domingo, 13 de febrero de 2011

El hombre político

El orden político, en las democracias occidentales, ha ido obteniendo, revolución tras revolución, a base de cultura y concienciación, una consolidación necesaria capaz de garantizar, al menos más que otros modelos políticos conocidos, los derechos y libertades fundamentales de las personas. Si bien ha habido excepciones (caso de Guantánamo, y otros similares) el animal político ya ha asumido la norma moral de los derechos humanos como primer mandamiento de todo proyecto social. Cuando los intereses han amenazado estos presupuestos éticos han asomado voces diversas arropadas por los medios de comunicación (recordemos Wikileaks) que han denunciado fervientes aquello que violaba tales fundamentos morales de convivencia. Pero no cabe olvidar que el orden mundial (o el desorden, como quiera verse) vive continuamente amenazado por la falta de respeto y garantías hacia sus pueblos y es tarea de aquellos que defienden las libertades para ellos mismos abogar por las mismas causas allí donde se vean silenciadas. Mirar para otro lado del mapa a Corea del Norte y solo detener la vista cuando únicamente los consideramos una amenaza para nosotros (debido a su armamento nuclear) es un caso más de egoísmo que evidencia que no hay una movilización solidaria sino únicamente, cuando la hay, de intereses enfrentados, de oportunidad de beneficios, etc.

El camino de China, la sombra del comunismo, ha desembocado en un nuevo capitalismo, mucho más voraz, desenfrenado y despiadado consigo mismo que nuestro propio sistema, y todo ello ante un planeta ambientalmente acosado; quedando amenazada, cada segundo que pasa –y sin tregua- su sostenibilidad. El "gigante asiático" ahora puede engullirnos a todos con las golosinas de su producción a bajo coste y masiva, y las demás potencias olvidan su masacre al pueblo tibetano, a su propio pueblo. Un país, China, que ha sido explotado por sus gobernantes para ser una potencia, que sigue siendo explotado para que sus políticos se repartan los beneficios del esclavismo que gobiernan. Hemos visto, con el ejemplo de Egipto, que el pueblo sigue siendo capaz de rebelarse, que no perderá nunca esa cualidad, ante la injusticia y mofa de la libertad de los déspotas, pero no deja de ser otra lucha, otro enfrentamiento que traerá dolor, como hacen siempre las batallas, ligado a viudas, huérfanos y mutilados de por vida.

Dicen que no hay rebelión sin dolor, pero no es verdad, la rebelión de la conciencia es capaz de mostrar la verdad al mundo con su inteligencia integradora, pues el hombre sabe mucho mejor ayudar, buscar soluciones y mitigar el dolor que sembrarlo. Y los resultados de un acto creativo florecen, mientras que los actos destructivos, destruyen. Así de sencillo. Para ello, es necesaria la conciencia moral del político, es decir, de aquel que elige dedicarse a ayudar a su pueblo sin otros intereses que los que el espíritu popular reclama y merece. El político ha de ser sensible a esto, incluso debe educar esa sensibilidad creciente, pues de ello depende que lo que haga tenga realmente sentido, sea efectivo, o se convierta en una acto más, como venimos siendo acostumbrados, de maquiavelismo mal entendido, duelos de poder y aspiraciones vanidosas carentes de una auténtica vocación de servicio al otro. Es necesario reclamar, para el bien común, que el político que llegue a gobernar, lo haga con ideas claras de cuál es su deber y que lo demuestre día a día, con hechos y las justas palabras. Es necesario reclamar, como expresó Kant, al político moral, es decir, a "uno que considere los principios de la prudencia política como compatibles con la moral”; pero no a “un moralista político, uno que se forje una moral ad hoc, una moral favorable a las conveniencias del hombre de estado". Kant se refiere a una prudencia que es sinónimo de sabiduría, de un buen hacer sereno y equilibrado. Nos expone un punto fundamental en la ética política, que es la honestidad, en contraposición al cinismo de quienes hacen doctrinas a medida de sus propias convicciones partidistas, tratando de imponérselas a los demás. Convicciones que suelen ser solamente dualidades en conflicto activo, como la clásica izquierda y derecha, que solo desunen en vez de integrar. Cuando se nos pregunta que citemos a un gran filosofo, será fácil encontrar muchos nombres indiscutibles, Platón, Sócrates, Descartes, Hegel, Spinoza..., pero cuando hemos de citar a un gran político, siempre habrá alguien que lo ponga en entredicho con el mazo de la ideología, según se hallara en una orilla u otra del río. La cuestión es que todos cruzamos el mismo río, y aunque el río fluya y nunca sea el mismo, como dijese Heráclito, lo cruzaremos igualmente, pues nuestro destino es buscar un horizonte, fluir hacia un mar omniabarcante, donde podamos reconocer el umbral de esos valores universales, de esa moral inequívoca, que es el bien común.

