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miércoles, 29 de junio de 2016

Libertad

La libertad no deja de ser siempre un concepto necesario y polémico pues es difícil entender lo que significa desde un punto de vista general. ¿Acaso, libertad es liberalismo, o es, más bien, anarquismo? La esencia misma de la ciencia, como apuntaría Feyerabend, es genuinamente anarquista, por eso Galileo se toparía con la Iglesia, como Copérnico, Darwin y muchos otros. La ciencia descubre lo que está ahí e inventa lo que puede estar ahí, dotada de un impulso reformador a medida que nuestra capacidad de conocer se amplía. “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”, (Juan 8:32). El inconformismo ha generado nuestra conciencia de libertad y la conciencia de libertad ha ido regenerando el inconformismo. El ser humano se ha dado la medida de su libertad, inconsciente de ello, y la masa dominada se domina a sí misma en su organización social, libre e impuesta al mismo tiempo. Pero el deseo de adquirir libertades gana al deseo de imponerse las cadenas. Ya lo escribió Chaucer: “Prohibidnos algo, y lo desearemos”. Sin embargo, las cadenas a veces han sido auto-impuestas. “¡Vivan las caenas!”,  reclamaba una parte del pueblo español en 1814 pidiendo la vuelta del absolutista Fernando VII.  El miedo a la libertad, parafraseando a Erich Frömm, simboliza el problema radical al que el hombre moderno se enfrenta -que necesita no verse subordinado por el propio sistema- donde la democracia asegura esa utopía de la libertad individual materializada en su consecuencia más significativa: el derecho a votar, y por tanto, a elegir su destino histórico. Con cadenas o sin ellas, la vida sigue y a la libertad le acechan sus amos. Esperemos que pueda salir airosa.

La Tribuna de Albacete, 29-6-2016

miércoles, 10 de febrero de 2016

Elogio de la sobriedad




Siempre resulta inspirador, parecido a darse un baño de lucidez, escuchar al expresidente de Uruguay, José Mujica, hablar sobre la realidad social de nuestro tiempo y la manera de encarar una actitud vital y ética frente a ella. El capitalismo no nos deja apenas respirar, la necesidad constante y creciente del consumo, del siempre querer poseer más, insaciablemente, consigue que nuestra vida se quede desprovista de libertad. Algo que es, sin duda, la mayor riqueza que un ser humano puede poseer. Reflexiones como esta de José Mujica son capaces de inspirarnos y hacernos pensar nuevos horizontes: "No soy pobre, soy sobrio, liviano de equipaje, vivir con lo justo para que las cosas no me roben la libertad". Hay quienes han criticado que su discurso sea un elogio de la pobreza, pero, como él mismo dice, en realidad es un elogio de la sobriedad. Y seguramente sea la única solución para que este planeta no reviente, pues es insostenible este afán expansivo de consumismo y materialismo; algo que terminará por agotar todos nuestros recursos. Es, a la vez, la prueba de un modo de vida colmado de insatisfacción, cegado por el espejismo de lo material como sinónimo de libertad o felicidad, pero que resulta incapaz de cultivar esa libertad y felicidad interiormente, que es el único lugar donde puede florecer. Mientras no miremos adentro, mientras no sepamos ser felices desde lo que somos y no desde lo que poseamos, será imposible que este mundo mejore. Podremos ser muy ricos de cosas materiales, pero seguiremos siendo pobres de espíritu y eternos esclavos de lo que tenemos y del miedo a perderlo. Hay que reaprender la libertad si aspiramos a salvar este mundo.

