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miércoles, 18 de diciembre de 2013

La homeopatía como alternativa


Muchos son los debates que se originan en torno a la sostenibilidad del planeta y sobre qué medios son las más adecuados usar para contribuir a que el mundo en que vivimos mejore con nuestras actuaciones humanas sin que lo deterioremos continuamente. Las energías renovables se ven como una solución a largo plazo que ayudaría a satisfacer nuestras necesidades de transporte, consumo, alimentarias, tecnológicas, etc., al tiempo que no dañaríamos los recursos vitales del organismo terrestre. El petróleo, por ejemplo, que es la sangre del planeta, no puede ser continuamente succionado de la tierra, ya que ponemos en peligro y desequilibramos esa estructura orgánica que nos sostiene, lo cual aumenta la probabilidad de terremotos u otros desastres naturales, por ejemplo; al tiempo que es altamente contaminante. El uso de este combustible, sin duda, es eficaz, funciona para el fin que se le emplea, y permite que un coche se mueva o que una casa disponga de calefacción en invierno y así no se pase frío. Pero este principio activo, esta eficacia en su función no quita los enormes riesgos y daños colaterales, efectos secundarios, que produce.

El Ministerio de Sanidad ya ha regulado la homeopatía, y sin duda es una noticia positiva. Pero el debate no ha tardado en iniciarse y la Organización Médica Colegial (OMC) se ha posicionado en contra de esta medicina natural. Uno de los argumentos que declaran es que los médicos "están obligados por las normas del Código de Deontología Médica a emplear preferentemente procedimientos y prescribir fármacos cuya eficacia se haya demostrado científicamente" y añaden que no son éticas las prácticas carentes de base científica que prometen la curación. Como dijimos antes, no es lo mismo eficacia aplicada a algo en concreto –a corto plazo- que lo que conlleva esta aplicación en un nivel más profundo y sus efectos secundarios. Habría que plantearse si es ético atajar síntomas, bloquear y matar expresiones patológicas y llamarlo a eso curación. El paradigma científico actual, sería humilde afirmarlo, no tiene toda la verdad, y no debe llamar solamente ciencia a sus métodos, pues la ciencia es algo mucho más que un estudio estadístico –que también es, sin duda, una buena herramienta- o meras comprobaciones de causa y efecto: hay mucho más implicado. Para restablecer la salud –equilibrio- hay que actuar con medidas que equilibren, no que ataquen al organismo aunque silencien temporalmente sus síntomas. Quizá no sea ético el uso de ciertos medicamentos “oficiales” y con “base científica”, que todos sabemos producen multitud de efectos secundarios y que abren una cadena de nuevas patologías, en muchos casos cronificando las presentes, haciendo del medicamento, no un remedio puntual, sino una dependencia progresiva para paliar lo que no se ha sabido curar.

Albert Einstein escribió que “podemos considerar la materia como constituida por zonas de espacio en las que el campo es sumamente intenso… No hay lugar en este nuevo tipo de física para el campo y la materia a la vez, porque el campo es la única realidad.” La materia, en definitiva, es energía; lo que vemos, es, a su vez, un misterio invisible. La pila, materia, se recarga con fuerza invisible. Y la fuerza vital de nuestros cuerpos es otro misterio que anima lo que somos. Quizá conviene mirar otros caminos, e investigar en nuevas direcciones. Llevando una mirada más profunda, no sólo paliativa, sino con voluntad sanadora, integral y, por supuesto, verdaderamente ética.

"La Tribuna" de Albacete, 18-12-2013

jueves, 21 de noviembre de 2013

Humana ciencia


No hay conocimiento más genuino que el que nos brinda la propia experiencia, y el resultado de este conocimiento es lo que llamamos sabiduría. Recordando aquella máxima de Quintiliano en la que decía que “es la ciencia la que crea la dificultad”, hemos de preguntarnos hasta qué punto se ha sustituido el conocimiento humanista, el que aboga por la creación de ideas, por otro de laboratorio o de estadística que relega el desarrollo de nuevos paradigmas por la religión de los datos y los números exactos. Sin embargo, esa ciencia que se denomina “exacta” se sorprende cada día ante la imprevisibilidad de la realidad y se da cuenta de que el conocimiento de ésta precisa de nuevos modelos de investigación más allá de lo cuantitativo, pues todo lo que consideramos medible no se puede aplicar a lo que no lo es: como son las emociones, el comportamiento e incluso la materia. ¿O acaso podemos cuantificar objetivamente –una a una- las neuronas y demás células que recorren nuestro cuerpo más allá de una mera ecuación teórica? Al igual que una religión que asume dogmas anticuados en los que la sociedad actual ya no se reconoce, así la ciencia y su dogmática visión del mundo se está quedando obsoleta al no integrar en su investigaciones esas variables que simplemente descarta, cuando son, digamos, lo más importante del fenómeno.

Esa ciencia que crea la dificultad es aquella que no se actualiza con los cambios presentes, siempre en proceso. Cuando se asumen dogmas y leyes mecánicas que aplicamos metodológicamente por decreto, olvidando mirar en fenómeno en sí, nos estamos poniendo una venda en los ojos, la venda de los prejuicios científicos, la venda de lo aceptado por comunidades académicas que exigen adaptar todo estudio a sus requerimientos limitados de elaboración científica. Pero, ¿por cuánto tiempo seguiremos observando el vasto universo desde unos viejos prismáticos? Y este no es un problema que sólo concierna a la comunidad científica –esto es, la que se desarrolla en las universidades y en institutos financiados por grandes empresas con intereses particulares, como las farmacéuticas- sino que se da también en la religión o incluso en la política. Pues la cuestión a la que nos referimos tiene que ver con la mentalidad, con la forma en la que interpretamos y concebimos el mundo. Y un cambio de mentalidad pasa primero por poner en duda esos viejos valores que asumimos como verdades intocables. 


Parece que nuestras viejas ideas son un tesoro que hay que defender para no perder la identidad. Pero nos olvidamos de los efectos secundarios, de esas variables que apartamos. Y nos olvidamos también de que una identidad cerrada al cambio ralentiza y deteriora nuestra capacidad de evolución y adaptación. Quizá esta crisis económica y de valores sea el espejo de ello, la evidencia de la dificultad de una sociedad para adaptarse al cambio. Y es que un grupo –o civilización- que se guíe por valores individualistas remará siempre a contracorriente de la evolución colectiva. Los intereses del mercado no son los intereses de todos, y una verdadera democracia necesita asegurar que el pueblo navegue a buen puerto sin ir dejando a flote a sus tripulantes. No hay ciencia que conozca el futuro, pero sí sentido común que sabe que hay un presente que puede ser mejorado, que debe ser más solidario, más humano y más abierto al cambio.


La Tribuna de Albacete, 20-11-2013

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