miércoles, 20 de agosto de 2014

Vacaciones


En estos días de agosto, todavía son muchos los que inician sus escapadas vacacionales y también los que ya han regresado de las mismas. Todo regreso representa siempre esa vuelta a Ítaca, a nuestro hogar. Un regreso que, de algún modo, siempre nos transforma. Pero a veces puede resultar complicado apartar de nuestras vidas el ritmo vertiginoso que el día a día nos impone, e incluso saber parar cuando las circunstancias nos ofrecen ese tiempo de pausa. Cuando conseguimos que el ocio y el descanso nos envuelvan, entramos en una especie de felicidad temporal que llega a suponer, cuando regresamos a casa, un duro golpe o trauma al encontrarnos de nuevo la realidad que dejamos cuando nos fuimos. Recuerdo ahora fragmentos del poema Ítaca de Cavafis: Cuando emprendas tu viaje a Ítaca / pide que el camino sea largo, / lleno de aventuras, lleno de experiencias. [...] Que muchas sean las mañanas de verano / en que llegues -¡con qué placer y alegría!- / a puertos nunca vistos antes. Anhelamos encontrarnos con nosotros mismos, con lugares que nos recuerden que estamos vivos y que es todavía posible soñar nuevas y largas travesías. Pero tal vez sea desmesurada tanta espera y abnegación para tan poco tiempo de libertad. Haciendo de la espera un desespero y del momento presente un deseo futuro de nosotros mismos. Por eso, invitaría a sentir que ese viaje a Ítaca sea verdaderamente largo, que no se apague con el regreso de las vacaciones, que perdure interiormente y se integre en nuestras vidas esa felicidad que merece ser vivida a cada momento. De no ser así, la ciudad nos seguirá allá donde vayamos, ese mundo a cuestas que arrastramos, olvidando que nuevos mares e islas esperan a ser transitados cada día. 


La Tribuna de Albacete, 20-08-2014

miércoles, 6 de agosto de 2014

El conflicto árabe-israelí


Pasados ya sesenta y cinco años desde la fundación del estado de Israel y del primer conflicto con Palestina, nada más establecidos los judíos en lo que consideraban su “tierra prometida” (ya 750.000 palestinos huyeron o fueron expulsados de su hogar), no han cesado los macabros conflictos por la lucha de ese territorio. El principal argumento de Israel es bíblico: Dios prometió a Abraham esa tierra a los judíos. Tras la Segunda Guerra Mundial surgió la necesidad de crear un estado artificial para asentar a un pueblo masacrado y desolado por los nazis. Pero todas estas razones y este largo recorrido de guerra y paz no deja de marcar un capítulo de la historia que parece irreconciliable y que pone de manifiesto la dificultad de dos pueblos para aproximarse y saber buscar acuerdos de forma pacífica. Sin duda, el trasfondo es religioso, por este motivo la negociación más difícil siempre ha sido y será Jerusalén, pues ambos pueblos luchan por el gobierno de la misma, debido a la importante simbología que para cada uno representa. Y una palabra tan importante en la historia como “religión”, causa de guerras, atentados y discordias perennes, nos hace olvidarnos de su sentido verdadero, ya inscrito etimológicamente en su raíz léxica, si vemos que “religión” viene del latín “re-ligare”, que significa reunir, volver a unir. ¿Será posible lograr esa unión? ¿Sería quizá ése el comienzo de una nueva y verdadera religión? Es decir, aquella que sea capaz de unir a los pueblos, a las personas, y no de separarlos y enfrentarlos constantemente. Algo hemos de aprender aquí, si queremos comulgar con el verdadero sentido de aquello que sostiene nuestras creencias más profundas. 

