miércoles, 6 de agosto de 2014

El conflicto árabe-israelí


Pasados ya sesenta y cinco años desde la fundación del estado de Israel y del primer conflicto con Palestina, nada más establecidos los judíos en lo que consideraban su “tierra prometida” (ya 750.000 palestinos huyeron o fueron expulsados de su hogar), no han cesado los macabros conflictos por la lucha de ese territorio. El principal argumento de Israel es bíblico: Dios prometió a Abraham esa tierra a los judíos. Tras la Segunda Guerra Mundial surgió la necesidad de crear un estado artificial para asentar a un pueblo masacrado y desolado por los nazis. Pero todas estas razones y este largo recorrido de guerra y paz no deja de marcar un capítulo de la historia que parece irreconciliable y que pone de manifiesto la dificultad de dos pueblos para aproximarse y saber buscar acuerdos de forma pacífica. Sin duda, el trasfondo es religioso, por este motivo la negociación más difícil siempre ha sido y será Jerusalén, pues ambos pueblos luchan por el gobierno de la misma, debido a la importante simbología que para cada uno representa. Y una palabra tan importante en la historia como “religión”, causa de guerras, atentados y discordias perennes, nos hace olvidarnos de su sentido verdadero, ya inscrito etimológicamente en su raíz léxica, si vemos que “religión” viene del latín “re-ligare”, que significa reunir, volver a unir. ¿Será posible lograr esa unión? ¿Sería quizá ése el comienzo de una nueva y verdadera religión? Es decir, aquella que sea capaz de unir a los pueblos, a las personas, y no de separarlos y enfrentarlos constantemente. Algo hemos de aprender aquí, si queremos comulgar con el verdadero sentido de aquello que sostiene nuestras creencias más profundas. 

La Tribuna de Albacete, 6-8-2014

miércoles, 14 de mayo de 2014

Integración


En estos tiempos en los que muchos pueblos buscan su identidad a través de la separación, observamos que unir no va a la par con reafirmar lo que uno es, sino que solamente acentuando la diferencia, excluyendo en vez de integrar, parece que se logra calmar esa sed de identidad. Pero a la larga sabemos que esa actitud únicamente lleva a la exclusión social, a una especie de integrismo que termina rechazando al otro, no por lo que es o cómo es, sino por lo que ponga en unos papeles: bien sea su lugar de origen, nacionalidad, sexo, raza, religión, etc. De esta manera el ser humano aprende a mirar al otro con recelo, tratando de adivinar su ideología política, sus convicciones morales o espirituales, para determinar si pertenece a su grupo o es un extraño que conviene desterrar de sus vínculos sociales. Sin embargo, sabemos que las personas, por encima de las diferencias, por su humanidad intrínseca, mantienen una necesidad de unir en vez de apartar, de construir puentes que sean más grandes que ellas mismas, antes que encerrarse en islas o guetos que las aíslen de los demás. El sentido de protección, de miedo, de desconfianza o recelo, no debe prevalecer a la hora de tender la mano, de ampliar nuestras fronteras y de crecer buscando igualdad de condiciones y derechos, valores solidarios y mutuo respeto y comprensión.

Por esta razón creo que es posible luchar para favorecer la propia identidad histórica o social al mismo tiempo que crecer en una amplitud de miras, con la aspiración de encontrar en el otro, en el vecino, en quien vive y convive cerca de nuestras fronteras o dentro de ellas, una aproximación sincera y un deseo de defender unos mismos valores de grupo. Pues, como cantaran los hippies, y tantos otros colectivos de mente abierta, solamente somos ciudadanos del mundo, no tenemos otro lugar de nacimiento que el mismo planeta que nos acoge, ni otra madre que la Tierra. Y para permitir que haya una interacción equilibrada con el medio y con los otros, nada más que es posible hacerlo desde la comprensión de que formamos parte de un mismo organismo, y todas las respuestas que demos contribuirán a su evolución equilibrada si van en un sentido unitivo y cooperativo, o a su decadencia si cada uno actúa de acuerdo a sus intereses personales. Porque, como sucede con el llamado ‘efecto mariposa’, una acción cualquiera, aunque parezca que no repercute en otra parte, puede desencadenar sin embargo distintos efectos en otros lugares aparentemente no relacionados, pongamos por caso en el tercer mundo, o por el denominado ‘cambio climático’.

