
domingo, 25 de enero de 2009
Unidad en la diversidad (Obama, el cambio de la esperanza)

domingo, 11 de enero de 2009
Carpe diem

Esa cuarta dimensión que Einstein llamó ‘tiempo’ representa –sin remedio- el reloj de arena de nuestras vidas. Es una magnitud física que nos ubica en un determinado momento de la larga historia de la eternidad. Un fenómeno marcado por el cambio y la contingencia, tanto para nosotros como para todo lo que nos envuelve, esto es, el universo.
En esa contingencia –o incertidumbre- la física moderna nos propone una cuestión reveladora y digna de ineludible reflexión. Y es que, dicho llanamente, no sabemos nada, o expuesto de una forma menos contundente, que no podemos saber nada con absoluta exactitud. No sabemos nada del comienzo y tampoco nada del final.
Cada uno de nosotros está en un determinado punto espacio temporal, el todo está en él desde esa perspectiva, y al cambiar de posición, la perspectiva varía con él. El punto temporal objetivo siempre es el presente, el hombre no puede estar en otro lugar más que en su ahora, a pesar de la rememoración o la predicción, o los futuribles, o la nostalgia.
Como señaló Ortega: “El futuro es precisamente lo problemático, lo inseguro, lo que puede ser o no ser: no lo tenemos sino en la medida que lo pronosticamos. De ahí el ansia permanente, en el hombre, de adivinación, de profecía.” Quizá la ciencia incurra en el mismo error, con sus intentos de prever lo que pasará en el universo, sus ecuaciones del devenir y su ansia de convertirse en demiurgo del destino humano.
A nosotros nos queda el presente, no tenemos otra certidumbre, y en ese lugar se va desarrollando nuestra línea o círculo de la vida. Tenemos algunas cosas seguras, como que después del verano llega el otoño, después del día la noche, etc. La naturaleza es cíclica en su comportamiento físico y lo mismo podemos presuponer del cosmos, ese orden –en expansión- cuyo tiempo, como el nuestro, no es inmutable, sino víctima de su devenir natural. Otra cosa es segura –porque lo vemos a diario- que todas las cosas nacen, cambian y mueren. Nace la luz, sus tonos van cambiando –apagándose- hasta morir con la oscuridad de la noche. Y lo mismo ocurre en nuestros cuerpos.
He aquí la máxima que necesitamos para olvidar cualquier existencialismo sombrío, una sencilla expresión de nuestro pasado literario latino, el famoso tópico horaciano ‘carpe diem’. Nuestros clásicos, desde la India, pasando por China o Japón, hasta Grecia y Italia, ya lo sabían y nos lo dijeron de muchas maneras. No hizo falta un descubrimiento científico para llegar a esta conclusión, sino solamente la experiencia vital, la sabiduría que la vida impregna en nuestra manera de vivirla a base de errores y aciertos.
domingo, 28 de diciembre de 2008
Canción de Navidad

domingo, 14 de diciembre de 2008
Televisión y cultura de masas

domingo, 30 de noviembre de 2008
Entre Oriente y Occidente. (Sobre "La tentación de existir", de E.M. Cioran)