La Tribuna de Albacete, 6-8-2014

miércoles, 14 de mayo de 2014

Integración


En estos tiempos en los que muchos pueblos buscan su identidad a través de la separación, observamos que unir no va a la par con reafirmar lo que uno es, sino que solamente acentuando la diferencia, excluyendo en vez de integrar, parece que se logra calmar esa sed de identidad. Pero a la larga sabemos que esa actitud únicamente lleva a la exclusión social, a una especie de integrismo que termina rechazando al otro, no por lo que es o cómo es, sino por lo que ponga en unos papeles: bien sea su lugar de origen, nacionalidad, sexo, raza, religión, etc. De esta manera el ser humano aprende a mirar al otro con recelo, tratando de adivinar su ideología política, sus convicciones morales o espirituales, para determinar si pertenece a su grupo o es un extraño que conviene desterrar de sus vínculos sociales. Sin embargo, sabemos que las personas, por encima de las diferencias, por su humanidad intrínseca, mantienen una necesidad de unir en vez de apartar, de construir puentes que sean más grandes que ellas mismas, antes que encerrarse en islas o guetos que las aíslen de los demás. El sentido de protección, de miedo, de desconfianza o recelo, no debe prevalecer a la hora de tender la mano, de ampliar nuestras fronteras y de crecer buscando igualdad de condiciones y derechos, valores solidarios y mutuo respeto y comprensión.

Por esta razón creo que es posible luchar para favorecer la propia identidad histórica o social al mismo tiempo que crecer en una amplitud de miras, con la aspiración de encontrar en el otro, en el vecino, en quien vive y convive cerca de nuestras fronteras o dentro de ellas, una aproximación sincera y un deseo de defender unos mismos valores de grupo. Pues, como cantaran los hippies, y tantos otros colectivos de mente abierta, solamente somos ciudadanos del mundo, no tenemos otro lugar de nacimiento que el mismo planeta que nos acoge, ni otra madre que la Tierra. Y para permitir que haya una interacción equilibrada con el medio y con los otros, nada más que es posible hacerlo desde la comprensión de que formamos parte de un mismo organismo, y todas las respuestas que demos contribuirán a su evolución equilibrada si van en un sentido unitivo y cooperativo, o a su decadencia si cada uno actúa de acuerdo a sus intereses personales. Porque, como sucede con el llamado ‘efecto mariposa’, una acción cualquiera, aunque parezca que no repercute en otra parte, puede desencadenar sin embargo distintos efectos en otros lugares aparentemente no relacionados, pongamos por caso en el tercer mundo, o por el denominado ‘cambio climático’.

Así que, citando a Walt Whitman: “¡Arrancad los cerrojos de las puertas! ¡Arrancad las puertas de los goznes! El que degrada a otro me degrada, y todo lo que se dice o se hace vuelve a mí al fin!” Palabras de Whitman que podrían ser dichas por este planeta nuestro que espera que -algún día no muy lejano- nos pongamos de acuerdo en escucharlo, para cuidarlo y movernos en torno a él; y no moverlo para que gire en torno nuestro. Y solamente hay un sentido en ese movimiento: el de la naturaleza.

La Tribuna de Albacete, 14-05-2014

jueves, 10 de abril de 2014

Acceso a la cultura

Cuando en el año 2012 fue cerrada, por parte del F.B.I., la página web “Megaupload” -dedicada al alojamiento de archivos- hubo una gran polémica entre los internautas, quienes por razones obvias simpatizaban en su gran mayoría con la “descarga libre”. Por medio de éste -y de otros portales virtuales- muchos usuarios podían “bajarse” películas, música y todo tipo de contenidos de forma gratuita no sólo en EE.UU., sino en todo el mundo, aunque la mayoría de ellos tuviera derechos de autor. Más allá de razones jurídicas discutibles, esta cuestión suscita una reflexión más extensa en sus implicaciones sociales. En primer lugar entra en cuestión la libertad “virtual” que ha de primar en Internet como un derecho a salvaguardar. La propiedad privada o personal (material o intelectual) ha sido el cordón umbilical que el neoliberalismo jamás ha cortado con el fin de mantener su subsistencia. Ya denunciado por Marx y por buena parte del pensamiento socialista, la propiedad individual ha marcado el grado principal de diferenciación entre las personas, así como la raíz de multitud de conflictos.