Así que, citando a Walt Whitman: “¡Arrancad los cerrojos de las puertas! ¡Arrancad las puertas de los goznes! El que degrada a otro me degrada, y todo lo que se dice o se hace vuelve a mí al fin!” Palabras de Whitman que podrían ser dichas por este planeta nuestro que espera que -algún día no muy lejano- nos pongamos de acuerdo en escucharlo, para cuidarlo y movernos en torno a él; y no moverlo para que gire en torno nuestro. Y solamente hay un sentido en ese movimiento: el de la naturaleza.

La Tribuna de Albacete, 14-05-2014

jueves, 10 de abril de 2014

Acceso a la cultura

Cuando en el año 2012 fue cerrada, por parte del F.B.I., la página web “Megaupload” -dedicada al alojamiento de archivos- hubo una gran polémica entre los internautas, quienes por razones obvias simpatizaban en su gran mayoría con la “descarga libre”. Por medio de éste -y de otros portales virtuales- muchos usuarios podían “bajarse” películas, música y todo tipo de contenidos de forma gratuita no sólo en EE.UU., sino en todo el mundo, aunque la mayoría de ellos tuviera derechos de autor. Más allá de razones jurídicas discutibles, esta cuestión suscita una reflexión más extensa en sus implicaciones sociales. En primer lugar entra en cuestión la libertad “virtual” que ha de primar en Internet como un derecho a salvaguardar. La propiedad privada o personal (material o intelectual) ha sido el cordón umbilical que el neoliberalismo jamás ha cortado con el fin de mantener su subsistencia. Ya denunciado por Marx y por buena parte del pensamiento socialista, la propiedad individual ha marcado el grado principal de diferenciación entre las personas, así como la raíz de multitud de conflictos.

La otra importante cuestión se refiere de forma más concreta a la cultura y a si medidas como la “censura” en Internet acotan la riqueza cultural humana que, más allá de quién la elabore, pertenece a todos. Todo artista proclama que su obra, una vez terminada, no le pertenece. Incluso hasta hace no mucho las obras no se firmaban. La “Odisea” era cantada por -y pertenecía a- todos los griegos. El autor del Lazarillo no puso su firma al terminar de contar las aventuras de aquel joven pícaro nacido en el Tormes. La Historia de la Literatura no es más- afirmó Borges, citando a Valéry- que la Historia del Espíritu. (Un texto de Borges: “Pierre Menard, autor del Quijote”, inaugura el posmodernismo con una irónica y “memorable” ontología de la autoría). ¿De quién, entonces, es el “copyright”? Sin embargo, la postura aquí defendida no es la de que el artista no pueda vivir de “su” obra, pues de otro modo, ¿quién querría ser artista? o ¿quién siéndolo, podría permitirse el lujo de hacerlo por “amor al arte”?

El siglo XXI, si no lo impedimos, puede ser un siglo afanado en ir acortando día tras día lo público –paradójicamente- como principal propósito político. Privatizar significa restringir, declarar que algo no te pertenece, obligándote en consecuencia a pagar por ello. De lo que es difícil ser dueño en estos tiempos es de un propósito común y solidario. Porque todos somos extraños en un mundo constantemente en venta. El sueño de la propiedad privada, el espejismo de la posesión de algo, ausenta a los hombres de su más legítima posesión: ellos mismos. Y en el fondo, nadie es dueño ni de sí mismo. Si la esencia de la cultura es la libertad y ésta es la esencia de la vida, ¿quién puede poseerla? ¿Quién puede ser dueño de la libertad? A nosotros nos queda el privilegio único y pleno de amarla, de salvaguardarla para todos. “Blanca te quiero, / como flor de azahares / sobre la tierra. Pero no mía. / Pero no mía / ni de Dios ni de nadie / ni tuya siquiera”. (Escribió Agustín García Calvo en su célebre poema “Libre te quiero”). Así es la libertad.