La Tribuna de Albacete, 10-02-2016

miércoles, 22 de julio de 2015

El futuro de la democracia

Recordemos que para Aristóteles, que con Sócrates y Platón son simiente del pensamiento europeo, dicho ahora que peligra la estancia de Grecia en Europa, un buen sistema político era la aristocracia, entendido como un gobierno plural donde gobernaran los más capaces, en contraposición al reinado o la tiranía. Comenta Aristóteles en su Política, que son mejores los gobiernos plurales y que buscan la igualdad, y que cuando gobiernan unos pocos, por ejemplo una falsa y reducida aristocracia (oligarquía) o gobiernos tiránicos y autoritarios, siempre suele mezclarse con corrupción y demagogias. “La vergonzosa codicia de los gobernantes [comenta Aristóteles] que tendía sin cesar a limitar su número, dio tanta fuerza a las masas, que pudieron bien pronto sacudir la opresión y hacerse cargo del poder ellas mismas.” Y ahí venimos a parar, al nacimiento de la democracia. Pero, he aquí la paradoja, el caso de Grecia, que no quiere someterse a los dictados de una línea de poder que contamina toda Europa, pone en entredicho si realmente vivimos en una democracia, o en una democracia ficticia y tiránica. Conviene no olvidar a los griegos. Conviene no pasar por alto que tratados como la Política de Aristóteles pueden ser guías actuales. Estamos ante los mismos problemas, ante las mismas vicisitudes. Quizá la palabra democracia pueda seguir usándose, pero hay que darle otra vuelta de tuerca. Hay que volver a cargarla de sentido. Hay que resemantizar, en definitiva, nuestro futuro como sociedad, y dejar claro que libertad o igualdad han de ser equiparables a la palabra democracia, y que bajo ningún otro concepto se pueden pisar. 

La Tribuna de Albacete, 22-07-2015

miércoles, 17 de septiembre de 2014

La voz del pueblo


Ya parece que pasó el tiempo de la indignación, los fulgores del famoso 15-M español, la búsqueda de un cambio social en comunión pacífica y asamblearia. Volvemos al tiempo del conformismo, de mirar para otro lado, permitiendo los abusos del poder a cambio de casi nada. Pero eso es el conformismo, afirmar que casi nada es ya más que nada, y sentirse pagado con eso. Creo, como los ascetas cristianos o los budistas, que “no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”, pero hay límites que ponen en tela de juicio toda ascética mundana, cuando se atraviesan regiones que atentan contra la dignidad humana y simbolizan cánticos hondos de injusticia. Mientras en los medios se homenajea a banqueros que lo dieron todo por su país, pero que jamás perdonaron un céntimo de euro a quienes incluso tuvieron que dejar su casa, embargada, y sin ser beneficiaros de esos generosos mecenazgos sobre los que tantas crónicas se redactan. Vivimos en un país donde los héroes han sido sus más claros verdugos, no en términos de macroeconomía y comercio internacional, sino en términos de llegar a fin de mes y comprar el pan de cada día. Por eso, la sociedad necesita volver a retomar el poder que emana de ella misma, no para hacer abuso de él, como hace el gobierno o los banqueros, sino para demostrar que todavía existen valores de solidaridad, generosidad o justicia social; y para hacer cumplir esos valores. Y todo eso pasa por una nueva indignación y un ímpetu rebelde sin titubeos. Pues es necesaria una rebelión, ante esta sumisión involuntaria, una voz unánime, ante esta voz ensordecedora del poder que cada día nos impide escuchar nuestra propia voz. La voz del pueblo.

