miércoles, 12 de septiembre de 2012

Sobre el amor


Al leer a Platón reflexionando sobre el amor -también recuerdo ahora tratados de Schopenhauer, Ovidio o Fromm- uno se pregunta hasta qué punto se puede llegar a conclusión alguna sobre este tema por medio del lenguaje, incluso en su forma más poética. Los filósofos elaboran puntos de vista que ciertamente, por sublime que sea la exposición, dejan un halo de insuficiencia en lo apuntado, la sensación de que se podría haber dicho mucho más, de que se podría haber tocado un poco más a fondo la esencia. Esa sensación, considero, es la correcta, pues el amor, su evocación, aspira a confirmar lo infinito del ser, y en ese ensayo de confirmación subyace la aspiración definitiva, el cénit, siempre por conquistar. Las palabras articulan impresiones, vagas resonancias, efímeros objetos que poseer y que el tiempo desaloja en el silencio hacia un nuevo imaginar. El amor, al pasar por la palabra, es, de este modo, así, imaginado; pero en su expresión directa sobre el pecho latiendo, sobre el corazón, es vivenciado. Esa expresión, esa huella en lo humano de nosotros, quiere objetivarse en el lenguaje, quedarse para siempre, buscando revivir la sensación primera, la llamarada, el vislumbre acaso poseído, conquistado.

El amor, apunta Platón, “nos vacía de hostilidad y nos llena de familiaridad”. Ciertamente nos arroja a ese vacío sobre el que se eleva una intimidad tan intensa que evapora cualquier sentimiento de hostilidad. Una intimidad que constatamos universalmente compartida, un abrazo que se extiende a lo unánime, al sentido de familiaridad, de unión con el todo. El ‘habla’, cuya raíz es la misma que ‘fama’ (de familia) es el medio que nos permite comunicarnos, ejecutar esa familiaridad por medio de la voz, arrojando significados mutuamente entendidos. Cuando uno entiende a otro está actuando la naturaleza del amor por medio del lenguaje, al igual que por medio del cuerpo lo haría un abrazo o una mirada comprensiva. Lo que el ser humano busca, para lo que está diseñado, es para esa comprensión mutua, para la realización de ese amor en la naturaleza. ¿Qué es –podemos preguntarnos- lo que amamos? Y automáticamente se nos presenta una especie de objeto al que amar, pero un objeto que ha de corresponderse en identidad con un sujeto. Pues, ¿qué otra puede amarse fuera sino es lo que se desea desde dentro? Y, volviendo a Platón, “no es otra cosa que el bien lo que aman los hombres”. Sentencia que a primera vista se presenta paradójica, pues si realmente amaran sólo el bien los hombres no habría sufrimiento, ni violencia, ni caos. Dejemos esta consideración para la reflexión personal.

Merece la pena indagar sobre todo esto, dedicar un tiempo a investigar lo eterno. Observar cómo una semilla engendra una planta y un fruto, por amor, por energía de ser. “El Amor será también amor de la inmortalidad”,  leemos en Platón (para más señas hemos citado en todo momento “El Banquete”). Un fruto nos da alimento y con él nutre la vida, preserva el devenir. Alimento para un cuerpo que se pregunta por su alma, que sospecha la inmortalidad, que ve en la naturaleza ese fenómeno de la procreación como el acto del amor manifestando vida, asumiendo así cualidades divinas. El poeta, el creador, el filósofo, quiere comprender a Dios, desea conocer ese mecanismo llamado ‘creación’ que penetra todas las cosas de materia espiritual e incognoscible. El hombre, que sobre todo en la modernidad ha aspirado a ser un dios, se va dando cuenta de que ya lo es, de que está hecho exactamente de esa misma sustancia y que, por consiguiente, no hay diferencia alguna entre él y lo divino. Esta toma de conciencia eleva al amor a su comprensión más pura. Nos acerca a la potencia cósmica y nos iguala –si cabe- a ella. A veces un sentimiento estalla, como el Big Bang, en la vivencia de esta verdad, como un éxtasis místico, como un ‘samadhi’ budista. La plenitud del amor queda así confirmada, pero incluso, como al leer las obras de los filósofos, nos deja la sensación de que podría haber una comprensión aún mayor, un algo más. Pues un solo sol parece no bastar, pudiéndose  sentir en el corazón –por ejemplo- la fuerza de diez mil millones de soles. El amor puede dejarnos sensaciones similares, abismales e irrepetibles, y ante ello solamente podemos rendirnos, agradecer la dicha de habitar tal ingrávido y expansivo sentimiento. Y solamente dejar así, ya, en el cálido regocijo de tal intimidad, una oración humildemente dirigida a la vida. Pidiendo de corazón, evocando a Rabindranath Tagore, que este sentimiento se asiente por fin y prospere, para “que nuestros poderes recién surgidos clamen por una plenitud ilimitada de hojas, flores y frutos”.

