domingo, 31 de julio de 2011

Cultura y naturaleza humana

Nada nos haría imaginar que en Noruega podría ocurrir una masacre en la que morirían varias decenas de personas a manos de un asesino demente. No es que la noticia sea extraña, solamente lo es la ubicación, ya que si cambiásemos Noruega por Estados Unidos, el hecho incluso tendría rasgos de cotidianidad. En verdad, la tragedia y el dolor son cotidianos desde el punto de vista de la información internacional, al resumir y sintetizar los hechos relevantes que acontecen en el mundo a través de un programa televisivo cualquiera de noticias. No hay día que pase sin asesinatos, violaciones, terribles injusticias e infamias, robos, etc. Es una obviedad que en un planeta con casi siete mil millones de personas, cada hora, incluso cada minuto, podría llenarse un noticiario a base de grandes historias turbulentas. La naturaleza humana tiene esa doble cara que la hace capaz de lo mejor y de lo peor, convirtiendo al hombre en un ser contradictorio, difuso e indefinible. Nunca podremos prever con certeza los actos que los hombres pueden llegar a cometer, no existe ciencia capaz de ver el futuro en este mundo azaroso que habitamos. Es a través de la cultura que hemos ido conociendo lo que somos, a través del rastro que hemos ido dejando en las cosas y de los actos que repetimos sin cesar forjando un símbolo de identidad. Es más, quizá la cultura sea, esa costumbre de guardar lo que amamos y de recordarnos una y otra vez, una necesidad para llegar en algún momento a tener una idea aproximada de quiénes somos, bien al contemplar las piezas de un museo, al representar las tradiciones de nuestros pueblos, las obras dramáticas que mimetizan dotando de estética nuestros comportamientos, al leer los libros que han ido llenando las estanterías de las bibliotecas… en fin, huellas y pistas que nos informen de cómo vemos el mundo y qué hacemos en él. Huellas y pistas que toquen nuestro pecho llegando al corazón haciéndonos sentir la comunión entre uno mismo y todo lo demás.

En el Museo del Prado tiene lugar una interesante exposición llamada “Roma. Naturaleza e Ideal (Paisajes 1600-1650)”. El título en sí, muy descriptivo de lo que podemos encontrar, incluye una palabra interesante que nos ubica en la clave y semilla de todo arte o cultura: ideal. Una imagen, un concepto, en definitiva, una idea, que nos lleva a plasmarla fuera y que –en efecto- hace referencia a lo que está fuera, pero pasando por un proceso interior –el del artista- que devuelve al mundo esa realidad “idealizada”. Incluso la belleza natural y majestuosidad de un paisaje puede ser agrandada o modificada, transformada a la medida del soñador artista, para dar a luz en el cuadro la imagen misma, en proporciones y belleza, que nació primero dentro: el ideal. Podemos pensar, como dijera Schopenhauer, que la vida en sí no es bella sino sus cuadros, pero no es verdad; sus cuadros también son bellos porque la vida lo es. La mayoría de las veces somos nosotros, los habitantes de la vida, los que nos esforzamos en quitarle la belleza a este mundo que de por sí tiene. Somos nosotros quienes inventamos la ciudad, los coches y las prisas, entre otras demencias, para vivir encerrados en nosotros mismos, ajenos a la naturaleza, como en una especie de prisión sin rejas que nos sujeta como un imán a una realidad paralela: la del ego y sus vanidades cotidianas.

Se ha idealizado tanto a la naturaleza porque el ser humano no ha cesado de alejarse de ella, de alienarse día tras día, no quedándole más remedio que recordar en ensoñaciones románticas aquello que tanto anhela: su identidad perdida, difuminada ya y acaso enterrada en un museo. La cultura nunca está viva, vive de su pasado, y los museos, teatros o bibliotecas, son sus cementerios. Cuando presenciamos la cultura –sin embargo- ocurre algo que la transmuta por completo y se vuelve eterna. Presenciar la cultura es presenciar la vida. La cultura no existe en el presente, es siempre el recuerdo de lo vivo a través del tiempo. Sin embargo, este recuerdo permanece porque tiene algo de eterno, de realidad que no muere y que forma el rasgo más íntimo de nosotros. Por esto, como dijimos al principio, el hombre es algo contradictorio, porque al final muere pero no muere, porque parece un hecho transitorio e insignificante, y es, al mismo tiempo, el reflejo más vivo y fiel de lo eterno y lo divino.