Diario La Verdad, 13/02/2011

viernes, 4 de febrero de 2011

Elegía para un amor de verano


A veces me pregunto
cómo será sin ti mi poesía.
Jaime Gil de Biedma

Alguna vez lloré al despedir el verano,
al ver cerrar las maletas de nuestra juventud
con arena y sal todavía entre las manos.
Tu cuerpo se alejaba con el sol
y mis ojos se clavaban en las nubes.
Mis ojos eran nubes alejándose, bajo un sol
inmensamente quieto, inmensamente inalcanzable.

Busqué tus mejillas, la costa de tus labios,
tu mirada furtiva jugando a dar caza a mi deseo.
Busqué y busqué aquello que dejamos a medias,
cuando septiembre nos sorprendió y la vida
aguardaba a examinarnos de nuevo, seriamente,
sin ofrecer un solo día más a un sueño ya desmembrado.

La vida nos arrasó con la marea de septiembre,
con el frío recién nacido de los deberes y el desencanto.
Mi paso por tu playa ya es visión desterrada.

Dos jóvenes se amaron y ahora sólo se recuerdan
en cartas medio sordas que apenas alcanzan
tanta distancia. Cartas que sólo recogen
los gritos de la nada.

domingo, 30 de enero de 2011

Liberalismo e insumisión

Parece que ya poco se puede hacer ante un sistema férreo de control de las libertades individuales cada vez más intenso al tiempo que sutil y hasta invisible. El poder nos controla, nos vigila y nos marca la dirección de nuestros actos, nos va llevando por un sendero maquillado por la ilusión de que es el elegido por nosotros y apenas nos permite darnos cuenta del engranaje del que formamos parte: un liberalismo de mera competencia y sometimiento bajo el esquema jerárquico de los roles sociales. El intelectual de nuestro tiempo se ve incluido en esta situación y solo le queda el instrumento de su voz como arma que de luz y acaso despierte del letargo a una sociedad enmudecida, donde el poder político, ese que pasa por ser su voz, apunta a no se sabe qué intereses, pero que son cada vez más lejanos a los concretos de las personas que conforman nuestro actual puzzle de convivencias.

La tarea no puede ser otra, para aquel que mira por los derechos y libertades humanas, que la de denunciar los hechos visibles que cercenan tales derechos y libertades. También, con ello, le queda la tarea, quizá más importante, que la de recordar cuáles eran esos fundamentos humanos que constituyen la libertad que histórica, cultural y espiritualmente ganamos. Cualquiera que honestamente busque el bien para los suyos, tiene una labor legítima que está obligado, éticamente, a desarrollar: esa es la labor de recordar. De no permitir la amnesia global, de reavivar la llama en declive de lo que somos, de soplar fuerte a la voluntad anestesiada, al corazón apelmazado de los hombres. Uno de esos intelectuales de nuestro tiempo, Michel Onfray, en su libro “Política del rebelde” nos ofrece un “tratado de resistencia e insumisión” probablemente con la fuerza suficiente para despertar a muchos de lo que él mismo llama la “servidumbre voluntaria” que es el liberalismo. La sumisión nos quita toda energía de pensamiento crítico propio, nos ahorra pensar, interpretar, analizar, comprender… Y esa supuesta comodidad, como ocurre con los vampiros, es de la que se sirve el liberalismo para absorbernos toda la sangre hasta dejarnos, literalmente, zombies.

Acostumbrados a que nos digan lo que está bien o mal, a que los roles sociales impongan la legitimidad de los criterios y libertades, a que la sumisión siempre sea necesaria para dejar actuar al poder, vamos acallando todo ímpetu de llegar a la verdad por nosotros mismos, poseídos por la verdad impuesta: la del otro, la que el grupo avala y enarbola hasta hacerla suya, hasta trasformarla en su identidad y razón de fe. Si el individuo, al menos, fuese feliz con ello, podría decirse que estaría medianamente bien. Pero mirando la esencia, la base espiritual del hombre, convenimos fácilmente en que no hay rasgos de verdadera felicidad. Vemos que la razón del consumismo, primer mandato capitalista, es la profunda insatisfacción que asola a los individuos. Vemos que el aprender, el cultivo de la inteligencia, es, en general, una broma para la juventud, que parte obligada a las escuelas. Apuntó Simone Weil que “la inteligencia solo crece y fructifica en la alegría”, que “el disfrute de aprender es tan imprescindible para los estudios como la respiración para el corredor”. Y vemos que a menudo la presión de una sociedad que solo exige resultados rápidos y pragmáticos, solo asfixia a los jóvenes que únicamente buscan evadirse de tales propósitos de crecimiento interior. Hay quienes afirman que cuando uno empieza a sentirse esclavo, engañado, sometido, disminuido y ridiculizado por un sistema que vierte sus privilegios a una reservada minoría de poder, es cuando tiene lugar la revolución. Simone Weil también dijo que “los ciudadanos son a menudo esclavos ante la revolución, no después”. Supongo que aquellos que gozan de esos privilegios deben tomar nota de ello antes que el descontento se torne en víspera inminente de tormenta.

