domingo, 7 de junio de 2009

Acción y pensamiento

Es conocido el dicho popular que reclama -sobre todo en el ámbito político- más acciones y menos palabras. La facultad del buen decir no suele estar muy ligada al buen hacer; y muchas veces somos aquietados por la promesa que finalmente nunca se cumple. De ese aquietamiento solemos pasar a la inquietud, a la espera de un asomo de realidad tras las palabras dejadas en el aire.

Pero no solamente son los otros aquellos de los que esperamos el cumplimiento de la acción prometida, sino que nosotros mismos nos procuramos recetas de proyectos de acciones que postergamos ilimitadamente, sabiendo -no obstante- que hacerlas resultaría provechoso. Cabe aquí recordar aquella reflexión del filósofo francés Henri Bergson que decía lo siguiente: “Debemos obrar como hombres de pensamiento; debemos pensar como hombres de acción”.

Acción y pensamiento van unidos, se retroalimentan. Procurar que ambos sean coherentes es una prueba de fidelidad a uno mismo. Muchos de los problemas psicológicos más habituales de nuestra ajetreada sociedad actual es la incapacidad para hilvanar ambos procesos y estimular así esa casuística racional donde la voluntad se dirige firme y sin escarceos. Decir lo que se piensa, pensar (y sentir) lo que se dice, hacer lo que se piensa… son combinaciones necesarias para una adecuada salud mental, sobre todo cuando nuestra conciencia sabe que es bueno llevar a cabo lo que ha pensado que podría hacer.

Bergson supo valorar ejemplarmente ambos procesos del pensar y del hacer: “La especulación es un lujo, mientras que la acción es una necesidad”, afirmó. Parece que, en estos tiempos, sin embargo, los valores se han invertido. No se trataría, empero, de dar prevalencia a alguno de los términos, sino más bien de conciliar, unir, conjugar. Pensamiento y acción son las dos caras de una misma moneda.

El camino de la acción nos incita a buscar, con el pensamiento, la resolución adecuada, para que el resultado de nuestros actos no descarrile a causa de la precipitación irreflexiva. Chesterton nos sugirió lo siguiente: “La idea que no trata de convertirse en palabras es una mala idea. La palabra que no trata de convertirse en acción es, a su vez, una mala palabra”.

El proceso cognitivo nos conduce -con genética elocuencia- a dar un paso más hacia el camino de la concreción material de aquello que empezó divagando en el mundo de lo subjetivo. Todo camino conlleva un punto de partida y un punto de llegada. Aunque no sepamos -en términos metafísicos- ni de dónde venimos ni hacia dónde vamos, tenemos claro que ‘vamos hacia’ y ‘venimos de’. No importa el lugar, lo importante –como dijera Antonio Machado- es el trayecto, la acción que realiza el que camina. Y he ahí nuestra responsabilidad de saber sencillamente si estamos caminando de la forma adecuada y de elegir, si no es así, la acción correcta, buscando aquello que resulta mejor para nosotros y, como resultado, para los demás.

De este modo, el pensamiento encaminado a la acción se convierte en sinónimo de libertad y de progreso. Lo importante, considero, es superar la mera divagación improductiva y así avanzar para no petrificarse en las gélidas aguas de la eterna pasividad.

El progreso, como sabemos, es la “acción de ir hacia adelante” (RAE), el camino por el que avanzamos día a día, como el propio tiempo que avanza sin detenerse. No es el progreso un valor sino la descripción de un acto, un acto, de por sí, neutro, pero con un trasfondo de necesidad vital, tanto para una sociedad como para el individuo. En esa necesidad de avanzar es donde podemos ubicar el concepto de ‘libertad’, requisito previo para que ese avance se realice sin restricción alguna, con la espontaneidad que otorga la virtud, en el sentido taoísta del término; y con la nítida idea, no de un horizonte concreto sino de que allá donde miremos siempre hay un nuevo horizonte por descubrir. David Livingstone, aquel explorador incansable, dijo en una ocasión: “Iré a cualquier parte, siempre que sea hacia adelante”. Un gran pensamiento, sin duda, digno de ser llevado a la práctica.

Artículo publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 7 de junio de 2009

martes, 2 de junio de 2009

Ebriedad


Cantaré como Lieu Ling
que la eternidad es una mañana,
y que mi vida dura mucho menos
que un simple parpadeo.

¿Pero por qué entonces todo este dolor
configurando lento y eterno cada segundo que pasa?

¿Por qué nunca termina este interminable sueño
del que creo, pero nunca completamente,
alguna vez haber despertado?