"La Tribuna" de Albacete, 9-4-2014

miércoles, 18 de diciembre de 2013

La homeopatía como alternativa


Muchos son los debates que se originan en torno a la sostenibilidad del planeta y sobre qué medios son las más adecuados usar para contribuir a que el mundo en que vivimos mejore con nuestras actuaciones humanas sin que lo deterioremos continuamente. Las energías renovables se ven como una solución a largo plazo que ayudaría a satisfacer nuestras necesidades de transporte, consumo, alimentarias, tecnológicas, etc., al tiempo que no dañaríamos los recursos vitales del organismo terrestre. El petróleo, por ejemplo, que es la sangre del planeta, no puede ser continuamente succionado de la tierra, ya que ponemos en peligro y desequilibramos esa estructura orgánica que nos sostiene, lo cual aumenta la probabilidad de terremotos u otros desastres naturales, por ejemplo; al tiempo que es altamente contaminante. El uso de este combustible, sin duda, es eficaz, funciona para el fin que se le emplea, y permite que un coche se mueva o que una casa disponga de calefacción en invierno y así no se pase frío. Pero este principio activo, esta eficacia en su función no quita los enormes riesgos y daños colaterales, efectos secundarios, que produce.

El Ministerio de Sanidad ya ha regulado la homeopatía, y sin duda es una noticia positiva. Pero el debate no ha tardado en iniciarse y la Organización Médica Colegial (OMC) se ha posicionado en contra de esta medicina natural. Uno de los argumentos que declaran es que los médicos "están obligados por las normas del Código de Deontología Médica a emplear preferentemente procedimientos y prescribir fármacos cuya eficacia se haya demostrado científicamente" y añaden que no son éticas las prácticas carentes de base científica que prometen la curación. Como dijimos antes, no es lo mismo eficacia aplicada a algo en concreto –a corto plazo- que lo que conlleva esta aplicación en un nivel más profundo y sus efectos secundarios. Habría que plantearse si es ético atajar síntomas, bloquear y matar expresiones patológicas y llamarlo a eso curación. El paradigma científico actual, sería humilde afirmarlo, no tiene toda la verdad, y no debe llamar solamente ciencia a sus métodos, pues la ciencia es algo mucho más que un estudio estadístico –que también es, sin duda, una buena herramienta- o meras comprobaciones de causa y efecto: hay mucho más implicado. Para restablecer la salud –equilibrio- hay que actuar con medidas que equilibren, no que ataquen al organismo aunque silencien temporalmente sus síntomas. Quizá no sea ético el uso de ciertos medicamentos “oficiales” y con “base científica”, que todos sabemos producen multitud de efectos secundarios y que abren una cadena de nuevas patologías, en muchos casos cronificando las presentes, haciendo del medicamento, no un remedio puntual, sino una dependencia progresiva para paliar lo que no se ha sabido curar.

Albert Einstein escribió que “podemos considerar la materia como constituida por zonas de espacio en las que el campo es sumamente intenso… No hay lugar en este nuevo tipo de física para el campo y la materia a la vez, porque el campo es la única realidad.” La materia, en definitiva, es energía; lo que vemos, es, a su vez, un misterio invisible. La pila, materia, se recarga con fuerza invisible. Y la fuerza vital de nuestros cuerpos es otro misterio que anima lo que somos. Quizá conviene mirar otros caminos, e investigar en nuevas direcciones. Llevando una mirada más profunda, no sólo paliativa, sino con voluntad sanadora, integral y, por supuesto, verdaderamente ética.

