sábado, 30 de octubre de 2010

Playa del ocaso

He dormido en tu mirada una vez más,
hacía frío y todo era ausencia
menos tus ojos despertando
que a veces confundo con el mar.
En tu silencio hay un camino
que me lleva a la calma,
a un sosiego de nadie
que se funde con el todo.
Soy habitante fiel de tu llegada,
amante profundo buscador de las huellas
que puedan descubrirte, acaso un poco,
como estela que avanza
hacia tu plenitud.
Me acaricia el viento
que pasa al mirarte
como soplo de eternidad en los párpados
de mi solitaria devoción por ti:
ojos de amor
y de arena desprendida.

domingo, 24 de octubre de 2010

Educar y aprender

Hoy más que nunca educar es un reto. Ello incluye el ser capaces de guiar en el aprendizaje de la vida, el valor de conducir a alguien hacia sí mismo. Educar a otros conlleva también educarse uno, tener muy en cuenta lo que sabemos, los valores que nos han acompañado y que se han conciliado con el vivir. En ningún modo puede darse luz a este camino basándose en la estricta sujeción de una serie de datos, informaciones y referencias ajenas, impuestas por el sistema y cuyos resultados prácticos no conocemos. En el educar aparece el camino de la sabiduría, del saber mirar lo que la vida es, en su sentido más ético y existencial. Valores profundos como la felicidad, el bien o la verdad, no son meras acepciones que consultar en un diccionario filosófico, sino aquello que aparece espontáneamente en el escenario de la conciencia, en el hecho de pensar lo que somos, en el interés por descubrir aquello que llevamos dentro y que perfila nuestras acciones, comportamiento, carácter, destino… En resumen, lo que somos es lo que llevamos dentro para ser.

Educar significa sacar fuera lo que está dentro, implica, por tanto, saber conducir a otros a que extraigan lo que se guarda dentro, aquello que es llamado la virtud, lo intrínseco humano. Significa enseñar a otro a que se guíe a sí mismo. El valor del educador reside en su habilidad para estimular la virtud del que es educado en el sendero de su autoconocimiento. Aprender es recordar lo esencial nuestro y todo aprendizaje se aloja en el hallazgo de la puesta en práctica de nuestras propias capacidades, pues aquello de lo que somos capaces viene implícito en nosotros. Cuando aprendemos hacemos explícita, deducimos, esa herencia innata que es la facultad del saber. Aprender supone un nacimiento a través de lo aprendido, algo cambia en nosotros cuando el conocimiento aparece, nos transformamos en algo más, en alguien más completo, más entero.

A partir de un solo conocimiento nuestra interpretación del mundo adquiere un matiz diferente, una nueva gama de colores y sabores brotan del intelecto. Alguien que no existía, como dijo John Ruskin, aparece. El criterio natural del buen conocer son la memoria y el olvido, se queda lo que nos es valioso, pervive lo que nos llega dentro, lo que nos transforma de algún modo; y se olvida lo superfluo, aquello que no nos era necesario para vivir. La sabiduría no se puede aprender de memoria, sino que hay que asomarse a uno mismo y a las cosas que nos acontecen para descubrir lo que éstas significan. Cuando descubrimos de verdad lo que las cosas son, éstas ya pasan a formar parte de lo que somos nosotros; y esto, sin duda, permanece.

Al igual que cuando se aprende danza hay un instructor que va delante conduciendo, en el aprendizaje en general el educador guía los pasos del aprendiz: aquel que posteriormente tendrá que bailar solo, que dejarse llevar por el ritmo de su cuerpo, por el fluir de su pasos en comunión con la danza del vivir. Y esto no sucede si los oídos no oyen, si el cuerpo entero no siente el baile de las notas musicales, si el espíritu no se hace uno con la melodía que lo sobrevuela. En el Liceo, la escuela de Aristóteles, se acostumbraba a dar las clases paseando, esto es, moviendo las piernas y todo el cuerpo acompañando a la razón, caminando y respirando las ideas, discurriendo al ritmo del pensar, del mismo modo que un paso encamina el siguiente. La materia de la educación, del aprendizaje, es el vivir. De ahí parte y ése es el fin de toda enseñanza. Son las experiencias vitales las que nos hacen presentes las cosas, las que ponen de manifiesto aquello que sabemos y aquello que no sabemos, aquello que es mejor olvidar y aquello otro que es indispensable saber. Fue Aristóteles quien dijo: “Enseñar no es una función vital, porque no tiene el fin en sí misma; la función vital es aprender”. Enseñar es sólo señalar el camino, aprender es recorrerlo. Y aprender, en conclusión, no puede ser otra cosa que un camino hacia uno mismo. Alguien que verdaderamente ha aprendido algo, es alguien que sabe vivir un poco mejor en este mundo.