Diario La Verdad, 9-9-2012

domingo, 26 de agosto de 2012

Naturaleza y libre albedrío


Para entender gran parte de la evolución humana es necesario conocer o tratar de estudiar la historia de sus emociones, la progresiva complejidad de sus decisiones, la multiplicidad de estructuras que han marcado sus relaciones afectivas, propósitos y logros. Si queremos aventurarnos a emprender una teleología humana partiendo de una base emocional, nos daremos cuenta de que la mayoría de las cosas importantes que hacemos son hechas porque sí, sustentadas por una serie de condicionamientos psicológicos que como un programa de ordenador, emite la orden y así la respuesta estipulada. Los pensamientos, que no son más que una consecuencia emocional, o viceversa, llegan a nosotros –como ha apuntado Heidegger- y nosotros no somos más que unos receptores de ellos, casi meros autómatas. Si miramos con detenimiento este punto la conclusión que se nos presenta puede dejarnos fríos por un momento. No es que seamos iguales a los ordenadores, por ejemplo, sino que si los ordenadores son un producto nuestro es porque de alguna manera nos reflejan y nos ayudan a entender en ellos parte de nuestro propio funcionamiento. Sin embargo, como sabemos, caben unas diferencias abismales entre el humano y la máquina. La diferencia fundamental, la que acaso nos desvela el alma: la conciencia. Esa condición innata e inimitable que es la inteligencia viva y creativa del ser humano, su capacidad para sentir y razonar de una manera impredecible, a pesar de que uno mismo se sienta determinado por su propio ‘hardware’ y ‘software’. Ahora veremos que -en mi opinión- sí que  existe un determinismo ‘liberador’.
Este tipo de cuestiones –por tanto- nos llevan a un tema interesante, el del libre albedrío. Ese concepto o ilusión que consiste en pensar que actuamos por decisión propia y que elegimos nuestro destino. Concepto religioso que, de alguna manera, resulta en oposición con cualquier concepción divina. Es decir, resulta difícil pensar que todo lo que Dios ha creado, el fruto de su obra y de su voluntad, funcionase ajeno a esa voluntad. Creo que es imposible concebir que algún átomo de mi cuerpo no responda a esa ley divina de la que está hecho y que no obrase exclusivamente de acuerdo con ella. Pero más allá de la cuestión teológica, que admite el ámbito de la creencia (o de la fe) nos interesa ver si la ciencia (el conocimiento humano) puede avalar o no la libertad del hombre. Según este conocimiento somos fruto de unas conexiones neuronales, de una serie casi infinita de transmisiones de información al par que un resultado de la segregación de diversas sustancias químicas. No sé cuál será -por tanto- la sustancia química que cuando se segrega nos da la ilusión del ‘yo’, del libre albedrío. Esta idea, que parece casi inofensiva y que incluso la religión (del lat.: ‘volver a unir’) avala, es a mi entender el germen de toda la separación humana. Esta idea nos pone unos frente a otros, portadores de esa libertad ilusoria que creemos tener. En resumidas cuentas, tal ilusión nos lleva por los caminos del deseo, de la separación, de la ambición, de la búsqueda incansable  y competitiva de ‘libertades’. Y todo ello nos actualiza a hoy mismo y a este llamado ‘capitalismo’.
Pero frente al ya sucintamente tratado libre albedrío se contrapone otra idea que –paradójicamente- nos deja una libertad mayor, o mejor dicho, que porta una esencia liberadora. Si asumimos que somos fruto de lo que somos, (“Yo soy el que soy”, significado de Yavé –Dios-), nuestra libertad responde a una libertad mayor que nos trasciende. Una libertad que desconocemos, que nos rige como ‘algo’ rige las estrellas, las innumerables galaxias, su orden preciso, la sincronía de los ciclos de las estaciones, los latidos del corazón, las leyes físicas, el cosmos, la respiración y las mareas, la forma de las nubes o el color del cielo en las puestas de sol… Así con eso, ¿qué papel jugamos nosotros en todo ello?, ¿no resulta vanidoso atribuirnos la función de hacedores en tal majestuosa armonía de milagros cotidianos?, ¿no queda mejor asumir el papel de instrumentos de una voluntad mayor?, ¿no se nos presenta liberadora esta idea? Si todos los días sale el sol y nosotros no tenemos que hacer nada para ello, no hemos de empujarlo con una máquina para que se ponga, ¿qué nos impide confiar por entero en la obra de la naturaleza? ¿No sería más inteligente –más sabio- regirnos por las leyes de la naturaleza, actuar en sincronía con ella? Dejar de una vez de asumir el papel de dioses y salir de ese sueño insensato. Creo que si lo hiciéramos nos sorprenderíamos de la libertad que supone saber que uno no hace nada y que –a pesar de eso- todo es hecho con una perfección mágica y asombrosa. Y todo sería más sencillo. Mucho más natural.

Diario La Verdad, 26-08-2012

domingo, 19 de agosto de 2012

Materia y espíritu

Más allá del ámbito de las creencias se halla el ámbito de las realidades, más allá de lo aceptable o inaceptable se encuentra lo innegable, lo que a fuerza de ser es presenciado se quiera o no se quiera. En este escenario, tanto escépticos, agnósticos o creyentes comparten un mismo territorio de experiencias que -al margen de cómo enfrentarlas o de cómo interpretarlas a posteriori- tienen lugar, son inevitables, suceden irremediables, para gracia o desgracia de uno o de sus expectativas. Seamos materialistas o no, no podemos evitar sentir y no tocar lo que sentimos. Lo sentido no pertenece a la materia, se presenta en lo interno de no sé sabe qué región de receptividades –llámese mente o alma- y se hace real, aunque no tangible. Convivimos con lo inmaterial de manera continua y casi desmesurada, con el pensamiento y la emoción, convivencia que resulta incluso lo que parece que somos, pues ¿qué sería de un cuerpo que no piensa o no siente que es un cuerpo? Sin esa fuerza inmaterial no seríamos conscientes de la materia o de la ilusión de materia que –aparentemente- nos constituye. Cada vez con mayor insistencia ciertos científicos se atreven a decir que esta realidad es un fenómeno de la conciencia, una fuerza de naturaleza aparente que damos por real dentro del territorio de lo imaginado o soñado, como si en el interior de un sueño el soñador juzgase real su presencia, escenario y objetos allí establecidos. Pero el sueño mismo, en confrontación con la vigilia, nos hace ver la impermanencia e insustanciabilidad del terreno de la vida ordinaria, cuando al dormir todo desaparece y nos olvidamos del cuerpo, de lo que tan infaliblemente creíamos ser y vagamos por las regiones de lo onírico, por sus múltiples visiones ingrávidas o cayendo en el abandono de todo durante el sueño profundo.