La Verdad, 31/07/2011

domingo, 17 de julio de 2011

Cruzando puentes

La actualidad siempre depara hechos y la historia acontecimientos, grandes sucesos que quedan para siempre encerrados en las páginas de un libro, en entradas de enciclopedias o en artículos académicos que analizan los motivos y las consecuencias de lo sucedido. Una guerra, un tratado entre países, una constitución, grandes atentados, el reparto del mundo entre los poderosos... Mientras tanto, ocurren cientos de cosas todos los días que los medios pasan por alto o apenas reflejan y aún más de cerca se halla el libro de historia de nuestras vidas, aquel que a través de la memoria o de las fotografías, ese espejo en píxeles del recuerdo, queda impreso como tatuaje en el alma. En la sección de necrológicas quedará grabado el lamentable suceso del asesinato del cantautor y escritor argentino Facundo Cabral, quien fue amigo de Borges y le cantaba en secreto, y que dijo: “Vive de instante en instante, porque eso es la vida”. Las necrológicas nos recuerdan que incluso los más grandes han de despedirse –a veces sin saber ellos que han de irse- dejando un mundo tal vez un poco mejor, pero muy maltrecho todavía. Cabral diría que, a pesar de todo, hay que continuar plantando semillas, con la esperanza de que las semillas serán un día bellas flores que justificarán el laborioso esfuerzo. Cantó Johnny Cash -en magistral versión (“Hurt”) y como testamento musical- las vanidades del mundo, el castillo que construimos con el ego para verlo al final desmoronarse y reconocer que no valió la pena, que siempre el arrepentimiento lleva un adagio de fondo: no haber amado más, no haber sido feliz, no haber disfrutado el momento. Lo demás poco vale. “¿En qué me he convertido, mi querido amigo? Todos los que he conocido se van lejos al final”, canta ese ídolo americano, con un gesto de dolor que no lo compensa el formar parte de los “salones de la fama”, es más, quizá sea eso lo que mueve su dolor, pues lo banal agita heridas con sórdidas punzadas.

Así va pasando la vida, bajo la apariencia de conquistas y ganancias, que como un traje nuevo, tampoco durarán mucho y –parafraseando a Machado- cuando la nave está a punto de partir siempre quedamos desnudos, cristalinos, siendo ahí cuando vemos realmente quiénes somos. Ni siquiera para un artista su obra le justifica, seguramente la cambiaría por unos instantes de prórroga para la dicha, por la posibilidad de un momento sublime y que guardar para toda la eternidad, como soñase Fausto. Cuando a Borges le pregunta Soler Serrano en una memorable entrevista por su pecado o remordimiento mayor, él dice con dulce sonrisa y gesto de humilde fatalidad, “no haber sido feliz”. Remordimiento que creció en él cuando murió su madre, pues hubiera querido –al menos- fingir ser feliz por la felicidad de ella. Para mí ha sido una de las cosas más bellas que ha dicho y que nos muestra al Borges más humano y sincero. Lo escribe también en su soneto “El remordimiento”: “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz”. En esta breve nota sobre Borges se refleja una de las cuestiones más espinosas para el ser humano, el no saber ser feliz. El gran remordimiento, quizá el único verdadero, que alguien pueda tener. Posiblemente la vida impulse a ello, esa barrera de apariencias que nos fuerza a atravesarla día a día, reconociendo que siempre vemos que no hay nada tras ella. Nuestra sociedad, en su conjunto, goza del mismo pecado, su infelicidad, pues muy a pesar de todos sus esfuerzos, de inventar objetos de consumo de todo tipo dirigidos a la consecución de múltiples placeres, nada material nunca puede satisfacer por completo al ser humano. Todo es caduco, sustituible, reciclable, insustancial, perecedero; y es precisamente aquello que posee alguna de esas cualidades lo que erróneamente juzgamos necesario, vital, trascendente. El oasis del desierto y su eterno espejismo. El paso del tiempo nos va dando esas claves para ver lo esencial allí donde los sentidos primarios no alcanzan a verlo. Esas claves son la puerta de entrada al misterio de la vida, a ver que la respuesta, como cantase Dylan, “está flotando en el viento”, y que hemos de pararnos un instante, sólo un instante, para verla. La vida se nos puede escapar de las manos, pero no la eternidad. Crucemos el puente -no nos empeñemos en construir castillos sobre él- y contemplemos el paisaje que a su alrededor se cierne. Probablemente hondear este misterio sea lo más parecido a la felicidad.

Diario La Verdad, 17/07/2011

sábado, 16 de julio de 2011

Subir a las montañas


Dedicado a Christopher McCandless


Quise subir a las montañas, perderme lejos de aquí, dejar esta otra selva de edificios y coches ansiosos. Quise viajar muy lejos, ir hacia rutas salvajes, allí donde las flores meditan a cualquier hora del día al compás del viento y de los rayos de sol, donde las rocas van lentamente eternizando su quietud, donde los ríos fluyen y rugen y refrescan el paso de caminantes exhaustos y solitarios buscando un lugar en el mundo que los cobije sin pedirles nada a cambio. En la naturaleza todo es recibir: olores, imágenes, cuadros de vida y de verdor que nos concilian acaso con la infancia, con lo más inocente que fuimos y que la ciudad violó, día tras día. El mundo está lleno de silencios sin explorar; la mayoría perecemos en unos pocos metros cuadrados contaminados de polvo, envidias, dinero y alquitrán. Pero hoy no quiero pensar en ello, solamente deseo imaginar las montañas que sé visitaré pronto y serán mi nuevo y tranquilo hogar.
Tengo espacio en mi mochila para unas pocas cosas, unos pantalones viejos y algunas camisetas, una libreta moleskine y un par de bolígrafos, poco más. Mi viaje será largo, pero mi equipaje muy breve, cuanto menos lleve más ligero viajaré y más pronto me olvidaré del peso que siempre trasladé a cuestas. No hay razón para seguir portando un peso así, para cargar con más culpas, responsabilidades, deseos que nunca fueron míos (que me enseñaron a querer, he incluso me engañaron, pues llegué a sentir que los deseaba de veras). El viaje será largo, lo suficiente como para olvidarme de quién fui, de ese extraño que llevé conmigo tantos años y que también pesaba demasiado.
Dicen que no hay meta en el camino, que el camino es la meta, y eso es lo que pienso aprender de este viaje. No me marcaré ningún objetivo. Tan sólo quiero subir a las montañas y respirar un poco de aire puro. Nada más.