Diario La Verdad, 24/10/2010

lunes, 18 de octubre de 2010

Amanecer de dos amantes

Te busco en el encuentro de tu mirada.
Recojo el instante tuyo
que se entrega a luz diversa,
haciéndose una y pura
la llama profunda que tu amor desvela.
Entre visitas furtivas
nuestro encuentro de amantes
regala tu voz al día,
saliendo de nosotros
para entrar en el yo-nuestro,
yendo hacia el sueño encumbrado
de dos labios que se funden
en la luz de la mañana.
Y entonces amanezco,
amanece, amanecemos,
acariciados por el aire
que mece nuestras almas.

domingo, 10 de octubre de 2010

La crisis globalizada

Una crisis consiste en un momento crucial donde es necesario tomar una decisión, donde hace falta un juicio estimativo de la situación para saber si es posible hacer algo o nada, si hay solución o fatalidad. Esperar, seguir soportando los achaques, pasivamente, puede suponer el abandono a la suerte de las acontecimientos, como quien deja un barco sin control en medio de una gran tempestad. En una crisis, siguiendo sus significados primitivos, ocurre una separación, un rompimiento, que trae necesariamente un esfuerzo por volver a unir. Y este esfuerzo supone un criterio, una lucha o combate que ha de entablar la inteligencia para resolver su encrucijada. Es, pues, obligado, el tiempo del análisis, de la consideración atenta del problema, del discernimiento consecuente, si se desea dar paso a resoluciones acertadas. No obstante, el problema mayor parece residir en el sujeto del análisis, en los actores que han de discernir la cuestión. ¿Quiénes son? ¿Dónde están? ¿Y si están en alguna parte, podemos confiar en ellos? La sociedad en que vivimos comporta una cualidad espeluznante al mirarla con cierta frialdad y perspectiva; me refiero a su carácter virtual. Hablamos de sociedad pero no hablamos de nadie en particular, hablamos de fenómenos de la globalización, pero nos referimos al efecto de un todo, donde lo particular ha quedado absorbido por la regla, por la norma, por la masa. En ese lugar común, todo es de todos y nada es de nadie, todos participan pero virtualmente, nadie hace nada realmente, solamente está previsto que se haga, otorgando al individuo la etiqueta de autómata.

En una crisis así, la de este punto de la historia que nos concierne presencialmente, nadie sabe qué hacer, porque todos solamente saben hacer lo que ya hacían, aquello para lo que habían sido educados, esto es, programados. Lo nuevo no puede aparecer cuando la norma implica seguir la norma, cuando el paso siguiente está marcado por el paso anterior y así sucesivamente, al igual que un reglamento o un mapa del laberinto. Si el laberinto queda destruido, o vemos cómo se desmorona lentamente, difícil es que el mapa pueda servirnos de ayuda en muchos de sus tramos, ya quebrados. Quizá haya más salidas, pero el mapa sigue marcando muros inviolables. La globalización, ese inmenso parque temático que nos venden las agencias de viajes en sus circuitos de relax, ese mercado virtual que nada significa, donde hoteles de cinco estrellas disfrazan la pobreza de países moribundos, es sólo una imagen hedonista, como toda la publicidad que nos hacen tragar por los ojos, donde la búsqueda del placer se iguala a felicidad, convirtiéndose en felicidad una adicción donde es necesario más placer (más consumo, como un calmante) para tratar de frenar un dolor in crescendo. Quizá sea el dolor de no ser nada -de saber en lo más íntimo del inconsciente que todo lo que nos dicen que somos no son más que envolturas y bisuterías que ocultan el alma- lo que ha aglutinado este exceso de banalidad, poder y consumo en una crisis global. La crisis de aquellos que son todos y nadie.