La Tribuna de Albacete, 17-9-2014

jueves, 4 de septiembre de 2014

Cien años tras la Gran Guerra


En este año 2014 se cumplen cien años del inicio de la Primera Guerra Mundial, aquel conflicto bélico que impregnó de horror a todo el planeta. El siglo XX fue un siglo marcado por la guerra, y nos debe hacer reflexionar cada día sobre las consecuencias fatales de tales conflictos globales, teniendo en cuenta que a día de hoy existen más de 50 millones de refugiados, personas desplazadas a causa de conflictos armados, siendo Siria el país que más sufre esta situación actualmente con cerca de 9 millones de refugiados. Por ello, es necesario concienciarnos y actuar continuamente para que los estados poderosos intenten mediar de una manera pacífica y humanitaria, dejando atrás sus propios intereses políticos y las soluciones bélicas con que suelen entrar a moderar, añadiendo si cabe más fatales consecuencias a las situaciones críticas con que se enfrentan. Pero parece quedar lejos esta utopía pacifista cuando sabemos que el 40% del gasto mundial en armamento corresponde a Estados Unidos (le siguen de lejos China, Rusia y Reino Unido), aunque hay que apuntar que tales presupuestos han bajado últimamente, debido a la crisis económica. Los últimos datos nos reflejan un gasto mundial al año de 1,75 billones de dólares en armas, lo que supone el 2,5% del Producto Interior Bruto del planeta. Un gasto superior, por dar otro dato más, al registrado durante el fin de la Guerra Fría. Una situación, por tanto, que simula un campo de batalla, un gran desfile armamentístico que, sin embargo, no nos ha de hacer olvidar –con esperanza- que la paz es posible, comprendiendo que esa es la única y verdadera victoria digna de ser celebrada.

La Tribuna de Albacete, 3-9-2014

jueves, 7 de noviembre de 2013

El sentido de la educación


A menudo conviene preguntarse: ¿qué entendemos por educación? Es una pregunta obligada donde la sociedad ha de tomar parte en su intento de responderla. De lo que entendamos por educación y de cómo se lleve a cabo esta vital empresa dependerá el futuro de nuevas generaciones destinadas a configurar una población capaz o no de enfrentarse a los retos de un mundo en constante cambio y evolución. Hoy día se valora preeminentemente la llamada 'excelencia académica', que no supone más que la capacidad de almacenar datos para volcar en un examen. Apenas se tiene en cuenta el valor, a mi entender, más esencial en toda tarea educativa: incentivar la capacidad creativa y crítica, esto es, la capacidad de pensar por uno mismo y el desarrollo de nuestras capacidades humanas. Para aprender hay que comprender, y para comprender es necesario aprender a cuestionar las cosas. Sólo así la inteligencia puede brillar; cuando uno, además de ser un mero 'copista' de información, descubre que también es capaz de encontrar herramientas en su propio intelecto para resolver problemas vitales y no solamente los problemas que se formulan en un libro de matemáticas. 

La educación no sólo ocurre en las escuelas, sino que nunca deja de estar sucediendo a cada paso que damos en la vida. Si se consigue despertar esa actitud, de constante mirada abierta ante la vida, una mirada que busque comprender su mundo, cuestionarlo y tratar de mejorarlo. Si la tarea educativa consigue dejar un legado mayor que el que se refleja numéricamente en un expediente académico. Si, más allá de un título que nos facilite desarrollar una determinada profesión, la tarea educativa consigue que el alumno sepa qué es lo que realmente quiere, no porque tenga más 'salidas', sino porque es capaz de amar lo que hace, creer en lo que hace y tener la voluntad de mejorar con su capacidad creativa lo que encuentra en su camino, entonces la educación puede tener un sentido. 

Si educamos en unos valores que son los mismos que nos han llevado a esta actual crisis de valores, como son la competitividad y el materialismo, estaremos olvidando el verdadero sentido de las palabras 'humanidad' y 'humanismo', donde la cooperación, la solidaridad y la búsqueda de la libertad de pensamiento y de acción son sus fuentes de inspiración. Sólo así es posible un desarrollo humano que no olvide que somos seres productores, no sólo de dinero y de mercancía, sino de cultura, de belleza y de inteligencia creativas. Necesitamos de estos valores para poder respirar, y una verdadera revolución siempre aspirará a alzar el vuelo recobrando las alas perdidas que otorgan belleza al recorrido de su libertad. Como escribió Albert Camus, ahora se cumple el centenario de su nacimiento: "La belleza, sin duda, no hace las revoluciones. Pero llega un día en que las revoluciones tienen necesidad de ella. [...] Manteniendo la belleza, preparamos ese día de renacimiento en el que la civilización pondrá en el centro de su reflexión [...] esa virtud viva que cimenta la común dignidad del mundo y del hombre, y que tenemos que definir ahora frente a un mundo que la insulta." Y la educación sólo puede ser bella si entendemos que con ella lo que hacemos es comprender el mundo en que vivimos, adquiriendo las herramientas necesarias, que se encuentran dentro de uno mismo, para mejorarlo.