La otra importante cuestión se refiere de forma más concreta a la cultura y a si medidas como la “censura” en Internet acotan la riqueza cultural humana que, más allá de quién la elabore, pertenece a todos. Todo artista proclama que su obra, una vez terminada, no le pertenece. Incluso hasta hace no mucho las obras no se firmaban. La “Odisea” era cantada por -y pertenecía a- todos los griegos. El autor del Lazarillo no puso su firma al terminar de contar las aventuras de aquel joven pícaro nacido en el Tormes. La Historia de la Literatura no es más- afirmó Borges, citando a Valéry- que la Historia del Espíritu. (Un texto de Borges: “Pierre Menard, autor del Quijote”, inaugura el posmodernismo con una irónica y “memorable” ontología de la autoría). ¿De quién, entonces, es el “copyright”? Sin embargo, la postura aquí defendida no es la de que el artista no pueda vivir de “su” obra, pues de otro modo, ¿quién querría ser artista? o ¿quién siéndolo, podría permitirse el lujo de hacerlo por “amor al arte”?

El siglo XXI, si no lo impedimos, puede ser un siglo afanado en ir acortando día tras día lo público –paradójicamente- como principal propósito político. Privatizar significa restringir, declarar que algo no te pertenece, obligándote en consecuencia a pagar por ello. De lo que es difícil ser dueño en estos tiempos es de un propósito común y solidario. Porque todos somos extraños en un mundo constantemente en venta. El sueño de la propiedad privada, el espejismo de la posesión de algo, ausenta a los hombres de su más legítima posesión: ellos mismos. Y en el fondo, nadie es dueño ni de sí mismo. Si la esencia de la cultura es la libertad y ésta es la esencia de la vida, ¿quién puede poseerla? ¿Quién puede ser dueño de la libertad? A nosotros nos queda el privilegio único y pleno de amarla, de salvaguardarla para todos. “Blanca te quiero, / como flor de azahares / sobre la tierra. Pero no mía. / Pero no mía / ni de Dios ni de nadie / ni tuya siquiera”. (Escribió Agustín García Calvo en su célebre poema “Libre te quiero”). Así es la libertad.

"La Tribuna" de Albacete, 9-4-2014

miércoles, 18 de diciembre de 2013

La homeopatía como alternativa


Muchos son los debates que se originan en torno a la sostenibilidad del planeta y sobre qué medios son las más adecuados usar para contribuir a que el mundo en que vivimos mejore con nuestras actuaciones humanas sin que lo deterioremos continuamente. Las energías renovables se ven como una solución a largo plazo que ayudaría a satisfacer nuestras necesidades de transporte, consumo, alimentarias, tecnológicas, etc., al tiempo que no dañaríamos los recursos vitales del organismo terrestre. El petróleo, por ejemplo, que es la sangre del planeta, no puede ser continuamente succionado de la tierra, ya que ponemos en peligro y desequilibramos esa estructura orgánica que nos sostiene, lo cual aumenta la probabilidad de terremotos u otros desastres naturales, por ejemplo; al tiempo que es altamente contaminante. El uso de este combustible, sin duda, es eficaz, funciona para el fin que se le emplea, y permite que un coche se mueva o que una casa disponga de calefacción en invierno y así no se pase frío. Pero este principio activo, esta eficacia en su función no quita los enormes riesgos y daños colaterales, efectos secundarios, que produce.

El Ministerio de Sanidad ya ha regulado la homeopatía, y sin duda es una noticia positiva. Pero el debate no ha tardado en iniciarse y la Organización Médica Colegial (OMC) se ha posicionado en contra de esta medicina natural. Uno de los argumentos que declaran es que los médicos "están obligados por las normas del Código de Deontología Médica a emplear preferentemente procedimientos y prescribir fármacos cuya eficacia se haya demostrado científicamente" y añaden que no son éticas las prácticas carentes de base científica que prometen la curación. Como dijimos antes, no es lo mismo eficacia aplicada a algo en concreto –a corto plazo- que lo que conlleva esta aplicación en un nivel más profundo y sus efectos secundarios. Habría que plantearse si es ético atajar síntomas, bloquear y matar expresiones patológicas y llamarlo a eso curación. El paradigma científico actual, sería humilde afirmarlo, no tiene toda la verdad, y no debe llamar solamente ciencia a sus métodos, pues la ciencia es algo mucho más que un estudio estadístico –que también es, sin duda, una buena herramienta- o meras comprobaciones de causa y efecto: hay mucho más implicado. Para restablecer la salud –equilibrio- hay que actuar con medidas que equilibren, no que ataquen al organismo aunque silencien temporalmente sus síntomas. Quizá no sea ético el uso de ciertos medicamentos “oficiales” y con “base científica”, que todos sabemos producen multitud de efectos secundarios y que abren una cadena de nuevas patologías, en muchos casos cronificando las presentes, haciendo del medicamento, no un remedio puntual, sino una dependencia progresiva para paliar lo que no se ha sabido curar.