Un vaso de vino no es suficiente ni cientos de ellos
para vaciar la inmensa jarra de la eternidad.

Conmovido despierto al fin de este sueño
y vuelvo a estar cansado y necesito dormir.
Y ya sólo me desvela la preocupación
de no volver a despertar.



Del libro "Concierto de esperanzas. Poesía reunida (2002-2008)", de José Manuel Martínez Sánchez.
Comprar o descargar gratuitamente este libro, y otros del autor, en el siguiente enlace:



domingo, 24 de mayo de 2009

Cine, ficción o realidad


El cine es un mundo de sueños, de ficciones, como la literatura, que imaginamos ciertos, reales. El cine es una pantalla en la cual nos adentramos, ya lo hizo Buster Keaton en Sherlock Jr. (1924), esencial referencia cinematográfica que explora la dicotomía ficción/realidad de una manera cómica y surrealista.

Cuando la realidad nos agota, la evasión de la gran pantalla sigue siendo, hoy, quizás, en este mundo hipermoderno: como lo define Lipovetsky, una de las mejores recetas para animar el espíritu y salir de nosotros mismos con el fin de abandonarnos al encuentro de lo que jugamos a creer que es.

Las buenas películas nos cogen de la mano y nos llevan a ese lugar donde el hombre se proyecta fuera del tiempo y del espacio ordinario.

Aunque, el cine no siempre nos reserva placeres, también nos pone a prueba e interroga, nos escandaliza y, en ocasiones, funciona como espejo de una realidad en crisis que la sociedad niega (o negaba). ¿Quién no se ha aterrorizado con los personajes deformes de Freaks (Tod Browning, 1932) o con las inmensas columnas de alemanes nazis dispuestos a dominar el mundo en El triunfo de la voluntad (Leni Riefenstahl, 1934)? Película ésta que el propio Hitler encargaría a su directora como documental para el VI Congreso del Partido Nazi y que, por supuesto, celebraba los ideales nazis con una técnica cinematográfica, no se puede negar, casi perfecta. Una cinta que ahora, sin embargo, nos pone frente al horror de ver a aquellas tropas de endemoniados wagnerianos cantar el triunfo de su raza: la aria. Una fantasía suicida, que finalmente, se quedó en eso, tras arrasar millones de vidas y esperanzas. ¿Y quién no se ha escandalizado con las violentas escenas cómico-crueles de La naranja mecánica (S. Kubrick, 1971)? Sublime sátira de la violencia, desde una mirada nietzscheana, proyectados en una sociedad amoral y deshumanizada.

Sí, el cine no sólo es diversión y una excusa para el ocio. Es también un ejercicio, el que debe realizar el espectador, de reflexión y juicio crítico, a veces muy molesto, de lo que se observa. Y las formas de contarlo son múltiples, en ocasiones desde la comedia paródica: Ser o no ser (Ernst Lubitsch, 1942) o, desde lo directamente trágico y explícito: El pianista (Roman Polanski, 2002) se nos puede narrar, en esencia, una misma realidad. Aunque sean otros los elementos y motivos que se desarrollan en los respectivos planos argumentales.

Y no sólo me refiero al cine que nos presenta la dialéctica hombre/sociedad, sino también la puramente metafísica del hombre/ser. Así, nadie podrá irse a la cama sin dar unas cuantas vueltas metafísicas a la cabeza tras ver aquella partida de ajedrez en la playa que juega Max Von Sydow en El séptimo sello (I. Bergman, 1957) con la mismísima Muerte. O también, y por qué no, irnos a la cama con una sonrisa metafísica tras ver El sentido de la vida, donde en este caso la Muerte, que interpreta un breve papel, es parodiada. (Monty Python's, 1983). O aquella de Frank Capra donde un hombre agotado y en crisis económica descubre ¡Qué bello es vivir! (1946).

En fin, un mundo de sueños, pero, también de pesadillas, porque las pesadillas forman parte de los sueños. Siempre un mundo que nos traslada a esa otra posibilidad de lo real -al mundo aludido, explícita o implícitamente- a través del espejo catártico que proyecta la cámara, cuando su realizador, como un literato, domina el lenguaje artístico y lo actualiza a través de propia creatividad.

Robert Luis Stevenson dijo estas palabras que refiero a continuación para referirse a la literatura, pero creo que podría trasladarse al caso del cine, que es, sin duda, la gran novedad narrativo-poética del siglo XX y del XXI: «Es éste el aspecto plástico [del cine], encarnar el carácter, el pensamiento, la emoción en algún acto o actitud que impresione notablemente al ojo de la mente».