“Preferiría no hacerlo”, contestaba “Bartleby, el escribiente”, en el relato de Herman Melville. Con tranquilidad, pacíficamente, serenamente, pero inamovible, Bartleby fue hasta las últimas consecuencias de su voluntad negativa. Aparentemente sin motivo alguno, Bartleby dejó de seguir las órdenes de su jefe. Ese existencialismo que roza el absurdo, tan de Albert Camus, Robert Walser, Kafka, Beckett o de Pirandello, serviría como premisa inicial para cualquier tratado de anarquismo, insumisión o revolución silenciosa y pacífica tan propia de Gandhi. Sin embargo, el liberalismo, que deriva de -y convierte en “ismo”- una bella palabra: libertad, no es la causa del problema, sino el efecto de habérsele dado un significado opuesto al suyo propio. De que solo unos pocos, unas clases o esferas privilegiadas se hayan apropiado de él. Y nuestra es la tarea de devolverle su esencia, de hacer de lo primitivo cultura y evolución del espíritu. En una operación cuasi alquímica que trasforme el egoísmo en altruismo. Para ello, empecemos por recordar uno de sus más bellos sentidos, para que aquellos que lo olvidaron lo traigan a la memoria y los que ya lo saben lo refuercen si cabe, pues falta hace. María Zambrano nos regala tal recordatorio: “Amor al hombre. Amor a los valores. ¡Supremas virtudes del liberalismo!”. Libertad “que no rompa los cables que al hombre le unen con el mundo, con la naturaleza, con lo sobrenatural. Libertad fundada, más que en la razón, en la fe, en el amor. […] Nos queda solo una vía de esperanza: el sentimiento, el amor que, repitiendo el milagro, vuelva a crear el mundo”.

Diario La Verdad, 30/01/2011

sábado, 22 de enero de 2011

Sombra evidente

Hay días que se tornan años, alargando las horas sin fin.
Con el paso del tiempo esos días se agrietan de cansancio
y traen espasmo al alma afligida. Es preciso no olvidar
que son pocos esos días, que la suerte a menudo sorprende
y que hay un resquicio de aire por donde pasar los segundos
antes que un lamento los reprenda. Qué afán tan ilusorio
el querer llegar a un punto y no ser más que una sombra evidente.
Mañana otra muerte nos golpeará en el pecho, una que
no es nuestra, pero que tajante advierte que existe la muerte.
Ya he olvidado mirar en el espejo a este hombre
que viene y va a cualquier parte, perdido de sí,
en un océano que gira con la Tierra y que se vuelca
sobre el universo, mojando apenas un vacío insondable.

domingo, 16 de enero de 2011

El libro de la vida

Hay un libro que siempre leemos sin cesar, es el libro de nuestras vidas. Todos somos lectores del mundo, cada instante nos llegan nuevas páginas que actualizan la trama que una vez comenzó en la infancia y que, capítulo a capítulo, va siendo enriquecida con nuevos personajes y circunstancias, asumiendo también la no gustosa tarea de excluir del libro a aquellas personas que nos han dejado, que han salido de la obra y del argumento, pero que resuenan en la memoria del personaje en capítulos sucesivos. En todo libro hay memoria y olvido, pasajes que calan hondo y modifican el destino y pasajes que quedan atrás dejando una huella apenas significativa. Paisajes, olores, sabores, sensaciones genuinas, de todo ello se va impregnando el personaje. Sin embargo, el lector es el verdadero personaje, a él nunca se le puede olvidar porque supondría el fin de todo. Lector y personaje son una misma cosa en el libro de la vida, una novela en primera persona incesante, inacabable, que contiene otras novelas, películas, cuadros, rostros, e historias ajenas. El autor de esta obra no es otro que la vida, así como el tema principal. El autor habla de sí mismo, se presenta al lector como si fuera él mismo, en un juego de empatía que ayudará a la implicación en la lectura y al logro de la verosimilitud, esto es, a dar por real aquello que es ficción, tinta imaginativa que al tocarla deje huella en nuestras manos.