Dentro del mar

Yo te miré despacio y con dulzura, tú me devolviste la mirada y con ella la vida. Mi corazón parecía querer salir de mi pecho para unirse con el tuyo entre el calor de los silencios. Imaginé tomar tu mano suavemente. Entretanto las olas de la playa marcaban el ritmo de nuestra interminable canción de enamorados. Entramos juntos en el mar, de nuevo a la vida, al movimiento de las almas, al fluir de las aguas sobre los cuerpos inundados. Yo buscaba tu mirada de nuevo, ese gesto tuyo que -como estrella fugaz- hacía detenerse infinito el instante. Y llegó, aconteció el soplo de encuentro iluminado. Por unos segundos nos quedamos así para siempre, en medio de la más completa eternidad.

lunes, 4 de julio de 2011

Un Dios tecnológico

Vivimos en un planeta exhausto, al que apenas dejamos que respire, que se reequilibre y trabaje a su ritmo. Estamos en el tiempo de la manipulación masiva de los medios naturales y parece que desestimamos el coste desastroso que todo ello provoca. Un ejemplo de ello es el artificio chino de provocar la lluvia lanzando contra las nubes cartuchos con yoduro de plata para acelerar su condensación. Un ejemplo de muchos que podríamos citar. En las antiguas culturas primitivas se oraba al sol para pedir la lluvia o se realizaban respetuosos rituales para que la madre tierra, protectora de sus hijos, escuchase el llamamiento temeroso y también amoroso que le hacía su pueblo. A esos pueblos, que todavía quedan hoy día, aunque desde Occidente queramos convertirlos en actividad turística, les sonaría descabellado aquello que ocurre en China, esa declaración de guerra al cielo y a las nubes, esa agresiva súplica, propia de la enajenación, que consiste en cargar contra el éter para conseguir humanos propósitos. Muy pronto el hombre jugó a suplantar a Dios, a pensar que con su tecnología usurparía su papel e incluso, que lo perfeccionaría.

Hemos inventado a un Dios tecnológico, creemos que su poder reside en su capacidad de multiplicar el pan y los peces, pero seguramente no era eso lo que los evangelios nos quisieron decir. El hombre ha soñado con suplantar la identidad de un Dios que realmente él ha inventado, ha matado cuando le convenía y ha revivido cuando era necesario. Sin embargo, el poder tecnológico, a pesar de que en sólo setenta años apareció el primer avión (de los hermanos Wright) y el primer vuelo espacial a la Luna, no puede más que cruzarse de brazos o bajar la cabeza ante un fenómeno que sigue teniendo lugar todos los días y que nos iguala a todos los habitantes de este planeta: la muerte. Los sabios griegos nos recomendaban no olvidar nunca la muerte, esa condición carnal que aquí nos ubica, pues no olvidar eso nos hará ser más humanos, humildes, compasivos. El poder tecnológico, efecto de una causa positiva: la inteligencia humana, constituye un reto fundamental relacionado con la canalización de nuestras posibilidades, es decir, en la forma en que desarrollamos esa inmensa capacidad, bien a modo destructivo o constructivo. Hay una frase, dicha por un gran científico, que señala con exactitud esa tendencia tan humana que va contra sí misma, en la manera en que las paradojas siembran el abismo de lo que podría ser más allá de sus límites, me refiero a Newton cuando afirmó que: “Los hombres construimos demasiados muros y no suficientes puentes”. Aquí la paradoja reside en la libre elección que hace el hombre de sus capacidades y en que, aún siendo capaz de saber lo que es bueno para él, hace aquello que le perjudica.