La Tribuna de Albacete, 6-11-2013

jueves, 24 de octubre de 2013

Licencia para espiar


Es de sobra conocida la dudosa legalidad de las prácticas que, en pos de la seguridad nacional y mundial, Estados Unidos ha llevado a cabo durante décadas. Saltan a la luz en primera plana noticias sobre casos de espionaje masivo, por parte de la NSA (Agencia de Seguridad Nacional) de Estados Unidos, ocurridos en Francia, donde en sólo treinta días se interceptaron más de setenta millones de comunicaciones. No sabemos si al pasear por la calle un satélite estará siguiendo meticulosamente nuestros pasos o si todos los correos electrónicos que hemos enviado están registrados en los archivos de alguna de estas agencias de seguridad. Es difícil conocer lo que está considerado como "alto secreto" y si realmente toda la información que se maneja -y que posiblemente nos incluya a nosotros- va más allá de los fines de la seguridad nacional y puedan ser usados con otras intenciones, como por ejemplo averiguar nuestros hábitos de consumo o nuestros excesos de libre pensamiento. Esta impune invasión de la privacidad, falsamente regulada por los gobiernos, pone en cuestión el propio sistema democrático y las garantías que éste ha de procurar a sus ciudadanos.

La red de espionaje Echelon, controlada por la ya citada NSA, intercepta alrededor de más de tres mil millones de comunicaciones cada día, datos que hacen dudar de que sólo se investiguen casos de sospecha de terrorismo, corrupción, narcotráfico u otros delitos, ya que estaríamos hablando de un número exagerado de comunicaciones "sospechosas", un número que nos lleva a pensar que un porcentaje alto de la población mundial estaría implicada en asuntos delictivos. Nadie está libre de las garras del poder cuando éste decide saltarse la ley alegando intereses de Estado. La libertad no puede llevar consigo un ojo que nos esté mirando y controlando constantemente, pues psicológicamente esto sin duda puede coartar nuestras acciones. Y lo realmente cuestionable de esta situación es desconocer lo que se oculta tras la máscara de un espionaje de seguridad, principalmente por motivos de terrorismo. ¿No habrá un espionaje estimulado por otros motivos? Quizá les interese saber lo que pensamos, cuáles son nuestros sueños y temores, nuestros amores o desamores, nuestras luces y sombras, con el fin de sofisticar su herramientas de control y poder. En la actualidad el gobernante ve al pueblo como su enemigo, pues nunca querría manipular, controlar o domesticar a quien quiere bien. Una frase de estilo maquiavélico puede ser la de conocer muy bien a tu enemigo para saber mejor sus puntos débiles y carencias. Y partir de ahí actuar, jugar a saciar esa hambre con instrumentos que favorezcan al Poder.

Lejos de querer convertir esta reflexión en un ejercicio conspiratorio, han de considerase sin embargo estas cuestiones, pues quizá no suene tan descabellado como parece que Estados Unidos, acostumbrado a protagonizar guerras sucias, juegue con cortinas de humo su particular partida de dominación mundial. "Ellos, que, incluso si no adujeran ninguna razón, me convencerían por su sola autoridad", escribió Cicerón refiriéndose a las palabras de los sabios. Pero este no es el caso, y la autoridad de los poderosos, cuando carecen de razones honestas y coherentes, ya no convence a nadie, pues no nos han dado motivos suficientes para creer en ellos. Sólo la trasparencia puede ennoblecer el arte de un buen gobierno.