Toda página va hacia el futuro, pero se lee y cobra sentido en el presente. Ahí, en el presente, todo es real -lector, personaje, autor, trama,...- pero siempre queda una espera, un anhelo de resolución, un fin de capítulo culminante, que justifique la atención puesta en el libro. El futuro, a pesar de su persistente ausencia, y por tanto, de su inexistencia, marca la senda, la posibilidad de un desvelamiento al constante enigma del vivir. Un error en que incurrimos a menudo, echando por tierra la obvia naturaleza del presente como fuente de desvelamiento directo. Esperamos algo más, y la espera se hace eterna, desespera, y olvida que todo encuentro es puntual cuando sabemos verlo frente a nosotros. Dijeron los sabios de Oriente que lo importante no es la meta, sino el camino, que toda búsqueda lleva consigo la posibilidad del hallazgo a cada paso. Otro sabio, el místico George Gurdjieff, nos dijo algo a este respecto: “Si hubieras comprendido todo lo que has leído en tu vida, sabrías lo que buscas”.

En nuestro tiempo es habitual el vivir desatentamente, preocupados por el mañana y completamente ausentes de lo único que es real: el ahora. Vivimos mirando al fondo, y nunca vemos lo que tenemos en frente. Una lectura del libro así, pensando en la página siguiente más que en la que leemos, nos aleja del placer de leer para entender, disfrutar o deleitarse con las palabras, metáforas e imágenes que dan luz y forma al contenido, profundidad al sentido y relieve vivencial, sensitivo, a la música del verbo. Leer es como danzar en medio de un mar poblado de sirenas y otros fabulosos misterios llamando al intelecto y al espíritu para mostrarse. Actualmente, en esta sociedad que se olvida del contemplar por que sí (sin esperar de ese acto nada a cambio), es necesario recordar esto una y otra vez, que la vida se vive ahora o no podrá ser vivida nunca, que la costumbre perniciosa de ir sembrando una experiencia con el único fin de explotar sus frutos, dejará en sequía toda búsqueda real de sentido, pues ese Saturno que alimentamos quedará insaciable siempre, ampliándose más y más el abismo de su sed y de su hambre.

¿Cómo hacer una lectura apropiada del libro de la vida acorde a la fisonomía de nuestro tiempo? Creo que no queda otro remedio que proponer una necesaria mirada crítica como guía de lectura. Desafortunadamente, y a grandes rasgos, la gran metáfora de nuestra sociedad es la ‘aspirina’. Y eso buscamos erradamente en ese libro de la vida que tanto nos inquieta, que pase indoloro, no importa lo que ocurra, siempre que ganemos algo con ello. Se ha inculcado en la sociedad la cultura del triunfo, del éxito, de ser los mejores para justificar nuestra vida, imitando modelos diseñados mediáticamente (ídolos prefabricados con gran ‘merchadising’). Entonces hay excelencia, ejemplaridad y cosas similares. Y todo ello, cuando más rápido, mejor; enraizados en un utilitarismo que lo devora todo frenéticamente, en una llamada ‘era tecnológica’ en que el mundo cambia todos los días según los avances y campañas publicitarias de las compañías que lanzan nuevos modelos de comportamiento con la realidad: ordenadores, videoconsolas, teléfonos móviles, diferentes usos de Internet y de las redes sociales (basados en alojar la vida en la red). Un mundo más conectado, pero unido por unos valores todavía muy frágiles. Por ello, aún obteniendo eso que llamamos triunfo o una vida más efectiva y amplificada material o virtualmente, sabemos que el vacío persiste, que el libro sigue y que las páginas pasan una tras otra sin nada sustancial, verdadero y profundo que de sentido al vivir. El amor, la libertad, la verdad, son los temas claves de esta novela. Y el argumento se basa en que el personaje los descubra. No hay prisa. Tómense su tiempo. La lectura promete un viaje maravilloso.

Diario La Verdad, 16/01/2011

domingo, 9 de enero de 2011

Nube de silencio

Tú por tu sueño, y por el mar las naves.
Gerardo Diego
I

Y por tu cielo las nubes
cayendo sobre el agua,
enamoradas de sus soles,
evaporadas en la tierra.
Neblina del día, almas
de la noche fría...
Un precipicio bajo el cielo
es el enigma del sueño.
Caerse, no volver.
Volver a soñar.
Una escalera hacia la nube,
un ascenso hacia la tierra
que la mantenga quieta.
Una espera.
Una esperanza.
Una fe verdadera contra la niebla.