¿Qué es entonces este cuerpo tan manifiesto y afirmado si todos los días nos deja, se evapora, se diluye en los confines de los sueños, interrumpe su rumbo predestinado y se embarca en la aventura de otras realidades y eternidades? ¿No es algo que nos ha de llevar a preguntarnos cuál es la naturaleza real de este soñador de mundos y de cuerpos? ¿No son los sueños algo más que lo que entendió Freud, esto es, una tergiversación de la vigilia que nos sirve acaso de mera interpretación de la misma? ¿No son otra realidad en sí misma? ¿Otra forma de una misma conciencia expresada? Regiones paralelas, mundos que sin tocarse parecen compartir tanto, los sueños y la vigilia estremecen al hombre desde que es hombre y le hacen mirar más allá de los aparentes confines que la ciencia se esfuerza en establecer como consecuencia de sus limitadas interpretaciones, sesgadas, de una realidad que trasciende el paradigma de lo causal y temporal. La materia, pues, es el resultado de esa visión, es la concreción limitante resultado de una visión limitada. El espíritu, sin embargo, es lo que permite tal manifestación infinita e intemporal, el ojo que ve, la fuerza que expande, el Tao o Dios que de estar tan cercano a uno, de ser tan evidente, más próximo a nosotros –aseguran los musulmanes- que nuestra vena yugular, parece que no está, pues no se ve fuera. Pero precisamente porque está dentro, porque es uno mismo. He ahí el misterio y la grandeza que se nos presenta. Una verdad que no se puede expresar nunca en toda su amplitud y que sólo uno mismo tiene el don de ver por sí misma para confirmarla. No existe paradigma científico más puro y verdadero que éste, en el que aquello que busca conocerse puede verse, evidenciarse, sentirse, saborearse en carne propia. Porque el espíritu, lo que uno es, resulta tan manifiesto y evidente que sorprende y encoje, como encoje pensar y sentir que la estrella más cercana a nosotros después del Sol se halla a unos cuatro años luz, dándonos una mínima idea de la grandiosidad de este espacio universal que nos acoge. ¿Y a qué distancia estaremos de nuestro cuerpo cuando soñamos? Queda ahí el interrogante, dispuesto para arrojarnos al misterio, para guardar silencio y sentir la sublime expresión de lo inexpresable, del milagro, del insondable arcano del ser.

Quedará siempre lo asombroso, esa conexión con lo espiritual, ya sea al contemplar el cielo estrellado de la noche callada o la extática belleza de una melodía romántica, hechizando al alma con su pulsación mágica y abisal, dejándonos sensaciones tan íntimas y certeras como la que a continuación expresa Ernesto Sabato: “En la irremediable soledad de este amanecer escucho a Brahms, y siempre, por sus melancólicas trompas vuelvo a vislumbrar, tenue pero seguramente, los umbrales del Absoluto”. Y en eso estamos, esculpiendo en el silencio de la no materia las formas de nuestros sonoros e insondables abismos.


Diario La Verdad, 19-08-2012

domingo, 5 de agosto de 2012

La sociedad y su destino

El ser humano, esa partícula razonadora y sintiente en medio del universo, habita en estos días un planeta que desconoce, al igual que las incontables estrellas que pueblan nuestro cosmos, apenas sabe de la tierra que le acoge (que equivale a decir que tampoco sabe casi nada de sí mismo). La ciencia, que aspira -si no lo es ya- a ser la única religión global, no se pone de acuerdo ni siquiera en los temas más importantes. El “bosón de Higgs” es para unos la clave, el enigma desvelado de la creación, y para otros apenas descifra el misterio de este mundo y sus fenómenos. Yo me inclino por la segunda opción, ya que según he podido comprobar –empíricamente- ante cada respuesta surge siempre una pregunta nueva, y ante cada causa hallada queda la interrogación por la causa de su causa; y así hasta el infinito. Infinito, dicen, que es el universo. Algo que jamás podrá comprobarse igualmente, pues si no tiene fin no hay conclusión ni fin de la búsqueda tampoco. Lo que sí sabemos, al menos un poco, es que bajo este cielo se perfilan avenidas y semáforos, coches y altos edificios, parques, aldeas, ríos, pájaros y estadios de fútbol… A pesar de que la ciencia nos habla ya de múltiples dimensiones, que dejan de lado concepciones espacio-temporales, nosotros seguimos construyendo a través de los siglos una historia del progreso que tampoco parece tener un fin. Sin embargo, este progreso se está convirtiendo en la posible causa del fin. Este progreso diseñado y desmedido, acelera la imposibilidad de su continuidad conforme va avanzando en el tiempo, dejando tras de sí la suciedad contaminante con que viene aparejado. 
Dijo Bertolt Brecht que “la crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer.” Conforme pasan los días más personas se dan cuenta de que la causa de la crisis radica en la propia estructura y funcionamiento del sistema, que a su vez, si ha fallado, es por causa de unos valores difusos, materialistas y grisáceos, que vertebran esta sociedad. Frente a los descubrimientos científicos que amplían las posibilidades del hombre, que proponen una dimensión infinita de lo que somos, los valores actuales catapultan todo un potencial de crecimiento humano hacia el interior, en pos de unas necesidades orientadas al consumo, a la obtención de bienes materiales y superfluos. Si hemos olvidado la dimensión trascendente del hombre no podemos esperar que este planeta vaya a algún lugar, porque lo que no tiene alma está muerto. Si nacimos con la posibilidad de ser conscientes de ese alma que nos late, negarla o mirar para otro lado equivale a matarla, a estar muerto en vida. He aquí el origen del problema: la negación de nosotros mismos. Sin embargo, esto no es más que un paso evolutivo en la historia del hombre, un paso hacia su dimensión real, un paso que será vuelo. Pero un paso que solo lo puede dar el corazón, no la mente. 
El espíritu, el alma, Dios… son solo palabras, meros sonidos que aportan un significado convenido. Pero, ¿convenido por quién? ¿En quién hemos de fiarnos para afirmarnos en esas palabras? Las religiones se han erigido durante siglos como los portadores del sentido de esas palabras, como los únicos valedores de sus significados. Pero, nadie más que uno mismo está destinado a hallar su verdadero significado. Y mientras no lo hagamos, no nos comprometamos con encontrarlo, con encontrarnos, otros querrán hacerlo por nosotros, nos darán las palabras hechas, masticadas, prefabricadas. Nadie dijo que el camino fuera fácil. Pero la recompensa es infinita, como el universo. De polvo de estrellas y de sueños estamos hechos, de aire y agua y tierra y fuego y éter. Bebamos, pues, del vaso de la eternidad de nuestros misterios y, posiblemente, la vida tome un nuevo sentido y algo pueda empezar a nacer. Dicen que es difícil, que el hombre no está destinado a entenderse con sus semejantes, que las guerras han sido una constante en la historia… pero no lo creo. No estaríamos aquí si no hubiera una causa antes de todo ello: el amor. Ya tenemos la causa. Ahora solo falta regarla cada día. Y entonces hablaremos de otro progreso: el del ser, el del planeta y el de todo el universo. Nada está separado. Y comprender esto nos une, inevitablemente, en un destino común. Inevitable y afortunadamente.