Albert Einstein escribió que “podemos considerar la materia como constituida por zonas de espacio en las que el campo es sumamente intenso… No hay lugar en este nuevo tipo de física para el campo y la materia a la vez, porque el campo es la única realidad.” La materia, en definitiva, es energía; lo que vemos, es, a su vez, un misterio invisible. La pila, materia, se recarga con fuerza invisible. Y la fuerza vital de nuestros cuerpos es otro misterio que anima lo que somos. Quizá conviene mirar otros caminos, e investigar en nuevas direcciones. Llevando una mirada más profunda, no sólo paliativa, sino con voluntad sanadora, integral y, por supuesto, verdaderamente ética.

"La Tribuna" de Albacete, 18-12-2013

jueves, 21 de noviembre de 2013

Humana ciencia


No hay conocimiento más genuino que el que nos brinda la propia experiencia, y el resultado de este conocimiento es lo que llamamos sabiduría. Recordando aquella máxima de Quintiliano en la que decía que “es la ciencia la que crea la dificultad”, hemos de preguntarnos hasta qué punto se ha sustituido el conocimiento humanista, el que aboga por la creación de ideas, por otro de laboratorio o de estadística que relega el desarrollo de nuevos paradigmas por la religión de los datos y los números exactos. Sin embargo, esa ciencia que se denomina “exacta” se sorprende cada día ante la imprevisibilidad de la realidad y se da cuenta de que el conocimiento de ésta precisa de nuevos modelos de investigación más allá de lo cuantitativo, pues todo lo que consideramos medible no se puede aplicar a lo que no lo es: como son las emociones, el comportamiento e incluso la materia. ¿O acaso podemos cuantificar objetivamente –una a una- las neuronas y demás células que recorren nuestro cuerpo más allá de una mera ecuación teórica? Al igual que una religión que asume dogmas anticuados en los que la sociedad actual ya no se reconoce, así la ciencia y su dogmática visión del mundo se está quedando obsoleta al no integrar en su investigaciones esas variables que simplemente descarta, cuando son, digamos, lo más importante del fenómeno.

Esa ciencia que crea la dificultad es aquella que no se actualiza con los cambios presentes, siempre en proceso. Cuando se asumen dogmas y leyes mecánicas que aplicamos metodológicamente por decreto, olvidando mirar en fenómeno en sí, nos estamos poniendo una venda en los ojos, la venda de los prejuicios científicos, la venda de lo aceptado por comunidades académicas que exigen adaptar todo estudio a sus requerimientos limitados de elaboración científica. Pero, ¿por cuánto tiempo seguiremos observando el vasto universo desde unos viejos prismáticos? Y este no es un problema que sólo concierna a la comunidad científica –esto es, la que se desarrolla en las universidades y en institutos financiados por grandes empresas con intereses particulares, como las farmacéuticas- sino que se da también en la religión o incluso en la política. Pues la cuestión a la que nos referimos tiene que ver con la mentalidad, con la forma en la que interpretamos y concebimos el mundo. Y un cambio de mentalidad pasa primero por poner en duda esos viejos valores que asumimos como verdades intocables. 