II

Ascensión, alejamiento, conquista irremediable
de un instante en que quedar, despojados de la niebla.
Un cielo, una nube, una flor primera.
Mi alma plantada sobre la tierra, mi semilla, mi sueño,
mi luz cierta. Un fugaz encuentro fundando lo eterno.
Y sobre él las nubes abiertas, el ritmo y las raíces en penumbra,
creciendo, atisbando, abismando en su centro el vuelo constante,
el vuelo quedando y la flor, naciendo. El rostro latiendo
y su color, floreciendo. Mis ojos son tus brotes de sendero,
la arquitectura de tu vuelo, el ornamento de tu espacio fértil.
El ventanal de mis manos la armonía de tu vientre,
el calor de los cielos la oquedad de tus labios abismales.

Mis labios son dos rocas de lamento, un peso sobre otro
sosteniendo el silencio, lo cerrado, la llanura ausente de tus besos.

Algo se abre en el sueño cuando estás lejos.

Una flor o una boca sin lamento,
una caricia que se ofrece a dar su aliento.

Algo se expande en la llanura cuando vencen tus cimientos.

Es el deseo, lo sé. Lo llamé sueño, lo llamé nube, lo llamé cielo.

Algo queda en el aire. Es tu silencio.
Tu no llegar se ha ido. Lento, apresurándose despacio
como la nieve del invierno, yendo hacia su agua y hacia una nada
que todo lo deja igual, sin argumento. Mi voz es tu ausencia encendida
y mi callar tu palabra, penumbra, plegaria de amor y de silencio.

domingo, 2 de enero de 2011

Materia de sueños

Ya se dijo hace mucho tiempo aquello de que la vida es un sueño. Todavía hoy apenas conocemos casi nada sobre esta parte de la vida tan difusa y compleja, en la que abandonamos nuestro cuerpo ordinario por unas horas para acceder a un mundo que no pertenece a la materia tal y como la concebimos. No obstante, de materia están hechos los sueños, materia onírica creadora de paisajes y visiones, de nuevos cuerpos o de variaciones imaginativas y sobrenaturales de lo que ya conocemos. Materia que es energía y energía que es vislumbre de la materia madre: la mente. Mientras que todos nos podemos poner de acuerdo en general sobre la realidad que señalamos, a menudo el mundo de los sueños es difícil de compartir, todas las sutilezas y sensaciones que nos recorren están llenas de novedad, de una intensa perplejidad que a veces nos hace levantar extrañados de la cama al experimentar que aquello que vivimos corresponde a un mundo único y original de vivencia suprasensible.

Ha sido con una película, "Origen" (2010), de Christopher Nolan, (cuyo título en inglés es "Inception"), con la que este tópico e inacabable tema ha ocupado mis pensamientos. El también director de la genial "Memento" (2000), nos propone en esta fábula onírica la vieja cuestión de si sabemos diferenciar los sueños de la realidad, si ciertamente podemos estar seguros de que esto que vivimos no es en verdad un sueño y que lo otro, la película nocturna, sea la realidad, o al menos igual de legítima que la que constatamos real por convicción mutua, la cordura "cordial" en que nos reconocemos verdaderos. En definitiva, ¿cuál es la línea que separa ambas? y ya, en el terreno metafísico, en el continente especulativo del alma filosófica humana, aparece la gran formulación metafórica que asimila la vida a un sueño y la muerte a la vida verdadera. Al igual que la vigilia acoge cada noche al soñar, igualmente la eternidad (eso que llamamos muerte por ignorar lo que es) pudiera ser esa capa superior que diera lugar a infinitas capas de existencias, reencarnaciones, metempsicosis, etc. En "Matrix" (1999), otro film asimilable a este género, la confrontación con la realidad, ese reto existencial que cuestiona todo aquello que damos por real, también queda puesto sobre la mesa.

En la citada película, "Origen", protagonizada por Leonardo DiCaprio, sus personajes han aprendido a vivir en los sueños, a construir sus escenarios, a llevar a cabo coherentemente sus acciones o a usar este laberinto del inconsciente para extraer o insertar información (ideas) a quienes deseen. A modo de las cajas chinas, esa estructura narrativa cuyo paradigma es "Las mil y una noches", esto es, una historia dentro de otra, encontramos en esta película la novedosa idea de meter un sueño dentro de otro, de ir profundizando en realidades oníricas subyacentes, con el peligro de caer en una especie de abismo, en un limbo, cuya vuelta a la realidad sería imposible, la locura sin más, al perder toda referencia de identidad con la realidad ordinaria. Y es que olvidar el origen supone perder la propia identidad, propiciando una continua búsqueda de ésta, o en algunos casos, imposibilitando el sentido de una búsqueda, al quedar separados de toda referencia certera. Ese origen que las religiones han llamado Dios, lo que somos en verdad, hace pensar que nuestra búsqueda, nuestro anhelo de la verdad, está motivado por la razonable evidencia de que esto no es más que un sueño que nunca podemos dar por cierto a pesar de nuestros intentos de soñar que somos cuerpos inmortales construyendo un paraíso como el niño un castillo de arena en la orilla de la playa, que pronto queda borrado por las olas incesantes. El sueño fue el castillo, pero lo real: las manos que lo crearon. Manos que tampoco son reales, sino una mente cuya creatividad las movía. Un sueño en otro, buscando ver plasmado lo que en esencia ya somos.