domingo, 23 de noviembre de 2008
El sueño de la razón occidental

sábado, 1 de noviembre de 2008
Del zen al mercado común
Presenciar el instante es una puerta abierta a lo eterno, un segundo consciente, un ‘satori’ para el que sobran las palabras. La relatividad del tiempo conquista nuestra atención exacta del ahora, liberándonos de lo que fue o de lo que será. Un momento de iluminación significa hacerse testigo de la vida y por ende, de la muerte. Testigo del proceso -de una forma distanciada, omnisciente- para que los sueños de la razón –o de la emoción- se despejen definitivamente, y con ello, todo el mundo ilusorio que entendíamos por real. Un momento de iluminación significa ver –sin cortinas de humo- la realidad, o quizás entender: que nada es real salvo el testigo objetivo que no se identifica con su sueño incompleto y fantasmagórico.
El tiempo físico en esta vida traza un mapa de incertidumbres y esperanzas, de sueños y de planes por realizar, de metas y de propósitos a llevar a cabo. En verdad, el tiempo biológico nos ordena, nos estructura de alguna manera para hacer lo que tenemos que hacer en cada momento. Nos acostumbramos a proyectar el tiempo para poder seguir viviendo. Vivir sin saber lo que uno hará en una hora o en un día es casi impensable en esta sociedad funcionalmente tramada. Nosotros somos los personajes y los autores del argumento de una obra que se desarrolla en una sociedad que –en primera instancia- pone las normas básicas de la acción. Todo eso está bien, pero no cabe duda de que nuestra capacidad creativa se limita considerablemente. Olvidar el tiempo supone olvidar nuestra función social, penetrar en otro tipo de acciones –quizá anárquicas- que la sociedad no admite y para la que no deja argumentación posible. Ciertas acciones han de ser sólo teóricas (meta-acciones) para no caer en el desorden social, que podría poner en peligro el engranaje, rompiendo un eslabón de la cadena, de la estructura básica y esencial del cosmos político.
Hubo un tiempo en que los músicos rock representaban a ese personaje antisocial, anárquico, que transita su camino individualista y puro, denunciando los abusos de la sociedad opresora y materialista que habita. Muchos los seguían y el materialismo vio en esta figura un esteriotipo merecedor de la mejor explotación comercial. Pronto la MTV, la Rolling Stone -y otros espejos comerciales de personalidades- adecuaron esas individualidades a modelos prototípicos para ser consumidos y facturados en las cuentas bancarias del mercado social. Tanto los iconos antisociales como los seguidores de los iconos antisociales se incorporaron rápidamente al mercado común del dinero y la sombra de Bob Dylan con sus Ray-Ban de pasta o la de Lennon en su Rolls psicodélico no se escapó de la mirada de aquellos emprendedores que vieron en el individualismo la mejor alianza con el capitalismo global.
Todo se ha socializado materialmente de tal manera que hasta la espiritualidad forma parte de ese nuevo mercado de mp3, webs, dvds, e-books, cds virtuales de transmisión de ondas alfa, etc.
¿A dónde ir para encontrar algo verdadero? Algo que pueda llamarse sinceramente libertad, individualidad, espiritualidad, verdad, conocimiento, realidad… ¿A dónde ir para encontrarse uno realmente a sí mismo sin que le atosigue el mercado, la acción social necesaria para la construcción individual del argumento de nuestra vida: el dinero?
Desgraciadamente el alma también es moneda de cambio como las botas del último futbolista o roquero de moda. Y, sobre todo, el alma, al ser algo que no se ve, puede ser representada por cualquier cosa que lleve el sello Zen, Yoga, Tai-chi, junto a una ® como signo de su autenticidad y originalidad.
Presenciar el instante es una puerta abierta a lo eterno, pero no nos queda ya nada original que presenciar; salvo a nosotros mismos, sin más.
lunes, 27 de octubre de 2008
Tiempos de crisis y de lecciones históricas

viernes, 17 de octubre de 2008
Poema de la noche oscura
Queda la noche solamente, la noche inmensa y abierta al infinito.
Queda el mundo apagándose, despertando su misterio parpadeante,
Quedan las luces de nadie, lejos, misteriosas, increíbles.
Y yo debajo del mundo, mirando el espacio sin fin que nos convoca
A preguntas eternas sin respuesta. A poesía, sólo poesía… ensoñaciones taciturnas
Del loco artesano de la materia caótica, del suceso sin lógica ni causa, cuyo efecto
Sobrecoge y dispara frío interior, dubitativa estancia en el hogar del sueño callado.
Me urge mirar adentro, tiemblo bajo las estrellas del vasto océano que me envuelve,
Y busco un aire de claridad, no certezas ni confusiones,
Sólo claridad, para reconocerme en la noche oscura del no-ser.