"La Tribuna" de Albacete, 18-12-2013

jueves, 21 de noviembre de 2013

Humana ciencia


No hay conocimiento más genuino que el que nos brinda la propia experiencia, y el resultado de este conocimiento es lo que llamamos sabiduría. Recordando aquella máxima de Quintiliano en la que decía que “es la ciencia la que crea la dificultad”, hemos de preguntarnos hasta qué punto se ha sustituido el conocimiento humanista, el que aboga por la creación de ideas, por otro de laboratorio o de estadística que relega el desarrollo de nuevos paradigmas por la religión de los datos y los números exactos. Sin embargo, esa ciencia que se denomina “exacta” se sorprende cada día ante la imprevisibilidad de la realidad y se da cuenta de que el conocimiento de ésta precisa de nuevos modelos de investigación más allá de lo cuantitativo, pues todo lo que consideramos medible no se puede aplicar a lo que no lo es: como son las emociones, el comportamiento e incluso la materia. ¿O acaso podemos cuantificar objetivamente –una a una- las neuronas y demás células que recorren nuestro cuerpo más allá de una mera ecuación teórica? Al igual que una religión que asume dogmas anticuados en los que la sociedad actual ya no se reconoce, así la ciencia y su dogmática visión del mundo se está quedando obsoleta al no integrar en su investigaciones esas variables que simplemente descarta, cuando son, digamos, lo más importante del fenómeno.

Esa ciencia que crea la dificultad es aquella que no se actualiza con los cambios presentes, siempre en proceso. Cuando se asumen dogmas y leyes mecánicas que aplicamos metodológicamente por decreto, olvidando mirar en fenómeno en sí, nos estamos poniendo una venda en los ojos, la venda de los prejuicios científicos, la venda de lo aceptado por comunidades académicas que exigen adaptar todo estudio a sus requerimientos limitados de elaboración científica. Pero, ¿por cuánto tiempo seguiremos observando el vasto universo desde unos viejos prismáticos? Y este no es un problema que sólo concierna a la comunidad científica –esto es, la que se desarrolla en las universidades y en institutos financiados por grandes empresas con intereses particulares, como las farmacéuticas- sino que se da también en la religión o incluso en la política. Pues la cuestión a la que nos referimos tiene que ver con la mentalidad, con la forma en la que interpretamos y concebimos el mundo. Y un cambio de mentalidad pasa primero por poner en duda esos viejos valores que asumimos como verdades intocables. 


Parece que nuestras viejas ideas son un tesoro que hay que defender para no perder la identidad. Pero nos olvidamos de los efectos secundarios, de esas variables que apartamos. Y nos olvidamos también de que una identidad cerrada al cambio ralentiza y deteriora nuestra capacidad de evolución y adaptación. Quizá esta crisis económica y de valores sea el espejo de ello, la evidencia de la dificultad de una sociedad para adaptarse al cambio. Y es que un grupo –o civilización- que se guíe por valores individualistas remará siempre a contracorriente de la evolución colectiva. Los intereses del mercado no son los intereses de todos, y una verdadera democracia necesita asegurar que el pueblo navegue a buen puerto sin ir dejando a flote a sus tripulantes. No hay ciencia que conozca el futuro, pero sí sentido común que sabe que hay un presente que puede ser mejorado, que debe ser más solidario, más humano y más abierto al cambio.


La Tribuna de Albacete, 20-11-2013

jueves, 7 de noviembre de 2013

El sentido de la educación


A menudo conviene preguntarse: ¿qué entendemos por educación? Es una pregunta obligada donde la sociedad ha de tomar parte en su intento de responderla. De lo que entendamos por educación y de cómo se lleve a cabo esta vital empresa dependerá el futuro de nuevas generaciones destinadas a configurar una población capaz o no de enfrentarse a los retos de un mundo en constante cambio y evolución. Hoy día se valora preeminentemente la llamada 'excelencia académica', que no supone más que la capacidad de almacenar datos para volcar en un examen. Apenas se tiene en cuenta el valor, a mi entender, más esencial en toda tarea educativa: incentivar la capacidad creativa y crítica, esto es, la capacidad de pensar por uno mismo y el desarrollo de nuestras capacidades humanas. Para aprender hay que comprender, y para comprender es necesario aprender a cuestionar las cosas. Sólo así la inteligencia puede brillar; cuando uno, además de ser un mero 'copista' de información, descubre que también es capaz de encontrar herramientas en su propio intelecto para resolver problemas vitales y no solamente los problemas que se formulan en un libro de matemáticas. 