Finalmente sabemos que el recorrido termina, que el cuerpo se queda en la tierra y el alma, eso que sueña y que piensa y siente, se nos hace cada vez más urgente de sentido, pues perderla, perder el alma, equivale a morar en ese limbo que nos niega la posibilidad de reconocer la realidad primera que nos justifica. El sueño, entonces, más que una interpretación para la vida, como propusiera Freud, está llegando a ser una interpretación para la muerte, una visión más sutil, abstracta y compleja de un ser despojado de su cuerpo: la gravedad, la materia y todo lo que le ata a lo efímero, a lo que sabe que perecerá. En los sueños viaja lo inconsciente y lo infinito, la mente creadora de realidad, el teatro de la vida desarrollando su función sobre la intangible creatividad del alma. El sueño es vida, conciencia al fin y al cabo teniendo lugar, revelando existencia. Como cuando vemos una película, la visión se proyecta en la mente. ¿Quién creó la proyección? ¿La propia mente? ¿Qué proyección es más real? ¿La de la película o la que cada día se nos presenta al salir a la calle, al mirarnos al espejo o al soplar sobre una vela cuya cera está a punto de consumirse y con ello a punto de dejar de ser vela? Un sueño en otro sueño, así continuamente, buscando y buscando la verdad entre ficciones infinitas. "Dios mueve al jugador y éste, la pieza. / ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza / de polvo y tiempo y sueño y agonías?" Borges soñó esto muchas veces, como muchos otros creadores de ficciones. Sin duda alguna lo que motiva tales obras de ficción es que estos grandes fabuladores no dejaran nunca de sorprenderse de que haya una fábula mayor que la que ellos escriben: la que los escribe.

Diario La Verdad, 02/01/2010

lunes, 27 de diciembre de 2010

Amor sin fin

Te amé hasta cualquier fin.
Amor sin fin, vacilación del instante
en que se rompe la palabra
y todo brota y todo es del silencio.
Amor posible, que se desnuda
frío y cumplido, déjame empezarte
sin principio y acabarte sin final,
déjame amarte, solamente,
en lo que eres y no eres, sin tiempo,
sin olvido, sin vuelta atrás ni adelante.
Deja que este instante sea lo único que nos quede
cuando solo nos quede este instante. Deja que seamos
sin ser, lo que somos, es decir, el todo y nada más
ni nada menos, ni nada acaso. Solamente tú y yo,
escondidos en el bosque anaranjado del otoño,
en medio de los arcos verdes de las ramas
y de las hojas que acolchan nuestros pasos.
En medio de todo y de nada quedaremos,
como el viento y los silencios, como la noche
y sus estrellas bajo el rumor de los grillos insomnes.
Todo será lugar repentino del amor, recogimiento.
Todo será lo que nunca dejó de ser, lo informe.
Entonces sabrás que aquel encuentro cierto, excelso,
vivo como ascuas o como beso, no fue de este mundo,
no fue de nadie. Sólo del amor y del silencio amante.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Hacia un mundo sostenible

La complejidad del mundo va en aumento. Así le parecerá a quien intente comprender las circunstancias de su presente y los retos que plantea el futuro. El primero, la viabilidad de su continuidad, su sostenibilidad. Una palabra que refleja planteamientos realistas sobre los modos de vida del presente y la posibilidad de un desarrollo óptimo entre el ser humano y su mundo. ¿Qué es lo que hay que "sostener"?, nos preguntaremos. Sin duda, la vida misma, no solo la propia de nuestra especie, sino la vida en el planeta, la vida y el bienestar de la tierra, es decir, la naturaleza. Eso que somos. Eso que estamos olvidando que somos. El hombre vive cada vez más ajeno a sus circunstancias naturales, en un mundo paralelo y artificial, en un circuito "inhumano" de sobreexplotación de los recursos que posee, empezando por la sobreexplotacion hacia él mismo. El ritmo de la vida se ha acelerado drásticamente en los últimos cien años, desde el incremento masivo de la población humana hasta la organización vertiginosa de su tiempo. Si el hombre va más rápido que la naturaleza, si la usa como un fin para sí mismo dando la espalda a su ritmo: el tiempo que necesita para respirar y ser plena, indudablemente, lo único que logramos es ahogar, anegar, aquello que nos provee y cobija. Gaya necesita un respiro y -sobre todo- un sincero y más paciente cuidado por parte de sus hijos.