"La Tribuna" de Albacete, 23-10-2013

miércoles, 17 de julio de 2013

Miedo y libertad


No sólo la violencia física es enemiga de la paz, sino que hay una violencia implícita muy reconocible para quien sea capaz de observar con cierta objetividad, y difícil de ver para quien vive completamente sometido a sus mandatos. Me refiero al miedo. Quienes son víctimas del miedo a menudo son incapaces de darse cuenta de que la mayoría de sus actos son guiados por esta emoción y que, por consiguiente, cuando uno es presa de ese estado emocional la expresión de los actos responde a dicho clímax patológico interior. Hay quien por miedo deja de actuar o quien lucha contra otros, hay quien se defiende, ataca o simplemente se paraliza.

Se dice que el miedo es un recurso adaptativo necesario, una emoción básica capaz de protegernos y de garantizar así nuestra supervivencia. Cuestión muy discutible y discutida. Lo que sí es cierto es que hoy día esta emoción se ha convertido en un mal social ampliamente extendido, que otorga al poder una ventaja: dominar a un pueblo paralizado, atemorizado por unas circunstancias presentes aparentemente determinantes. Y sabemos que el origen de las revoluciones ha venido de una superación de ese miedo, de una liberación masiva que ha permitido el cambio, la recuperación de unos derechos progresivamente usurpados ante el silencio e indiferencia de un pueblo pasivo por temor a las consecuencias de la acción, pues, como escribiera Kant: “Quien tiene una vez el poder en las manos no se dejará prescribir leyes por el pueblo”, ya que supondría renunciar a las leyes de gobierno y control que el Estado ha dictado. Se crea, de esta manera, un conflicto, propio de una situación de dominación. El miedo y la pasividad resultante, en este caso, parecerían ser los mejores medios de supervivencia para la sociedad gobernada, con el fin de no despertar la ira del Estado, portador de ejércitos y de armas sin fin, pero, sin duda, a la larga, esta actitud iría contra sí misma, al negar la posibilidad de su libertad.

Si revolucionarios como Dolores Ibarruri o Ernesto Guevara fueron capaces de pronunciar aquellas famosas palabras que decían que preferían morir de pie a vivir de rodillas, y donde la historia nos da la razón en que el progreso social ha sido posible gracias al valor del pueblo, a su no sumisión, a su madurez y voluntad de expresión…, podemos afirmar que el camino de la paz requiere valor y confianza, una fuerza capaz de desterrar todo miedo y una legítima convicción natural en el bien común capaz de guiar esa fuerza en la consecución de nuestras acciones, para el pueblo y con el pueblo, logrando, en palabras de Kant: la “unidad colectiva de la voluntad unificada”. Pues no hay otra forma de justicia. Pero no por indiferencia o temor, sino por apasionado sentido de la libertad y de la igualdad humanas. Y quien cae con valor, como sentenció Séneca: “si cae, lucha de rodillas”, y bien puede que haya caído en el empeño, pero no ha sido vencido; y un nuevo camino se abrirá tras él.

La Tribuna de Albacete, 17-07-2013

miércoles, 5 de junio de 2013

Pasos hacia la libertad



Una reflexión sobre la libertad es siempre un estímulo para mirar hacia delante, para aproximarnos a lo que realmente queremos y quizá no encontramos el modo de expresarlo. Si pensamos en el concepto de libertad social probablemente estemos atribuyendo un vuelo de mayor alcance a la palabra, pues toda libertad se apoya en la unanimidad de su destino, en una afirmación que se siente por derecho como esencial del individuo y que compartida tiene la fuerza y el impulso del arma más poderosa: la verdad. Podemos definir la libertad como aquello que no nos pueden quitar, un derecho espiritual innegable y que un conjunto de individuos ha de defender como fundamento de su estructura orgánica. La libertad es la base de la convivencia y la concordia, la necesaria virtud que un pueblo ha de poseer para evolucionar creativa y saludablemente.