Para salir de una crisis hemos hablado de la necesidad de la inteligencia. Palabra ésta cuyo significado etimológico es “leer dentro” (intus legere). Lo cual nos lleva de nuevo al principio. También esta palabra comporta, por eso de ‘legere’, un sentido más, el de ‘escoger’. Al igual que en ‘crisis’ aquí se nos invita al análisis, y aún con mayor profundidad, se nos invita a “leer -escoger- interiormente”. ¿Puede ser éste el problema fundamental? ¿Se nos ha educado a mirar afuera constantemente, en la televisión, en las aulas, en el ocio, cerrando siempre la posibilidad de consultar con la conciencia y sin que nadie nos enseñara a hacerlo? Como buenos autómatas, lo importante es la capacidad de almacenar correctamente la información. Ha sido secundario entender, saber escoger interiormente. La consecuencias estaban servidas. Los valores quedaron invertidos, erosionados, evaporados en muchos casos. Ser era tener. Quien más tenía más era. A más consumo, más felicidad. Felicidad para los que venden y para los que compran. Una realidad ficticia. Un escenario de cartón piedra, prefabricado. Y una crisis que siempre ha estado presente, siendo la norma del sistema. Ahora es el sistema el que está en crisis y son los individuos los únicos que pueden salir de ella, lo único real de todo esto. Por tanto, la cuestión fundamental, el primer paso, ha de ser preguntarse, sinceramente: ¿Sabemos por qué hacemos lo que hacemos?

Diario La Verdad, 10/10/2010

domingo, 3 de octubre de 2010

Amor al fondo de la luz

Una sílaba sin labios, un devenir
perdido entre señales de humo,
entre brotes de conciencia.

Un día, un día para vernos los dos
sin espejismos, sin la sombra-reflejo
de tantas inquietudes. Un día
que se fue tras el aire del instante.

Fuimos algo que alumbró detenido
un despertar acaso, una onda
naufragada de secretos latiendo.
Fuimos el sol y la palabra vencida,
la precipitación del aire y la insolación
de la esperanza. Quedamos en lo ido
como en un destino ajeno, como en aquello
que fue visto sin nosotros, en cualquier parte.

Quedó una memoria, en el corazón,
sonando, que todavía nos despierta
a medianoche, como a dos extraños
que no olvidan que siempre
se han amado.

Quedó una memoria,
en el corazón, sonando…

El margen de la luz es el aura de la nada.

domingo, 26 de septiembre de 2010

De huelgas y rebeldías

La libertad ha sido buscada al sentir la opresión, en operación antinómica. Se quisieron soltar las cadenas que oprimían al cuerpo al descubrir que esas cadenas privaban algo que sería llamado libertad. Cuando las cadenas fueron despojadas de su hábito paralizador el hombre se preguntó qué hacía ahora con esa libertad lograda. Y la libertad se convirtió en pura competición, llegando a ser sinónima de poder. Y de nuevo, nacieron más esclavos, esclavos de la libertad de otros y para mantenerlos conformes se les dijo que su esclavitud era también otra forma de libertad. No obstante, el hombre, como es natural, se rebeló. Todo viene de muy atrás. Según Mijail Bakunin al ser probada aquella manzana del mítico bíblico de la creación tuvo lugar el primer acto de rebeldía del hombre. Tras pensar en su libertad de elección la llevó a cabo y, por una extraña razón, fue condenado por ello. Indudablemente, un mito es un mito, y Dios –deseamos pensar- no pone trampas a sus hijos, no deja que seamos tentados para luego condenarnos por elegir libremente lo único que podía ser elegido: el conocimiento del mundo más allá de sus edenes aparentes. Pensar la libertad ya es ser libre, ya es una huelga, un respiro, para el ánima. Uno deja así de ser autómata y se convierte en autónomo de su pensamiento.