La educación no sólo ocurre en las escuelas, sino que nunca deja de estar sucediendo a cada paso que damos en la vida. Si se consigue despertar esa actitud, de constante mirada abierta ante la vida, una mirada que busque comprender su mundo, cuestionarlo y tratar de mejorarlo. Si la tarea educativa consigue dejar un legado mayor que el que se refleja numéricamente en un expediente académico. Si, más allá de un título que nos facilite desarrollar una determinada profesión, la tarea educativa consigue que el alumno sepa qué es lo que realmente quiere, no porque tenga más 'salidas', sino porque es capaz de amar lo que hace, creer en lo que hace y tener la voluntad de mejorar con su capacidad creativa lo que encuentra en su camino, entonces la educación puede tener un sentido. 

Si educamos en unos valores que son los mismos que nos han llevado a esta actual crisis de valores, como son la competitividad y el materialismo, estaremos olvidando el verdadero sentido de las palabras 'humanidad' y 'humanismo', donde la cooperación, la solidaridad y la búsqueda de la libertad de pensamiento y de acción son sus fuentes de inspiración. Sólo así es posible un desarrollo humano que no olvide que somos seres productores, no sólo de dinero y de mercancía, sino de cultura, de belleza y de inteligencia creativas. Necesitamos de estos valores para poder respirar, y una verdadera revolución siempre aspirará a alzar el vuelo recobrando las alas perdidas que otorgan belleza al recorrido de su libertad. Como escribió Albert Camus, ahora se cumple el centenario de su nacimiento: "La belleza, sin duda, no hace las revoluciones. Pero llega un día en que las revoluciones tienen necesidad de ella. [...] Manteniendo la belleza, preparamos ese día de renacimiento en el que la civilización pondrá en el centro de su reflexión [...] esa virtud viva que cimenta la común dignidad del mundo y del hombre, y que tenemos que definir ahora frente a un mundo que la insulta." Y la educación sólo puede ser bella si entendemos que con ella lo que hacemos es comprender el mundo en que vivimos, adquiriendo las herramientas necesarias, que se encuentran dentro de uno mismo, para mejorarlo.

La Tribuna de Albacete, 6-11-2013

jueves, 24 de octubre de 2013

Licencia para espiar


Es de sobra conocida la dudosa legalidad de las prácticas que, en pos de la seguridad nacional y mundial, Estados Unidos ha llevado a cabo durante décadas. Saltan a la luz en primera plana noticias sobre casos de espionaje masivo, por parte de la NSA (Agencia de Seguridad Nacional) de Estados Unidos, ocurridos en Francia, donde en sólo treinta días se interceptaron más de setenta millones de comunicaciones. No sabemos si al pasear por la calle un satélite estará siguiendo meticulosamente nuestros pasos o si todos los correos electrónicos que hemos enviado están registrados en los archivos de alguna de estas agencias de seguridad. Es difícil conocer lo que está considerado como "alto secreto" y si realmente toda la información que se maneja -y que posiblemente nos incluya a nosotros- va más allá de los fines de la seguridad nacional y puedan ser usados con otras intenciones, como por ejemplo averiguar nuestros hábitos de consumo o nuestros excesos de libre pensamiento. Esta impune invasión de la privacidad, falsamente regulada por los gobiernos, pone en cuestión el propio sistema democrático y las garantías que éste ha de procurar a sus ciudadanos.