Diario "La Verdad", 05-08-2012

domingo, 22 de julio de 2012

El fin del capitalismo


La sociedad agoniza, el sistema y sus estructuras económicas se agotan, los ciudadanos salen a la calle para manifestar su descontento, para pedir al Estado que deje de comportarse como un mendigo, para pedirle que responda, que dé la cara por quienes luchan cada día por sobrevivir en un mundo en el que el poder financiero y las leyes del mercado se burlan de la democracia y la corrompen sin escrúpulos. Algunos afirman que el fin del capitalismo está cerca, que este planeta no da para más. Un cambio de conciencia es necesario si pretendemos que la tierra que nos cobije nos soporte; un cambio que mira más hacia el interior, donde lo externo sea solamente un medio y no un fin en sí mismo. Si esto no sucede pronto, el mundo no podrá soportar la dinámica demente que lo rige. Nunca es suficiente lo que podemos hacer por cambiar las cosas y, sobre todo, no debemos esperar a que otros sean los que tomen las decisiones, porque el poder nunca cuenta con todos, más bien sólo cuenta con él mismo: esto es, con los poderosos.

Quizá, históricamente, vivamos uno de los momentos más interesantes, pues estamos llegando a un período crítico que se sale de todos los procesos y fluctuaciones sociales y se divisa un callejón sin salida cada vez más oscuro y grande, e inminente. No es que el ser apocalíptico enriquezca en algo la situación, pero sí ayuda a que vayamos escuchando las alarmas necesarias para ir apreciando cada vez más las dimensiones del conflicto. Sin ánimo de tremendismo, sino todo lo contrario, de cálida esperanza, llamamos la atención para remediar antes del ‘sin remedio’, para reaccionar cuanto antes y aprovechar, incluso, estos momentos en el que el descontento es masivo, para empezar a soñar el mundo que de verdad querríamos construir, para intentar tomar las riendas, si cabe un poco, de nuestra ansiada libertad. Somos un cuerpo destinado a la materia, del polvo vinimos y al polvo vamos. “Mi amor es mi peso”, dijo San Agustín, y allí se contiene mi voluntad, mi esperanza, mi verdad. En mi amor, que pesa como un cuerpo hecho de tierra, humano de ‘humus’, se guardan sueños e ilusiones del alma que antes que todo es. En mi amor, que un día fue niño e inocente, que quizá no ha dejado de serlo nunca, aguarda la esperanza de la luz verdadera compartida, parecido al sueño de Cristo o de los budas de la Tierra Pura, de un mundo mejor. En mi amor, que en definitiva es el de todos, que es de lo que estamos hechos cada uno de los seres, duerme -esperando despertar- la conciencia de días venideros que arrojen un hálito de renovados fulgores. 

La utopía no es un proyecto, no es una nueva estructura, no es un plan consistente y perfecto… la verdadera utopía parte de la confianza en la fuerza espontánea del compartir humano, se basa en una actitud más que en un modelo de algo concreto. Una actitud interior que posibilite el común florecimiento, una actitud interior que no es dictada por religiones o sistemas políticos. Aunque algunos fenómenos sociales como el cristianismo o comunismo lo intentaron, ese espíritu nace del individuo libre. Todo sistema que busque someter a los individuos, incluso defendiendo las ideas más nobles, esconden seguramente un turbulento plan dentro de sí. Todo sistema que no se renueva con el aliento de quienes lo conforman, muere de estancamiento e inutilidad. La educación, al tiempo, esa esperanza en quienes nos han de relevar, no es hoy el caldo de cultivo apropiado sino todo lo contrario. Hemos creado un sistema educativo basado en introducir datos, en vez de en ayudar a que uno saque lo mejor de sí. Metemos y metemos información y ocultamos el tesoro que ya hay dentro de cada uno, su creatividad, inteligencia, capacidades naturales, artísticas, ingenio… Vivimos en un mundo basado en la técnica que ha apartado el corazón y que sufre sin saberlo la sed de su pobreza espiritual, sumida en el lodo material que no deja ver el bosque claro de lo que somos. Sólo hasta que el ser humano no asuma completamente su naturaleza espiritual como lo que le conforma, naturaleza que iguala a todos los seres (y no separa en religiones, dogmas, territorios, culturas…) no podrá éste avanzar en la conquista de su libertad. La única alternativa entusiasta al capitalismo –si ha de llegar su fin- sostengo que ha de ser este humanismo espiritual evocado, esta constatación objetiva –en definitiva- de que somos algo más que un objeto animado, motivado y manipulado para el consumo. Una vez nos hagamos conscientes de quiénes somos realmente y para lo que estamos diseñados –la conquista de nuestra dignidad, libertad, espiritualidad- ya todo sueño será –simplemente, felizmente- una realidad compartida y convenida.

Diario La Verdad, 22-07-2012

domingo, 1 de julio de 2012

Razones para no saber


No deja de ser llamativo que el tratado de lógica más brillante hasta hoy escrito (me refiero al famoso “Tractatus” de Wittgenstein) sea un alegato tanto implícito como explícito acerca de las limitaciones del pensamiento lógico. El predominio de la razón es tan fuerte que a pesar de la demostración “racional” de las carencias que arroja este fenómeno psicológico a la hora de comprender la realidad, seguimos mirando obtusamente sólo desde este prisma, incapaces de ceder un ápice a lo que hay más allá del acostumbrado pensar. Pero queramos o no, la realidad nos fuerza a verla como es, y la mayoría de nosotros no tenemos más remedio que rendirnos con mayor autenticidad frente a una emoción que frente a un postrer y calculado pensamiento. El valor de la razón es instrumental, pero no sirve para las cosas importantes. Darse cuenta de esto es empezar a comprender la vida, que en muchos casos nos lleva, paradójicamente, a aceptar lo incomprensible. Comprender que hay cosas que se nos escapan, que la mirada del instinto, el alma (espiritual, pero también animal, “ánima”, primaria) suele acertar antes si atinamos a mirarla de frente, sin filtros, en forma de intuición, de inspiración genuina. Saber la vida, atender a su sabor, más que a racionalizarlo, es la función del artista, pero también del filósofo o del científico. El fracaso de la ciencia, lo vemos, por ejemplo, en el avance tecnológico, que está tomando el efecto boomerang de la contaminación y de la insostenibilidad que conlleva ese alocado progreso por el progreso sin otra perspectiva que el consumo voraz que desestima sus consecuencias fatales, radica en la testaruda mirada cartesiana de negar al corazón a la hora de emprender el viaje del conocimiento, pues si no lo negásemos tanto nos daríamos cuenta de que no sólo es la materia lo que nos alimenta. El corazón ha de servirnos como impulso primario de certezas, esa confianza honda en uno mismo. Seguro que esto todos lo intuimos, incluso Descartes lo haría, quien nunca dejó de admitir la intuición como el instrumento clave para la conclusión verificable de la realidad.

