
domingo, 24 de mayo de 2009
Cine, ficción o realidad

domingo, 10 de mayo de 2009
La revolución interior

miércoles, 6 de mayo de 2009
Sin vivir en ti

Te canto, te espero, te inundo de ilusiones que vacían tu regreso. Te olvido, te beso, no te toco, pero te siento, en la voraz ascensión y en el descenso, te quiero, no te amo, no te diré nunca 'te amo', porque me muero, si vuelvo a caer en tu infinito de estrellas derramadas. No te quiero, sólo te amo, porque me muero.
domingo, 26 de abril de 2009
Generaciones perdidas

domingo, 12 de abril de 2009
Crisis de valores

La mente se afana en no concluir su arduo discurso de símbolos e interrogantes. Cualquier elemento nuevo se introduce en la constante lógica de un discurrir que todo lo iguala, normaliza y desubica de su abierta significación. El tiempo pasa así, en la penumbra de los días iguales, en la dejadez existencial de una hora tras otra empañada de hábitos aprendidos, de tareas programadas y palabras automáticas consecuentes con los efectos calculados.
La espontaneidad ha pasado a formar parte del desorden y la extravagancia. El hombre moderno ha marcado unos límites a su libertad, voluntariamente, para no perderla en su jungla de asfalto. Con ello, la creatividad resulta una extrañeza, una temerosa hazaña que muy pocos se atreven a llevar a cabo por miedo a ser reprendidos por el discurso socialmente correcto de los valores dominantes, que son aquellos en los que triunfa la mediocridad y está prohibido ser distinto, destacar o innovar formas de estar en el mundo. Albert Einstein nos dio este consejo: “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Él, sin duda, fue consecuente con su máxima. Sin embargo, la mayoría de nosotros buscamos -ciertamente- resultados distintos, pero hacemos siempre lo mismo. Estamos atrapados en la red del eterno retorno, en un divagar cíclico que, como el planeta en que vivimos, gira -constantemente- sobre sí mismo.
Durante un tiempo nos fue bien vivir con unos ánimos determinados, ayudó a fijar un entendimiento mutuo en pos de unos objetivos comunes. La libre competencia, la ley de la oferta y la demanda, la especulación económica, el capitalismo liberal y globalizado… Todo ello parecía marchar viento en popa, había dónde nutrirse y dónde aparcar el ánima para nuevas incursiones.
Ahora las cosas son bien distintas. Nuestro camino ha sido dilapidado, la marcha triunfal ha devenido en derrota y el mundo se nos echa encima como una máquina de mil toneladas incontrolable.
Posiblemente, hemos fallado en lo básico. Los cimientos del castillo duraron un tiempo y nos hicieron pensar que la grandeza de una construcción tan colosal iba a ser inquebrantable. Pero los ladrillos eran de poca calidad, y la consistencia de la construcción no podía tardar mucho en venirse abajo. Hubo arquitectos de las ideas que lo vinieron anunciando frecuentemente: Marcuse, Adorno, Habermas, Chomsky, entre otros muchos. ¿Pero, quién iba a escucharlos cuando el castillo crecía y crecía de una manera tan escandalosamente admirable?
Los valores no han sido consistentes, sobre todo, porque la sociedad no ha sembrado árboles con raíces genuinas y estables. No hemos marcado el compromiso de una ética como fundamento de nuestro discurrir por la vida. No hemos visto en la educación el pilar fundamental de nuestra existencia como animales íntegros e intelectuales.
Pero, ahora, la suerte está ya echada, sólo nos queda recoger las cenizas y esperar. Esperar sobre todo a que las aguas vuelvan a su cauce. El riesgo de ahogarse en la tempestad es muy alto. La posibilidad de salvarse depende de tener la calma suficiente para nivelar el barco de una forma equilibrada y decisiva. No conviene huir, pero tampoco seguir la misma ruta sabiendo que la tempestad no avisa una retirada a corto plazo. Muy a pesar nuestro: alea jacta est.
Publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 12 de abril de 2009
http://www.laverdad.es/albacete/prensa/20090412/opinion/crisis-valores-20090412.html
lunes, 6 de abril de 2009
La razón vencida
Como un huracán salvaje mi cerebro estrangula la calma,
revolotea indeciso el silencio, taladra el ahora
de picaduras nerviosas
y grita al viento la penumbra
de una especie de éxtasis psicótico
que va a dar al valium
del sueño nihilista
en un volcán de ideas masacradas.
Mi cerebro es más fuerte que yo, por eso golpea
y silencia mi esperanza.
Solamente quiero dormirme para ahuyentar a la muerte
de la razón homicida.
Y que el sueño conduzca mi cuerpo a lo sutil de la nada,
por sus adentros de aire vencido.
domingo, 29 de marzo de 2009
Los mitos modernos