Artículo publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 24 de mayo de 2009

domingo, 10 de mayo de 2009

La revolución interior


No podemos concebir -ni mucho menos construir- un mundo perfecto en el que sus individuos no sean libres y tengan que acallar su pensamiento. No se puede partir de la base de un mundo más justo y solidario estableciendo un código de valores de lo que significa justicia, solidaridad o cualquier otra bella palabra que -a menudo- desvela sentidos ambiguos y difusos. La sociedad no puede -ni debe- construir al individuo, sino que es el individuo quien ha de construir a su sociedad.
"La mayoría de nosotros jugamos con ideas y creemos que somos grandes revolucionarios […] Lo importante es librarnos de las ideas. […] La libertad respecto a las ideas sólo puede resultar del darse cuenta y del conocimiento de sí mismo." Expresó Krishnamurti en 1950.
Las ideas bellas toman palabras bellas que incluso son decoradas de forma pomposa en los discursos políticos para incrementar la fuerza benévola del mensaje. El público, al escuchar tal deleite de razones nobles, aplaude a sus líderes como si lo que dijeran se fuera a cumplir en ese mismo instante, por arte de magia. Por experiencia sabemos que eso no es así. Pero el auditorio, quizá acostumbrado al engaño, finge un aplauso o guarda cierta esperanza famélica en que esta vez sea verdad lo que dice el conductor de su futuro.
Desde que nacemos, directa o indirectamente, consciente o inconscientemente, nos van programando. Conforme pasa el tiempo nos volvemos cada vez menos espontáneos hasta que un día hemos olvidado por completo en que consistía esa espontaneidad que alumbraba los lúdicos caminos del niño que fuimos.
Utopía, lugar imaginario o inexistente, es el no-lugar que, en su expresión teórica se acerca a lo ideal y cuya puesta en práctica resulta inviable, o así, empíricamente, nos lo ha demostrado la historia. Las utopías que pretendieron convertirse en realidades, amparándose drásticamente en el camino de la revolución social y política, no han sido más que grandes tragedias de las que la humanidad acaso se ha repuesto todavía. Algunos buscan un nuevo cambio, una utopía al alcance de la mano, cibernética y 'cibercrática', como nos propone el llamado 'proyecto Venus', un sueño futurista que no deja de recordarnos al distópico mundo feliz de Huxley, al anime Akira o a la famosa película Matrix. El mismo Krishnamurti tildó de hipocresía el pensamiento idealista, un vivir ajeno a la realidad, con la mente en el tiempo condicional, un 'podría ser' que tapa el ahora, como una evasión fruto de la imposibilidad del cambio revolucionario verdadero: el que se da con la vivencia del presente y su actuar consecuente con la realidad, que, aunque no nos guste, es la que nos ha tocado o la que hemos creado.
El individuo no quiere jugar su papel como tal, se esconde entre bastidores sociales que velan su identidad original, aquella que por medio de su intuición y creatividad inteligente logra que idea y realidad sean una misma cosa a través del quehacer cotidiano y excepcional de sus acciones. Damos solamente la alternativa al líder, a la máquina humana diseñada para conquistar mentes, y olvidamos nuestra capacidad de liderar nuestra propia mente para no dejarnos llevar por la corriente del pensamiento ajeno, que nos atrapa y confunde, haciéndonos defender una idea que está muy lejos de lo que ciertamente concebíamos como justo y necesario.
El 'yo real', e inconquistable, cede ante el 'yo condicionado', al que las circunstancias han creado y motivado. Una motivación manipulada, por unos y por otros, donde el individuo ha sido mutilado y sustituido por una sombra de sí mismo. Esta mutilación -lenta y dolorosa- es el pan de los dramas humanos de cada día, personas silenciadas, acorraladas económicamente y explotadas por su condición de simple eslabón de la cadena. De esta forma, todos somos eslabones, el río fluye por sí solo hacia el abismo de su decadente devenir y la revolución interior, aquella que no causa dolor y que se hace de forma natural, todavía es posible aunque parezca enterrada, ya que no se funda en un ideal futuro, sino en cada momento, ahora mismo, en la próxima acción que hagamos, solidarios y fieles a nuestra propia forma de ser, sin manipulación alguna, conformando, espontáneamente, la capacidad inherente, constructiva y creativa, que tenemos por el simple hecho de ser libres y humanos.

Publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 10 de mayo de 2009

miércoles, 6 de mayo de 2009

Sin vivir en ti


Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero.
Santa Teresa de Jesús

Veo la estrella detrás del sol, en el último cielo de los amantes, bajo rocas de espasmo y silencio frío de acantilado. Tu nombre me agota de soñarlo, entre penumbras siempre repetidas, como un nunca llegar y haber llegado a la conquista y su recuerdo. Te sueño detrás de las rocas, bajo el calor de los amantes, en su muerte regalada.
Te canto, te espero, te inundo de ilusiones que vacían tu regreso. Te olvido, te beso, no te toco, pero te siento, en la voraz ascensión y en el descenso, te quiero, no te amo, no te diré nunca 'te amo', porque me muero, si vuelvo a caer en tu infinito de estrellas derramadas. No te quiero, sólo te amo, porque me muero.

domingo, 26 de abril de 2009

Generaciones perdidas


Más allá del delirio está la mente, la noche abrigada de símbolos y el frío incurable. En su espesura, el abrigo resulta insuficiente y los nombres se confunden con las sombras y el viento propaga relatos de confusión que disipan lo real.
La quietud cristalina en la que el hombre se abstrae sin remedio es el final primero, allí donde aguarda otro comienzo. Dirá el loco que la vida fue la razón de su locura, vida que persevera por sí sola en el desasosiego que alumbra las ruinas de su caída. El peso del estar y el vacío que lo corona apuran el fulgor, marchitan la jornada inocente y expanden el hábito del lamento inconsciente. Hay el temor de no ser nadie y el temor de cargar con la culpa de haber sido lo que no se quiso ser. El tiempo empuja las acciones a veces por el precipicio del arrepentimiento y otras por la ingravidez vital de no tener de qué arrepentirse. El destino, como un espejismo cambiante, nos muestra razones para huir a cualquier parte, con tal de quedarnos como estábamos. Expresó en melancólicos versos Luis Rosales que jamás se había equivocado en nada, salvo en las cosas que él más quería. También Gil de Biedma expresó el regreso imposible: «Volver, pasados los años, hacia la felicidad -para verse y recordar que yo también he cambiado». A la mitad del camino de nuestra vida uno suele recordar vagamente todo lo que fue dejando atrás, la imagen de sí mismo bañada de juventud e ideales, de sueños de cambios posibles, de esperanzas en mundos mejores que habitar y una cabizbaja afirmación de que no hubo tiempo suficiente para que la juventud coronase todas las promesas tiradas al viento, quizá porque el destino y sus vicisitudes interrumpieron ese paso firme hacia otros imprevistos viajes que nada tenían que ver con la utopía interior que iba adornándose de estribillos de Dylan, versos de Ginsberg, escenas de Antonioni y fotografías de iconos rebeldes que, como Janis Joplin, consumieron la vida con la pasión desenfrenada de un 'carpe diem' mezclado con Jack Daniel's.
Unos viajaron a la India a canalizar su inconformismo y en busca de paz interior, otros militaron políticamente y fueron golpeados con el puño del totalitarismo, otros tantos se conformaron con escribir versos feroces que cargaban como un arma y miraban al futuro. Ya que, quizá la poesía sea el último recurso de la revolución: «Si he sufrido la sed, el hambre, todo lo que era mío y resultó ser nada, si he segado las sombras en silencio, me queda la palabra». Escribió Blas de Otero.
Pero, al final, todo esfuerzo parece ser inútil, bajo el frío panorama que el presente nos informa. Hubo una lluvia fértil, pero después un largo tiempo de sequía, que hizo de la tierra algo baldío.
El hombre se conforma -o lo finge- para no añadir más sufrimiento a la derrota, la juventud tiende, en los últimos años, como si hubieran heredado de los antecesores ese conformismo, a vivir su vida en contra de unos principios de justicia social que jóvenes de otras generaciones cultivaron por inercia o instinto. Ahora lo normal es bajar la cabeza o mirar hacia otro sitio. Pensar que esta batalla a mí no me incumbe o luchar solamente por uno mismo y sus propios intereses. Quizá ha de ser ese el curso natural de la historia y lo otro, el aire inconformista, sea la excepción. Me niego a creer esto último a pesar de las evidencias que avalan esta última tesis. Hubo una revolución en la que una de sus consignas fue la fraternidad. Como afirma Erich Fromm en su obra El arte de amar: «Amar a una persona implica amar al hombre como tal. El tipo de 'división del trabajo', como lo llamó Willian James, que consiste en amar a la familia pero ser indiferente al 'extraño', es un signo de una incapacidad básica de amar», e incluso hay, añado yo, quiénes son incapaces de amar a la propia familia.
El concepto de fraternidad universal o familia universal suena, en estos tiempos, a algo imposible, una utopía más condenada al fracaso. El capitalismo prefiere pensar que el hombre es un lobo para el hombre, pues pareció que las cosas iban mejor con esa premisa. La caridad o compasión cristiana nos recuerda el descalabro de Viridiana (Luis Buñuel, 1961) y tantos otros ejemplos de inviable hermandad. Pero, ¿acaso todo está perdido, o es posible que el hombre encauce su propio devenir histórico en busca de una fértil esperanza en la creación de valores sólidos y comprometidos para con sus semejantes? Creo que esa es la pregunta, pero acaso la respuesta sea individual, nacida de aquello que todos compartimos llamado 'conciencia', que no puede, a pesar de los intentos, resumirse en un lacónico manual de educación para la ciudadanía.
Publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 26 de abril de 2009