Actualmente la sociedad vive en contradicción con el Estado, pues es este último quien administra su libertad y quien, hoy por hoy, hace de este poder un abuso constante, legitimando restricciones y carencias decretadas por agentes bursátiles y financieros que no representan a esa unanimidad que busca su libertad y que sigue confiando (ya seguramente porque no queda otro remedio) en los políticos (representantes que el pueblo ha elegido) para que la gestionen. Pues, cuando el sofista se ha instalado en el poder, sólo busca convencer y no servir, persuadir y no llegar a la verdad justa de sus acciones. El poder sirve al poder, en una estructura piramidal que ha olvidado el fundamento de su labor, entregándose a un sistema neoliberal que sólo sabe devorar para crecer, con ánimo insaciable.

Jean-François Lyotard, en su libro "La condición postmoderna", se hace la siguiente pregunta: "¿quién tiene derecho a decidir por la sociedad?" La voz del pueblo se difumina virtualmente, no tiene rostro, la han usurpado los medios de comunicación filtrando la realidad y los políticos enmascarando sus verdaderas intenciones. Por ello, el pueblo vive confundido y tenemos la impresión de que no hay un acuerdo común para lo que realmente queremos. Como dice Lyotard, "el héroe es el pueblo" y "el signo de la legitimidad su consenso". De esta manera, es necesaria la búsqueda de ese consenso por parte de quien realmente tiene el derecho de guiar su propio destino. Esto es, a mi entender, la libertad social, la vital constatación, en primera instancia, de quien lleva el timón de su futuro y el esfuerzo constante por impulsar y promover ya algo más que participación ciudadana; verdadero gobierno del pueblo, por y para el pueblo. Y si los políticos no siguen la estela de este nuevo movimiento natural, de crecimiento social y libre, tendrán que ser cambiados por mera coherencia evolutiva.

No dejemos que nos gobiernen quienes constantemente nos dan muestras de su indiferencia, obviando nuestras necesidades y derechos más vitales. No dejemos que aquellos quienes se excusan en la crisis sean a su vez, y a escondidas, sus más fieles valedores e interesados. Recordemos, ya lo dijo Don Quijote, que la libertad, hoy más que nunca, “es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”. Y es nuestro el deber de cuidarla y defenderla.

"La Tribuna" de Albacete, 5-06-2013

lunes, 25 de febrero de 2013

El poder del pueblo

Además de la importancia de palabras tan en uso como ‘sistema’, ‘sociedad’, ‘democracia’, etc., no podemos olvidar nunca el origen y la razón de las mismas, más allá de lo genérico, apuntando a lo particular. Así, se desvelan las palabras esenciales: ser humano, individuo, persona… El número o la estadística abre numerosos informativos, la sociedad se engloba en grupos diversos y ésta a su vez es regida por un sistema que traza los caminos a seguir, el movimiento y sus pautas. Pero, debido a esta selva de conceptos abstractos nos perdemos y deshumanizamos, olvidando el sentido de una sociedad, de un sistema, que son los individuos que lo forman. La palabra ‘democracia’ también conlleva la trampa de un lenguaje desvinculado de su propio significado, entrando en ese grupo de palabras que ya nombran difusas realidades, cada vez más gélidas y ásperas. El ‘poder del pueblo’, el verdadero, suena ya a utopía, a sueño desmantelado, pues muy pocos están convencidos de la posibilidad de alcanzar esta necesaria realidad humana. Pero no hay mayor acción a favor de este movimiento del pueblo hacia la conquista de su libertad, que la de los individuos que lo forman, unidos, reclamando justicia social, igualdad, solidaridad con sus semejantes. 