Hemos de volver, por tanto, a lo poético y a lo mágico, al origen como génesis, al encanto como canto verdadero de lo que vamos hallando por el camino. No hay otra forma de avanzar, de descubrir, de aproximarse a lo que somos. Si Freud vaticinó que somos movidos más por motivaciones inconscientes que otra cosa, algo que Lacan, ese estructuralista reñido con el deconstructivista Derrida pero que en el fondo hablaba de lo mismo que él, también remarcó a su modo. Dice Lacan, en broma, en un famoso seminario, que los psicoanalistas no saben verdaderamente lo que saben; es decir, que el mismo terapeuta desconoce las razones de la cura psicológica, de esa transferencia psicoanalítica que se parece sin duda más al amor que a un indigesto método semiológico de manual. Lo que sucede en el encuentro entre dos personas, en ese juego de identidades, de papeles, de jerarquías conceptuales y consentidas, lo desconocen ellos mismos, al igual que uno no sabe lo que soñará al terminar el día o cómo amanecerá al despertar. La ciencia, en definitiva, participa del mismo juego, se ha de rendir ante la evidencia, ha de callar ante lo inexplicable, ha de aceptar lo innegable, la incertidumbre, la honda ignorancia de esto que nos sostiene y posee, el mundo y su latido de vida oscilante, las tormentas, las estaciones, la alergia de la primavera o la turbadora seducción del primer amor. Por eso los poetas cantan, porque se callan y simplemente suena la música, porque se rinden y surge la belleza, porque se funden sin remedio con la vida y se refleja la vida en ellos, como un espejo resonante que nos muestra de la manera más fidedigna y visceral a nosotros mismos.

Si Wittgenstein, con lógica innegable, nos dice que todo lo pensable es también posible, ¿por qué no hemos de creerlo? Si la razón misma nos dice que no sabe razonarse, ¿por qué la atosigamos tanto? “Pienso, luego sufro”, afirma el psicólogo Giorgio Nardone. Y lleva, nótese la ironía, mucha razón en ello. ¿Cómo puede seguir la razón a esa partícula imposible de determinar y que, además, puede estar en dos sitios a la vez o cambiar de lugar sin una aparente secuencia causal? Dejemos a los físicos que sigan observando este misterio, que las teorías llenen estanterías inmensas en las bibliotecas, que el número de  búsquedas y resultados en Google alcance el infinito. Dejemos que la razón sueñe que descubre la verdad… dejemos que la razón sueñe hasta convertirse en poesía, en, acaso, razón poética, evocando a María Zambrano. Mientras tanto aprendamos a valorar esos silencios donde solo hay eso: silencio, claridad, desnudez, simple luz serena. Aprendamos a fijarnos en el espacio en blanco que posibilita y contiene las palabras, en ese vacío que permite que algo entre, en ese cielo indescifrable que acoge con gesto eterno y mudo, a todas las estrellas. Dejemos que entre la luz; pero apartémonos para ello un poco, como pedía Diógenes a Alejandro Magno; permitamos que el sol nos visite y quedémonos atentos y absortos, inocentes, ante ese milagro de cada día que es la luz proyectando, sin más, la vida.

Diario La Verdad, 01/07/2012

domingo, 17 de junio de 2012

El rapto de Europa


Cuenta el mito que Europa fue raptada por Zeus tomando la forma de un toro blanco. La forma de un dios no era suficiente para seducirla, tal vez se asustaría ante semejante figura olímpica. Un toro, sí, un toro, era algo menos peligroso de acercarse; así que quedó tumbada sobre él. Y él se la llevó. ¿Está sucediendo lo mismo ahora? ¿Alguien que no sabemos, quizá un dios disfrazado está secuestrando a Europa? Más allá del mito, Europa atraviesa un período donde su unidad, quizá forzada desde la caída del muro de Berlín, está siendo puesta en peligro. Unidad cuyo lazo es monetario, algo que por otro lado suena a construir castillos sobre un puente. Cabe plantearse, entonces, qué une verdaderamente a Europa, y, más allá de las fronteras, pues realmente no es el tema Europa, qué nos une como pueblo, como sociedad? Una de las cuestiones fundamentales es ver dónde y a quién hemos delegado nuestro destino individual y social. Darse cuenta hasta qué punto somos gobernados por una voluntad que, incluso, parece ser ajena a nosotros. La pérdida de libertad ocurre también cuando quien la tiene no hace uso de ella. La individualidad es la gran responsabilidad de la libertad moderna y hemos convertido esa herencia en un lastre casi insoportable.

El filósofo español José Ortega y Gasset, en su obra todavía moderna “La rebelión de las masas” define al Estado de la siguiente manera: “una creación humana inventada por ciertos hombres y sostenida por ciertas virtudes y supuestos que hubo ayer en los hombres y que puede evaporarse mañana”. De esto, además, señala Ortega, es de lo que no nos damos cuenta. De la fragilidad de algo que damos por inquebrantable. Un Estado que nos tutela y nos quita la posibilidad de un verdadero crecimiento cívico. El Estado, hoy en día, simplemente nos ahorra el derecho de ser responsables y comprometidos con nosotros mismos y con la comunidad. La tutela del Estado nos incapacita para pensar por nosotros mismos; y cada vez estamos más absorbidos por ese mundo de apariencias consumibles. El “hombre-masa” de Ortega también se puede llamar mejor ahora “homo consumericus” de Lipovetsky, donde, a mi entender, la cultura del consumo ya no es sólo de bienes materiales, sino de tiempo. El verdadero problema es que hemos vendido el tiempo como quien vende su alma al diablo. Hemos dejado que el tiempo se consuma banalmente. La fiesta del fútbol –por ejemplo- es una de tantas tragedias de la razón y del espíritu. No el deporte en sí, no el disfrute del juego, sino la importancia que le damos, el valor trascendente que otorgamos a un espectáculo, a fin de cuentas.