La red de espionaje Echelon, controlada por la ya citada NSA, intercepta alrededor de más de tres mil millones de comunicaciones cada día, datos que hacen dudar de que sólo se investiguen casos de sospecha de terrorismo, corrupción, narcotráfico u otros delitos, ya que estaríamos hablando de un número exagerado de comunicaciones "sospechosas", un número que nos lleva a pensar que un porcentaje alto de la población mundial estaría implicada en asuntos delictivos. Nadie está libre de las garras del poder cuando éste decide saltarse la ley alegando intereses de Estado. La libertad no puede llevar consigo un ojo que nos esté mirando y controlando constantemente, pues psicológicamente esto sin duda puede coartar nuestras acciones. Y lo realmente cuestionable de esta situación es desconocer lo que se oculta tras la máscara de un espionaje de seguridad, principalmente por motivos de terrorismo. ¿No habrá un espionaje estimulado por otros motivos? Quizá les interese saber lo que pensamos, cuáles son nuestros sueños y temores, nuestros amores o desamores, nuestras luces y sombras, con el fin de sofisticar su herramientas de control y poder. En la actualidad el gobernante ve al pueblo como su enemigo, pues nunca querría manipular, controlar o domesticar a quien quiere bien. Una frase de estilo maquiavélico puede ser la de conocer muy bien a tu enemigo para saber mejor sus puntos débiles y carencias. Y partir de ahí actuar, jugar a saciar esa hambre con instrumentos que favorezcan al Poder.

Lejos de querer convertir esta reflexión en un ejercicio conspiratorio, han de considerase sin embargo estas cuestiones, pues quizá no suene tan descabellado como parece que Estados Unidos, acostumbrado a protagonizar guerras sucias, juegue con cortinas de humo su particular partida de dominación mundial. "Ellos, que, incluso si no adujeran ninguna razón, me convencerían por su sola autoridad", escribió Cicerón refiriéndose a las palabras de los sabios. Pero este no es el caso, y la autoridad de los poderosos, cuando carecen de razones honestas y coherentes, ya no convence a nadie, pues no nos han dado motivos suficientes para creer en ellos. Sólo la trasparencia puede ennoblecer el arte de un buen gobierno.

"La Tribuna" de Albacete, 23-10-2013

jueves, 10 de octubre de 2013

El hombre y la máquina


Son ya clásicas las comparaciones entre el ser humano y la máquina, ya sobre todo a partir de la Revolución Industrial el hombre se ha visto cada vez más unido a la máquina y ésta ha sido el elemento clave de la industrialización. Una máquina puede hacer el trabajo de veinte personas, por poner un número, en menos tiempo y con menor coste. Sin embargo, hay papeles que sólo puede llevar a cabo un ser humano, empezando por el control y dirección de la maquinaria. Pero –aún así- es difícil saber a día de hoy si realmente la máquina sirve al hombre o el hombre a la máquina, ya que la relación de dependencia es tan fuerte que no sabemos quién toma el control de quién. Más allá de la Revolución Industrial, con la que podríamos denominar Revolución Tecnológica, a partir de la segunda mitad del siglo XX, el debate ha ido abriendo un nuevo terreno que podríamos resumir con la dicotomía cerebro-ordenador. El ordenador se ha ido convirtiendo en una proyección del cerebro, en un reflejo capaz de darnos datos, números, previsiones y mapas mentales que han ido acompañando el desarrollo del potencial humano. Pero el debate final viene a ser el mismo, llevándonos a hacer la pregunta de: ¿en qué medida el hombre tiene el control del ordenador o si es –por el contrario- controlado por éste? Para que un ordenador funcione, ha de ser programado, va a ser incapaz de tener iniciativa propia, a no ser que programemos esa iniciativa, por lo que no sería una iniciativa espontánea, como la humana, sino programada, a fin de cuentas. Toda simulación es una ilusión de realidad, nunca la realidad misma.

Ha salido recientemente una noticia en los medios de comunicación que nos informa de un proyecto con el superordenador MareNostrum, el proyecto se llama Human Brain, y se invertirán más de 1200 millones de euros para que, mediante modelos de programación diseñados en el Barcelona Supercomputing Center (BSC), este ordenador sea capaz de imitar las neuronas humanas. El empeño por conseguir tal logro es incesante. Algo que nos recuerda a ese nuevo Prometeo del siglo XIX, Frankenstein, ideado por Mary Shelley, y que como vimos se quedó simplemente en un intento fallido. ¿Puede una máquina sentir como un humano? ¿Pensar, imaginar, soñar o amar como una persona? La tarea es homérica. Como dijimos, cuando programamos, introducimos las órdenes que deseamos se ejecuten, lo que impide diseñar algo con vida propia, quedando sometida la máquina a los mandatos de sus creadores. No obstante, conviene no apresurarse en los juicios de valor, dejando un interrogante que nos pueda llevar a la sorpresa, a la desafiante capacidad humana de crear, como en el arte, algo que pueda ser nuevo y, por ello, revolucionario. La principal función del científico es observar, ver lo que sucede tratando de interferir lo menos posible, para así conocer la naturaleza, el objeto de su investigación, tal como ella es. Esta nueva ciencia, la neuroinformática, tiene mucho que decir. Y conforme el ser humano vaya ampliando su conocimiento de la realidad, irá también adquiriendo y creando nuevos recursos que le permitan relacionarse con su mundo desde actualizados planos y objetivos. Un ordenador no deja de ser un reflejo de nuestras propias capacidades. Pero un reflejo que asombra.