Una huelga es un acto programado de rebeldía, un atisbo, un tímido alarido frente al gran aparato de la tiranía y esclavitud modernas: el trabajo. Un trabajo que en la mayoría de los casos significa servidumbre paupérrima, la renuncia a una vida propia y la consagración al servicio del poder a cambio de una pobre limosna que acaso permita subsistir abnegadamente. Aquellos que se llaman empresarios, generadores de puestos de trabajo, a menudo no buscan sino mano de obra para sus intereses, para pagar holgadamente (palabra de la que deriva 'huelga') su nuevo yate y tomar un 'respiro' (origen etimológico de 'huelga') lejos del mundanal y trabajador ruido. En la neorrealista película “Milagro en Milán” de Vittorio de Sica, un empresario llamaba de 'iguales' a los pobladores de un asentamiento de indigentes en sus tierras, hasta que tras descubrir que en esos terrenos había petróleo les declaró la guerra, y ya no eran hermanos sino enemigos para él, para sus intereses propios. Ahora la guerra es declarada con las hipotecas, con los altos intereses, con los precios elevados del consumo, que convierte a los ciudadanos en meros indigentes, en huéspedes de casas propiedad de los bancos, que a la mínima falta en los pagos les es declarada la guerra, como en la película citada, desposeídos de su quimera, la quimera más humilde y necesaria: un lugar donde resguardarse del frío y habitar con la familia o con uno mismo. El problema es grave si miramos en las alcantarillas, en la sombra que se esconde tras tanta apariencia, en la vida de alquiler que en la mayoría de las gentes trascurre, al tiempo que en las televisiones enseñan casas de lujo, coches de ensueño y otros espejismos que insultan a la conciencia. Mientras unos pocos cuentan día a día los billetes copiosos de su duro trabajo de expolio al débil, otros muchos siguen creyendo que el trabajo hace digno al hombre, a costa de bajarse continuamente los pantalones.

No hay mayor acto de rebeldía que el del espíritu, nunca lo fue el de las pistolas. La rebeldía del espíritu consiste en saberse libre en todo momento y en proclamarse libre siempre que alguien dude de ello, demostrando así que el hombre no ha nacido para arrodillarse frente a otros hombres, sino para servirle con dignidad y de forma recíproca, reconociendo la igualdad que el espíritu proclama universalmente. Para Gandhi estuvo muy claro el camino a seguir, la revolución pacífica, humanamente religiosa, fiel al ser humano en la contemplación de sus nobles cualidades. El hombre ostenta el deber y el honor de ser justo con sus semejantes, de ser incondicionalmente un igual, un mismo espíritu compartiendo las horas y los siglos de su travesía por la tierra. En la película “Milagro en Milán”, los humildes indigentes viajan al cielo en escobas voladoras, movidos por la esperanza y la fe en una tierra mejor que poblar y donde vivir dignamente. Esperemos que no sea el cielo solamente, sino la tierra también, un lugar donde llevar a cabo los sueños de una vida en libertad e igualdad reales.

Diario La Verdad, 26/09/2010

viernes, 17 de septiembre de 2010

Te sueño

Te veo, te sueño, te tengo
secreta luz
cúpula de aire
oscilación constante
de mi eterna búsqueda

Todo lo tengo en ti
todo lo entrego a ti
todo lo soy de ti
luz del sueño y del centro
garganta de sal despierta
río ahogado de tormentas

Luz, luz que amanece
la luz de los paraísos mudos
del silencio y de la hoguera
llama en lo oscuro
iluminadora
centellando la visión
deshojando el primer viento
llama que parte
llamando a su otra parte:
la ceniza