Los valores de una sociedad se miden por sus acciones. Allí donde ella participa activamente es donde tiene puesta su atención. Los valores puestos del revés, la religión del consumo frente al desinterés humano por lo verdaderamente importante resulta una evidencia histórica. Frente al relativismo de los valores nada se puede decir, nadie tiene la verdad en cuanto a la consideración de qué es lo importante. Y, por tanto, sólo queda pagar las consecuencias de nuestra propia libertad. Esta es la responsabilidad que antes o después nos exhorta a reaccionar. Si la crisis tiene un significado, de nada nos sirve el mirar para otro lado. El Estado, creo, sin embargo, aunque lo obviemos y nos obvie, no deja de ser un reflejo de la sociedad. La gente no quiere saber nada de él, ni él de la gente. El hombre desea consumir su tiempo y un país cada día se parece más a un enorme supermercado. Y creo que sólo hay un camino adecuado actualmente, nadar contracorriente. Sólo así pueden surgir nuevos valores, no dejándonos arrastrar por la corriente de la indiferencia. Una rebelión, una verdadera revolución, la que quizá todavía no ha sucedido nunca y tengo la esperanza de que pronto llegará, no podrá ser violenta, no propiciará ningún conflicto hiriente. Una verdadera revolución, nacida primero en el interior de cada hombre, será de conciencia, de lucidez, de auténtica claridad mental y espiritual. Sólo así estaremos preparados para enfrentar nuestros destinos, no desde la confusión o el caos, sino desde un profundo convencimiento de que cualquier paso que demos será el correcto, de que reflejará nuestras voluntades, sembrando las semillas que hemos decidido poner, recogiendo los frutos que esperamos ver crecer. Siendo partícipes y creadores responsables de nuestra realidad en todo momento.

Diario La Verdad, 17/06/2012

domingo, 3 de junio de 2012

Los límites del progreso


El progreso ha sido, desde la modernidad, el paradigma de nuestras aspiraciones, ese espejismo en el desierto en forma de oasis magnánimo y reconfortante. La idea del progreso, a mi entender, ha supuesto una de las causas de las grandes crisis de nuestra civilización, teniendo su cenit más trágico en la II Guerra Mundial. Si el progreso, en sí, entendemos que no es bueno ni malo, sin embargo olvidamos replantearnos la cuestión de si realmente esta idea existe realmente o es solo un constructo teórico, psicológico, que de alguna manera ha condicionado, de forma negativa y paradójica, nuestra evolución. No es coincidencia que en esa modernidad, a partir de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, hablemos de teorías que cambian radicalmente la concepción de la naturaleza o de la sociedad humana, como son la "teoría de la evolución" de Darwin o el comunismo (materialismo dialéctico) de Marx. No es coincidencia que el desarrollo de la ciencia, con la revolución atómica, asuma ese papel de demiurgo y de sostenedor de nuestros destinos. Hablamos, en cualquier caso, del desarrollo de una conciencia humana, de una mente relacionada con su entorno y en constante comprensión del mismo, que va asumiendo una interpretación aparentemente causal de la realidad. Digo aparente porque la causalidad, operación racional, no es observable sin un motivo lógico que la abarque desde su propia visión conceptual. Por tanto, nos hallamos ante el paradigma de una razón que creíamos que era nuestra conquista y sin embargo vamos comprendiendo que es ella la que nos domina y limita, la que nos ha conquistado.

Si nos adentrásemos en territorios más metafísicos la cuestión del progreso iría unida al concepto del tiempo, germen de toda mirada racional, y que está siendo ya puesto en tela de juicio no ya sólo desde la filosofía incluso hace más de dos mil años, sino también desde la misma ciencia contemporánea, que observa fenómenos que parecen no responder a procesos causa-efecto ni a una continuidad o linealidad temporal. Pero, como digo, sin entrar en esta metafísica del tiempo de la que Ortega o Heidegger podrían bien ilustrarnos, volvamos a llevar la mirada al progreso desde un punto de vista social y humano. No cabe duda que nuestros derroteros han girado en torno a él, en una constante lucha por alcanzar algo más, por asumir que este planeta, que esta vida, tiene una finalidad evolutiva en la que lo mejor está siempre por llegar. El progreso se convierte así en una aspiración vital, en un valor, que nos ha llevado a un punto en el que al menos, merece la pena reflexionar. Reflexionar si realmente este constante crecimiento tiene un límite, si los miles de millones de habitantes que ocupamos el planeta podemos aspirar a un mismo bienestar material para todos. Pues si buscamos la igualdad material tal y como hoy la concebimos, como la buscó el comunismo, ¿podría realmente este planeta soportarlo? Miles de millones de coches, teléfonos móviles, ordenadores, microondas, televisiones, etc. ¿Puede concebirse un progreso materialmente exponencial en un planeta físicamente finito?


Creo que la reflexión no alude directamente al progreso como tal sino al perturbador materialismo asociado a él. Y es ahí donde posiblemente está el origen de toda crisis moderna, por mal que nos pese reconocerlo. Espero que llegue pronto el día en que algún político sincero se atreva a hablar abiertamente de ello. Quizá ese día, pues los políticos no son más que un espejo de la sociedad que tenemos, por mal que nos pese también reconocerlo, si llega, es porque algo importante habrá cambiado en nosotros. La naturaleza, frente a la idea del progreso, nos da su respuesta cíclica. La noche y el día en continua repetición, así como las estaciones climáticas. El tiempo circular, que ya evocaba Nietzsche a través del eterno retorno o en el hinduismo con los yugas o ciclos cósmicos, nos hablan de un a concepción de la realidad más primitiva, más sagrada incluso como advierte también el teólogo Mircea Elíade. Una comprensión del tiempo en consonancia con la naturaleza, desligada de esa búsqueda ilimitada de bienes que sólo nos llevan hacia un rascacielos sin sentido y babilónico. Cuando nos paramos a reflexionar sobre este asunto, pues las circunstancias imponen que lo hagamos, la razón advierte las paradojas de sus impulsos y se ve obligada a advertir la situación crítica en que nos encontramos, el ahogo de la civilización en su propia piscina. Ese no querer mirar directamente la realidad agrava más el problema. Sin embargo, algo nos dice que nosotros, mortales, formamos parte de esta misma naturaleza que habitamos, y, pesar de que mejorar, comprender, sea achacado al progreso, es incluso mucho más esperanzador pensar que siempre todo cambia para que vuelva a ser como antes, como apunta aquel libro tan sabio, "El gatopardo". Y es esa misma sabiduría la que hemos de volver a rescatar, la que llevamos dentro, la que un día expresaron Confucio, Sócrates, Heráclito, Lao Tse, Buda, Jesús... hace miles de años. Porque nosotros, a pesar de las apariencias, seguimos siendo los mismos.