domingo, 12 de abril de 2009

Crisis de valores

La mente se afana en no concluir su arduo discurso de símbolos e interrogantes. Cualquier elemento nuevo se introduce en la constante lógica de un discurrir que todo lo iguala, normaliza y desubica de su abierta significación. El tiempo pasa así, en la penumbra de los días iguales, en la dejadez existencial de una hora tras otra empañada de hábitos aprendidos, de tareas programadas y palabras automáticas consecuentes con los efectos calculados.

La espontaneidad ha pasado a formar parte del desorden y la extravagancia. El hombre moderno ha marcado unos límites a su libertad, voluntariamente, para no perderla en su jungla de asfalto. Con ello, la creatividad resulta una extrañeza, una temerosa hazaña que muy pocos se atreven a llevar a cabo por miedo a ser reprendidos por el discurso socialmente correcto de los valores dominantes, que son aquellos en los que triunfa la mediocridad y está prohibido ser distinto, destacar o innovar formas de estar en el mundo. Albert Einstein nos dio este consejo: “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Él, sin duda, fue consecuente con su máxima. Sin embargo, la mayoría de nosotros buscamos -ciertamente- resultados distintos, pero hacemos siempre lo mismo. Estamos atrapados en la red del eterno retorno, en un divagar cíclico que, como el planeta en que vivimos, gira -constantemente- sobre sí mismo.

Durante un tiempo nos fue bien vivir con unos ánimos determinados, ayudó a fijar un entendimiento mutuo en pos de unos objetivos comunes. La libre competencia, la ley de la oferta y la demanda, la especulación económica, el capitalismo liberal y globalizado… Todo ello parecía marchar viento en popa, había dónde nutrirse y dónde aparcar el ánima para nuevas incursiones.

Ahora las cosas son bien distintas. Nuestro camino ha sido dilapidado, la marcha triunfal ha devenido en derrota y el mundo se nos echa encima como una máquina de mil toneladas incontrolable.

El lugar en el que estamos ahora me hace recordar una frase de Schopenhauer: “No hay ningún viento favorable para el que no sabe a qué puerto se dirige”. Y una sentencia del Tao Te King me sugiere la causa del error: “Lo que está bien plantado no puede desenraizarse”.

Posiblemente, hemos fallado en lo básico. Los cimientos del castillo duraron un tiempo y nos hicieron pensar que la grandeza de una construcción tan colosal iba a ser inquebrantable. Pero los ladrillos eran de poca calidad, y la consistencia de la construcción no podía tardar mucho en venirse abajo. Hubo arquitectos de las ideas que lo vinieron anunciando frecuentemente: Marcuse, Adorno, Habermas, Chomsky, entre otros muchos. ¿Pero, quién iba a escucharlos cuando el castillo crecía y crecía de una manera tan escandalosamente admirable?

Los valores no han sido consistentes, sobre todo, porque la sociedad no ha sembrado árboles con raíces genuinas y estables. No hemos marcado el compromiso de una ética como fundamento de nuestro discurrir por la vida. No hemos visto en la educación el pilar fundamental de nuestra existencia como animales íntegros e intelectuales.

Pero, ahora, la suerte está ya echada, sólo nos queda recoger las cenizas y esperar. Esperar sobre todo a que las aguas vuelvan a su cauce. El riesgo de ahogarse en la tempestad es muy alto. La posibilidad de salvarse depende de tener la calma suficiente para nivelar el barco de una forma equilibrada y decisiva. No conviene huir, pero tampoco seguir la misma ruta sabiendo que la tempestad no avisa una retirada a corto plazo. Muy a pesar nuestro: alea jacta est.

Publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 12 de abril de 2009

http://www.laverdad.es/albacete/prensa/20090412/opinion/crisis-valores-20090412.html

lunes, 6 de abril de 2009

La razón vencida

Como un huracán salvaje mi cerebro estrangula la calma,

revolotea indeciso el silencio, taladra el ahora

de picaduras nerviosas

y grita al viento la penumbra

de una especie de éxtasis psicótico

que va a dar al valium

del sueño nihilista

en un volcán de ideas masacradas.


Mi cerebro es más fuerte que yo, por eso golpea

y silencia mi esperanza.

Solamente quiero dormirme para ahuyentar a la muerte

de la razón homicida.

Y que el sueño conduzca mi cuerpo a lo sutil de la nada,

por sus adentros de aire vencido.


domingo, 29 de marzo de 2009

Los mitos modernos


La necesidad de comprender el mundo es inherente al ser humano, porque el ser habita ese espacio y no puede dejar de lado el vacío que provoca el desconocimiento de los fenómenos que le rodean.

Posiblemente la Ciencia se haya convertido en el cosmos de la mitología moderna, la única que nos capacita para conocer el origen y sentido de lo que somos. Con la irrupción del positivismo esta conciencia se afirma como dogma de fe, quedando lejos del entendimiento objetivo aquello que sobrepase las premisas lógicas de la razón.
Con la modernidad el mito de Dios ha muerto. Aunque posiblemente fue muriendo desde su mismo origen. La angustia heideggeriana nace cuando el hombre se pregunta por su ser, unido al tiempo, y reconoce que no le queda otro remedio que asumir la radical verdad de su existencia fenomenológica, la que se ve impresa por los únicos parámetros de la realidad cognoscible, la que determina al ser en tanto que está ahí, sin otra trascendencia más que su estar en el mundo.

Abocado el ser a su penumbra metafísica ha de plantearse nuevos mitos, con un solo fin posible: encontrar un sentido.

El hombre moderno, aún conociendo el papel fundamental de la Ciencia, se niega a creer que a través de ella pueda desvelarse todo el sentido. Esto es, en definitiva, el espíritu romántico: aquel que cree en las posibilidades del hombre como creador de mitos. Dostoievski, en sus Memorias del subsuelo, escribirá: «¿Queréis decirme, señores, qué voluntad será la mía cuando rija ya eso de la lista y la aritmética, cuando todo el mundo piense únicamente que dos y dos son cuatro? Dos y dos son cuatro aun sin mi voluntad. [...] Pero que dos y dos sean cuatro no es ya la vida, caballeros, sino el comienzo de la muerte». El verdadero espíritu romántico descreerá de la Ciencia como ética y sentido de vida.

Los mundos de ficción van unidos al hombre desde su origen. La imaginación es un hecho, una realidad que también está ahí, conformando otras realidades, otros sentidos paralelos. Sin embargo, los mitos modernos no se llegan a creer del todo, existe un consenso, un pacto que nos obliga a aceptar que esos mitos no son reales, haciéndonos partícipes de un juego: de una verdad figurada. Esto es la posmodernidad, la ironía, la paradoja o la simple parodia de lo que antes creíamos como verdad absoluta.

La historia de la imaginación moderna nos ha entregado, como siempre se ha hecho y siempre se hará, mundos nuevos tal que el de El señor de los anillos de Tolkien, por poner un ejemplo conocido por todos. El hombre no se resiste a dejar de creer, a dejar de imaginar. Fijémonos en la enorme atracción que causa en la juventud los juegos de roll o el célebre manga japonés. Todo lo creado más allá del sentido real de la lógica visible.

El cómic crea a los superhéroes, que no son otra cosa que nuevos héroes griegos con capacidades sobrehumanas (Superman, Batman, Spiderman, etc). Los mitos modernos están en el cine y se superponen unos a otros, llegando incluso a ser personas de carne y hueso las que adquieren la categoría de mito: Marilyn Monroe, John Lennon, Che Guevara, John Wayne, etc. La cultura de la imagen nos presenta a seres humanos que son vistos a través de una distancia con dimensiones espectaculares. Ya no importa que sea ficción o realidad, los mitos modernos se desencadenan como fenómenos de masas y son éstas las que entronizan al héroe humano a la categoría de mito. Los ídolos son mitos en el sentido en que se convierten, para el idólatra, en la explicación de su mundo, en el significado del mismo, en lo único que tiene la capacidad de explicar su realidad, en tanto que no existe nada por encima de ello.