Nunca ese Prometeo, que Shelley reinventó en una apuesta campestre, ha tenido más actualidad que ahora, pues robar el fuego a los dioses viene a ser lo mismo que pegar tiros a las nubes para que llueva. El ritmo de la vida corre más a prisa que la vida misma y hemos dado a la mente el bastón de mando de un mundo que desde el primero de los días apareció ante nuestros ojos para que lo viéramos y sintiéramos en la intimidad de la conciencia, esa que nos hace darnos cuenta de nuestro simple e inocente estar en el mundo. Con eso sólo bastaría, pero no nos conformamos con ello y modificamos cada día la naturaleza con una fuerza inconsciente y autodestructiva incapaz de pararse a pensar las consecuencias de sus actos, o aún conociéndolas, prefiriendo adoptar la hipocresía de mirar para otro lado. Hemos sido espectadores, frente a la pantalla de nuestros televisores, de las consecuencias devastadoras de la energía atómica, de epidemias bacteriológicas que surgen como consecuencia de la manipulación genética de los alimentos, de los fuertes tsunamis y terremotos a su vez –probablemente- efecto de un cambio climático progresivo y considerable… Posiblemente ya queda poco de esa naturaleza virgen que soñaran Kliping o Rousseau, ahora que cualquier alimento que tomamos puede ser una amenaza de cáncer e incluso el aire que respiramos. En el cielo ya no sólo hay nubes sino incontables ondas electromagnéticas irradiando no se sabe qué sobre nuestros cuerpos y mientras tanto la industria de la ‘salud’ especula en los laboratorios sospechosos medicamentos que son bombas contra el cuerpo y que, como en todas las guerras, los daños colaterales no pueden justificar el fin que las promovió.

La era tecnológica no toma pausa ni siquiera para coger impulso y cada día nos despertamos con un hallazgo nuevo, con una fórmula especial que nos hace –dicen- la vida más fácil siempre con la premisa de invitarnos a su consumo voraz. Este Dios que inventamos o que actualizamos para el siglo XXI tiene poco de simpático y se parece más a ese lobo feroz que muestra su sonrisa y que tras ella se esconden sus afilados colmillos amenazantes. No obstante, sabemos que podemos elegir, acaso en la medida que nos toca, dejar de creer en ese Dios tecnológico y mirar de frente a ese otro más humano, a la vez que sagrado y verdadero, que no nos exige el estéril sacrificio de inmolarnos para alcanzarlo.

Diario La Verdad, 3/7/2011

viernes, 1 de julio de 2011

El río bajo la luna

El azul de ese río es el más bello jamás contemplado. No puede haber un río igual. El agua suena a silencio paseante, a brisa sonámbula que trepa incesante el sendero mágico por el que ocurre su lejanía. El agua parece irse a alguna parte cuando la sigo con mi vista, hasta que ya no alcanzo a advertir su curso, pero entonces me sorprendo revivido al verla de nuevo aquí, pasando, siempre la misma agua, bajo los mismos pies que la rozan suavemente. Es el agua que pasa y se queda conmigo sin embargo, el agua que me acaricia, que resopla mi tacto y mi olfato y todo mi sentir. Está conmigo, bajo mis pies, me habla a la luz de la noche, me dice que se va pero se queda, juega conmigo y yo sonrío de alegría por ello, y la tomo en una mano y me la llevo a la nuca y cae sobre mi espalda, imprimiendo un lúcido frescor que hace estremecer mis huesos y mis músculos. Me la llevo a mi rostro, a mi nuevo rostro ahora, un rostro húmedo e inocente, limpio y claro, un rostro renacido para siempre. Bebo de ella, la bebo a ella o ella me bebe, nos bebemos mutuamente, somos el mismo espacio y mi sed se reconforta al penetrar el cristalino líquido entre mis labios. Empiezo a balancear mis piernas porque las he recordado, el tacto del agua ha llamado a mis piernas a balancearse, a buscar el movimiento imitando acaso el fluir del río, imitando acaso al agua, al agua clara, cristalina, en que me adentro.

Todo mi cuerpo se balancea con el agua, giro mis brazos y me dejo llevar por la corriente que corre, por el soplar líquido en que bailo, por el azul profundo que cálidamente me empuja para que sigamos jugando a encontrarnos. Sólo soy este río que está conmigo, no hay otra cosa en el mundo, incluso la luna parece un poco extraña, tan lejana y elegante, tan suya y de nadie. Pero hasta ella parece sonreír al vernos, al agua y a mí, en comunión sagrada. La luna también juega con las nubes, blancas pasan sobre lo blanco redondo, contornos blancos de rocas de espuma parecen esas nubes que ahora se marchan, dejando inmenso el círculo de la lunar blancura, religiosa y excelsa, para hacer más azul el agua y más luminosa la noche. Una estrella también parece vernos, pero es fugaz; y pronto se despide de nosotros.

domingo, 19 de junio de 2011

Posibilidades humanas

Un debate apropiado para nuestro tiempo es de las posibilidades de futuro que posee una sociedad agotada como la nuestra, y si tiene sentido seguir con el sistema actual en que vivimos o necesita urgente una transformación radical. Los cambios suelen ser lentos, se van digiriendo poco a poco y cuando ello no es así se habla de revolución. La historia nos ha mostrado que las revoluciones violentas –la mayoría, por no decir todas- han sido traumáticas en alto grado. Una revolución pacífica es el gran reto que una sociedad como la nuestra tiene ante sus manos, un cambio más interior que exterior, que ha de germinar por igual en la inteligencia y en el corazón de los hombres. Entender que el radicalismo no lleva a ninguna parte ha llevado siglos de dolor y masacre. Hoy día el radicalismo sigue siendo común como medio de planteamiento de las ideas. La propensión humana a la dualidad, que biológicamente viene inserta en el organismo (hemisferios cerebrales…) resulta un estigma acaso natural de ardua superación. Si estamos hechos de conceptos polares, si la razón piensa e imagina de este modo, (bien y mal, sombra y luz, blanco y negro) la oposición se presentará a cada paso que demos. Por ello, se ha de empezar por el principio, por poner en tela de juicio los viejos valores (algo que Nietzsche ya hizo en “Genealogía de la moral”) y dejar a la mente que investigue sus ilimitadas posibilidades, más que desconocidas por el momento.