La necesidad de comprender el mundo es inherente al ser humano, porque el ser habita ese espacio y no puede dejar de lado el vacío que provoca el desconocimiento de los fenómenos que le rodean.
Posiblemente la Ciencia se haya convertido en el cosmos de la mitología moderna, la única que nos capacita para conocer el origen y sentido de lo que somos. Con la irrupción del positivismo esta conciencia se afirma como dogma de fe, quedando lejos del entendimiento objetivo aquello que sobrepase las premisas lógicas de la razón.
Con la modernidad el mito de Dios ha muerto. Aunque posiblemente fue muriendo desde su mismo origen. La angustia heideggeriana nace cuando el hombre se pregunta por su ser, unido al tiempo, y reconoce que no le queda otro remedio que asumir la radical verdad de su existencia fenomenológica, la que se ve impresa por los únicos parámetros de la realidad cognoscible, la que determina al ser en tanto que está ahí, sin otra trascendencia más que su estar en el mundo.
Abocado el ser a su penumbra metafísica ha de plantearse nuevos mitos, con un solo fin posible: encontrar un sentido.
El hombre moderno, aún conociendo el papel fundamental de la Ciencia, se niega a creer que a través de ella pueda desvelarse todo el sentido. Esto es, en definitiva, el espíritu romántico: aquel que cree en las posibilidades del hombre como creador de mitos. Dostoievski, en sus Memorias del subsuelo, escribirá: «¿Queréis decirme, señores, qué voluntad será la mía cuando rija ya eso de la lista y la aritmética, cuando todo el mundo piense únicamente que dos y dos son cuatro? Dos y dos son cuatro aun sin mi voluntad. [...] Pero que dos y dos sean cuatro no es ya la vida, caballeros, sino el comienzo de la muerte». El verdadero espíritu romántico descreerá de la Ciencia como ética y sentido de vida.
Los mundos de ficción van unidos al hombre desde su origen. La imaginación es un hecho, una realidad que también está ahí, conformando otras realidades, otros sentidos paralelos. Sin embargo, los mitos modernos no se llegan a creer del todo, existe un consenso, un pacto que nos obliga a aceptar que esos mitos no son reales, haciéndonos partícipes de un juego: de una verdad figurada. Esto es la posmodernidad, la ironía, la paradoja o la simple parodia de lo que antes creíamos como verdad absoluta.
La historia de la imaginación moderna nos ha entregado, como siempre se ha hecho y siempre se hará, mundos nuevos tal que el de El señor de los anillos de Tolkien, por poner un ejemplo conocido por todos. El hombre no se resiste a dejar de creer, a dejar de imaginar. Fijémonos en la enorme atracción que causa en la juventud los juegos de roll o el célebre manga japonés. Todo lo creado más allá del sentido real de la lógica visible.
El cómic crea a los superhéroes, que no son otra cosa que nuevos héroes griegos con capacidades sobrehumanas (Superman, Batman, Spiderman, etc). Los mitos modernos están en el cine y se superponen unos a otros, llegando incluso a ser personas de carne y hueso las que adquieren la categoría de mito: Marilyn Monroe, John Lennon, Che Guevara, John Wayne, etc. La cultura de la imagen nos presenta a seres humanos que son vistos a través de una distancia con dimensiones espectaculares. Ya no importa que sea ficción o realidad, los mitos modernos se desencadenan como fenómenos de masas y son éstas las que entronizan al héroe humano a la categoría de mito. Los ídolos son mitos en el sentido en que se convierten, para el idólatra, en la explicación de su mundo, en el significado del mismo, en lo único que tiene la capacidad de explicar su realidad, en tanto que no existe nada por encima de ello.
Todo puede se un mito, como afirmó Roland Barthes, id est, «todo lo que justifique un discurso puede ser un mito». La forma del mito dependerá de los modelos tomados, de los receptores que lo acojan y de la irremplazable capacidad de verdad de que se le dota, transformándolo en sentido. El hombre moderno necesita creer en el mito, y para ello no le queda otro remedio que crearlo, incansablemente, agotando las posibilidades de su significación.
http://www.laverdad.es/albacete/20090329/opinion/mitos-modernos-20090329.html
domingo, 22 de marzo de 2009
Tu nombre es eso
Creo que eso ha sido conocido.
Kena-Upanishad (II, 1)
NACÍ en el vientre de tus ojos angélicos,
muy cerca del mar de tu mirada.
Sonámbulo de deseo
te abracé hasta el fin
de los tiempos.
Y caí, como un niño,
en las redes de la ilusión.
No hubo fin, ni principio,
tan sólo olvido, un largo olvido
que fue nunca para siempre.
Conservo acaso el dolor de estar solo.
Tus ojos partieron con los ángeles
sobre el mar de lo perdido.
Una vez te dije:
“Tu luz me ata a la ceguera del deseo
y tu nombre resuena como losa
que golpea cráneos epilépticos”.
Hoy sólo el amor por la vida
me salva de la muerte.
Sólo Dios sabe cuánto te quise
y cuánto ayer recé para olvidar
tu nombre.
Sin embargo, hoy ya no vivo en la ilusión.
Por eso te quiero y no te quiero todavía,
y por eso nunca y siempre olvidaré
tu verdadero nombre.
domingo, 15 de marzo de 2009
Realidad interior y exterior

