Internet como un derecho a salvaguardar. La propiedad privada o personal (material o intelectual) ha sido el cordón umbilical que el neoliberalismo jamás ha cortado con el fin de mantener su subsistencia. Ya denunciado por Marx y por buena parte del pensamiento socialista, la propiedad individual ha marcado el grado principal de diferenciación entre las personas, así como la raíz de multitud de conflictos. Filosóficamente, metafísicamente incluso, el hombre es dueño de su cuerpo y de su alma, él la dirige y mantiene y a él, parece ser, le pertenece. En Occidente esto lo sabemos perfectamente desde Aristóteles, aunque en Oriente existe una cultura colectivista en la que el grupo suele prevalecer sobre el interés individual. No obstante, es históricamente común el afán de posesión del ser humano.

La otra importante cuestión se refiere de forma más concreta a la cultura y a si medidas como la “censura” en Internet acotan la riqueza cultural humana que, más allá de quién la elabore, pertenece a todos. Todo artista proclama que su obra, una vez terminada, no le pertenece. Incluso hasta hace no mucho las obras no se firmaban. La “Odisea” era cantada por -y pertenecía a- todos los griegos. El autor del Lazarillo no puso su firma al terminar de contar las aventuras de aquel joven pícaro nacido en el Tormes. La Historia de la Literatura no es más- afirmó Borges, citando a Valéry- que la Historia del Espíritu. (Un texto de Borges: “Pierre Menard, autor del Quijote”, inaugura el posmodernismo con una irónica y “memorable” ontología de la autoría). ¿De quién, entonces, es el “copyright”? Sin embargo, la postura aquí defendida no es la de que el artista no pueda vivir de “su” obra, pues de otro modo, ¿quién querría ser artista? o ¿quién siéndolo, podría permitirse el lujo de hacerlo por “amor al arte”? El tema es que si la cultura, como decimos, representa el patrimonio y el alma humana; un gobierno, que es la representación de la soberanía popular, ha de defender, divulgar y patrocinar la cultura y a sus productores, como un derecho y una obligación ética, social y política. A fin de cuentas, todo el dinero que generan en publicidad a través de Internet las subidas y bajadas de archivos podría sufragar perfectamente los gastos de todos los artistas del mundo. Pero sospechamos que son otros los que ven peligrar sus intereses, no los artistas. Acortar la libertad cultural, que es impedir el libre acceso a las obras creativas, hechas para enriquecer al ser humano, intelectual y sensiblemente, es acotar su libertad “individual”, impedir su desarrollo vital.

El siglo XXI, si no lo impedimos, puede ser un siglo afanado en ir acortando día tras día lo público –paradójicamente- como principal propósito político. Privatizar significa restringir, declarar que algo no te pertenece, obligándote en consecuencia a pagar por ello. Ese es el gran comodín del capitalismo. La cosa pública siempre sonó a utopía, la cosa privada a distopía. Y nuestro deber para con la utopía es caminar hacia ella. La ciudad, el gran espacio público de convivencia, se ha convertido en un horizonte de soledades tan frío como el universo nuestro en expansión. Ya lo escribió Thoreau hace más de siglo  y medio: “Vida ciudadana: millones de seres viviendo juntos en soledad”. Ese frío tan unido connotativamente a la soledad lo marca el hecho de que el afán de posesión pone de manifiesto la incapacidad de compartir. De lo que es difícil ser dueño en estos tiempos es de un propósito común y solidario. Porque todos somos extraños en un mundo constantemente en venta. El sueño de la propiedad privada, el espejismo de la posesión de algo, ausenta a los hombres de su más legítima posesión: ellos mismos. Y en el fondo, nadie es dueño ni de sí mismo. Si la esencia de la cultura es la libertad y ésta es la esencia de la vida, ¿quién puede poseerla? ¿Quién puede ser dueño de la libertad? A nosotros nos queda el privilegio único y pleno de amarla, de salvaguardarla para todos. “Blanca te quiero, / como flor de azahares / sobre la tierra. Pero no mía. / Pero no mía / ni de Dios ni de nadie / ni tuya siquiera”. (Escribió Agustín García Calvo en su célebre poema “Libre te quiero”). Así es la libertad.

Diario La Verdad, 29 de enero de 2012 

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