El artista crea en lo ilimitado y nos muestra lo eterno. Para ello ha tenido que superar el terreno cercado que oprime su genio. Pero hemos de ser optimistas al darnos cuenta de las carencias actuales de la mente, pues como dice el filósofo francés Régis Debray, “toda delimitación exige una apertura a algo más global”. Lo limitado no es más que el punto de partida, nunca el destino. Del mismo modo el concepto de libertad (volvemos a la dualidad) no podría pensarse sin el de esclavitud u opresión. Darnos cuenta, por tanto, del sistema limitado en que vivimos es el primer paso para poder vislumbrar y conquistar territorios más amplios. Hemos de ver qué es aquello que cerca nuestras fronteras de futuro y trabajar en la posibilidad real de construir un mundo mejor. Como escribiera Baudelaire: “La Creación es un templo de pilares vivientes” y no hemos de aceptar en ningún modo la muerte de lo vivo, suprema paradoja del conformismo.

¿Cuál será el legado de nuestra civilización? Vivimos ordenados bajo el sistema de otra, la griega, que -en su esplendor- pensó la democracia. Bajo este sistema, llamado el menos malo entre los conocidos, se constituye una sociedad que en realidad vive bajo etiquetas y conceptos, figuras jurídicas y tratados, que poco tienen que ver con lo que en verdad se materializa y experimenta. El estado de derecho solamente garantiza la momificación de las libertades, pero los derechos se conquistan cada día y se ponen a prueba más allá de una constitución modélica con décadas de existencia y que sólo es un escaparate de buenas intenciones. Aquel que aún vive explotado, extorsionado por su banco, estrangulado por los créditos o por un trabajo que apenas le deja tiempo para vivir, leerá la constitución de su país como el mayor desprecio y broma de mal gusto que un Estado, su Estado, le puede hacer. Mientras tanto los políticos se reparten sus feudos, olfatean el poder -que los ciudadanos resignados le otorgan- como un león olfatea a su presa rendida ante el temor que produce el complejo de inferioridad.

Las posibilidades de futuro han de revertir a quienes son realmente el futuro –la sociedad- y no a quienes gestionan su miseria y congelación, el poder financiero y político. Puede que desde abajo, sin necesidad de quemar templos o palacios, la voz de los indignados sea como esa voz de la conciencia, a veces persistente e incómoda, pero necesaria, para hacer despertar de su sueño de vanidades a aquellos que han de descubrir verdaderamente que todos somos iguales. El valor del dinero es irrisorio frente a los verdaderos valores humanos, enterrados hoy día, pero vivos en la simiente auténtica de los hombres. Sólo hace falta creer de verdad en nuestra posibilidades y ver, retirando máscaras y espejos deformes, que todos viajamos en el mismo barco. El cambio es inevitable, llega sin demora cuando se le necesita, renovando el color del paisaje de nuestros sueños. El futuro nos habla en primera persona y nos anuncia algo que hemos de tener presente al embarcar nuevamente. El futuro no se ve nunca pero su venida anunciada nos mueve siempre, impulsando lo que somos y conteniendo lo nuevo que seremos. El futuro, sutil espíritu como el silfo, que sin llegar está siempre aquí cantando, nos dice, en palabras de Paul Valéry: “Ni visto ni oído. / Yo soy el aroma / vivo y fallecido / que en el viento asoma.”

Diario La Verdad, 19/06/2011

sábado, 11 de junio de 2011

Horizonte

Que mi noche sea la noche de tus días,
el clamor despierto de la mañana,
la fuente que mana bajo la espuma.
Como la marea que susurra
y en el cenit de cada instante
se espera y vuelve a partir silenciosa,
mi noche ha sido sosiego e impulso,
clima y vacío al tocar tus días
de sol y futuro, de partidas sin rumbo.
Ya es hora de dormir lentamente,
de escuchar lo que yace en lo más hondo:
fuego, aire, voz de pálpito y océano
nombrando la noche sin nombre.
Nada tiene infinito, salvo tus ojos
cuando miran un horizonte a lo lejos,
buscando conquistar la distancia
con un abrazo de lágrimas y esperanzas.

Ya me voy, ya me fui. Acaso esperando llevarte.

lunes, 6 de junio de 2011

Ser despierto

Silencio de espejos,
reflejos que pasan como sueños
de lo que creímos ser.