Cuando miramos el mundo, inconscientemente, interpretamos. Sentimos placer o displacer ante un estímulo visual, auditivo, táctil. Los sentidos implicados en la percepción interactúan de manera asombrosa. Una sinfonía de Beethovenn o un cuadro de Caravaggio nos pueden poner los pelos de punta, extendiendo la impresión primera por una red intrincada de impresiones dispares.
Toda creación surge del caos.
http://www.laverdad.es/albacete/20090315/opinion/realidad-interior-exterior-20090315.html
domingo, 1 de marzo de 2009
Un mundo feliz (Utopía y distopía de la posmodernidad)

El mito trata de explicar lo inexplicable y resuelve así el argumento de lo grandioso, de aquello que no se puede tocar por temor al castigo prometéico de los dioses. Si según Protágoras el hombre es la medida de todas las cosas, también los dioses están hechos a nuestra imagen y semejanza; y así el castigo divino, el tánatos de Freud o el precipicio de Sartre son la misma cosa. Nietzsche se enfadó con el hombre porque éste tenía miedo, porque su debilidad le hacia esclavo de su razón histórica. Pero el superhombre no deja de ser otro reflejo de ese temor divino, otra necesidad de superar la debilidad marcando la distancia entre la fuerza y la servidumbre.
No hay discurso comprensible si está marcado por la dicotomía y no puede romperse la dicotomía si usamos el arma arrojadiza para defender cualquiera que sea la causa.
http://www.laverdad.es/albacete/prensa/20090301/opinion/mundo-feliz-20090301.html
domingo, 8 de febrero de 2009
El viaje hacia la verdad (El microcosmos y otros misterios elementales)