Llamando al corazón, la luz
del umbral
la luz
de los umbrales

domingo, 12 de septiembre de 2010

Nueve años después del 11-S

Pasado el tiempo, casi una década, podría decirse que ha acontecido muy poco desde entonces, o quizá mucho. El valor subjetivo del tiempo y la consecuente importancia de los acontecimientos ha valido para afirmar en muchas ocasiones que la historia suele dividirse en capítulos de tragedias, de masacres y guerras, revoluciones, movimientos políticos de un pueblo contra su mismo pueblo, etc. En este caso, el del 11-S, lo que ocurrió fue un ataque contra toda una civilización, no contra una religión o una determinada ideología política, sino contra un modo de vida, el de Occidente, y contra los valores que conlleva. Poco importa quiénes fueron los atacantes, poco importa quién quita la vida sino solamente la vida perdida, la soledad del dolor provocada por un sinsentido, como lo es todo asesinato a sangre fría. Lo que importa es el darse cuenta de lo que supone la tragedia de que el hombre sea capaz de comportarse como bestia. Tras el asalto a una civilización perdida entre las prisas del trabajo y el consumo, la familia y los partidos de béisbol, las barbacoas y los videojuegos, ocurrió solamente algo que posiblemente se siente todos los días pero que en ese día en especial se vislumbró en hipérbole: apareció el miedo. Tras la gran cortina de polvo negro de las calles de Manhattan sólo se atisbaba el ahogo de la desorientación, la angustia del destino, el no saber a dónde ir ni qué hacer, salvo llorar o correr o buscar a alguien a quien salvar de su llanto y de ausencia interior. Un teléfono para contar a la familia o a los vecinos la soledad del instante, la incredulidad ante la catástrofe y la pesadilla de ver en el cielo un vacío abriéndose, claro y azul, pero sin ventanas y cristales, sin altura de hierro ni alargadas antenas virtuales; solamente un vacío, un vacío en el cielo de amplitud hueca.

En ese momento toda una civilización confirmó que no sabía quién era ni quién les atacaba. Solamente fue capaz de conocer su temor, de aferrarse a su identidad violada y posteriormente afirmarse en su rabia, sacando las pistolas del Oeste. La reacción de cualquier humano atemorizado e instintivo se vio en la figura de un presidente de gobierno que asumió llevar a su pueblo a la venganza y al hermetismo de la seguridad. Poco importa quiénes fueron los atacantes y tampoco quiénes fueron los atacados. El ser humano es siempre lo que es, ya se adorne con corbata o con turbante. El problema es cuando la defensa metafísica de la identidad únicamente defiende el vestuario, el turbante o la corbata. Incluso todo lo que ello acompaña. La cuestión es si los valores que creemos o creen defender (los que no creen como nosotros) deben tomar en su defensa la violencia, incluida la venganza. ¿Sirve de algo quemar libros del Corán o de la Biblia? Muchos cristianos fueron quemados en la hoguera por los propios cristianos, la fe en Cristo o en Alá haría avergonzarse a éstos (a Cristo, a Mahoma, a Alá, también a Zeus), por las miserias que sus hijos llevan a cabo. Un grupo de personas coléricas quema banderas de Estados Unidos sin darse cuenta de que está ardiendo con ellas, pues todo odio hace arder el alma. Así lo hacen, así arden, quienes cabalgan en tanques o ametrallan pueblos de personas diferentes, de quienes sólo saben que son algo llamado el ‘enemigo’. ¿Pero qué se esconde tras todo ello? ¿Quién impulsa a quemar, a escupir, a violar, a odiar a un semejante? ¿Hasta cuándo las civilizaciones se quitarán la venda que una guerra del poder que no va con ellos les ha puesto en los ojos tras el mensaje de que hay un enemigo? ¿Quién será el enemigo cuando nadie ya no luche contra nadie? Al ser humano solamente le corresponde el deber de aprender a dejar de luchar, mientras tanto esta civilización o cualquiera que sea inventada, bajo libros y leyes y dioses, será una mentira que buscará revelar al demonio pronunciando el nombre de Dios o de la Constitución. “El mundo es de quien puede ver a través de sus apariencias”, explicó Emerson, fiel lector entre líneas de la Biblia. La lectura del 11-S, las relecturas que se harán cada año y cada siglo de lo que ocurrió, harán comprender al hombre que no existe ataque mayor que el que uno propugna contra sí mismo. En cualquier batalla –en definitiva- nunca hay ganador.