La única manera de salir de este egoísmo masivo en que se ha convertido el funcionamiento del sistema capitalista es a través de la acción popular, del apoyo incondicional a los desfavorecidos por este sistema que, como una tempestad, está dispuesto a arrasar con todo y con todos si no lo paramos a tiempo. Desahucios, familias sin alimentos, sin empleos dignos, individuos explotados, esclavizados con trabajos de horas interminables y mínimos salarios. Y ante todo esto sólo nos puede quedar una convicción firme: el sistema no puede salvar al sistema. El sistema está diseñado para arrasar, para devorar, para saquear a los pobres. El sistema, tramado por el poder, está al servicio del poder. Y el movimiento, la acción real y firme ha de ser del pueblo. Cada vez cuesta más reclamar, exigir un derecho. Las evidencias nos muestran que hay oídos sordos, que el sistema nació con una venda en los ojos. Ahora sabemos que el movimiento ciudadano lo es todo, el movimiento desde dentro y desde fuera, pues también quienes están dentro son individuos atrapados en el engranaje maquiavélico del poder. Si el sistema te obliga a actuar en contra de lo que consideras justo, la mejor forma de rebeldía es no actuar, parar, negarse a alimentar al monstruo. 

Las fuerzas de seguridad no pueden olvidar que sirven a los ciudadanos, que velan por la seguridad de su pueblo. La justicia, la sanidad, la educación… todo ello está al servicio nuestro; no son aparatos de intimidación, de saqueo ni de alienación. Y una sociedad no puede luchar contra sí misma, son aquellos quienes componen las piezas de este sistema, en sus distintas vertientes, los que han de cambiar las cosas, radicalmente, sin temor, con la firme convicción de que la acción rebelde va en defensa del bien común, de forma pacífica pero valiente, como decididos aliados de la libertad: aquello a lo único que realmente podemos servir con dignidad. Ser libre exige realizar sacrificios, pero es la única manera de ser fiel al mandato de la conciencia interior: aquella que ve la desigualdad en el prójimo como propia. Y la única manera de luchar contra el egoísmo es el altruismo y la solidaridad, así de sencillo. No esperemos ganar nada para restaurar un equilibrio, pues esa propia restauración es la ganancia, verdadera ganancia colectiva que repercute a todos, en la que ganan todos, pues lo que es justo, lo es para todos. Como escribiera Nietzsche: “Quien poco posee, tanto menos es poseído”. Y cuanto menos es poseído uno por el sistema y sus chantajes consumistas, mayor libertad tendrá para actuar, menos cohibido se verá, menos impedido por lo que pueda perder en el camino, sobre todo si esa pérdida es material y superficial. No hay mayor riqueza que la libertad, no hay mejor forma de aplicarla que entregarla más allá de los límites de nosotros mismos; dejándola dispuesta y visible a quien quiera que se la encuentre. 

Cada individuo lleva consigo una acción prodigiosa que entregar a sus semejantes. El poder del pueblo parte de su movimiento constante, sin pausa, sin tiempos muertos, por la senda de la justicia social. Una acción ciudadana, individual y concreta, como la de un bombero que se niega a desahuciar a una anciana de su casa, es una de tantas mechas capaces de encender la llama de la libertad conquistada, retomada, de nosotros mismos. Pues, ya lo dijo Whitman, “una hoja de hierba no es menos que el camino recorrido por las estrellas”. Y todos somos hojas de hierba, capaces de poblar campos y bosques sin límites, y universos de estrellas que iluminen como flores los días y las noches, las horas y los siglos del hombre. Del hombre nuevo: el hombre libre.