El afán explotador siempre se vuelve contra quien lo proyecta, como un bumerán de afiladas puntas. De la "revolución industrial" pasamos ahora a una "revolución ambiental". El "cambio climático" amenaza este futuro sin que se proclame más solución que ninguna, esto es, seguir como estamos, pero más rápido, más brutalmente. No nos engañemos, nada está cambiando, casi nada está mejorando. Las buenas intenciones, como la apuesta por las energías renovables, son abandonadas si el negocio no sale rentable. El mercado financiero se ha convertido en el espejo de la salud de una civilización y esa es la engañosa empresa de una sociedad que solo invierte en ella misma a fondo perdido. Para Marx, la realidad material tuvo su metáfora en el dinero y desde entonces esa es la triste poesía que heredamos día a día. Marx hizo la radiografía de un problema y ésta se convirtió en el paradigma de una nueva religión: el capitalismo.

Una sociedad que no pone en cuestión el mundo -y modo- en que vive -que es incapaz de someter a juicio todo lo que se le ha dado por válido- está abocada a un sometimiento espiritual tan silencioso que ni siquiera sabrá reconocerse como lo que es: el problema principal. Problema cuya solución se encuentra en ella misma. Escasea la participación, el interés por buscar soluciones, por cultivar una inteligencia para el cambio, y aprovechándose de ello, el poder sirve en bandeja sus anestesias para mantenernos dormidos frente a nosotros, frente al mundo y frente a los otros. El hombre al que aludimos, alterado por su separación de sí (que Hegel llamaría "conciencia infeliz"), sobreexplotado por el ritmo frenético y deficitario de la existencia actual, la cual no le pertenece, despertará en su conjunto o en su mayoría, queremos suponer, más temprano que tarde, de este sueño trágico de la evasión de sus rasgos genuinos: la inteligencia; y con ello la búsqueda y hallazgo del sentido a su vida, superponiendo la esperanza y la voluntad frente a las adversidades que refrenan el ímpetu renovador.

Cerrar los ojos a lo que somos no evita el problema, sino que lo enmudece e incrementa agónico y escondido, a falta de una mecha que lo estalle, irremediable. Esa fragmentación del sentido y la consecuente pérdida de cambios sensibles, ausente el principio activo de los valores humanos potenciales, siembra el paradigma de los problemas actuales (un futuro insostenible), ambientado por la escasez de recursos propios -intelectivos, emocionales- capaces de refrenar y redirigir la escasez espiritual de una sociedad en el ámbito material de su mundo concreto. Desde Freud la psicopatología se explica como un estado natural del hombre, su neurosis o déficit existencial prefigura el mapa de sus aspiraciones. Y la materia no sacia nunca el hambre del espíritu, por mucho que queramos sacar de ella. Conviene, pues, avivar esa vuelta de tuerca que relegue al hombre autómata y alienado, que sólo avista una felicidad material ilusoria y egocéntrica, reclamando al hombre real, al que es como prototipo de sus cualidades: la persona creativa, capaz de superarse y de crecer en la coherente búsqueda de su identidad esencial y altruista. Eso es la cultura, la riqueza espiritual sin nombre ni apellidos, solamente humana. De este modo, evocando a Emerson, el hombre se trasciende a sí mismo y se hace uno con todos, sin separarse de nada ni de nadie. Sólo así podrá sostenerse y ser sostenible: elevándose por encima de sus limitaciones, viviendo de cara a sus retos y profundas aspiraciones. No guardando para sí, sino dando lo que tiene para ganar todos con ello.

Diario La Verdad, 19/12/2010

domingo, 12 de diciembre de 2010

A ti, que siempre eres

Somos dos cuerpos no hechos de tiempo
que se abrazan ajenos al pasar,
absortos en su mundo
de entregada devoción.

Mundo evidente, de ágiles susurros
y de ropajes tenues, desatados, sinceros,
donde beben nuestros cuerpos
el néctar de su gozo,
el circundante hábito de esconderse
y reencontrarse en juego amante,
en sigiloso ofrecimiento de amor.

Toma mi dicha, esperanza abierta
de los días, recorrido de la piel
y sol de estancia infinita, musgo
que cubre placeres, recónditos
huecos de deseo, querencias
múltiples de lo interno y venidero.

Toma mi dicha, esta exhalación de gozo.