Diario La Verdad, 3 de junio de 2012 

viernes, 1 de junio de 2012

Alma de amante



Eres la medianoche: la sombra culminante
donde culmina el sueño, donde el amor culmina.
Miguel Hernández

Todo el dolor contenido fue forjando
el más bello amor. Inexplicable concebir la herida
como una luz que brilla enamorada, sanada,
entregada al resplandor de una verdad eterna.

Todo el amor interior, sentido, me fue hablando
de mí mismo, de las sombras que me acechaban
al mirarte, al suspirar la potestad de tus alturas.

Como un amanecer que canta en la noche de mis sentidos
-calurosos e incontenibles como el sol más potente, como
cascadas deseantes- la verdad del amor fue apareciendo, entre tanto,
calmada, aparcando su pasión del comienzo, entrelazando silencios.

Una vez morí por tu amor, tú que eres yo, espejo deseante.

Una vez no fui yo en el amor por ti… y morí de no amarte
viviendo en el deseo, en el amor ausente, en la herida
de un alma separada de sí misma.

Hoy te amo como me amo.
Hoy te amo como he amado mis luces y mis sombras.

De luz y sombra está hecha mi alma de amante.
De luz a la luz y de sombra a la sombra.
De noche al día buscando entre sueños el camino mágico del encuentro.
De oscura pasión que se mece en los abismos sagrados de la luz
está hecha mi alma de amante.




domingo, 20 de mayo de 2012

Construyendo ideales


A menudo se dice con acierto que la crisis actual es una crisis de valores, un estado de confusión cívica y ética que nos ha llevado al precipicio de nuestras aspiraciones, cuando ya no quedan más vueltas de tuerca que dar –se agotan los recursos y las soluciones- y muchos gobernantes suplican a los cielos que la bolsa se despierte de buen humor y que la prima de riesgo no suba demasiado. Datos, estadísticas, análisis de valores bursátiles… y un largo etcétera que se traduce en un desasosiego capaz de dar náuseas al mismísimo Sartre o de inspirar graves relatos de terror al romántico Poe. En este desasosiego global cabe remarcar algunas notas para la reflexión, empezando por subrayar el carácter de estas consideraciones, que han de tomarse como una invitación al análisis de conciencia, no de la ajena, sino de la propia. Si uno quiere asumir con honestidad su papel en esta sociedad, la voz y el voto que verdaderamente estaría dispuesto a protagonizar, considero que se debe abordar la cuestión en primera persona. Lo interesante de esta oportunidad para lanzar una mirada crítica es el camino que abre, las puertas que quedan abiertas cuando uno ve la inutilidad de mantener viejas convicciones. Veámonos como los gobernantes, no como los gobernados. Retomemos la conciencia de ser el timón de esta sociedad; y sólo así nadie será capaz de manipularnos.

La utopía es posible porque la capacidad de soñar no se perderá mientras perdure el género humano. Un buen gobernante no ha de vivir al día tratando de salvar los trastos de su casa, sino que ha de aspirar a un proyecto claro en el que se vean reflejadas las voluntades de la mayoría. Pero esta mayoría debe saber lo que quiere, debe dictar de alguna manera su destino a través de su acción participativa en la sociedad. Una sociedad sana y “sostenible” debe velar por su propio mantenimiento y negar con contundencia que se la trate como un mero objetivo para el consumo y otros intereses de mercado. Hoy día el sinónimo más parecido para el individuo es el de “consumidor”. En realidad, la palabra “individuo” está perdiendo su valor, el sujeto se está evaporando, está dejando de respirar ese preciado valor conquistado por la modernidad y el humanismo llamado “individuo libre”. El consumidor-objeto sólo tiene una característica: su nivel adquisitivo. Difícil es saber hoy día para quién se gobierna y para qué. Ese objetivo, ese proyecto social que el humanismo aportó se está desintegrando hoy. No podemos pretender que un sistema degenerado, altamente tóxico, intoxicado de capitalismo, nos siga ofreciendo todas las garantías a las que un auténtico estado de bienestar aspira. Un sistema enfermo no sabe procurar salud, su sino es degenerar, envilecer la igualdad, hiperbolizar las desigualdades, subir al trono a los agraciados por su buena fortuna en el juego inhumano del capital y la descarnada competencia, y exprimir al unísono a los que han sido descalificados –incluso antes de empezar a jugar- de la primera división de la lucha por el poder. Pero en todo esto el drama es cómo está estructurado el asunto, es decir, la trama de codicia y vanidad que pervierte todo sistema, llámese democrático, socialista o republicano. No hay otra cosa, no es otro el mal, no es otro el germen del problema que el egoísmo, eso tan primario que en los adultos crece y se bifurca con el tiempo en un sinfín de senderos de una complejidad psicológica que Freud ni siquiera sabría desentrañar.