Todo puede se un mito, como afirmó Roland Barthes, id est, «todo lo que justifique un discurso puede ser un mito». La forma del mito dependerá de los modelos tomados, de los receptores que lo acojan y de la irremplazable capacidad de verdad de que se le dota, transformándolo en sentido. El hombre moderno necesita creer en el mito, y para ello no le queda otro remedio que crearlo, incansablemente, agotando las posibilidades de su significación.

Publicado en el diario La Verdad de Albacete el 29 de marzo de 2009
http://www.laverdad.es/albacete/20090329/opinion/mitos-modernos-20090329.html

domingo, 22 de marzo de 2009

Tu nombre es eso

Creo que eso ha sido conocido.

Kena-Upanishad (II, 1)


NACÍ en el vientre de tus ojos angélicos,

muy cerca del mar de tu mirada.

 

Sonámbulo de deseo

te abracé hasta el fin

de los tiempos.

 

Y caí, como un niño,

en las redes de la ilusión.

 

No hubo fin, ni principio,

tan sólo olvido, un largo olvido

que fue nunca para siempre.

 

Conservo acaso el dolor de estar solo.

Tus ojos partieron con los ángeles

sobre el mar de lo perdido.

 

Una vez te dije:

“Tu luz me ata a la ceguera del deseo

y tu nombre resuena como losa

que golpea cráneos epilépticos”.

 

Hoy sólo el amor por la vida

me salva de la muerte.

 

Sólo Dios sabe cuánto te quise

y cuánto ayer recé para olvidar

tu nombre.

 

Sin embargo, hoy ya no vivo en la ilusión.

 

Por eso te quiero y no te quiero todavía,

y por eso nunca y siempre olvidaré

tu verdadero nombre.

domingo, 15 de marzo de 2009

Realidad interior y exterior

Podría decirse que hay dos realidades diferentes. La que ocurre dentro de nosotros y la que se nos presenta desde afuera. Sin embargo, esa dimensión exterior siempre es interiorizada. La percepción se encarga de transformar lo que es en algo casualmente distinto.

Cuando miramos el mundo, inconscientemente, interpretamos. Sentimos placer o displacer ante un estímulo visual, auditivo, táctil. Los sentidos implicados en la percepción interactúan de manera asombrosa. Una sinfonía de Beethovenn o un cuadro de Caravaggio nos pueden poner los pelos de punta, extendiendo la impresión primera por una red intrincada de impresiones dispares.

La emoción nos arrastra, fisiológicamente, hacia una diversidad de sensaciones; y todo nuestro ser presencia el suceso de lo real como una experiencia plena de percepciones.
La realidad interior siempre está ahí. La operación con el mundo exterior es un partir hacia-desde.

El tiempo se encarga de llenarnos de información. Los sucesos se encargan de que esa información no se disuelva y tenga una función de referencia con todo lo que nos ocurre. La información primera no será nunca igual que la información que la memoria nos ofrezca después. Y así vamos pasando la vida, recogiendo información y accediendo a copias de copias de la misma.
Una serie de impresiones visuales, acompañadas de sus referentes sensitivos durante el proceso perceptivo, no tienen un lenguaje o código concreto, como pueda ser una frase, compuesta de fonemas, significados léxicos y sintaxis. Una serie de impresiones, llamémoslas emocionales, guardan un referente estimativo. Y, de este modo, recobramos, elaboramos una nueva sintaxis (cognición), de lo que en un principio pudo suponer una cadena incoherente de realidades. Esa es la complejidad del sentir: hallar lo inesperado y hacerlo coherente para normalizar una experiencia poética, esto es, creativa.

Toda creación surge del caos.

Poesía, tomada del griego poiesis, significa creación. Estableciendo una comparación semántica-etimológica podemos observar que una poesía está compuesta por versos y que, en términos espirituales, la creación primordial es el universo. Una definición de verso poético es ésta: «combinación de palabras sujetas a ciertas reglas en su medida y cadencia». Quizá sea aventurado decir que el universo es una combinación de elementos sujetos a ciertas reglas, las reglas del cosmos (orden) y la energía (movimiento). Pero creo que vamos por buen camino en esta comparación. Verso hace referencia a un espacio, su sentido primero es hacia. La palabra, el significado, sigue una dirección creativa. «En el principio era el Verbo», se nos dice en la Biblia.

¿Y los multiversos? Literariamente podemos afirmar que un poema es un multiverso, es decir, muchos versos.