Diario La Verdad, 12/09/2010

jueves, 9 de septiembre de 2010

Más allá de cualquier máscara



Uno puede ser lo que es en cualquier momento, si algo lo impide es el condicionamiento, la mecanización del sentir, el ocultamiento del corazón. Cuando el corazón está al descubierto las máscaras pierden el sentido, la del otro y la nuestra, las múltiples, millones de máscaras que tapan lo que somos. A menudo se publicitan tratamientos estéticos que prometen la belleza, la cumbre de la superficie, una imagen que mostrar y con la que sentirse bien para seguir engañando al corazón entre exteriores vanos de identidad. Una máscara es un deseo encubierto de ser. Pero más allá de la superficie, indagando, en el fondo nuestro, tras la envoltura del mundo, queda al descubierto la piel verdadera de nuestras sombras, el foco agudo de la herida; y no es posible escapar de ello. Y al no hacerlo, al no escapar, ganamos de nuevo –tras esa sombra primera, también ilusoria- la imagen real de nuestro verdadero rostro.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Noche abismal

Noche de abismo. No dicen nada las palabras. Mi cuerpo se reclina en el silencio. Hay mar y tempestad en la esperanza, una furia de presente lleno. Pero todo se calma, se evapora, con la brisa azul del fondo del espacio. Las nubes son un eco, el aire una mujer enamorada susurrando sus encantos, el eco una mirada profunda que quiere ser memoria. El mar ofrece su ritmo a la noche, su estrépito de agua sonora, su abrazo al silencio, coronándolo de música. Y llueve, llueve dentro de alguien, llueve dentro de alguien un desamparo inédito. Alguien ha comprendido la vida, el dolor, la muerte... Por eso llora tan de dentro y prefiere oír el canto de la noche antes que ser él la voz de su propio llanto. La armonía está dispuesta, su cuerpo ha sido dejado sobre la arena como una cosa más, natural y quieta, movida por el aire entre un respirar de sol y fuego y noche. Del frío pasó al llanto cálido, del dolor a la comprensión amorosa de ser hombre, frágil y perdido, pero abierto y dispuesto a ser lo que ya es: un corazón sensible. Este cuerpo que veo, ahí reclinado, es el mío y el de nadie, mi alma está ahí y en otra parte, en todos los lugares, en todos los mares, en todos los seres y mundos y vacíos estelares.

domingo, 29 de agosto de 2010

La utopía de la felicidad

Ante la pregunta de la felicidad, de su posibilidad utópica, de esa utopía individual que cada ser humano interroga con la esperanza de hallarla realizable, cabe preguntarse también, como punto de partida, el problema de la infelicidad del hombre moderno cuando ha cubierto sus necesidades básicas, en el sentido de Maslow, y su vida se abre a la posibilidad de la autorrealización. Cuando falta algo, cuando se supone que todo se ha conseguido y todavía queda un sabor amargo en la conciencia, una sensación de no estar viviendo plenamente, es cuando alguien experimenta la desolación del vacío interior y el deseo de llenar esas carencias de plenitud. ¿Qué es lo que falla en el sistema de bienestar, si realmente el bienestar sólo se traduce en comodidad material? En los países pobres ni siquiera cabe esa pregunta y eso hace aún más responsables de su propia felicidad a aquellos que lo tienen todo pero que les falta lo más esencial: un espíritu lleno. Esa es la gran paradoja de Occidente, su gran galimatías, el haber hallado riqueza exterior en la más absoluta pobreza interior, moral y espiritual (los filósofos son ya reliquias o científicos de la escritura hermética), y el no saber cómo reparar esta situación. Ese estado de calma interior que los griegos llamaron ‘ataraxia’ parece ser la mayor utopía de nuestro tiempo, a no ser que lo encuadremos en otro paquete del bienestar que el consumo sabe garantizar: balnearios, spas, lujosos cruceros por el Caribe o un amanecer en Ibiza escuchando ‘chill out’. Y, es que, en estos tiempos, el paraíso sólo puede comprarse en las agencias de viaje. Excepto ciertos días, pagados bien caros, la mayor parte del tiempo las personas deambulan tristes por la calle, preocupadas y entre prisas torrenciales, mirando el reloj a cada paso, incluso si tienen tiempo suficiente ya es una costumbre pensar que se llega tarde, aunque sea a ninguna parte. Quizá no se puede aceptar tampoco que nos sobre tiempo, que haya momentos para no hacer nada, porque no se sabe qué hacer con ellos. Es en esos momentos cuando muchas personas descubren que no son felices, que no saben qué están haciendo con su tiempo, su vida y sus esperanzas. Buscaban la felicidad en un espejismo, en un hambre siempre insatisfecha, como un Saturno que termina devorando a sus hijos. Se ha perdido el control de la naturaleza, la sociedad se ha convertido en invasora de lo natural, de la vida real, y todo se ha fundamentado en la explotación insaciable en busca de un paraíso prefabricado.

