miércoles, 4 de junio de 2014

Abdicación

En este mes de junio, que empieza a anunciar un verano caluroso, aunque disfrazado de lluvias y vientos primaverales, hemos sido espectadores de una tempestad social inesperada, provocada por la abdicación al trono de Juan Carlos I en favor de su hijo, el Príncipe de Asturias, conocido a partir de ahora como Felipe VI. Con los mundiales de fútbol muy presentes y las temporadas de vacaciones, sol y playa, castillos de arena y largas siestas, parece que esta noticia quería llegar a un pueblo quizá algo anestesiado, con pocas ganas de mover pieza o alzar la voz en señal de protesta. Pero aún así, aunque la democracia nos haya acostumbrado a seguir, como un programa de televisión, las idas y venidas de políticos y reyes, sin poner en tela de juicio activamente nada de lo que pasa. Si las elecciones europeas ya demostraron que el bipartidismo está en crisis y que la izquierda minoritaria se está empezando a hacer cada vez más fuerte, aún así está faltando, a mi entender, una voz creciente de la sociedad manifestando un descontento que apenas se va haciendo perceptible con el voto. Pues las reglas del juego, del juego político y mediático, ensombrecen una democracia con tácticas propagandísticas y manipulativas. No han faltado, sin embargo, con la citada abdicación, los debates televisivos sobre un referéndum para que el pueblo elija si desea un heredero de la Corona o la instauración de una República, algo que también, como la monarquía, ha tenido una referencia histórica en nuestro país, y no es, por tanto, descabellado, pensar en ella. Pero aún da la sensación de que sólo se vislumbran falsos debates, puestas en escena televisivas, y se hecha en falta la voluntad participativa de una sociedad que seguramente pueda estar a favor de, no ya de una República, sino por lo menos de una consulta, para que los ciudadanos sientan solamente que el poder cuenta con ellos. Es decir, saber, al menos, que existimos, para quienes nos gobiernan y dirigen nuestras vidas a su conveniencia, en un país donde los políticos viven como reyes y los reyes abdican para perpetuar su hegemonía hereditaria. Veremos qué pasa.

La Tribuna de Albacete, 4-6-2014

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