Las palabras de los otros a veces las hacemos nuestras y otras veces las negamos o extrañamos por ser incompatibles con nuestros códigos y paradigmas de pensamiento, generalmente reticentes al cambio. Las palabras de los otros refuerzan nuestro discurso, lo arman de argumentos para atacar las palabras de aquellos que no son tan nuestros, los contrincantes dialécticos del foro social de las ideas en el que participamos en la calle, en la televisión, en las páginas web, etc. El entendimiento es parcial, o lo hacemos parcial, en la medida de nuestros intereses. La especie humana está entrenada más para el ataque que para la acogida, más para el castigo que para el perdón.
Todo ello nos lleva a reflexionar sobre el itinerario evolutivo, que según Darwin, nos ha forjado más fuertes y capaces en este campo de batalla de la supervivencia. Las últimas investigaciones en neurociencias, particularmente las de Antonio Damasio, de la Universidad de Southern California, nos hablan de un mecanismo de reacción influido por las sensaciones corporales. Cada individuo, fisiológicamente, tiende a unas reacciones u otras, sometidas a las emociones primarias que, gradualmente, se van haciendo más complejas hasta desembarcar en lo que llamamos razón.
Un pensamiento, esa facultad humana de la que tanto nos enorgullecemos, no deja de ser más que el producto de un proceso animal, de sensaciones físicas –circulando por el sistema nervioso y formando sinapsis neuronales- que comportan el sentimiento, traducido por la herramienta de la facultad mencionada -el lenguaje- que irá a dar a parar al comportamiento racional. Nada más que eso, un rebuzno complejo. Recordemos las palabras de Damasio a este respecto: “es posible que la esencia de un sentimiento no sea una cualidad mental escurridiza ligada a un objeto, sino más bien la percepción directa de un lenguaje específico: el del cuerpo.”
Santo Tomás e incluso Descartes dirán que hay algo más allá que la razón no puede entender, algo por encima de ella, llámese dios o alma. Pero, lo que vemos ahora, es que hay algo por debajo de la razón que ésta no puede entender, llámense células, neuronas o como queramos. La “res extensa” (material) de Descartes, esas leyes naturales establecidas en última instancia por Dios, quedan, en definitiva, como una justificación de lo injustificable, es decir, al no poder demostrar la existencia de Dios, y ésta ha ser solamente convalidada por la fe, las leyes naturales pasan a ser un mero testimonio mecanicista, recordemos a Newton, de los hilos (divinos) que tejen y destejen lo existente. La causa de la causa pasa al dominio de la fe y la ciencia, por supuesto, no quiere –ni debe- cruzarse de brazos y se dispondrá a buscar el origen de las cosas y el por qué las cosas son como son. Creamos un acelerador de partículas para emular el Big-Bang y viajamos a la Luna o a Marte en busca del misterio del universo.
Los químicos Stanley Miller y Leslie Orgel dirán algo que, por el momento, no se puede discutir, esto es, cito sus palabras, “hay que admitir que nadie sabe todavía cómo se inició la vida”. Sin embargo, todos los científicos buscan enfervorizadamente cómo saberlo, y muchos de ellos apuntan a lo más pequeño, ya que lo grandioso no se puede abarcar; y verán las bacterias y microorganismos como el punto de partida para ir trazando un mapa cada vez más y más complejo de formas de vida. Todo ello puede verse en el extraordinario libro de Lynn Margulis y Dorion Sagan, titulado “¿Qué es la vida?”. Entre otras cosas se nos explica el importante suceso evolutivo del DNA mitocondrial, “producto de la fusión de dos clases distintas de organismos, cada una con su propia dotación de DNA, para formar una unidad compleja: la célula eucariota”. La capacidad de autocreación (‘autopoiesis’) de estos microorganismos pone de relevancia ese gran misterio de la vida que avala el microscopio de Aristóteles frente al telescopio de Platón (véase la famosa pintura de Rafael al respecto, “La escuela de Atenas”.)
domingo, 25 de enero de 2009
Unidad en la diversidad (Obama, el cambio de la esperanza)