Ya Tomás Moro, autor de la obra “Utopía”, en el siglo XVI, escribió: "Así, cuando miro esas repúblicas que hoy día florecen por todas partes, no veo en ellas - ¡Dios me perdone! - sino la conjura de los ricos para procurarse sus propias comodidades en nombre de la república. Imaginan e inventan toda suerte de artificios para conservar, sin miedo a perderlas, todas las cosas de que se han apropiado con malas artes, y también para abusar de los pobres pagándoles por su trabajo tan poco dinero como pueden. Y cuando los ricos han decretado que tales invenciones se lleven a efecto en beneficio de la comunidad, es decir, también de los pobres, enseguida se convierten en leyes." Esta consideración crítica, tan contemporánea, nos sirve hoy día para ilustrar el estado de la cuestión. Necesitamos, por tanto, aclarar ideales, propósitos, saber qué proyecto podemos poner en común si no queremos que esta sociedad continúe sosteniéndose bajo la sombra virtual de un tablero que se juega en los grandes mercados y que nos deja todos los días fuera de juego, excluidos de nuestro destino, con los brazos cruzados frente al televisor de la impuesta pasividad. Pero no son los gobernantes –en estos momentos- quienes tienen la palabra, sino los gobernados, y ellos, nosotros, somos los que hemos de decir, una y otra vez hasta retomar el protagonismo, lo que queremos hacer con nuestras vidas. Para ello esta sociedad necesita cultivar su futuro desde las más hondas raíces con un pensamiento libre, colectivo, que funde nuevos valores y quizá, el día de mañana, genere legítimos gobernantes no inspirados por la ambición de poder personal sino por el espíritu “democrático” de servir a sus semejantes, de luchar por un futuro que incluya y no excluya, que perdure ilusionándose con metas que reúnan todos los ingredientes que el hombre es capaz de desarrollar en sus múltiples facetas. No vinimos a esta tierra únicamente para enterrarnos en ella, sino para poder mirar al cielo y descubrir que hay alturas reales en nuestros sueños.


Diario La Verdad, 20 de mayo de 2012

domingo, 6 de mayo de 2012

Lo esencial es invisible a los ojos


Cuando era pequeño había un libro fundamental en mi vida que comprendía perfectamente, era "El Principito", de Antoine de Saint-Exupéry. Todavía hoy sigue siendo mi libro clave, esa obra que uno se llevaría a una isla desierta para leer y releer continuamente en los momentos de hastiada soledad. Hay instantes en los que uno siente el deseo de volver a reencontrarse con el principito para hallar en uno mismo lo más puro e inocente, y así asegurarse de que no ha muerto del todo. En estos tiempos en que parece que vagamos exhaustos por un desierto casi sin fin, reconforta saber que a pesar de esa aparente soledad, brilla en sus dunas un silencio maravilloso que lo hace resplandecer. Como advierte el pequeño príncipe, lo que embellece al desierto es que en algún lugar esconde un pozo. Un pozo de agua para saciar la sed que el incasable recorrido de la vida va reclamando, porque el agua es también buena para el corazón.

En esta obra "infantil", aunque apta para los que aún sientan -o quieran revivir- a ese niño que somos por encima de todo, el mundo de los adultos resulta incomprensible al principito, ¡cómo no iba a serlo!, y en sus diferentes encuentros con las personas mayores él les hace las preguntas más sencillas, pero son ésas precisamente las que son incapaces de responder. ¿Por qué vivimos buscando algo siempre, insaciables? El principito no entiende cómo en un campo pueden plantarse cinco mil rosas cuando solamente una puede ser la razón de nuestra dicha y tampoco entiende por qué las rosas fabrican espinas si nos les sirve de mucho para defenderse de este mundo, pues en cualquier momento un cordero puede pasar por allí y pisarla o comérsela. Sin embargo, lo que realmente no llega a entender e incluso se exaspera por ello, es como a los adultos estas cosas interesan poco cuando son lo verdaderamente importante.

Cuando el principito se encuentra con el zorro, éste le pide que le domestique y le hace saber la utilidad de hacerlo, pues con ello, dice, se van creando lazos, poco a poco. Por eso, le explica el zorro, el joven príncipe ama tanto a su rosa, con la que vive en su planeta y a la que ha dedicado tanto tiempo, y por ello es responsabilidad suya cuidarla. "Eres responsable de tu rosa", le dice. Y, ciertamente, todos somos responsables de nosotros mismos, de cuidar a ese niño que ve sólo desde el corazón -con los ojos invisibles del alma- y, por ello, es capaz de contemplar el mundo con mirada nueva cada día, con bondad ingenua y una incansable curiosidad por las cosas importantes de la vida. Esas cosas importantes, le explica así el zorro, son invisibles, pues "lo esencial es invisible a los ojos". Y, sin duda, lleva toda la razón, nadie conoce el secreto de esta vida, pero todos estamos aquí por ese secreto; nadie sabe qué hace uno en medio del desierto, extenuado y sediento, pero le mantiene en pie ese secreto que parece ocultar el territorio, ese pozo de agua en alguna parte.

Hoy día, todos nosotros, necesitamos albergar con firme convicción la esperanza de que, a pesar de las sombras, hay una luz misteriosa que da sentido y unidad a todas las cosas. Quizá no sean buenos tiempos, quizá nos dediquemos demasiado a cosas de adultos... a acumular flores sin ser conscientes de la belleza de una sola. Quizá la felicidad, nos vamos dando cuenta, no está esperando mañana, está presente hoy, por la única razón de que hay en nosotros un corazón latiendo. Sin embargo, y es lícito, amamos la esperanza, amamos mirar el cielo descubriendo en las estrellas ese latido esencial que brilla en nuestros corazones, anhelamos sentir amor y recordar a los seres que amamos cuando contemplamos una estrella, notando estremecidos que su luz todavía parpadea allí, en la mágica lejanía de sus ámbitos celestes. Hay algo que dice el principito que me dejó estremecido, mudo por unos instantes. "Las estrellas son bellas por una flor que no se ve". Y es, precisamente, esa flor invisible, lo que nos mantiene atentos, niños ante la vida, curiosos ante los parpadeares senderos de estrellas del cielo nocturno. Es esa flor que no se ve lo que nos invita a sembrarla cada día en el corazón, a protegerla, a regarla con agua para que crezca. Somos responsables de nuestro mundo, de nosotros y de esa flor que no se ve y por la que todo es bello sin embargo; pues, "lo esencial es invisible a los ojos".

Diario La Verdad, 6 de mayo de 2012

jueves, 3 de mayo de 2012

El principio de la utopía

El principio de la utopía comienza en el instante en que nuestros actos son pasos firmes hacia los más justos ideales. El ideal se hace realidad. Haz lo que tú corazón te señale con la luz generosa del amor, entonces la utopía habrá comenzado. Todos somos partícipes, autores, ahora, del cambio por un mundo nuevo, hecho de nosotros, de lo más auténtico nuestro.

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