"La Tribuna"  de Albacete, 9-10-2013

jueves, 26 de septiembre de 2013

Educación y nuevos valores


Para que una sociedad pueda cambiar desde sus propias raíces, entendiendo que urge un cambio necesario como respuesta a una crisis sistémica creciente, hay que poner en tela de juicio los valores predominantes y considerar si realmente esa base de adaptación social y aprendizaje que llamamos educación sigue unas pautas adecuadas o está orientada a que transite un sendero que es alimentado por el mismo motor fallido que está ocasionando el estado crítico actual de nuestra civilización. Varias preguntas emergen. ¿Para qué está diseñada la educación actual? ¿Cuáles son sus metas y de qué forma las está llevando a cabo? Hoy día observamos unos valores materialistas que impregnan todo modo de progreso social. Unos valores que se enfocan en instruir para ser elementos activos de un sistema de fines productivos, maquinariamente eficientes y predeterminados por un complejo orden capitalista de producción y consumo exponencial.

El psiquiatra y humanista Claudio Naranjo, quien trabajó en Harvard sobre estudios de la personalidad, ha tratado este tema arrojando clara luz al respecto, señalando que: “Debemos volver a las raíces de la educación como autoconocimiento, en la búsqueda de ese conócete a ti mismo de Sócrates.” Es de vital importancia procurar que la educación sea un fin en sí mismo y consiga independizarse de las necesidades que el sistema impone, para así instruir en valores verdaderos, que motiven una educación humanista, considerando ésta como el medio idóneo para que la persona adquiera sólidas capacidades de libre pensamiento y no caer en el adoctrinamiento colectivo. Dejar de considerar la educación como un medio que procure el fin de obtener un certificado aceptado por el mercado para servir a los intereses económicos, convirtiéndonos en maquinas de ganar dinero, de producción y de esclavos de ese mercado que juega con las vidas de las personas a cambio de salarios precarios, de vivir en la ansiosa competitividad y en el continuo miedo de ganar más o de ascender en los trabajos para ser más, obtener un mayor estatus, etcétera. Volvemos a Claudio Naranjo: “Los padres aspiran a que sus hijos triunfen en este mundo de competencia económica, no importa que también sea un mundo de pobreza creciente mientras que no les toque a ellos. Prefieren la educación que sirve como una máquina de certificación. No les interesa educar sino servir al mundo del trabajo. Insisten en que desean el bien de los hijos, pero en realidad no les interesa el bien de los hijos más que como eficacia en los negocios. Tenemos el mundo que tenemos por el tipo de conciencia que se desarrolla a través de la educación, que es una educación implícitamente explotadora.” Palabras claras, sinceras, lúcidas y duras, ya que señalan una realidad presente que evitamos cambiar, mirando para otro lado, eludiendo una conciencia social y solidaria a cambio de un individualismo competitivo y egoísta.

Sin duda, no es ese el camino, y se hace patente la necesidad del cambio, de hallar nuevos valores, que no son más que los genuinos valores humanos que han quedado perdidos por el miedo y la batalla liberalista. Urgen nuevos valores que transformen desde la raíz y consigan sembrar las semillas de una humanidad que se reconozca en un destino común realmente humano,  realmente espejo de lo que somos, realmente fieles y solidarios con nuestra especie.


"La Tribuna" de Albacete, 25-09-2013

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