Y yo aquí. Sin saber nada. Pero aquí.
En medio de estos reflejos que se pierden.
No sabiendo. No esperando un regreso.

Te levantas y partes en tu viaje último
hacia un lugar que no existe. Solo tú existes.

Existes y eres la sombra que se esconde,
la sombra que aparece sin dueño,
la sombra que se mece en el sueño
de los que nunca durmieron
y siempre fueron
algo más que un sueño.

domingo, 5 de junio de 2011

Sociedad e indignación

Había motivos, sólo era cuestión de que llegase el momento, de que saltase la chispa que encendiera la llama, la llama de indignación que venía abrasando la paciencia de todos aquellos que viven esperando mucho más que continuadas vanidades, descuido y egoísmo a raudales por parte de esos que ostentan el poder, esa minoría de la sociedad –políticos, banqueros, empresarios- que controla el mundo casi de forma virtual, pero rabiosamente real. El movimiento ciudadano del 15-M ha supuesto un impulso para el despertar de la conciencia y –sobre todo- ha significado el paso necesario a la acción, la certeza de que la voz de un pueblo no se puede amordazar indefiniblemente cuando pervive en él la unión y fuerza capaz de llevarlo a reivindicar la libertad e igualdad que en todos los planos nos constituye y merecemos como sociedad. El escritor José Luis Sampredro, pieza ideológica clave en este movimiento, señaló en una entrevista que “lo que es seguro es el cambio” y que la cuestión es a dónde nos lleve ese cambio, algo que depende exclusivamente de lo que hagamos.

Uno de los elementos dignos de encomio de este movimiento de protesta social ha sido, sin duda lo más importante, su carácter no violento, su actitud pacífica y responsable, algo que ha supuesto que creciera más y más durante esas semanas de mayo tan cruciales en nuestro panorama político. Quizá no han ocurrido grandes cambios y haga falta tiempo para que empiece a materializarse este espíritu de resistencia a un ‘antiguo régimen’ viciado y todavía presente, pero la alarma ya ha sonado, los gigantes del sistema se han preocupado bastante y es posible que sea la primera piedra de otras muchas capaces de levantar una conciencia social responsable, participativa y atenta a los desmanes de los señores del dinero y de las urnas, dispuesta a denunciar y resistir a la injusticia sin descanso, ayudando a orientar correctamente ese cambio inevitable, que a un sistema caduco, inmoral y despótico con la tierra y con los hombres, le está llegando. Si bien es cierto que se ha dicho y afirmamos que la democracia es el mejor sistema de los sistemas posibles; es hora, sin embargo, de exigir de una vez por todas una “democracia real, ya”. Y para ello el individuo debe hacerse cargo de su destino como miembro de la sociedad en que vive y participar en todos sus niveles, no sólo como simple productor y consumidor de un sistema en que sólo impera eso: producir para consumir y consumir para producir más, yendo por una espiral destructiva y lejos de las buenas intenciones con que se tomó por parte de las grandes potencias aquello que el Informe Brundtland elaborado para la ONU definió como “desarrollo sostenible”.

Se llamaron ‘indignados’ porque les habían querido desposeer de la dignidad, aunque no lo consiguieron, y esa salida a la calle, esa resistencia, fue la prueba irrefutable de ello. Sólo cabe esperar que este grito no enmudezca del todo y vuelva a oírse más pronto que tarde con igual o más fuerza, pues, tal como rezaba una pancarta en la Puerta del Sol de Madrid: “Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir”, o aquella otra llena de lirismo que decía: “Nuestros sueños no caben en vuestras urnas”. Sueños de una juventud que se ve sin trabajo, desengañada, con los bolsillos vacíos y la cabeza llena de sueños, de posibilidades y capacidades, sueños de una ciudadanía en su mayoría que ha tenido que aprender a vivir la vida de la decepción y el conformismo, pero sabiendo siempre que ellos no eran en aquello en que los querían transformar: mera masa consumista y producto de consumo para ellos, los poderosos devoradores de masas.

El peor mal es la indiferencia, el dejar hacer por nosotros lo que sólo nosotros podemos hacer: construir el mundo en que vivimos de forma justa y equilibrada, sin dejar al margen a nadie, pues nadie es mano de obra ni mero instrumento de un proyecto del capital gestionado en las grandes esferas. Aquí se ha demostrado que las grandes esferas pueden moverse y crecer juntas en las plazas públicas, por lo menos hasta que las asambleas y parlamentos ‘oficiales’ dejen de ser una pantomima de intereses y favores privados. Un pequeño libro, “¡Indignaos!”, de un veterano de La Resistencia francesa, ha conectado de nuevo con una juventud que sigue posicionándose contra el poder y a favor de los dominados. Stéphane Hessel escribió este alegato testamentario como quien deja una herencia a sus hijos y nietos, con la esperanza de que recojan lo que él trató de sembrar durante toda su vida. Ahora nos pasa el testigo y nos dice familiarmente: “Chicos, cuidado, hemos luchado por conseguir lo que tenéis, ahora os toca a vosotros defenderlo, mantenerlo y mejorarlo; no permitáis que os lo arrebaten”. Como dice Hessel, “resistir es crear”, sobre todo en estos tiempos en que nos quieren pasar una apisonadora por el intelecto y el cuerpo entero. Nuestro es el reto de ir hacia delante lo mejor que sepamos, haciendo del pensamiento creativo, de la idea constructiva, un arma cargada de futuro, como lo fuera en otros tiempos, como ha de serlo siempre.