Parece que nuestras viejas ideas son un tesoro que hay que defender para no perder la identidad. Pero nos olvidamos de los efectos secundarios, de esas variables que apartamos. Y nos olvidamos también de que una identidad cerrada al cambio ralentiza y deteriora nuestra capacidad de evolución y adaptación. Quizá esta crisis económica y de valores sea el espejo de ello, la evidencia de la dificultad de una sociedad para adaptarse al cambio. Y es que un grupo –o civilización- que se guíe por valores individualistas remará siempre a contracorriente de la evolución colectiva. Los intereses del mercado no son los intereses de todos, y una verdadera democracia necesita asegurar que el pueblo navegue a buen puerto sin ir dejando a flote a sus tripulantes. No hay ciencia que conozca el futuro, pero sí sentido común que sabe que hay un presente que puede ser mejorado, que debe ser más solidario, más humano y más abierto al cambio.


La Tribuna de Albacete, 20-11-2013

jueves, 7 de noviembre de 2013

El sentido de la educación


A menudo conviene preguntarse: ¿qué entendemos por educación? Es una pregunta obligada donde la sociedad ha de tomar parte en su intento de responderla. De lo que entendamos por educación y de cómo se lleve a cabo esta vital empresa dependerá el futuro de nuevas generaciones destinadas a configurar una población capaz o no de enfrentarse a los retos de un mundo en constante cambio y evolución. Hoy día se valora preeminentemente la llamada 'excelencia académica', que no supone más que la capacidad de almacenar datos para volcar en un examen. Apenas se tiene en cuenta el valor, a mi entender, más esencial en toda tarea educativa: incentivar la capacidad creativa y crítica, esto es, la capacidad de pensar por uno mismo y el desarrollo de nuestras capacidades humanas. Para aprender hay que comprender, y para comprender es necesario aprender a cuestionar las cosas. Sólo así la inteligencia puede brillar; cuando uno, además de ser un mero 'copista' de información, descubre que también es capaz de encontrar herramientas en su propio intelecto para resolver problemas vitales y no solamente los problemas que se formulan en un libro de matemáticas. 

La educación no sólo ocurre en las escuelas, sino que nunca deja de estar sucediendo a cada paso que damos en la vida. Si se consigue despertar esa actitud, de constante mirada abierta ante la vida, una mirada que busque comprender su mundo, cuestionarlo y tratar de mejorarlo. Si la tarea educativa consigue dejar un legado mayor que el que se refleja numéricamente en un expediente académico. Si, más allá de un título que nos facilite desarrollar una determinada profesión, la tarea educativa consigue que el alumno sepa qué es lo que realmente quiere, no porque tenga más 'salidas', sino porque es capaz de amar lo que hace, creer en lo que hace y tener la voluntad de mejorar con su capacidad creativa lo que encuentra en su camino, entonces la educación puede tener un sentido. 

Si educamos en unos valores que son los mismos que nos han llevado a esta actual crisis de valores, como son la competitividad y el materialismo, estaremos olvidando el verdadero sentido de las palabras 'humanidad' y 'humanismo', donde la cooperación, la solidaridad y la búsqueda de la libertad de pensamiento y de acción son sus fuentes de inspiración. Sólo así es posible un desarrollo humano que no olvide que somos seres productores, no sólo de dinero y de mercancía, sino de cultura, de belleza y de inteligencia creativas. Necesitamos de estos valores para poder respirar, y una verdadera revolución siempre aspirará a alzar el vuelo recobrando las alas perdidas que otorgan belleza al recorrido de su libertad. Como escribió Albert Camus, ahora se cumple el centenario de su nacimiento: "La belleza, sin duda, no hace las revoluciones. Pero llega un día en que las revoluciones tienen necesidad de ella. [...] Manteniendo la belleza, preparamos ese día de renacimiento en el que la civilización pondrá en el centro de su reflexión [...] esa virtud viva que cimenta la común dignidad del mundo y del hombre, y que tenemos que definir ahora frente a un mundo que la insulta." Y la educación sólo puede ser bella si entendemos que con ella lo que hacemos es comprender el mundo en que vivimos, adquiriendo las herramientas necesarias, que se encuentran dentro de uno mismo, para mejorarlo.

La Tribuna de Albacete, 6-11-2013

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