Diario La Verdad, 24-02-2013

miércoles, 30 de enero de 2013

El mito de Sísifo


Condenado por los dioses a empujar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde ésta caería rodando al punto de partida, y vuelta a empezar. Así se sintetiza el mito griego de Sísifo, que Albert Camus trataría en un ensayo con el mismo nombre, arrojando inquietantes valoraciones existenciales que ponen a prueba la capacidad del ser humano para encontrar un sentido a la vida. Sísifo, el héroe absurdo, para Camus, ha de aceptar irremediablemente tanto sus pasiones como su desdicha, la búsqueda del placer como la inquebrantable realidad del dolor. El destino circular marca un proceso, un mismo recorrido que ha de repetirse cada vez que la roca es llevada a la cima. La roca cae rodando y hay que bajar de nuevo para volver a subirla. Acaso, entre viaje y viaje, asegura Camus, hay un descanso, un alivio, una toma de conciencia, un silencio. Y es acertado no compadecer a Sísifo, quien ha aceptado su destino y lo asume con puntual fidelidad, con esperanza, con coraje y dignidad. Quizá, con su actitud, ha vuelto a desafiar a los dioses. Afirma Camus: “La lucha por llegar a las cumbres basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz”.

La historia aquí contada es absurda. Absurdo siempre es pensar en el castigo que procuran los dioses. El castigo a Lucifer, Adán y Eva, Prometeo… Pero, sin embargo, la cultura occidental se ha encomendado al castigo como medio de salvación o de redención. Sísifo porta la roca de su desobediencia, arrastra la culpa de su rebeldía. El sometimiento a la ley de Dios es la vía para la redención en la religión judeocristiana, pero hemos pasado por alto que no existe tal sometimiento a Dios, pues estaríamos hablando de una paradoja muy extraña: la paradoja de someterse a la libertad, de someterse a aquello que carece de sometimiento. Sísifo era ciego y también imaginaba que un día vería el paisaje por el que continuamente arrastraba su roca. Sísifo, para Camus, aparte de ciego, no tenía elección. Tampoco eligió su ceguera. Pero Camus lo imaginaba feliz. Es posible que desde este momento la filosofía se encuentre en un callejón sin salida, el callejón racional del absurdo, el callejón que hace irracional lo aparentemente racional, el castigo se asumir la razón como la roca que hemos de trasportar hasta la cima de la montaña, esperanzados por la llegada y el descanso placentero de un deseo en tensión aspirando realizarse, consumarse.

Occidente, sin duda, porta la roca de Sísifo, como la cruz de Jesús. Pero es posible que el fin no sea el de repetir a la manera de Nietzsche el juego del nunca acabar, del eterno retorno, sino el de darse cuenta de que no hay roca, ni ceguera, ni castigo. Jesús tomó la roca de Sísifo en la forma de su cruz asegurando así la redención final: “Ahora, Padre, glorifícame al lado de ti mismo. Dame la misma gloria que tenía contigo antes de que el mundo existiera. (Juan, 17:5)”. Para el existencialismo la roca es llevada a ninguna parte y de ahí el derrumbe posterior. El sentido es lo que cae al no encontrarse, tras largo esfuerzo buscándolo. No hay remedio para Sísifo pero sí para Jesús, pues sabe, siente, a dónde apunta su cruz. Es la verdad del corazón la que emerge, aunque el cuerpo se derrumbe y gima de dolor. Si Camus se imagina a Sísifo feliz, no ha de ser –por ello- una felicidad absurda. No hay por qué llevar al corazón a lo absurdo cuando la razón se ha derrumbado, salvo que estimemos que todo lo que tenemos es eso; la roca inerte, la palabra lógica, el discurso interminable, la paradoja del incomunicable lenguaje. Aún queda, después, citando a Wittgenstein, lo místico. Y si acaso hablar o pensar se torna absurdo, balbuceante, no hay que olvidar que todo sonido es música, canto y amor en su trasfondo. Y así dejamos descansar a Sísifo, le permitimos que sueñe e imagine el sentido de su recorrido. Quizá la roca siga cayendo, quizá baje incontables veces más a recogerla, y quizá un día se dé cuenta de que lleva a Dios en sus brazos.   

Diario La Verdad, 30-01-2013

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