Diario La Verdad, 5/6/2011

domingo, 22 de mayo de 2011

En busca de la felicidad

A pesar de toda la complejidad que nuestro mundo moderno y mediático comprende, más caracterizado por la confusión que por la claridad de ideas y perspectivas, nunca está de más abordar la cuestión de la felicidad, continuamente pensada y repensada a lo largo de los siglos. Y es que el pensamiento no se queda mudo cuando encuentra la voz que le refiere ese concepto acaso ilusorio, que es la felicidad. Ya dijo Aristóteles que sólo puede aspirar a ser feliz el filósofo, o lo que es lo mismo, aquel que se preocupa por las cuestiones de la vida, que no mira con indiferencia las preguntas y misterios con que este vivir nos deleita día a día. No son pocas las preguntas que el pensamiento se hace en busca de tal enigma primigenio que consiste en la posibilidad de ser feliz y a menudo vamos errando en la búsqueda yendo de un sitio tras otro sospechando rincones de felicidad que no son más que otro insulso objeto de consumo que como la manzana del Edén, sólo es capaz de condenarnos mediante su atractiva tentación a un fugaz entusiasmo y desaliento postrero.

Si pensamos que la felicidad es la consecución del mero placer, de un hedonismo hueco que devora lo inmediato, posiblemente la apatía -de la que los estoicos nos hablaron- llegue de repente mostrándonos que aquel acto de voluntad acometido se ha tropezado bruscamente frente al fraude latente de la modernidad: gozar de la nada como si fuera todo. Pero el desengaño no tarda en aparecer, pues aquello que no alimenta el alma, engorda el fracaso. El apetito, el deseo, es el motor sin freno que mueve un mundo altamente indigesto en su superficie. Hay un tipo de apetito, natural, que va hacia la consecución de un bien que perfecciona lo que uno es, esto es, un motivo para la acción que encamina al espíritu hacia la escucha de sí mismo, hacia su enriquecimiento y equilibrio interior. Si bien todo deseo nace de una carencia, de un desequilibrio interior (‘neurosis’, dirá Freud), acaso el movimiento del deseo se bifurca en dos vertientes bien distintas respecto del deseante: volver a su equilibrio, o bien, su polo opuesto, sembrar más desequilibrio, alejarlo de su naturalidad.

Ese es, en mi opinión, el paso culminante que siembra, dirían los existencialistas, nuestro destino: las consecuencias del acto que elegimos llevar a cabo como resultado de la inclinación de nuestro deseo. En este terreno, la moral o la ética juegan un papel determinante, lo que uno entiende que está bien o mal o lo que nuestra cultura, religión o sistema socio-político nos ha inculcado e insertado en la memoria colectiva como bueno o malo (y no hay nada más relativo y borroso que la moral, pensó Nietzsche). Para los budistas la cuestión no plantea más problemas de los que queremos plantear, pues siempre el término medio, el no ir hacia un extremo u otro e incluso el no sentir el deseo como nuestro sino como algo insustancial propio del ego pero con lo que no hemos de identificarnos, rápidamente nos libera del problema, al menos en la teoría, ya que en la práctica la cuestión es bien distinta. Si uno desea la felicidad, diría un maestro budista, está condenado a no encontrarla nunca, pues no es el problema germinal el objeto de deseo sino el desear mismo. Por eso dijimos al principio que el filósofo es el más indicado para alcanzar esa noble disposición del ánimo, pues ha indagado, a través de su experiencia y meditaciones, una cuestión que de tanto darle vueltas, se ha inmunizado de ella, de su hechizo hipnótico, logrando verla con la distancia necesaria para no ser engullido por las aguas revueltas del placer transitorio disfrazado de un eterno esplendor cuya luz es tan artificial como las que iluminan de verde las fachadas a última hora de El Corte Inglés, quedando apagadas a altas horas de la madrugada, cuando ya nadie pasa por allí y la felicidad queda evaporada hasta el día siguiente.

Exista o no la felicidad, hay abstracciones que conviene llenar de contenido mirando hacia dentro y no hacia fuera, empezando a comprender eso mismo, que no es la palabra la que ha de movernos sino lo que ella contenga, que nadie puede darnos aquello que vinimos a construir y a descubrir nosotros y que sólo nosotros tenemos la llave que nos muestra lo que tras la puerta se esconde. La felicidad es un secreto que sólo en el silencio se nos revela, en el silencio que -tras el tumulto- hace resonar la voz de la verdad: esa que siempre conocimos porque era con nosotros. A pesar de todo, no hay nadie que no busque, errada o acertadamente, esa felicidad que brilla en el horizonte de toda esperanza humana. Y, sin duda, los pasos que en la vida demos hacia ella, serán los que nos muestren si verdaderamente existía o no esa palabra: ‘felicidad’.