En el amor, sólo en el amor,
te encuentro y te conozco.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Estado e infamia

Las sorprendentes filtraciones de Wikileaks nos confirmar la imposibilidad de confiar en quienes nos gobiernan reflejando claramente lo que ya todos sabemos: lo que se muestra a los ciudadanos y lo se hace en la sombra es radicalmente distinto. La verdad no interesa cuando hay intereses en la mentira, cuando se descubren los hilos que tejen una estructura de poder mucho más sombría de lo que podemos imaginar. Más allá de las filtraciones que salgan a la luz en Wikileaks, unas más relevantes que otras, la cuestión que resalta, el tema de fondo, es si una sociedad solamente puede conocer la verdad a través de actos de espionaje, como se han calificado, y por qué no es legítimo que todo lo que estamos conociendo llegue de forma natural y directa al ciudadano. Enseguida vendrán las cuestiones de seguridad interna y diplomática para excusar las faltas de un poder que abusa de su capacidad de mando, conferido por los ciudadanos en acto democrático, conformando –sin embargo- un gobierno como los de antes, aquellos absolutos que cínicamente lo hacían todo por el pueblo pero sin el pueblo. Todo esto ha venido en un momento en el que la seguridad económica y social de las personas también está siendo puesta entre paréntesis, abogando por un recorte de gastos, de austeridad, que consiste en asfixiar a los que menos tienen para dar un desahogo a los que más tienen: el mercado financiero. Por ello, el llamado ‘estado de bienestar’ está desapareciendo paulatinamente, diciéndonos que la única solución pasa por la privatización de todo, para que sigan siendo ricos los que siempre lo fueron.


El Estado lleva el camino de convertirse en una empresa más, envuelta en intereses, como nos muestra Wikileaks, que nosotros apenas soñamos sospechar. Así ha ocurrido en el conflicto del Sahara Occidental y Marruecos, donde se mira para otro lado, a pesar de la evidente violación de los derechos humanos por parte de Marruecos, solamente porque no conviene geo-estratégicamente o como se quiera llamar, que siempre será el mismo nombre con distintos sinónimos, esto es, el dinero. Y en las estructuras actuales el dinero siempre llega a los mismos, empezando por los bancos que luego lo reparten con intereses esclavistas. Ese caballero poderoso lo sigue moviendo todo y nos muestra las miserias de un poder que corre tras él sin mirar lo que va arrasando a su paso. La ciudadanía vive ajena a las circunstancias del mundo, simplemente tiene el derecho a mirarlo a través de la ventana del televisor y cada vez comprende menos qué ocurre, porque ve que lo que se hace no va con ellos nunca. La ciudadanía deposita el voto y por ello, lo que el poder piensa es que merece ser engañada ejemplarmente, con la mejor campaña publicitaria y de frases hechas que pueda decantar o mover el voto en una dirección u otra, pero, como bien sabemos, eso es lo que menos importa, esa farsa de los partidos políticos, la cortina de humo del poder real, ya no se la cree nadie. Un argumento defendido por uno pasa a la boca del contrario en menos de lo que canta un banquero en sugerirlo o tras un mal día de bolsa. Como siempre, los filósofos ya sabían esto hace tiempo y sus palabras parecen haber sido escritas hoy mismo, como en el caso de Schopenhauer, quien define al Estado como: “esa obra maestra del egoísmo inteligente y razonado”. A propósito de Wikileaks también nos valen las siguientes palabras de Schopenhauer refiriéndose a cuando queda en evidencia lo que oculta el Estado: “se verán estallar a la luz del día los apetitos insaciables, la sórdida avaricia, la falsedad secreta, la perversidad, la perfidia de los hombres”. No queda mucho más que decir, la infamia está servida desde hace mucho tiempo en la forma de una gran pantomima que sufrimos cada día esperando que alguien nos redima de la fatal soga que dirige nuestras vidas, es decir: la estructura del poder organizado, la mafia legal cuyos juegos en la sombra cincelan el mundo en que vivimos. La verdadera infamia ha sido decir que había una crisis cuando lo único que había era una necesidad imperiosa de mayor poder y control sobre el individuo.


Diario La Verdad, 05/12/2010

viernes, 3 de diciembre de 2010

Balada del amor triunfante

Me dejé en ti la vida entera
sombra de mis ruinas y herida de mis luces
caminé por tus susurros
como el viento por el agua
sin tocarte, sin tenerte
pero viéndote pasar
Caminé contigo y sin ti
en tu voz que olvidabas
y yo recordaba en soledad
haciéndote inmortal
Caminé contigo, amor,
olvidándome a mí mismo,
siendo en ti, muriendo en ti,
callando en ti
La palabra no alcanza
este canto silencioso
del alma
La muerte quiere llegar
pero se olvida
porque también te ama
Me dejé en ti la vida entera
y aún no muero, no,
de amor no muero
porque de amor
no hay muerte
que nos mate
La vida es de los amantes
La muerte no es de nadie
Te quise una vida entera
y aún te amo, porque de amor
no se muere, aunque nos maten.

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