¿Y la Creación? Según esta deducción etimológica la Creación es el gran poema. Realidad exterior e interior se unen ante la perspectiva de un Todo.

En conclusión, todo es lo que somos y somos todo lo que es.

Publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 15 de marzo de 2009
http://www.laverdad.es/albacete/20090315/opinion/realidad-interior-exterior-20090315.html

domingo, 1 de marzo de 2009

Un mundo feliz (Utopía y distopía de la posmodernidad)


Las utopías son las parcelas creativas más extensas del pensamiento político. Platón, Moro o Huxley sembraron regiones ideales, o no tanto, del sueño social. La distopía traza una línea casi invisible entre lo ideal y lo inaceptable. El pensamiento filosófico en torno a la polis enmascara perversiones ideológicas basadas en el dominio del otro. Los griegos llamarían bárbaros a aquellos balbuceantes extraños ajenos a su cultura vital y las guerras por someter al que habita otras fronteras han marcado un ritmo histórico teñido de sangre e intolerancia.

El antropólogo Lévi-Strauss nos enseñó que un salvaje es quien llama a otro salvaje. Recordemos que el origen de la tragedia era, etimológicamente, «la canción del macho cabrío», donde en las fiestas en honor a Baco se entonaba un himno de sacrificio que culminaba con la muerte del animal. La tragedia se convertiría con el paso de los años -como sabemos- en símbolo de civilización occidental y de sensibilidad creativa. Un ritual propio de salvajes que se convertiría en la seña de identidad cultural y artística de los pueblos griego y latino. Al menos ese rito evolucionó hacia lo sublime, de Sófocles a Shakespeare la tragedia marca las pautas de la sensibilidad literaria europea. Sin embargo, no todo evoluciona tan favorablemente y en España todavía continúan las fiestas de sacrifico del macho cabrío. Las tragedias del torero José Tomás son aplaudidas como un monólogo shakesperiano de Julio César.

El tiempo casi nunca da la razón a la Historia y ésta se convierte en una sinrazón al ser analizada por los ojos del presente.

En las utopías el sueño antecede a la razón. La razón, dicho de otra manera, se forja de sueños y vislumbres de perfección social. Las comunas o los falansterios componen el hogar de los hombres hermanados por una causa justa y común. Pero el gobierno de los hombres buenos termina en masacres, persecuciones, campos de concentración, holocaustos de intolerancia y odio. Mao, Hitler, Stalin soñaron utopías y sembraron pesadillas.

Cabe preguntarse por nuestra condición humana. O mejor dicho, y como entendería Darwin, por nuestra condición animal. Cabe preguntarse si esta historia terrible terminará bien o si nosotros mismos estamos diseñados para hacer de la tierra de bonanza de hoy el infierno de mañana. Siempre ha sido así, las luces y sombras se convierten en claroscuros tenebrosos que Caravaggio atestigua con lágrimas en las manos.

La Historia del Arte llora por el individuo y éste subasta la tristeza en galerías de óleo y dinero. Vendemos el alma como unos zapatos de piel de cocodrilo, nos vestimos con el sufrimiento y traficamos con la muerte para llenar los bolsillos del ego. Y la tragedia canta silenciosa su himno al macho cabrío, mientras le asesta puñaladas en honor a un dios que bebe vino en la ebriedad voluptuosa del placer carnal y salvaje. Toda tragedia termina mal porque los artistas copian la Historia y cantan, inevitablemente, la alabanza fúnebre del tiempo perdido.

El mito trata de explicar lo inexplicable y resuelve así el argumento de lo grandioso, de aquello que no se puede tocar por temor al castigo prometéico de los dioses. Si según Protágoras el hombre es la medida de todas las cosas, también los dioses están hechos a nuestra imagen y semejanza; y así el castigo divino, el tánatos de Freud o el precipicio de Sartre son la misma cosa. Nietzsche se enfadó con el hombre porque éste tenía miedo, porque su debilidad le hacia esclavo de su razón histórica. Pero el superhombre no deja de ser otro reflejo de ese temor divino, otra necesidad de superar la debilidad marcando la distancia entre la fuerza y la servidumbre.

No hay discurso comprensible si está marcado por la dicotomía y no puede romperse la dicotomía si usamos el arma arrojadiza para defender cualquiera que sea la causa.

Publicado en el diario La Verdad de Albacete el domingo 1 de marzo de 2009
http://www.laverdad.es/albacete/prensa/20090301/opinion/mundo-feliz-20090301.html

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