Diario La Verdad, 22/05/2010

domingo, 8 de mayo de 2011

Valores humanos

En mayo de 2011 asistimos al impacto de una noticia mundial: la muerte de Bin Laden, el rostro por antonomasia del terrorismo, la personificación misma del mal, compartiendo la misma nefasta categoría que otros personajes como Hitler, Stalin o Nerón. Muchos han afirmado que el mundo se queda mucho más tranquilo al ser disuelta la sombra de un enemigo de Occidente que rondaba en los malos sueños de gobernantes y ciudadanos pero que, como bien sabemos, no supone el suspiro final y que incluso el temor ha podido verse acrecentado temiendo las posibles represalias de seguidores e integrantes de Al Qaeda. El terror global ha sido desde el 11-S, y sigue siéndolo, uno de los principales problemas de nuestra civilización, una guerra casi invisible que se libra en los departamentos de la CIA y otros servicios de inteligencia y cuyo fin parece alargase hasta el fin de los tiempos.

Hay quienes se preguntan qué ha hecho Occidente para merecer tanto odio, siendo, por un lado, el esquema a seguir en torno a sistema democrático y economía liberal, y, por otro, el esquema inevitable, que como una gran marea, arrastra a los demás sistemas a incorporarse en él, antes o después. Países rezagados como China han transformado rápidamente su economía hacia el liberalismo aunque en lo democrático adolezcan de tanta premura, pues sin duda los intereses económicos motivan más al poder que los derechos humanos. Quizá sea este el gran bache de Occidente, no haber sabido vender su desarrollo moral y político, su tradición filosófica y humanista, a Cicerón, Séneca o Kant, y haber enseñado el único rostro de Adam Smith, John Stuart Mill y el Burger King. Haber aceptado ‘evolución’ en el sentido darwiniano más radical, afirmando la supervivencia del ‘más capaz para hacerse apto’, pero forzando a la propia naturaleza, creando un sistema competitivo feroz donde la obtención de poder (status, capital) justifica y garantiza la pervivencia. Competencia entre naciones, entre personas, entre empresas, entre religiones; la competencia se ha convertido en el valor universal y oculto que marca las reglas del juego cívico.

El escritor libanés Amin Maalouf ha señalado que “la civilización occidental creó más valores universales que cualquier otra; pero demostró que era incapaz de transmitirlos adecuadamente. Un fallo cuyo precio está pagando ahora toda la humanidad”. Errores visualizados en una grave crisis económica, en un odio radical hacia nuestros ‘mal entendidos’ valores por parte de los islamistas, etc., que ha hecho que nos alejemos todavía más si cabe de la comprensión de lo que somos, instalados en un temor que apremia a dar pasos adelante con rapidez para que nos sea quitado lo que es nuestro. Este temor infantil supone un retroceso en la capacidad de Occidente para crecer de verdad, instalada en un pragmatismo, en un utilitarismo vacuo, que convierte en caricatura cualquier seña propia de identidad y cultura. El abandono progresivo de las humanidades en la educación es buena prueba ello, haciéndonos ver que el desarrollo intelectual no forma parte del proyecto cívico, convirtiendo las aulas en un banquete de conocimientos que son arrojados nada más obtener la graduación y salir a la calle, al mundo real, pues la sociedad misma te dice que de nada sirve saber si no ganas nada (material) con ello. Este es el drama del materialismo: que convierte en mercancía también a los propios productores de la mercancía y que uno sólo vale lo que tiene y no lo que es.

Resumidos, por tanto, sintetizados, todos los valores en uno solo: el materialismo competitivo, nos encontramos con que todos –instigados, obligados, empujados- buscamos la misma quimera del oro y que éste ya estaba vendido. El gran Ernesto Sabato, recientemente fallecido, nos dice en sus memorias “Antes del fin”: “Cada mañana, miles de personas reanudan la búsqueda inútil y desesperada de un trabajo. Son los excluidos, una categoría nueva que nos habla tanto de la explosión demográfica como de la incapacidad de esta economía para la que lo único que no cuenta es lo humano”. Bien nos vienen estas palabras para la reflexión ahora que los datos del paro en nuestro país nos muestran que en torno a cinco millones de personas carecen de él y que las expectativas de que esto mejore decrecen a medida que pasan los días. Lo humano, sin duda, es lo que verdaderamente está en crisis, el valor que está a la baja, a diferencia del oro. La economía ha de estar al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la economía; esta costumbre de invertir los valores es lo que pone en jaque nuestra capacidad de supervivencia, pues una sociedad perdida en el sinsentido de lo estéril la conduce al abismo inexorablemente. Lo humano es el valor irrenunciable, y cuanto más renunciemos a él, como es natural, más renunciaremos a nosotros mismos y a la sostenibilidad de nuestra especie.

Diario La Verdad, 8 de mayo de 2011

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