La virtud que reivindicaron los estoicos, buscando vivir de acuerdo a la naturaleza (vivere secundum naturam), como también propuso Emerson, era simplemente decir al hombre que recuperara su cordura y mirara de frente a su mundo, a la vida. Para Boecio la felicidad consiste “en un estado, perfecto por la reunión de todos los bienes” teniendo en cuenta que “el error los desvía haciéndoles buscar bienes falsos y aparentes”. Es cuestión, por tanto, consabida, el desvarío humano en busca de su propio bien, pues no es otra cosa la felicidad, el vivir conforme al propio bien. Eso es la virtud, acertar en el uso del bien adecuado. Todo propósito ético anhela ese acierto. Y, sobre todo, que salga de sí mismo, de forma ‘natural’. Eso es vivir conforme a la naturaleza, a su virtud. Así, el hombre, siguiendo a Spinoza, puede “conservar su ser”, saber que es él mismo quien vive y hace de acuerdo a su ser, que es, en definitiva, lo que desea ser y lo que tiene que ser. La utopía individual, que no sólo busca el bien propio sino el común, pero que sabe que todo ha de partir de uno mismo y ser uno muestra o ejemplo de una verdad representada en el individuo, convendría como principio de toda felicidad social, pues no puede hacerse teoría de aquello que en su práctica resulta lo contrario (comunismo). Primero está el individuo, que sea íntegro por sí mismo. Los griegos llamaron ‘héroes’ a este tipo de hombres, pero no hace falta irse tan alto, pues de héroes y de superhombres de Nietzsche también algunos buscaron la praxis y salió lo más horrible (nazismo). No es necesario el héroe, sino únicamente alguien que aspire al bien y sepa lo que el bien es, pues seguramente el hallazgo de esa búsqueda sea la felicidad.

El hombre siempre irá al encuentro de la felicidad, es su naturaleza, así se desenvuelve su peregrinaje vital, con acierto o infortunio, anda siempre en ese camino. Como todo lo natural, pues de eso estamos hechos, las aguas terminan por volver a su cauce. Las tristezas de hoy posiblemente sean las alegrías de mañana, en esa historia de la evolución donde parece que a paso de hormigas vamos aprendiendo ciertas cosas y olvidando otras muchas. Ya sólo nos conformamos, aunque Fidel Castro no está tan seguro de que sea así, con que no se vuelva a repetir lo de Hiroshima y Nagasaki, ni cosas parecidas. Es, por tanto, una necesidad la felicidad, un imperativo, no sea que de tanta infelicidad todo esto termine en una gran tragedia nuclear, acaso por aburrimiento de los que creen que ya lo tienen todo.

Diario La Verdad, 29/08/2010

viernes, 20 de agosto de 2010

Canto de amor

Habla la voz que es clara en el deleite,
en lo amado como frontera y encuentro,
como luz no agotada del canto,
en fuerza y pasión de quimera
que avanza en la unidad prodigiosa
del turbador sentido.
Breve soy como el deseo ante el todo, acaso nada.
Me abrazo al instante desnudo
que traza el cuerpo del ahora,
el paisaje diverso
contenido en un punto insondable.
Me abrazo a la mágica presencia
que me hace certero y declara
que cualquier paso es el centro de su orbe.
Breve me abrazo, acaso siendo nada,
a la voz que canta
su frescor en lo unánime.

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